Santa Isabel de la Trinidad (Parte II) - CANONIZADA 16 DE OCTUBRE

ISABEL CATEZ

​​0.- PRESENTACIÓN

Isabel Catez Rolland: 1880-1906. En el Carmelo Isabel de la Trinidad: 1901-1906. Una vida de 26 años. Pasó rápido por la juventud y por el mundo de la música. Rápida escalada de las cimas de la vida.

Casi a la par que describe su vocación de contemplativa, Isabel hace el hallazgo de un gran maestro, san Pablo. Y en él, los textos que definen la vocación profunda del cristiano. Textos que a ella le iluminan el sentido de la vida:

- “ser casa de Dios” y “templo del Espíritu”,

- ofrecer a Cristo una “humanidad suplementaria”, en que Él prolongue su misterio,

- sentirse llamada y predestinada a ser “alabanza de gloria” de la Trinidad.

Como una iluminada o una profeta, entre los 21 y 26 años, sor Isabel influye un denso magisterio de la pluma. Lo realiza en el ámbito estrecho de sus cuadernos de apuntes y sus cartas. Pero alcanza a sus amigas, a su hermana Guita, a seminaristas y sacerdotes, a su mamá. A casi todos los ha conocido en el mundo, en plena vida social. Ahora los sigue más de cerca con mirada contemplativa desde el Carmelo.

Ese magisterio de sor Isabel irrumpe con fuerza a raíz de su muerte. Primero, entre jóvenes y seminaristas. Luego, entre teólogos de prestigio, como Philippon, Padre Gabriel carmelita, Urs von Balthasar. Y ahora, ante el mundo y la Iglesia entera, al ser beatificada el 25 de noviembre de 1984 y canonizada el 16 de octubre del 2016.

La biografía contenida en las páginas que siguen se debe al más prestigioso especialista de sor Isabel, el carmelita belga Conrado De Meester, editor crítico de sus obras escritas.

Pero, en realidad, su verdadera autor es Isabel misma. Narración autobiográfica, sencillamente entramados por el compilador.

Tiene el frescor de lo auténtico, no manipulado, y la fuerza del mensaje espiritual de sor Isabel, joven de una pieza, eco de san Pablo, profeta de la Trinidad.

I.- JOVEN SEGLAR

1.- Nacimiento

La mañana del domingo 18 de julio de 1880, nace Isabel Catez Rolland en el campo militar de Avor, cerca de Bourges, centro geográfico de Francia, al norte de París. Su nacimiento no carece de dificultades. Los médicos presentes han advertido ya al capitán Catez que habrá que sacrificar a su primer hijo.

La madre sufre mucho durante 36 horas. Pero, al terminar la Eucaristía que el capellán Chabolsseau celebra por sus intenciones, la pequeña Isabel llega al mundo. La niña tiene buena salud; “es muy guapa, muy vivaracha”, recordará la señora Catez. El 22 de julio, fiesta de santa María Magdalena (detalle que alegrará a la futura contemplativa), recibe el bautismo.

Isabel es de la región del Norte, por parte del padre. José Catez había nacido el 29 de mayo de 1832 en Aire-sur-la-Lys (Pas-de Calais). Es el cuarto de siete hermanos.

2.- Cómo es José Catez

De familia muy pobre, se fraguó un camino en la vida con la energía y perseverancia que caracterizarán a su hija. Casado desde hace un año, tiene ya 40 años en el momento en que nace ésta.

Isabel es meridional y Lorena por parte de madre. María Rolland había nacido en Luneville, el 30 de agosto de 1846. La señora Catez es mujer, dotada de una facilidad de relación que le granjeará muchas amigas. Bastante jansenista de criterios, según ciertos testimonios.

El 10 de mayo de 1881, la compañía del capitán Catez se traslada a Auxome (Côte-d`Or). Es aquí donde la señora Catez nos da noticias frescas sobre Isabel, cuando la pequeña borgoñesa tienen 21 meses: “Es un puro diablo, se arrastra y cada día necesita un par de pantalones blancos.” Es también “una gran parlanchina.”

Son esas las primeras noticias de la futura santa. Pero tiene también detalles religiosos. “Ha ido a la Ofrenda, y ha abrazado al Crucifijo, lo ha abrazado ya antes de llegar”. Por su abuelita, enferma, no sólo reza, sino que enseña la oración a su muñeca: “Ahora mismo le ha puesto de rodillas, muy devotamente”. Encontramos a Isabel con su famosa muñeca Jeannette en fotos de esa época: es una niña que sabe lo que quiere.

3.- A Dijon

De nuevo, cambio de residencia militar. Hacia el primero de noviembre de 1882, los Catez se establecen en Dijon, en la villa Billiet, calle Lamartine, cerca de la estación. Ahí nace, el 20 de febrero de 1883, Margarita: “Guita”. Lo que la pequeña Guita tendrá de dulce, lo tendrá de turbulento Isabel, la pequeña capitana.

Pero Isabel tiene buen corazón y quiere mucho a sus padres. Guita recordará así la infancia de su hermana “Muy viva, muy colérica incluso; sus rabietas eran verdaderas rabietas; en fin, un verdadero diablillo”.

Su ardor y su sensibilidad non logran orientarse todavía. Su madre habla de “sus ojos furiosos”. Su gran amiga Maria-Luisa Hallo se acordará de su “mirada de fuego”, si bien lo dice en un contexto de caluroso entusiasmo.

4.- La familia

En la familia Catez reinó un buen entendimiento. Basta anotar esta frase de una carta de la señora Catez a su “buen José”, en viaje por el Norte: “No olvides mis consejos, come, nada de abusar de la cerveza y los cigarros, cuida tu salud y piensa en nosotros”. Cinco imperativos en dos líneas: ¡la esposa que, cuando quiere, se extiende a gusto en las cartas; sabe también resumir!

Puede entreverse tras estas líneas el temperamento meticuloso y dominante de la señora Catez, como lo veremos en filigranas del Diario de Isabel; y, por parte del capitán, el aspecto vivaz y social, unido al sentido del deber y a la lealtad. Si la pequeña Isabel ha conocido hasta ahora las lágrimas de cólera y las del arrepentimiento cuando ha enojado a su madre, son lágrimas que brotan sólo de los ojos. Bien pronto va a conocer sus primeras penas reales y las lágrimas que brotan del corazón.

En efecto, el 24 de enero de 1887 muere el abuelo Rolland, que vive con ellos. Ocho meses después, un nuevo duelo mucho más doloroso: la mañana del 2 de octubre, domingo, muere de repente el señor Catez, que ya había tenido frecuentes crisis cardiacas.

Al serle reducida la pensión, la señora Catez se ve obligada a trasladarse al segundo pido de una casa, hoy desparecida, en la calle Prieur de la Côte d’Or, al otro lado de la ciudad. Por la ventana, la pequeña Isabel divisa un extraño edificio dentro de un jardín: el Carmelo.

5.- El trío

El “trío” (madre y dos hijas) está muy unido, aunque no cerrado sobre sí mismo. Tienen amigos fieles y viajan cada año donde la familia y a casa de amistades, en el Midi y en Lorena. No sufre de estrechos horizontes la pequeña Isabel, que en Dijon vive cerca del gran Parque y de de la campiña.

A los ocho años, Isabel confía ya al P. Angles, cura de San Hilario en el Aude, su deseo de hacerse religiosa: “Todavía recuerdo mi alegría cuando logré tener un pequeño diálogo con usted y confiarle mi gran secreto. Era tan sólo una niña, pero usted no dudó nunca de la llamada de Dios” (Cta 104).

Sin ser rica, la señora Catez disfrutaba de suficiente bienestar para asegurar la formación de sus hijas. Hacia los 7 años, Isabel recibe de la señorita Grémaux sus primeras lecciones privadas de francés. La señora Catez matricula a su hija, de sólo 8 años, en el Conservatorio de Dijon. Los estudios clásicos se continúan de forma espaciada, pero el primer lugar lo ocupan las largas horas diarias de piano.

La muerte del padre ha podido atemperar la vivacidad de la niña, pero la vida sigue igual. Y las rabietas también. A buen seguro que la señorita Grémaux recordaba la “voluntad de hierro” de su pequeña alumna y su sorprendente recogimiento al entrar en la iglesia. Pues es propio de la naturaleza de Isabel ir siempre al fondo de las cosas. Pero eso no borra sus defectos. Guita se acuerda de que las rabietas de su hermana eran a veces tan violentas que “se la amenazaba con enviarle interna al Buen Pastor (una casa de reeducación, muy cercana) y hasta se le preparaba la maleta.

Pero Isabel es, a la vez, muy recta; y, cuando comprende que no debe fastidiar a los otros, se corrige inmediatamente.

6.- Toda una tarea

Su primera confesión, en torno a los 7 u 8 años, le lanza a la lucha contra sus defectos. Y después ¡hay tantas bellas cualidades en su corazón atrayente y generoso! He aquí lo que la pequeña niña de 8 años y medio promete, no sin cierto acento picarillo, en su carta de año nuevo:

“Querida mamita: quisiera, al desearte un feliz año nuevo, prometerte que seré muy prudente y muy obediente; y que ya no te haré enfadar, que no lloraré más y que seré un pequeño modelo para complacerte, aunque tú no te lo creas. Voy a hacer todo lo posible por mantener mis promesas como he dicho otras veces. Había pensado escribir una carta larga; ¡pero ahora ya no me sale nada! De todos modos, ya verás qué buena voy a ser. Te abrazo, querida mamita” (Ct 1).

Todavía 16 meses le separan de su primera comunión. Sabeth se aplica con ardor a las lecciones de catecismo; lo que no le impide ser castigada un día por el Vicario a ponerse de rodillas, junto a una amiguita, en medio del pasillo.

7.- El primer encuentro eucarístico

¿Qué sucede en su corazón el día 19 de abril de 1891? Durante la misa y la acción de gracias, lágrimas de alegría corren por su rostro. Cuando sale de Saint-Michel, le dice a María Luisa Hallo: “Ya no tengo hambre, Jesús me ha alimentado”. A través de una poesía se adivina la intensidad de este primer encuentro con el Cuerpo de Cristo. Está escrita en el séptimo aniversario de esta comunión. Es una de esas poesías que escribe para ella sola en presencia de Jesús y que son un auténtico diario íntimo:

En el aniversario de ese día / en que Jesús de mí hizo una morada / en que Dios tomó posesión de mi corazón, / tanto y tan bien que desde esta hora, / tras este coloquio misterioso, / esta conversación divina, deliciosa, / sólo pensé ofrecer toda mi vida, / devolver un poco de su gran amor / al Esposo de la Eucaristía / que reposa en mi frágil corazón, / llenándolo de todas sus gracias (CP 47).

8.- Robustecida por dentro

El 8 de junio de 1891 recibe el sacramento de la Confirmación en la iglesia de Notre-Dame. Los testigos señalan unánimemente un notable progreso, a partir de su primera comunión, en el camino del don de sí misma. ¿Don a quién? A Jesús. Comprende el amor que él nos ha manifestado en su sufrimiento, en su muerte y en su presencia eucarística.

Jesús le da fuerza en lo más profundo de sí misma. Frecuentemente, cuando comulga, lágrimas de alegría bañan su cara. Con toda su fuerza de voluntad aprende a olvidarse de sí misma, por Jesús, por los demás.

Sus ímpetus de cólera pasan a ser vividos y vencidos por dentro. Se sabe ganada por Jesús. Le gusta orar.

Hacia los 13 años su confesor le ayuda a pasar una dolorosa fase de escrúpulos. La catequesis rodeaba entonces el acercamiento a Dios con prescripciones meticulosas; por todas partes la amenaza del pecado; ¡y el supremo Juez que no transige!

A la edad de 13 años, Isabel Catez obtiene ya su primer premio de piano en el Conservatorio. Puede disfrutar de unas vacaciones bien merecidas.

Estoy entusiasmada con mis vacaciones. Hemos permanecido 15 días en Gemeaux con la señora Sourdon que no nos quería dejar marchar, y nos hemos divertido mucho. Jugábamos interminables partidas de croquet, y organizábamos magníficos paseos. Después me dedicaba a menudo a la música; al Señor Gemeaux le gustaba mucho. Íbamos con frecuencia al castillo.

9.- Mirando al Carmelo.

Un día, cuando tenía 14 años, después de haber recibido la Comunión, Sabeth se siente irresistiblemente empujada a ofrecer toda su vida a Dios, y emite su voto de virginidad perpetua. Un poco más adelante, el proyecto de vida religiosa se concreta en esta palabra que oye interiormente: “Carmelo”.

10.- Cómo se ve a sí misma.

El canónigo Angles, gran amigo de la familia, evocará el recuerdo de Isabel como “constante cabecilla de la banda”. Pero ella misma va a completar su imagen en un ejercicio de redacción escrita de estilo que la señorita Forey, su nueva institutriz le ha dado:

¡Hacer el propio retrato físico y moral es una tarea nada fácil, pero sacando a flote todo mi coraje, pongo manos a la obra y comienzo! Sin que parezca petulencia, el conjunto de mi persona no es desagradable.

Soy morena y, según se dice, bastante desarrollada para mi edad. Tengo unos ojos negros vivos.; unas espesas cejas me dan un aire severo. El resto de mi persona es insignificante. ¡Mis lindos pies podrían darme un sobrenombre de Isabel de los largos pies como le reina Bertal! ¡He ahí mi retrato físico!

Pasando al aspecto moral, yo diría que tenga bastante buen carácter. Soy alegre, y debo confesarlo, alocada. Tengo buen corazón. Soy coqueta por naturaleza.”Es necesario serlo un poco”, dicen. No soy perezosa: “sé que el trabajo hace feliz”. Sin ser un modelo de paciencia, sé generalmente contenerme. No tengo rencor. Este es mi retrato moral.

Tengo mis defectos, y más bien pocas cualidades. Pero espero conseguirlas. En fin, aquí está ese tan enojoso ejercicio, ya terminado. Estoy muy contenta de él.

Pero nada refleja aquí, evidentemente, de lo que es ya la llamada su vida, el alma de su alma: su amor a Jesús. Lo descubrirá en unos pocos versos casi contemporáneos de esa redacción de estilo: Jesús, de ti mi alma está celosa, / yo quiero ser cuanto antes tu esposa. / Contigo quiero sufrir / y para encontrarte sufrir (CP 4).

11.- El premio del Conservatorio

Continúa dos años más estudiando en el Conservatorio., y cuenta con dignidad cómo le han robado injustamente el premio de honor de 1894:

“Ha habido un gran revuelo en el Conservatorio por mi causa: el jurado me había otorgado un premio por unanimidad; pero el señor Fritsch, cuyo alumno había obtenido otro, ha pensado que yo iba a eclipsar la gloria de su alumno. Y fue corriendo a la Prefectura, al igual que la señora Vendeur. Lo han tramado tan bien, que el Prefecto les ha dado la razón, alegando que el jurado carecía de autoridad suficiente para conceder ese premio.

Entonces los miembros del jurado, muy disgustados, han querido presentar su dimisión; y si el señor Deroye, presidente del jurado, hubiera sido advertido, los hechos no se habrían desarrollado de este modo, porque él mismo se habría entrevistado con el Prefecto, según se lo ha comunicado al señor Lévêque. En fin, un revuelo del que no te puede hacer idea; y es el señor Fritsch el causante de todo esto; ha obrado poco bonitamente; se ha enemistado con el señor Dietrich. Margartia ha obtenido el segundo premio de piano. Esto es fantástico” (Cta 4).

12.- La Presencia misteriosa

Pero interiormente una Presencia misteriosa la acompaña ya. Pocos de los que la rodean se dan cuenta de que su rica vitalidad se orienta hacia otra Vida, adentro, afuera, más allá. La nostalgia de Jesús, del Carmelo, del Cielo habita en esta joven de 15 a 16 años. A los 17 descubre las perspectivas terrenas q ue implica ese amor. Acepta su situación concreta y todo lo que hace sufrir a su joven corazón, animado por un deseo de oblación netamente contemplativa:

“Pues mi corazón está siempre con Él, / noche y día piensa sin cesar / en este celeste y divino Amigo / a quien quisiera demostrar su amor. / También se eleva a él este deseo: / No morir, sino largo tiempo sufrir, / sufrir por Dios, darle su vida / orando por los pobres pecadores” (CP 43).

13.- Prohibición materna.

Su corazón está ya en el Carmelo; pero su madre le ha prohibido toda conversación con las monjas. Sin embargo, su amor a Jesús, su atención calurosa hacia los otros y su capacidad de admiración, la hacen tomar parte, no sin entusiasmo, en la vida de la sociedad. Lo testifican sus cartas escritas durante los periplos anuales de las grandes vacaciones.

14.- A Saint-Hilaire.

“Qué alegría he sentido al saber que estás pasando unas magníficas vacaciones; yo también, te lo aseguro. Hemos ido a pasar unos días a Saint-Hilarie, hermoso partido de provincia donde mamá vivió cuando tenía mi edad. Dieron en nuestro honor banquetes tan espléndidos que nuestros estómagos no podían soportarlos.

Estamos también muy agasajadas en Limoux. Aquí dedico mucho tiempo a la música. Mi amiga tiene un magnífico piano de cola que me encanta.: suena maravillosamente y me pasaría horas tocando. Acompaño a la prima Gabriela, que toca muy bien el violón; su marido es un excelente pianista y tocamos piezas a cuatro manos” (Cta 8).

15.- En Luneville

Esta mañana estamos metidsa en un enorme trajín: la señora Lalande da un gran lunch en nuestro honor, y nosotras le estamos ayudando a prepararlo. Llevamos en Luneville una vida de lo más agradable, comiendo en casa de unos, merendando y cantando en casa de otros, además de los numerosos partidos de tenis cono jóvenes estupendas.

En fin, no disponemos ni de un minuto libre y ni sabemos dónde estamos. El 14 de julio asistimos a un maravilloso desfile militar en el campamento de Mars. No te puedes imaginar lo hermoso que era contemplar el regimiento de caballería con los cascos y corazas brillando al sol. Al atardecer, fuimos al Bosquet, paseo fantástico, más hermoso que el Parque; la iluminación era muy bonita; uno creía encontrarse en Venecia. Somos muy agasajadas. Una vieja amiga de mi abuela, señora de la Roque, nos ha regalado unas preciosas sortijas de oro, esmaltadas de turquesas [.] Te envío una lluvia de besos.

Nuestra estancia aquí ha sido una serie ininterrumpida de diversiones: bailes, música, paseos de campo; todo se sucedía en cadena. La sociedad de Tarbes es muy agradable; me he relacionado con muchas jóvenes, a cual más encantadora. Estamos emocionadas por la acogida que nos han dispensado y llevamos un recuerdo muy grato de Tarbes.

Una tía de los Rostang, la señora Saint-Michel, ha pasado unos días en Tarbes con su hija de 20 años, que es encantadora y muy entendida en música; no dejábamos ni por un momento el piano. Los comercios de música de Tarbes no tenían surtido suficiente de partituras para tocar” (Cta 11).

16.- A Lourdes.

Después de Tarbes nos fuimos a Lourdes, rincón del Cielo donde pasamos tres días deliciosos como no se pueden pasar sino allí. He pensado en ti al pie de la gruta. ¡Ah, si tú supieras qué momentos tan buenos he pasado allí, y cómo se emociona una! No había grandes peregrinaciones. Hemos podido comulgar en la gruta; me gusta Lourdes por esa su tranquilidad.

De Lourdes nos fuimos a Pau a visitar el castillo de Enrique IV, que merece la pena verse, pues contiene unos tapices maravillosos, y no éramos las únicas en admirarlos.

El día anterior estuvimos en Cauterets. Esta ruta en coche desde Pierrefite es admirable; permanecimos en un éxtasis silencioso ante tan bellas montañas, por las que enloquezco y a las que no querría abandonar jamás. Sin embargo, Luchon nos reservaba algo mucho más bello todavía. Para mí es un paraje incomparable (Cta 12).

17.- En Marsella

En Marsella visitamos también un transatlántico, que me interesó muchísimo. Mamá tenía un miedo atroz, porque el barco estaba en alta mar; y, para llegar a él, nuestra barquichuela zozobraba; por eso, se quedó muy a gusto el verse de nuevo en tierra, pues ella no comparte mi entusiasmo por este bello mar que tanto me encanta.

Pero lo que más me admira es la Gran Cartuja. Si vieras qué hermosa es esa ruta del Desierto, qué verdes y pobladas de árboles están las montañas.

Es la soledad más profunda que se puede imaginar; uno cree estar a cien leguas del mundo; tan perdido se encuentra en estas montañas, que tiene un aspecto exageradamente salvaje.

Dormimos en el convento de las religiosas, frente al monasterio de los Cartujos, en una pequeña celda, en camas atrozmente duras, pues la penitencia reina en la Gran Cartuja. Bajamos a Grenoble por el Sappey, otra ruta muy bella. También estuvimos en Ginebra (Cta 15).

18.- El lado interior.

Es en las poesías donde leemos la otra cara, el lado interior del ser de Isabel. Por ejemplo, en una poesía compuesta el día de Pentecostés de 1898:

De tus incandescentes y puras llamas, / Espíritu Santo, dígnate abrasar mi alma; / consúmela con tu divino amor; / tú, a quien invoco cada día.

Espíritu de Dios, fúlgida luz, / tú que me llenas de tus favores, / tú que me inundas de tus dulzuras, / aniquílame, destrúyeme toda entera,

Tú que me das mi vocación, / ¡oh!, condúceme, pues, a esta unión / íntima, interior, a esta vida / toda en Dios, que es mi deseo.

Que en Jesús solo se funde mi esperanza, / y que, viviendo en medio del mundo, / no aspire, no vea más que a Él, / a Él, mi Amor, mi divino Amigo.

Espíritu Santo, Bondad, Belleza suprema, / ¡Oh tú, a quien adoro; oh tú, a quien amo! / consuma con tus divinas llamas, / este cuerpo,, este corazón, esta alma. Esta esposa de la Trinidad / que sólo quiere hacer tu voluntad. (CP 54)

19.- Sacrificio costoso

A sus 19 años, el Diario de Isabel nos descubre su amor a Cristo, a María, a las almas para que la gran Misión de Dijon (marzo de 1899) la inflame de ardor apostólico. Leamos:

Hoy he tenido la gran satisfacción de ofrecer a mi Jesús algunos sacrificios sobre mi defecto dominante: pero ¡cuánto me ha costado! Reconozco mi debilidad..

Cuando recibo una advertencia injusta, parece que siento hervir la sangre en mis venas, todo mi ser se rebela. Pero Jesús estaba conmigo, oía su voz en el fondo de mi alma, y estaba dispuesta a soportarlo todo por su amor.

20.- En la voluntad de Dios.

Su Diario sigue: En cada fiesta de María renuevo mi consagración a esta buena Madre. Hoy me he confiado a ella y de nuevo me he arrojado en sus brazos. Con absoluta confianza, le he encomendado el destino de mi vida, mi vocación. Oh, como Jesús no me quiere todavía para Él, que se cumpla su divina voluntad; pero que me santifique en el mundo; que él no me impida caminar hacia Él; que las vanidades de la tierra no se apoderen de mí; que no me apegue a ellas. Soy la esposa de Jesús; estamos unidas tan íntimamente. Nada puede separarnos.

¡Oh!, que me muestre siempre digna de mi Esposo Amado, que no dilapide todas las gracias que Él me ha confiado, y que sienta el placer de demostrarle mi amor. Vamos a tener una gran Misión al final de la Cuaresma. Ya estoy pidiendo por el éxito de esta misión. ¡Cuánto deseo llevar almas a mi Jesús! Daría la vida sólo por contribuir a la salvación de esas almas que Jesús ha amado tanto. ¡Ah! Quisiera darle a conocer, hacerle amar en toda la tierra (Diario, p.910).

¡Qué tres días tan deliciosos acabo de pasar! Por la tarde, hacía más de media hora de adoración al Santísimo Sacramento antes del oficio de las ocho. ¡Quién pudiera expresar la dulzura de esos momentos de corazón a corazón, en los que una se siente ausente de la tierra y sólo se ve o se oye a Dios! Dios que habla al alma, Dios que le dice cosas tan dulces, Dios que le pide sufrir. Jesús, en fin, que desea un poco de amor, para consolarle. [.] Quisiera amarle por cuantos no le aman; quiero llevarle esas almas que Él tanto ha amado (Diario p. 12-13).

21.- Con Teresa de Jesús

Estoy leyendo en este momento el “Camino de Perfección” de Santa Teresa. Me interesa muchísimo y me hace mucho bien. La Madre Teresa dice de sí misma muy buenas cosas sobre la oración y sobre la mortificación interior; esta mortificación a la que deseo llegar con la ayuda de Dios. Como me es imposible hacer por ahora grandes penitencias, puedo, al menos, inmolar constantemente mi voluntad en cada instante del día. La oración, ¡cómo me gusta la forma en que santa Teresa trata de este tema!, mientras que nosotros no hacemos nada; en que une nuestra alma tan íntimamente a Él, que ya no somos nosotros quienes vivimos, sino Dios que vive en nosotros, etc.

¡Oh! He reconocido ahí los momentos de sublime éxtasis que el Maestro se ha dignado otorgarme tan frecuentemente durante los últimos Ejercicios Espirituales y después de ellos (Diario p. 15-16).

22.- Ante el sufrimiento.

Puesto que apenas puedo hacer mortificaciones, tengo que convencerme de que la mortificación física y corporal sólo es un medio, aunque admirable, para lograr la mortificación interior y el olvido absoluto de uno mismo. ¡Oh Jesús, mi Vida, mi Amor, mi Esposo, ayudadme; necesito absolutamente llegar a ello (Diario p. 17).

Dios mío, tú sabes que si sufro, si deseo por encima de todo sufrir tanto, no es pensando en mi eternidad, sino solamente para consolarte, para llevarte las almas, para manifestarte lo que te amo. Pues te he dado mi corazón, un corazón que no piensa ni vive sino para ti, un corazón que te ama hasta morir de amor (Diario p. 29).

¡Te amo tanto! Mi corazón arde en un amor tan grande, que no puedo vivir tranquila y feliz, en tanto que tú, mi Amado Esposo, sufres. Compartir tus dolores, mitigarlos, seguirte llevando una cruz gruesa y pesada, ese es lo que deseo. Te amor, Vida mía, te amo hasta morir. ¡Oh! Tú has herido mi corazón con el dardo de tu amor; y ya no puede ser feliz aquí abajo. Sólo tú puedes darle la felicidad permitiéndole compartir tus sufrimientos. ¡Gracias, Jesús, gracias! (Diario p. 64).

23.- Consentimiento materno

Finalmente, el 26 de marzo de 1899, la señora Catez da su consentimiento para que entre su hija en el vecino Carmelo, pero sólo dentro de dos años, al cumplir la mayoría de edad. Sin embargo, más tarde, a pesar de ser ese día el Viernes Santo, le hace una extraña proposición:

Mamá ha regresado esta mañana a casa muy tarde y completamente agitada. Le han hablado de una proposición matrimonial para mí, un partido maravilloso que nunca volveré a encontrar. Ha ido en busca del señor Cura, para ver lo que debía de hacer, ya que él me conoce mejor que nadie. Y le ha respondido a mamá que era preciso hablarme de este matrimonio y mostrarme sus ventajas; que era una prueba para mí, pero que debía reflexionar, que él no puede pronunciarse sobre mi vocación.

Opina, sin embargo, que no se debe concertar ninguna entrevista entre los dos sin avisarme antes. Yo estaba bien lejos de esperármelo. Pero ¡qué indiferente me ha dejado esta tentadora proposición! ¡Ah! Mi corazón ya no es libre, se lo he dado al Rey de los reyes, ya no puedo disponer de él.

¡Ah! Oigo la voz de mi Amado al fondo de mi corazón: “Esposa mía, -me dice Él- renuncias a la felicidad de este mundo para seguirme. A mi lado sabes que pasarás por el dolor, por la Cruz; que tendrás que soportar muchos sufrimientos. Si yo no estuviera ahí para sostenerte, tú no lo podrías soportarlo. Hasta estas consolaciones espirituales, tan sabrosas al alma, se te quitarán. ¡Qué de pruebas, amada mía, cuando se camina en mi seguimiento; pero también cuántas alegrías, cuánta dulzura te haré sentir en esos sufrimientos! La parte que te he escogido, es la más bella; mucho tengo que amarte, amada mía, para habértela reservado.

24.- Pena por su madre

Lo que me da pena es afligir a mi querida madre. Ella es admirable, es un milagro de María: ni siquiera trata de influenciarme. Cuando me aconsejó que lo pensara bien, le dije que mi respuesta sería la misma hoy que dentro de ocho días; pero que, si le agradaba esa demora, estaba dispuesta a esperar; a lo que ella no contestó. Ahora me comprende. Me dijo: “Hubiera sido un descanso para mí; pero Dios ha querido otra cosa” (Diario p.80-82).

Y el mismo día Isabel reafirma su total pertenencia a Jesús:

Al pie de tu cruz, Amado mío, / Jesús, mi amor crucificado, / vengo a pedirte que tomes / mi corazón para nunca devolvérmelo. / Celeste Esposo, divino Salvador, / ¡Ah! Renuncio a toda dicha, / a todo amor humano en este mundo / para pertenecerte toda entera a ti. / Quiero ser tuya, totalmente, / para así amarte más intensamente / y responder a tu amor. Me entrego a ti para siempre. / Esposo mío, mi supremo Bien, / sólo tú sabes cuánto de amo. (CP p. 796)

25.- La voluntad de Dios

Ante la oposición de su madre a su vocación contemplativa, y más aún ante los problemas de conciencia que le plantea la poca salud de aquélla, Isabel acepta plenamente cumplir la voluntad concreta del Señor, aun cuando tenga que ir en contra de su propio proyecto personal.

El Diario nos hace entrever que la joven, sin haber hecho voto de obediencia como sus carmelitas vecinas, ha tenido numerosas ocasiones de practicarla. Lo recordaba a una señora estando ya en el Carmelo:

El abandono, querida señora, es lo que me lleva a Dios. Soy todavía muy joven, pero me parece que alguna vez he sufrido fuertemente. Como aquella vez en que todo era confusión, cuando el presente era tan doloroso y el futuro aparecía aún más sombrío; cerraba los ojos, me abandonaba como un niño en los brazos de ese Padre que está en los Cielos (Cta 114).

Mientras espera, Isabel vive un abandono total. Se sumerge, “sin hacer muecas”, en expresión de su confesor, en su situación de joven seglar en el mundo.

26.-Vida “mundana”

Isabel continúa viajando durante el verano y reuniéndose con sus amigas de Dijon. Se viste con elegancia. Su peinado es impecable.

Se la distingue entre el círculo de familias de militares y durante las veladas de baile, donde hace numerosas amistades; más tarde, un obispo se ufanaría de haber bailado con ella en su juventud. Su primera biografía se diluye voluntariamente en cierta vaguedad: “Sus visibles encantos hacían concebir en torno a ella muchas esperanzas”. Pero los jóvenes, buenos psicólogos, decían entre ellos: “No es para nosotros, ved su mirada”. Isabel irradia a su Amor. Durante una velada de baile, una dama le dice repentinamente: “Isabel, tú ves a Dios”. Todo su ser se orienta a Él. Cuando Carlos Hallo la llena de piropos por sus cualidades, ella responde con acento de fastidio: “¡Carlos, me aburres!”

27.- En la celda interior.

Lo que le apasiona es Jesús, es “compartir” las penas y alegrías de Cristo, seguirle y darle absolutamente todo. “Compartir” es una palabra que a ella le gusta mucho y expresa muy bien lo que entiende por amor. Al no poder todavía vivir su presencia en el Carmelo, Isabel interioriza “su celda”, como Catalina de Siena. Escribe:

Concededme la soledad de corazón. Hacer que viva en íntima unión con Vos; y que nada, no sé, nada pueda distraerme de Vos, y que mi vida sea una oración permanente. Tú sabes, buen Maestro, que mi consuelo, cuando asisto a esas reuniones, consiste en recogerme interiormente y gozar de tu presencia, pues te siento tan vivamente en mí, mi Bien Supremo.

En esas reuniones apenas se piensa en Ti; y creo que te tiene que alegrar que un corazón, aunque sea tan pobre y miserable como el mío, no te olvide (Diario p. 94-95).

Que viva en el mundo si ser del mundo: puedo ser carmelita en mi interior, y quiero serlo. ¡Oh, Jesús mío!, hace tanto tiempo que os he entregado todo. Hoy renuevo mi ofrenda, soy tu pequeña víctima. ¡Que Isabel desaparezca y que sólo quede su Jesús! (Elevaciones p. 121).

28.- En Betania.

Jesús, Amado mío, ¡qué dulce es amarte, ser tuya, escogerte como el único Todo! Ahora que ya vienes cada día a mi corazón, que nuestra unión sea aún más íntima. Que mi vida sea una oración continua, un prolongado acto de amor. Que nada pueda distraerme de ti, ni los ruidos, ni las distracciones, nada.

Me gustaría tanto, Maestro mío, vivir contigo en el silencio. Pero lo que quiero por encima de todo es cumplir tu voluntad, ya que tú me quieres en el mundo, me someto con todo mi corazón por amor a ti. Te ofrezco la celda de mi corazón, que sea tu pequeña Betania; ven a descansar aquí, te quiero tanto. Quiero consolarte y me ofrezco a ti como víctima, oh Maestro, por ti y contigo. Acepto por adelantado todos los sacrificios, todas las pruebas, incluso la de no sentirte conmigo.

No te pido más que una cosa: ser generosa y fiel siempre; no volverme atrás nunca: Quiero cumplir perfectamente tu voluntad, responder siempre a tu gracia; deseo ser santa contigo y por ti, pero siento mi impotencia; ¡sé tú mi santidad! Te lo ruego encarecidamente, y te suplico que nunca me vuelva atrás: cuando sea totalmente tuya, llévame, hazme morir.

Soy tu “pequeña