Santa Isabel de la Trinidad (Parte II) - CANONIZADA 16 DE OCTUBRE

ISABEL CATEZ

​​0.- PRESENTACIÓN

Isabel Catez Rolland: 1880-1906. En el Carmelo Isabel de la Trinidad: 1901-1906. Una vida de 26 años. Pasó rápido por la juventud y por el mundo de la música. Rápida escalada de las cimas de la vida.

Casi a la par que describe su vocación de contemplativa, Isabel hace el hallazgo de un gran maestro, san Pablo. Y en él, los textos que definen la vocación profunda del cristiano. Textos que a ella le iluminan el sentido de la vida:

- “ser casa de Dios” y “templo del Espíritu”,

- ofrecer a Cristo una “humanidad suplementaria”, en que Él prolongue su misterio,

- sentirse llamada y predestinada a ser “alabanza de gloria” de la Trinidad.

Como una iluminada o una profeta, entre los 21 y 26 años, sor Isabel influye un denso magisterio de la pluma. Lo realiza en el ámbito estrecho de sus cuadernos de apuntes y sus cartas. Pero alcanza a sus amigas, a su hermana Guita, a seminaristas y sacerdotes, a su mamá. A casi todos los ha conocido en el mundo, en plena vida social. Ahora los sigue más de cerca con mirada contemplativa desde el Carmelo.

Ese magisterio de sor Isabel irrumpe con fuerza a raíz de su muerte. Primero, entre jóvenes y seminaristas. Luego, entre teólogos de prestigio, como Philippon, Padre Gabriel carmelita, Urs von Balthasar. Y ahora, ante el mundo y la Iglesia entera, al ser beatificada el 25 de noviembre de 1984 y canonizada el 16 de octubre del 2016.

La biografía contenida en las páginas que siguen se debe al más prestigioso especialista de sor Isabel, el carmelita belga Conrado De Meester, editor crítico de sus obras escritas.

Pero, en realidad, su verdadera autor es Isabel misma. Narración autobiográfica, sencillamente entramados por el compilador.

Tiene el frescor de lo auténtico, no manipulado, y la fuerza del mensaje espiritual de sor Isabel, joven de una pieza, eco de san Pablo, profeta de la Trinidad.

I.- JOVEN SEGLAR

1.- Nacimiento

La mañana del domingo 18 de julio de 1880, nace Isabel Catez Rolland en el campo militar de Avor, cerca de Bourges, centro geográfico de Francia, al norte de París. Su nacimiento no carece de dificultades. Los médicos presentes han advertido ya al capitán Catez que habrá que sacrificar a su primer hijo.

La madre sufre mucho durante 36 horas. Pero, al terminar la Eucaristía que el capellán Chabolsseau celebra por sus intenciones, la pequeña Isabel llega al mundo. La niña tiene buena salud; “es muy guapa, muy vivaracha”, recordará la señora Catez. El 22 de julio, fiesta de santa María Magdalena (detalle que alegrará a la futura contemplativa), recibe el bautismo.

Isabel es de la región del Norte, por parte del padre. José Catez había nacido el 29 de mayo de 1832 en Aire-sur-la-Lys (Pas-de Calais). Es el cuarto de siete hermanos.

2.- Cómo es José Catez

De familia muy pobre, se fraguó un camino en la vida con la energía y perseverancia que caracterizarán a su hija. Casado desde hace un año, tiene ya 40 años en el momento en que nace ésta.

Isabel es meridional y Lorena por parte de madre. María Rolland había nacido en Luneville, el 30 de agosto de 1846. La señora Catez es mujer, dotada de una facilidad de relación que le granjeará muchas amigas. Bastante jansenista de criterios, según ciertos testimonios.

El 10 de mayo de 1881, la compañía del capitán Catez se traslada a Auxome (Côte-d`Or). Es aquí donde la señora Catez nos da noticias frescas sobre Isabel, cuando la pequeña borgoñesa tienen 21 meses: “Es un puro diablo, se arrastra y cada día necesita un par de pantalones blancos.” Es también “una gran parlanchina.”

Son esas las primeras noticias de la futura santa. Pero tiene también detalles religiosos. “Ha ido a la Ofrenda, y ha abrazado al Crucifijo, lo ha abrazado ya antes de llegar”. Por su abuelita, enferma, no sólo reza, sino que enseña la oración a su muñeca: “Ahora mismo le ha puesto de rodillas, muy devotamente”. Encontramos a Isabel con su famosa muñeca Jeannette en fotos de esa época: es una niña que sabe lo que quiere.

3.- A Dijon

De nuevo, cambio de residencia militar. Hacia el primero de noviembre de 1882, los Catez se establecen en Dijon, en la villa Billiet, calle Lamartine, cerca de la estación. Ahí nace, el 20 de febrero de 1883, Margarita: “Guita”. Lo que la pequeña Guita tendrá de dulce, lo tendrá de turbulento Isabel, la pequeña capitana.

Pero Isabel tiene buen corazón y quiere mucho a sus padres. Guita recordará así la infancia de su hermana “Muy viva, muy colérica incluso; sus rabietas eran verdaderas rabietas; en fin, un verdadero diablillo”.

Su ardor y su sensibilidad non logran orientarse todavía. Su madre habla de “sus ojos furiosos”. Su gran amiga Maria-Luisa Hallo se acordará de su “mirada de fuego”, si bien lo dice en un contexto de caluroso entusiasmo.

4.- La familia

En la familia Catez reinó un buen entendimiento. Basta anotar esta frase de una carta de la señora Catez a su “buen José”, en viaje por el Norte: “No olvides mis consejos, come, nada de abusar de la cerveza y los cigarros, cuida tu salud y piensa en nosotros”. Cinco imperativos en dos líneas: ¡la esposa que, cuando quiere, se extiende a gusto en las cartas; sabe también resumir!

Puede entreverse tras estas líneas el temperamento meticuloso y dominante de la señora Catez, como lo veremos en filigranas del Diario de Isabel; y, por parte del capitán, el aspecto vivaz y social, unido al sentido del deber y a la lealtad. Si la pequeña Isabel ha conocido hasta ahora las lágrimas de cólera y las del arrepentimiento cuando ha enojado a su madre, son lágrimas que brotan sólo de los ojos. Bien pronto va a conocer sus primeras penas reales y las lágrimas que brotan del corazón.

En efecto, el 24 de enero de 1887 muere el abuelo Rolland, que vive con ellos. Ocho meses después, un nuevo duelo mucho más doloroso: la mañana del 2 de octubre, domingo, muere de repente el señor Catez, que ya había tenido frecuentes crisis cardiacas.

Al serle reducida la pensión, la señora Catez se ve obligada a trasladarse al segundo pido de una casa, hoy desparecida, en la calle Prieur de la Côte d’Or, al otro lado de la ciudad. Por la ventana, la pequeña Isabel divisa un extraño edificio dentro de un jardín: el Carmelo.

5.- El trío

El “trío” (madre y dos hijas) está muy unido, aunque no cerrado sobre sí mismo. Tienen amigos fieles y viajan cada año donde la familia y a casa de amistades, en el Midi y en Lorena. No sufre de estrechos horizontes la pequeña Isabel, que en Dijon vive cerca del gran Parque y de de la campiña.

A los ocho años, Isabel confía ya al P. Angles, cura de San Hilario en el Aude, su deseo de hacerse religiosa: “Todavía recuerdo mi alegría cuando logré tener un pequeño diálogo con usted y confiarle mi gran secreto. Era tan sólo una niña, pero usted no dudó nunca de la llamada de Dios” (Cta 104).

Sin ser rica, la señora Catez disfrutaba de suficiente bienestar para asegurar la formación de sus hijas. Hacia los 7 años, Isabel recibe de la señorita Grémaux sus primeras lecciones privadas de francés. La señora Catez matricula a su hija, de sólo 8 años, en el Conservatorio de Dijon. Los estudios clásicos se continúan de forma espaciada, pero el primer lugar lo ocupan las largas horas diarias de piano.

La muerte del padre ha podido atemperar la vivacidad de la niña, pero la vida sigue igual. Y las rabietas también. A buen seguro que la señorita Grémaux recordaba la “voluntad de hierro” de su pequeña alumna y su sorprendente recogimiento al entrar en la iglesia. Pues es propio de la naturaleza de Isabel ir siempre al fondo de las cosas. Pero eso no borra sus defectos. Guita se acuerda de que las rabietas de su hermana eran a veces tan violentas que “se la amenazaba con enviarle interna al Buen Pastor (una casa de reeducación, muy cercana) y hasta se le preparaba la maleta.

Pero Isabel es, a la vez, muy recta; y, cuando comprende que no debe fastidiar a los otros, se corrige inmediatamente.

6.- Toda una tarea

Su primera confesión, en torno a los 7 u 8 años, le lanza a la lucha contra sus defectos. Y después ¡hay tantas bellas cualidades en su corazón atrayente y generoso! He aquí lo que la pequeña niña de 8 años y medio promete, no sin cierto acento picarillo, en su carta de año nuevo:

“Querida mamita: quisiera, al desearte un feliz año nuevo, prometerte que seré muy prudente y muy obediente; y que ya no te haré enfadar, que no lloraré más y que seré un pequeño modelo para complacerte, aunque tú no te lo creas. Voy a hacer todo lo posible por mantener mis promesas como he dicho otras veces. Había pensado escribir una carta larga; ¡pero ahora ya no me sale nada! De todos modos, ya verás qué buena voy a ser. Te abrazo, querida mamita” (Ct 1).

Todavía 16 meses le separan de su primera comunión. Sabeth se aplica con ardor a las lecciones de catecismo; lo que no le impide ser castigada un día por el Vicario a ponerse de rodillas, junto a una amiguita, en medio del pasillo.

7.- El primer encuentro eucarístico

¿Qué sucede en su corazón el día 19 de abril de 1891? Durante la misa y la acción de gracias, lágrimas de alegría corren por su rostro. Cuando sale de Saint-Michel, le dice a María Luisa Hallo: “Ya no tengo hambre, Jesús me ha alimentado”. A través de una poesía se adivina la intensidad de este primer encuentro con el Cuerpo de Cristo. Está escrita en el séptimo aniversario de esta comunión. Es una de esas poesías que escribe para ella sola en presencia de Jesús y que son un auténtico diario íntimo:

En el aniversario de ese día / en que Jesús de mí hizo una morada / en que Dios tomó posesión de mi corazón, / tanto y tan bien que desde esta hora, / tras este coloquio misterioso, / esta conversación divina, deliciosa, / sólo pensé ofrecer toda mi vida, / devolver un poco de su gran amor / al Esposo de la Eucaristía / que reposa en mi frágil corazón, / llenándolo de todas sus gracias (CP 47).

8.- Robustecida por dentro

El 8 de junio de 1891 recibe el sacramento de la Confirmación en la iglesia de Notre-Dame. Los testigos señalan unánimemente un notable progreso, a partir de su primera comunión, en el camino del don de sí misma. ¿Don a quién? A Jesús. Comprende el amor que él nos ha manifestado en su sufrimiento, en su muerte y en su presencia eucarística.

Jesús le da fuerza en lo más profundo de sí misma. Frecuentemente, cuando comulga, lágrimas de alegría bañan su cara. Con toda su fuerza de voluntad aprende a olvidarse de sí misma, por Jesús, por los demás.

Sus ímpetus de cólera pasan a ser vividos y vencidos por dentro. Se sabe ganada por Jesús. Le gusta orar.

Hacia los 13 años su confesor le ayuda a pasar una dolorosa fase de escrúpulos. La catequesis rodeaba entonces el acercamiento a Dios con prescripciones meticulosas; por todas partes la amenaza del pecado; ¡y el supremo Juez que no transige!

A la edad de 13 años, Isabel Catez obtiene ya su primer premio de piano en el Conservatorio. Puede disfrutar de unas vacaciones bien merecidas.

Estoy entusiasmada con mis vacaciones. Hemos permanecido 15 días en Gemeaux con la señora Sourdon que no nos quería dejar marchar, y nos hemos divertido mucho. Jugábamos interminables partidas de croquet, y organizábamos magníficos paseos. Después me dedicaba a menudo a la música; al Señor Gemeaux le gustaba mucho. Íbamos con frecuencia al castillo.

9.- Mirando al Carmelo.

Un día, cuando tenía 14 años, después de haber recibido la Comunión, Sabeth se siente irresistiblemente empujada a ofrecer toda su vida a Dios, y emite su voto de virginidad perpetua. Un poco más adelante, el proyecto de vida religiosa se concreta en esta palabra que oye interiormente: “Carmelo”.

10.- Cómo se ve a sí misma.

El canónigo Angles, gran amigo de la familia, evocará el recuerdo de Isabel como “constante cabecilla de la banda”. Pero ella misma va a completar su imagen en un ejercicio de redacción escrita de estilo que la señorita Forey, su nueva institutriz le ha dado:

¡Hacer el propio retrato físico y moral es una tarea nada fácil, pero sacando a flote todo mi coraje, pongo manos a la obra y comienzo! Sin que parezca petulencia, el conjunto de mi persona no es desagradable.

Soy morena y, según se dice, bastante desarrollada para mi edad. Tengo unos ojos negros vivos.; unas espesas cejas me dan un aire severo. El resto de mi persona es insignificante. ¡Mis lindos pies podrían darme un sobrenombre de Isabel de los largos pies como le reina Bertal! ¡He ahí mi retrato físico!

Pasando al aspecto moral, yo diría que tenga bastante buen carácter. Soy alegre, y debo confesarlo, alocada. Tengo buen corazón. Soy coqueta por naturaleza.”Es necesario serlo un poco”, dicen. No soy perezosa: “sé que el trabajo hace feliz”. Sin ser un modelo de paciencia, sé generalmente contenerme. No tengo rencor. Este es mi retrato moral.

Tengo mis defectos, y más bien pocas cualidades. Pero espero conseguirlas. En fin, aquí está ese tan enojoso ejercicio, ya terminado. Estoy muy contenta de él.

Pero nada refleja aquí, evidentemente, de lo que es ya la llamada su vida, el alma de su alma: su amor a Jesús. Lo descubrirá en unos pocos versos casi contemporáneos de esa redacción de estilo: Jesús, de ti mi alma está celosa, / yo quiero ser cuanto antes tu esposa. / Contigo quiero sufrir / y para encontrarte sufrir (CP 4).

11.- El premio del Conservatorio

Continúa dos años más estudiando en el Conservatorio., y cuenta con dignidad cómo le han robado injustamente el premio de honor de 1894:

“Ha habido un gran revuelo en el Conservatorio por mi causa: el jurado me había otorgado un premio por unanimidad; pero el señor Fritsch, cuyo alumno había obtenido otro, ha pensado que yo iba a eclipsar la gloria de su alumno. Y fue corriendo a la Prefectura, al igual que la señora Vendeur. Lo han tramado tan bien, que el Prefecto les ha dado la razón, alegando que el jurado carecía de autoridad suficiente para conceder ese premio.

Entonces los miembros del jurado, muy disgustados, han querido presentar su dimisión; y si el señor Deroye, presidente del jurado, hubiera sido advertido, los hechos no se habrían desarrollado de este modo, porque él mismo se habría entrevistado con el Prefecto, según se lo ha comunicado al señor Lévêque. En fin, un revuelo del que no te puede hacer idea; y es el señor Fritsch el causante de todo esto; ha obrado poco bonitamente; se ha enemistado con el señor Dietrich. Margartia ha obtenido el segundo premio de piano. Esto es fantástico” (Cta 4).

12.- La Presencia misteriosa

Pero interiormente una Presencia misteriosa la acompaña ya. Pocos de los que la rodean se dan cuenta de que su rica vitalidad se orienta hacia otra Vida, adentro, afuera, más allá. La nostalgia de Jesús, del Carmelo, del Cielo habita en esta joven de 15 a 16 años. A los 17 descubre las perspectivas terrenas q ue implica ese amor. Acepta su situación concreta y todo lo que hace sufrir a su joven corazón, animado por un deseo de oblación netamente contemplativa:

“Pues mi corazón está siempre con Él, / noche y día piensa sin cesar / en este celeste y divino Amigo / a quien quisiera demostrar su amor. / También se eleva a él este deseo: / No morir, sino largo tiempo sufrir, / sufrir por Dios, darle su vida / orando por los pobres pecadores” (CP 43).

13.- Prohibición materna.

Su corazón está ya en el Carmelo; pero su madre le ha prohibido toda conversación con las monjas. Sin embargo, su amor a Jesús, su atención calurosa hacia los otros y su capacidad de admiración, la hacen tomar parte, no sin entusiasmo, en la vida de la sociedad. Lo testifican sus cartas escritas durante los periplos anuales de las grandes vacaciones.

14.- A Saint-Hilaire.

“Qué alegría he sentido al saber que estás pasando unas magníficas vacaciones; yo también, te lo aseguro. Hemos ido a pasar unos días a Saint-Hilarie, hermoso partido de provincia donde mamá vivió cuando tenía mi edad. Dieron en nuestro honor banquetes tan espléndidos que nuestros estómagos no podían soportarlos.

Estamos también muy agasajadas en Limoux. Aquí dedico mucho tiempo a la música. Mi amiga tiene un magnífico piano de cola que me encanta.: suena maravillosamente y me pasaría horas tocando. Acompaño a la prima Gabriela, que toca muy bien el violón; su marido es un excelente pianista y tocamos piezas a cuatro manos” (Cta 8).

15.- En Luneville

Esta mañana estamos metidsa en un enorme trajín: la señora Lalande da un gran lunch en nuestro honor, y nosotras le estamos ayudando a prepararlo. Llevamos en Luneville una vida de lo más agradable, comiendo en casa de unos, merendando y cantando en casa de otros, además de los numerosos partidos de tenis cono jóvenes estupendas.

En fin, no disponemos ni de un minuto libre y ni sabemos dónde estamos. El 14 de julio asistimos a un maravilloso desfile militar en el campamento de Mars. No te puedes imaginar lo hermoso que era contemplar el regimiento de caballería con los cascos y corazas brillando al sol. Al atardecer, fuimos al Bosquet, paseo fantástico, más hermoso que el Parque; la iluminación era muy bonita; uno creía encontrarse en Venecia. Somos muy agasajadas. Una vieja amiga de mi abuela, señora de la Roque, nos ha regalado unas preciosas sortijas de oro, esmaltadas de turquesas [.] Te envío una lluvia de besos.

Nuestra estancia aquí ha sido una serie ininterrumpida de diversiones: bailes, música, paseos de campo; todo se sucedía en cadena. La sociedad de Tarbes es muy agradable; me he relacionado con muchas jóvenes, a cual más encantadora. Estamos emocionadas por la acogida que nos han dispensado y llevamos un recuerdo muy grato de Tarbes.

Una tía de los Rostang, la señora Saint-Michel, ha pasado unos días en Tarbes con su hija de 20 años, que es encantadora y muy entendida en música; no dejábamos ni por un momento el piano. Los comercios de música de Tarbes no tenían surtido suficiente de partituras para tocar” (Cta 11).

16.- A Lourdes.

Después de Tarbes nos fuimos a Lourdes, rincón del Cielo donde pasamos tres días deliciosos como no se pueden pasar sino allí. He pensado en ti al pie de la gruta. ¡Ah, si tú supieras qué momentos tan buenos he pasado allí, y cómo se emociona una! No había grandes peregrinaciones. Hemos podido comulgar en la gruta; me gusta Lourdes por esa su tranquilidad.

De Lourdes nos fuimos a Pau a visitar el castillo de Enrique IV, que merece la pena verse, pues contiene unos tapices maravillosos, y no éramos las únicas en admirarlos.

El día anterior estuvimos en Cauterets. Esta ruta en coche desde Pierrefite es admirable; permanecimos en un éxtasis silencioso ante tan bellas montañas, por las que enloquezco y a las que no querría abandonar jamás. Sin embargo, Luchon nos reservaba algo mucho más bello todavía. Para mí es un paraje incomparable (Cta 12).

17.- En Marsella

En Marsella visitamos también un transatlántico, que me interesó muchísimo. Mamá tenía un miedo atroz, porque el barco estaba en alta mar; y, para llegar a él, nuestra barquichuela zozobraba; por eso, se quedó muy a gusto el verse de nuevo en tierra, pues ella no comparte mi entusiasmo por este bello mar que tanto me encanta.

Pero lo que más me admira es la Gran Cartuja. Si vieras qué hermosa es esa ruta del Desierto, qué verdes y pobladas de árboles están las montañas.

Es la soledad más profunda que se puede imaginar; uno cree estar a cien leguas del mundo; tan perdido se encuentra en estas montañas, que tiene un aspecto exageradamente salvaje.

Dormimos en el convento de las religiosas, frente al monasterio de los Cartujos, en una pequeña celda, en camas atrozmente duras, pues la penitencia reina en la Gran Cartuja. Bajamos a Grenoble por el Sappey, otra ruta muy bella. También estuvimos en Ginebra (Cta 15).

18.- El lado interior.

Es en las poesías donde leemos la otra cara, el lado interior del ser de Isabel. Por ejemplo, en una poesía compuesta el día de Pentecostés de 1898:

De tus incandescentes y puras llamas, / Espíritu Santo, dígnate abrasar mi alma; / consúmela con tu divino amor; / tú, a quien invoco cada día.

Espíritu de Dios, fúlgida luz, / tú que me llenas de tus favores, / tú que me inundas de tus dulzuras, / aniquílame, destrúyeme toda entera,

Tú que me das mi vocación, / ¡oh!, condúceme, pues, a esta unión / íntima, interior, a esta vida / toda en Dios, que es mi deseo.

Que en Jesús solo se funde mi esperanza, / y que, viviendo en medio del mundo, / no aspire, no vea más que a Él, / a Él, mi Amor, mi divino Amigo.

Espíritu Santo, Bondad, Belleza suprema, / ¡Oh tú, a quien adoro; oh tú, a quien amo! / consuma con tus divinas llamas, / este cuerpo,, este corazón, esta alma. Esta esposa de la Trinidad / que sólo quiere hacer tu voluntad. (CP 54)

19.- Sacrificio costoso

A sus 19 años, el Diario de Isabel nos descubre su amor a Cristo, a María, a las almas para que la gran Misión de Dijon (marzo de 1899) la inflame de ardor apostólico. Leamos:

Hoy he tenido la gran satisfacción de ofrecer a mi Jesús algunos sacrificios sobre mi defecto dominante: pero ¡cuánto me ha costado! Reconozco mi debilidad..

Cuando recibo una advertencia injusta, parece que siento hervir la sangre en mis venas, todo mi ser se rebela. Pero Jesús estaba conmigo, oía su voz en el fondo de mi alma, y estaba dispuesta a soportarlo todo por su amor.

20.- En la voluntad de Dios.

Su Diario sigue: En cada fiesta de María renuevo mi consagración a esta buena Madre. Hoy me he confiado a ella y de nuevo me he arrojado en sus brazos. Con absoluta confianza, le he encomendado el destino de mi vida, mi vocación. Oh, como Jesús no me quiere todavía para Él, que se cumpla su divina voluntad; pero que me santifique en el mundo; que él no me impida caminar hacia Él; que las vanidades de la tierra no se apoderen de mí; que no me apegue a ellas. Soy la esposa de Jesús; estamos unidas tan íntimamente. Nada puede separarnos.

¡Oh!, que me muestre siempre digna de mi Esposo Amado, que no dilapide todas las gracias que Él me ha confiado, y que sienta el placer de demostrarle mi amor. Vamos a tener una gran Misión al final de la Cuaresma. Ya estoy pidiendo por el éxito de esta misión. ¡Cuánto deseo llevar almas a mi Jesús! Daría la vida sólo por contribuir a la salvación de esas almas que Jesús ha amado tanto. ¡Ah! Quisiera darle a conocer, hacerle amar en toda la tierra (Diario, p.910).

¡Qué tres días tan deliciosos acabo de pasar! Por la tarde, hacía más de media hora de adoración al Santísimo Sacramento antes del oficio de las ocho. ¡Quién pudiera expresar la dulzura de esos momentos de corazón a corazón, en los que una se siente ausente de la tierra y sólo se ve o se oye a Dios! Dios que habla al alma, Dios que le dice cosas tan dulces, Dios que le pide sufrir. Jesús, en fin, que desea un poco de amor, para consolarle. [.] Quisiera amarle por cuantos no le aman; quiero llevarle esas almas que Él tanto ha amado (Diario p. 12-13).

21.- Con Teresa de Jesús

Estoy leyendo en este momento el “Camino de Perfección” de Santa Teresa. Me interesa muchísimo y me hace mucho bien. La Madre Teresa dice de sí misma muy buenas cosas sobre la oración y sobre la mortificación interior; esta mortificación a la que deseo llegar con la ayuda de Dios. Como me es imposible hacer por ahora grandes penitencias, puedo, al menos, inmolar constantemente mi voluntad en cada instante del día. La oración, ¡cómo me gusta la forma en que santa Teresa trata de este tema!, mientras que nosotros no hacemos nada; en que une nuestra alma tan íntimamente a Él, que ya no somos nosotros quienes vivimos, sino Dios que vive en nosotros, etc.

¡Oh! He reconocido ahí los momentos de sublime éxtasis que el Maestro se ha dignado otorgarme tan frecuentemente durante los últimos Ejercicios Espirituales y después de ellos (Diario p. 15-16).

22.- Ante el sufrimiento.

Puesto que apenas puedo hacer mortificaciones, tengo que convencerme de que la mortificación física y corporal sólo es un medio, aunque admirable, para lograr la mortificación interior y el olvido absoluto de uno mismo. ¡Oh Jesús, mi Vida, mi Amor, mi Esposo, ayudadme; necesito absolutamente llegar a ello (Diario p. 17).

Dios mío, tú sabes que si sufro, si deseo por encima de todo sufrir tanto, no es pensando en mi eternidad, sino solamente para consolarte, para llevarte las almas, para manifestarte lo que te amo. Pues te he dado mi corazón, un corazón que no piensa ni vive sino para ti, un corazón que te ama hasta morir de amor (Diario p. 29).

¡Te amo tanto! Mi corazón arde en un amor tan grande, que no puedo vivir tranquila y feliz, en tanto que tú, mi Amado Esposo, sufres. Compartir tus dolores, mitigarlos, seguirte llevando una cruz gruesa y pesada, ese es lo que deseo. Te amor, Vida mía, te amo hasta morir. ¡Oh! Tú has herido mi corazón con el dardo de tu amor; y ya no puede ser feliz aquí abajo. Sólo tú puedes darle la felicidad permitiéndole compartir tus sufrimientos. ¡Gracias, Jesús, gracias! (Diario p. 64).

23.- Consentimiento materno

Finalmente, el 26 de marzo de 1899, la señora Catez da su consentimiento para que entre su hija en el vecino Carmelo, pero sólo dentro de dos años, al cumplir la mayoría de edad. Sin embargo, más tarde, a pesar de ser ese día el Viernes Santo, le hace una extraña proposición:

Mamá ha regresado esta mañana a casa muy tarde y completamente agitada. Le han hablado de una proposición matrimonial para mí, un partido maravilloso que nunca volveré a encontrar. Ha ido en busca del señor Cura, para ver lo que debía de hacer, ya que él me conoce mejor que nadie. Y le ha respondido a mamá que era preciso hablarme de este matrimonio y mostrarme sus ventajas; que era una prueba para mí, pero que debía reflexionar, que él no puede pronunciarse sobre mi vocación.

Opina, sin embargo, que no se debe concertar ninguna entrevista entre los dos sin avisarme antes. Yo estaba bien lejos de esperármelo. Pero ¡qué indiferente me ha dejado esta tentadora proposición! ¡Ah! Mi corazón ya no es libre, se lo he dado al Rey de los reyes, ya no puedo disponer de él.

¡Ah! Oigo la voz de mi Amado al fondo de mi corazón: “Esposa mía, -me dice Él- renuncias a la felicidad de este mundo para seguirme. A mi lado sabes que pasarás por el dolor, por la Cruz; que tendrás que soportar muchos sufrimientos. Si yo no estuviera ahí para sostenerte, tú no lo podrías soportarlo. Hasta estas consolaciones espirituales, tan sabrosas al alma, se te quitarán. ¡Qué de pruebas, amada mía, cuando se camina en mi seguimiento; pero también cuántas alegrías, cuánta dulzura te haré sentir en esos sufrimientos! La parte que te he escogido, es la más bella; mucho tengo que amarte, amada mía, para habértela reservado.

24.- Pena por su madre

Lo que me da pena es afligir a mi querida madre. Ella es admirable, es un milagro de María: ni siquiera trata de influenciarme. Cuando me aconsejó que lo pensara bien, le dije que mi respuesta sería la misma hoy que dentro de ocho días; pero que, si le agradaba esa demora, estaba dispuesta a esperar; a lo que ella no contestó. Ahora me comprende. Me dijo: “Hubiera sido un descanso para mí; pero Dios ha querido otra cosa” (Diario p.80-82).

Y el mismo día Isabel reafirma su total pertenencia a Jesús:

Al pie de tu cruz, Amado mío, / Jesús, mi amor crucificado, / vengo a pedirte que tomes / mi corazón para nunca devolvérmelo. / Celeste Esposo, divino Salvador, / ¡Ah! Renuncio a toda dicha, / a todo amor humano en este mundo / para pertenecerte toda entera a ti. / Quiero ser tuya, totalmente, / para así amarte más intensamente / y responder a tu amor. Me entrego a ti para siempre. / Esposo mío, mi supremo Bien, / sólo tú sabes cuánto de amo. (CP p. 796)

25.- La voluntad de Dios

Ante la oposición de su madre a su vocación contemplativa, y más aún ante los problemas de conciencia que le plantea la poca salud de aquélla, Isabel acepta plenamente cumplir la voluntad concreta del Señor, aun cuando tenga que ir en contra de su propio proyecto personal.

El Diario nos hace entrever que la joven, sin haber hecho voto de obediencia como sus carmelitas vecinas, ha tenido numerosas ocasiones de practicarla. Lo recordaba a una señora estando ya en el Carmelo:

El abandono, querida señora, es lo que me lleva a Dios. Soy todavía muy joven, pero me parece que alguna vez he sufrido fuertemente. Como aquella vez en que todo era confusión, cuando el presente era tan doloroso y el futuro aparecía aún más sombrío; cerraba los ojos, me abandonaba como un niño en los brazos de ese Padre que está en los Cielos (Cta 114).

Mientras espera, Isabel vive un abandono total. Se sumerge, “sin hacer muecas”, en expresión de su confesor, en su situación de joven seglar en el mundo.

26.-Vida “mundana”

Isabel continúa viajando durante el verano y reuniéndose con sus amigas de Dijon. Se viste con elegancia. Su peinado es impecable.

Se la distingue entre el círculo de familias de militares y durante las veladas de baile, donde hace numerosas amistades; más tarde, un obispo se ufanaría de haber bailado con ella en su juventud. Su primera biografía se diluye voluntariamente en cierta vaguedad: “Sus visibles encantos hacían concebir en torno a ella muchas esperanzas”. Pero los jóvenes, buenos psicólogos, decían entre ellos: “No es para nosotros, ved su mirada”. Isabel irradia a su Amor. Durante una velada de baile, una dama le dice repentinamente: “Isabel, tú ves a Dios”. Todo su ser se orienta a Él. Cuando Carlos Hallo la llena de piropos por sus cualidades, ella responde con acento de fastidio: “¡Carlos, me aburres!”

27.- En la celda interior.

Lo que le apasiona es Jesús, es “compartir” las penas y alegrías de Cristo, seguirle y darle absolutamente todo. “Compartir” es una palabra que a ella le gusta mucho y expresa muy bien lo que entiende por amor. Al no poder todavía vivir su presencia en el Carmelo, Isabel interioriza “su celda”, como Catalina de Siena. Escribe:

Concededme la soledad de corazón. Hacer que viva en íntima unión con Vos; y que nada, no sé, nada pueda distraerme de Vos, y que mi vida sea una oración permanente. Tú sabes, buen Maestro, que mi consuelo, cuando asisto a esas reuniones, consiste en recogerme interiormente y gozar de tu presencia, pues te siento tan vivamente en mí, mi Bien Supremo.

En esas reuniones apenas se piensa en Ti; y creo que te tiene que alegrar que un corazón, aunque sea tan pobre y miserable como el mío, no te olvide (Diario p. 94-95).

Que viva en el mundo si ser del mundo: puedo ser carmelita en mi interior, y quiero serlo. ¡Oh, Jesús mío!, hace tanto tiempo que os he entregado todo. Hoy renuevo mi ofrenda, soy tu pequeña víctima. ¡Que Isabel desaparezca y que sólo quede su Jesús! (Elevaciones p. 121).

28.- En Betania.

Jesús, Amado mío, ¡qué dulce es amarte, ser tuya, escogerte como el único Todo! Ahora que ya vienes cada día a mi corazón, que nuestra unión sea aún más íntima. Que mi vida sea una oración continua, un prolongado acto de amor. Que nada pueda distraerme de ti, ni los ruidos, ni las distracciones, nada.

Me gustaría tanto, Maestro mío, vivir contigo en el silencio. Pero lo que quiero por encima de todo es cumplir tu voluntad, ya que tú me quieres en el mundo, me someto con todo mi corazón por amor a ti. Te ofrezco la celda de mi corazón, que sea tu pequeña Betania; ven a descansar aquí, te quiero tanto. Quiero consolarte y me ofrezco a ti como víctima, oh Maestro, por ti y contigo. Acepto por adelantado todos los sacrificios, todas las pruebas, incluso la de no sentirte conmigo.

No te pido más que una cosa: ser generosa y fiel siempre; no volverme atrás nunca: Quiero cumplir perfectamente tu voluntad, responder siempre a tu gracia; deseo ser santa contigo y por ti, pero siento mi impotencia; ¡sé tú mi santidad! Te lo ruego encarecidamente, y te suplico que nunca me vuelva atrás: cuando sea totalmente tuya, llévame, hazme morir.

Soy tu “pequeña preferida”, tú me lo has dicho; pero puede ser que pronto venga la prueba, y entonces será esa prueba la que yo te dé. Maestro, no son tus dones ni los consuelos de que me colmas, lo que yo busco: te busco a ti, a ti solo. Sostenme siempre, tómame cada vez más; que todo lo mío te pertenezca; destruye y arranca todo lo que no te gusta para que llegue a ser toda tuya. Oh, cada latido de mi corazón es un acto de amor. Jesús mío, mi Dios, qué bueno es amarte, ser simplemente tuya.

La palabra “víctima”, que hemos encontrado aquí, proviene de Teresa de Lisieux. En 1899, una de las primeras conquistadas por la “Historia de un alma” es Isabel. Teresa le ayuda a deshacerse de lo que todavía le queda de jansenismo en su concepción de Dios. Pero es la experiencia mística de Dios inundando su corazón el mejor antídoto del miedo.

Antes, incluso, de su entrada en el Carmelo, Isabel le da a Dios un nombre que siempre recordará con cariño: Dios “todo Amor”.

29.- Cambio de apellido.

La joven Isabel Catez soñaba con tomar bien pronto, en el Carlo, el nombre de Isabel de Jesús. Pero, no sin cierto sacrificio, acepta el de Isabel de la Trinidad, que le propone la Priora.

En 1900 se encuentra otra vez con el dominico P. Vallée. Se enriquece con lo que el Padre le dice del amor que, no solamente Jesús, sino también Dios, Padre, Hijo, y Espíritu Santo le tiene.

30.- El último viaje

Isabel cuenta con 20 años de edad. En el verano de 1900 dice su adiós al mundo en el curso de un viaje de tres meses. De nuevo visita Lourdes, Tarbes. Después pasa un buen momento en Carlipa en el Aude:

Antes de llegar a Carlipa, fuimos a pasar un día a Biarritz para tomar contacto con el Océano. ¡Qué hermoso es, querida amiga; no puedo decirte hasta qué punto es verdaderamente grandioso ese espectáculo! Me entusiasmó ese horizonte sin límites, sin orillas. Ni mamá, ni Guita eran capaces de arrancarme de mi contemplación, y creo que me encontraban un tanto pesada (Cta 32).

¿Verdad que no se cansa una de contemplar la hermosura de ese mar? ¿Te acuerdas de la última vez que lo vimos juntas, en Biarritz desde la Roca de la Virgen? ¡Qué horas más felices pasé allí; era tan hermoso ver aquellas olas que avanzando irrumpían contra las rocas! Mi alma vibraba ante la grandiosidad de este espectáculo (Cta 126). De regreso a Dijon, nos quedamos dos días en París con una amiga, a la que estábamos deseosas de volver a ver. Tuve la satisfacción de ir Mont-Martre y a nuestra Señora de las Victorias.

¡Cuánto he rezado por ti, María Luisa, y por tus seres queridos! Estuvimos dos veces en la Exposición, ¡es tan hermosa!, aunque yo detesto tanto ruido y tanta muchedumbre. Margarita se burlaba de mí y me decía que yo tenía aspecto como de venir del Congo. (Cta 37).

31. Mirada retrospectiva

Cuatro años más tarde, ya en el Carmelo, Isabel seguirá recordando cosas sobre ese viaje de despedida: Di a la querida señora de Lignon que su pequeña amiga la quiere siempre mucho, que no olvida las agradables vacaciones pasadas en Saint-Hilaire, las alegres veladas, los bailes.

Recuerdo, querida mamá, que mientras danzaba como las demás y bailaba el rigodón en el amplio salón, estaba como obsesionada por este Carmelo que tanto me atraía y donde iba a encontrar, uno año después, tanta felicidad. ¡Qué misterio! ¡Oh! No te duelas de haberme entregado a Él. Él lo quería, y además tú sabes muy bien que soy siempre toda tuya. (Cta 156).

32.- Apostolado parroquial

Por última vez, se suceden en Dijon los encuentros y las veladas, pero también el apostolado en las parroquias de San Miguel y San Pedro: el cuidado de los niños de los obreros de la fábrica de tabacos, la catequesis para los niños que se preparan a la primera comunión, las visitas a sus familiares y a los enfermos, la coral. Escuchemos a Isabel ocho meses antes de su entrada en el Carmelo. En medio de esas circunstancias y preocupaciones, escribe al canónigo Señor Angles:

Muchas gracias por sus oraciones: ¡las necesito tanto! Si supiera cuánto sufro viendo a mi pobre mamá desconsolarse a medida que se acercan mis 21 años.

Está sujeta a muchas influencias: un día me dice una cosa y al siguiente lo contrario. El día de los Difuntos parecía estar totalmente dispuesta; me dijo incluso que este mismo verano podría ingresar. ¡Le había rezado tanto a mi pobre papá para que le inspirase bien! Pero dos días después, todas sus ideas habían cambiado.

El señor Cura me aconsejaba no prometer nada a esta querida mamá cuando me pide que espere, que no tengo que atarme a nada; rogará por mí, ¿verdad?

¡Qué duro es hacer sufrir a los que se ama; pero todo es por Él. Si Él no me sostuviera, hay momentos en que me pregunto qué es lo que pasaría; pero él está conmigo, y con Él se puede todo. ¡Qué bueno es perderse, desaparecer en Él! ¡Se siente con tanta fuerza que uno no es más que una máquina y que Él es quien actúa, quien lo es Todo.

Por eso, estoy tranquila, “sé de quién me he fiado”. Él es omnipotente. Que se cumplan todas las cosas según su beneplácito.; yo quiero lo que Él quiere, y no deseo sino lo que Él desea. Sólo le pido una cosa: amarle con toda mi alma, pero con un amor verdadero, fuerte y generoso.

Durante estos días hemos estado acogidas por un montón de cosas. Y, por si fuera poco, comienzan de nuevo las reuniones. Usted sabe lo poco que me gustan; pero, en fin, lo ofrezco a Dios.

Me parece que nada puede distraerme de Él, cuando obro por Él, siempre en su santa presencia, bajo esa mirada divina que penetra hasta lo más íntimo del alma. Hasta en medio del mundo se le puede escuchar en el silencio de nuestro corazón, que sólo quiere pertenecerse e Él. (Cta 40).

33.- Zonas de oscuridad.

El tiempo pasa de prisa. Sus 21 años y su entrada en el Carmelo se aproximan. Isabel atraviesa un periodo de oscuridad en su búsqueda de Dios. Escuchémosla: ¡Cuánto sufro, Dios mío! Pero deseo permanecer en este estado hasta que os plazca, pues este feliz sufrimiento purifica mi alma que Vos queréis unir más íntimamente.

Adelante, adelante, todo lo que queráis; pero sostenedme, que soy muy débil. Vos sabéis bien que es a Vos, a quien únicamente amo, a quien únicamente estoy unida. ¡Oh Amor, qué bueno es ofrecerte algo a Ti, que tanto me has mimado.” (Elevaciones, p. 122).

Es ahí, al pie de la Cruz, donde una se siente su prometida; todas esas oscuridades, esos sufrimientos, la despojan a una para unirla a nuestro Único Todo; la purifican también para llegar a la unión.

¡Ah!, hermana mía, ¿cuándo se consumará esta divina unión en nuestras almas? “Dios en mí y yo en Él”, que este sea nuestro lema.

34.- El santuario íntimo

Qué maravilloso es vivir esta presencia de Dios dentro de nosotros, en ese santuario íntimo de nuestras almas. Aquí le encontraremos siempre, aunque con el sentimiento no palpemos su presencia; pero Él está, a pesar de todo (Cta 47).

Ya no es un velo, sino un muro bien grueso el que me lo oculta. Es muy duro, ¿no te parece?, después de haberlo sentido tan cerca; pero estoy dispuesta a permanecer en este estado de alma todo el tiempo que le plazca a mi Amado dejarme en él, pues la fe me dice que Él está ahí, a pesar de todo; y además, ¿para qué las dulzuras y los consuelos? Eso no es Él. Y es a Él solo a quien nosotras buscamos, ¿no es así, mi buena Margarita?

Vayamos, pues, a Él por pura fe. ¡Oh, hermana mía, nunca he sentido tanto mi miseria, nunca me he visto tan miserable; pero esta miseria no me deprime en absoluto; al contrario, me sirvo de ella para ir a Dios; y pienso que es precisamente porque soy tan débil por lo que Él me ha amado tanto y me ha dado tanto.

El otro día fue el aniversario de mi primera Comunión, ¡y hace 10 años! Pienso en tantas gracias de que me ha colmado. (Cta 49).

35.- El porte exterior.

A pesar de esta vivencia interior en pura fe, el porte exterior de Isabel Catez sigue siendo el de una joven alegre, que no tiene otra preocupación que la de “reflejar” a Cristo. Escribe a su hermana y a su madre en viaje:

Fuimos inmediatamente a comprar la franela para María Luisa en la nueva camisería de la calle Libertad; dispone de un maravilloso surtido; no merece la pena escribir a Tarbes. Hemos escogido una de tipo escocés, color rosa tirando a granate; la vamos a cortar inmediatamente; espero lograrlo; voy a poner todos mis sentidos en ello.

La señora Hallo nos invitó a tomar algo en la pastelería. Ella misma me ha ofrecido una excelente cena con un delicioso entremés, que hubiera querido enviaros. ¿Llegaron en buen estado vuestros sandwichs?

Después de la cena, Carlos nos ha dado un concierto; hemos tocado “El barbero de Sevilla”.

Recomiendo , no os olvidéis de la peineta de strass: Haced antes un moño; empapar la trenza en los polvos antes de hacerlo. (Cta 46).

36.- Con Jesús al baile

Piensa en mí el domingo por la tarde, por favor. Iré a una velada de baile, mi cuerpo estará allí; pero solo él, porque mi corazón, ¿quién podrá distraerlo de aquel a quien ama?

Además creo que Él estará contento de verme allí. Pídeme que Él esté de tal modo en mi, que todo, que todo el que se acerque a su pobre y pequeña prometida piense en Él.

Somos sus hostias vivas, sus pequeños cálices. Ojalá todo en nosotros se refleje y lo demos a las almas. Es tan maravilloso ser de Él, ser toda suya, su presa, su víctima de amor.

37.- Derrame sinovial

En junio de 1901, tiene un derrame sinovial, causado evidentemente por las horas de oración pasadas de rodillas. Es cuando escribe al señor Angles.

No puedo ir a la iglesia, ni comulgar; pero, ya ve, mi Dios no tiene necesidad del Sacramento para venir a mí; me parece que lo tengo igualmente. ¡Es tan agradable esta presencia de Dios!

Es ahí, bien en el fondo, en el cielo de mi alma donde a mí me gusta encontrarlo, pues Él nunca me abandona. “Dios en mí y yo en Él”. ¡Es mi vida! Es tan dulce, -¿no le parece?- pensar que, excepto la visión, nosotros le poseemos ya como los bienaventurados en el cielo.

Que nosotros tengamos fuerza para no abandonarlo nunca, para no distraernos nunca de Él. Pídale para que yo me deje poseer y arrebatar totalmente.

38.- Su nombre

¿No le he dicho aún cómo me llamaré en el Carmelo? “María Isabel de la Trinidad”. Me parece que este nombre indica una vocación particular. ¿No le parece maravilloso? Amo tanto este misterio de la Santísima Trinidad; es un abismo en el que yo me pierdo.

Ya sólo me queda un mes, querido señor. Estos últimos momentos son una agonía. ¡Pobre mamá! Rece por ella. Dejo toda en manos de Dios. Decía Dios a santa Catalina de Siena: “Piensa en mí, que yo pensaré en ti.” ¡Qué dulce es el abandono, sobre todo, cuando se conoce a Aquel a quien uno se entrega!

Adiós, querido señor, le mando mi foto. Mientras me la sacaban, pensaba en Él. Es por tanto a Él a quien ella os llevará. Cuando la mire, rece a Dios por mí; le aseguro que lo necesito (Cta 55).

39.- Últimos sentimientos

El canónigo Angles recordará más adelante los “dos amores” que, al igual que un madero vertical y otro horizontal, firman una cruz en el corazón de Isabel: “El amor a Dios y el amor a su madre, a quien quería con locura”. Se lamentaba cuando pensaba en su mamá y en Guita”. (Cta 65).

Por su parte, sus cartas de estos días rezuman ecos de su interior: El Señor me ha dotado de un corazón muy tierno, muy fiel; y, cuando amo a alguien, me entrego del todo. (Cta 58).

Estoy deshecha. Esta mañana ni siquiera he ido a misa, pues he pasado la noche con la jofaina a mi lado. Sufro, Francisca mía, al hacer sufrir a los otros. Todo repercute en mí (Cta 60).

40.- Firmeza congénita

Pero la hija del oficial militar no retrocede ante los sacrificios más grandes, cuando se trata de responder al más grande Amor.

La Priora del convento carmelita conoce el valor de la joven postulante y ha decidido llevarla con ella a la nueva fundación de Paray-le-Monial. Las maletas de Isabel están ya listas, cuando, en el último momento, se decide que entre en el Carmelo de Dijon.

Son horas dolorosas las de esa última tarde o esa última noche juntas en familia, con su madre y su hermana Guita. Pero el 2 de agosto de 1901 llega también a Isabel la profunda paz de poder decir, al fin, sí a Jesús, que le quiere en el Carmelo. Por la mañana escribe aún al canónigo Angles:

Vamos a comulgar en la misa de 8, cuando Él esté en mi corazón, mamá me conducirá hasta la puerta de clausura. Quiero a mi mamá como nunca la he querido, y en el momento de consumar el sacrificio que me va a separar de estos dos seres queridos y tan buenos que Él me ha dado, ¡si usted supiera qué paz inunda mi alma! Esto ya no es la tierra, siento que soy totalmente suya, que no me guardo nada, me arrojo en sus brazos como un niño pequeño (Cta 75).

II.- CARMELITA

Efectivamente, el día 2 de agosto de 1901 Isabel Catez entraba, por fin, en su definitiva morada del Carmelo de Dijon. Su primera palabra escrita que conservamos es de paz y compañía:

¡Qué bien se está en la montaña del Carmelo. Lo he dejado todo para hacer la escalada, pero Jesús va delante de mí. Él me ha cogido en sus brazos para llevarme como a un niño pequeño, y para darme lo que yo había abandonado por Él (Cta 108).

Con el envío de unas fotos al Carmelo de Lisieux, una carmelita de Dijon escribe, días después de la entrada de Sabeth, esta frase asombrosa:

“Postulante desde hace tres días, pero deseosa del Carmelo desde los 7 años, sor Isabel de la Trinidad, que llegará a ser una santa, pues tiene ya unas disposiciones extraordinarias; Isabel llama la atención por sus virtudes y su recogimiento.”

1.- Donde está.

Su celda (sin calefacción ni agua corriente ni electricidad) da al patio donde se levanta sobre el césped una gran cruz sin Cristo. Las tres alas de la casa dejan, por el lado suroeste, penetrar el sol. Por encima del claustro de ojivas neogóticas, Isabel ve los árboles de uno de los tres jardines que rodean el amplio monasterio.

Las primeras noticias de Isabel son muy consoladoras y felices:

Mi salud es perfecta, mi apetito ha vuelto a ser como antes y hago honor a la cocina del Carmelo. Alicia me ha dicho que desearías que yo bebiese un poco de vino; ¿no te acuerdas que no lo puedo digerir? Duermo como una bendita en nuestro jergón de paja; hacía tiempo que no me ocurría esto. La primera noche no me encontraba segura. Pensé que iba a rodar” (Cata 80).

Él lo llena todo. Se le vive. Se le respira. ¡Si tú supieras qué feliz soy! Mi horizonte se ensancha cada día (Cta 84).

2.- Es feliz

No encuentro palabras para expresar mi felicidad, cada día la aprecio más. Aquí no hay nada; nada más que Él, Él es todo, sólo Él basta, y es a Él a quien únicamente se ve. Se le encuentra por todas partes, tanto en la colada como en la oración. Me encantan, sobre todo, las horas de silencio riguroso. Le estoy escribiendo precisamente en una de ellas. Imagínese a su Isabel en su pequeña celda, tan querida; es nuestro santuario, para Él y para mí solamente; y adivine las encantadoras horas que paso allí con mi Amado.

Todos los domingos tenemos expuesto el Santísimo Sacramento en el Oratorio. Cuando abro la puerta y contemplo al divino Prisionero que me ha hecho su prisionera en este querido Carmelo, me parece que es como si se entreabriese un poco la puerta del cielo.

Entonces coloco ante Jesús a todos los que están en mi corazón. Y allí, junto a Él, los vuelvo a encontrar. No me arrepìento de esos años de espera. Mi felicidad es tan grande, que valía la pena comprarla bien. ¡Qué bueno es Dios! (Cta 85).

3.- Sus formadoras

Tras la partida de una decena de Hermanas para la nueva fundación del Carmelo de Paray-le-Monial, las elecciones del 9 de octubre ponen a la cabeza de la comunidad a superioras muy jóvenes, las dos de Dijon: Germana de Jesús, de 30 años de edad, es elegida Priora; María de la Trinidad, de 26 años, es la nueva Supriora.

En la parte del Noviciado realizará el noviciado. Luego hará su profesión (que en esta época es “profesión perpetua”). Y permanecerá todavía en él otros tres años. Isabel se encuentra entre dos jóvenes. La Madre Germana une a su cargo de Priora el que Maestra de novicias.

4.- Su toma de hábito

El 8 de diciembre de 1901, después de unos cuatro meses de vida como carmelita, Isabel es aceptada unánimemente para la toma de hábito.

Será, por tanto, el día 8, esa bella fiesta de su Inmaculada Concepción, cuando María me revista de mi querida librea del Carmelo.

Yo voy a prepararme para ese hermoso día de los desposorios con un retiro de tres días. Cuando pienso en ello, no me parece estar ya en la tierra. Pida mucho por su pequeña carmelita para que se entregue y se dé totalmente, y así alegre el Corazón del Maestro.

Isabel, en el silencio y la soledad de su vida contemplativa, tiene un corazón atento, desbordante, fiel, tan dispuesto para amar buscar a Dios en todo.

Me pregunta cuáles son mis ocupaciones en el Carmelo. Podría responderle que para la carmelita no hay más que una: amar, orar. Pero, a pesar de vivir ya en el cielo, está todavía sujeta al cuerpo; debe, además de entregarse por completo al amor, ocuparse en cumplir la voluntad de Aquel que fue el primero en realizar estas cosas para darnos ejemplo.

5.- Su jornada

Comenzamos nuestra jornada con una hora de oración a las 5 de la mañana; después pasamos otra hora en el coro para salmodiar el Oficio divino; después viene la Misa.

A las dos de la tarde rezamos Vísperas; a las 5 oración hasta las 6. A las 8 menos cuarto, Completas. A continuación y hasta Maitines, que son a las 9, oramos. Hacia las 11 abandonamos el coro para ir a descansar. Durante el día tenemos dos horas de recreación; fuera de esto, permanecemos en silencio.

Ya, siempre que no tengo labores de limpieza, trabajo en mi celda. Una cama de paja, una pequeña silla, un pupitre sobre una tabla; este es mi ajuar. Pero está lleno de Dios y allí paso unas horas muy felices a solas con mi Esposo.

Para mí la celda es algo sagrado, es su Santuario íntimo, sólo para Él y su pequeña esposa. ¡Estamos tan bien “los dos juntos”! Yo me callo y le escucho. Es muy agradable escucharle. Y, mientras manejo la aguja o coso este querido hábito que tanto he deseado llevar, sigo amándoles (Cta 245).

6.- La casa de Dios

Pida un poco para que la “pequeña casa de Dios” esté totalmente llena e invadida por los Tres.

[Le dijeron que en hebreo Isabel significaba “Casa de Dios”; pero los exegetas de hoy dicen que significa “Yavé es mi plenitud”].

Me he colocado en el alma de mi Cristo, donde voy a pasar mi Cuaresma. Suplíquele que no viva yo, sino que Él viva en mí; que cada día se logre mejor la unidad, que permanezca siempre en la gran visión. Creo que ese es el secreto de la santidad y es muy sencillo.

¡Madrecita mía, pensar que tenemos el cielo dentro de nosotros, ese Cielo del que a veces siento tanta nostalgia! ¿Cómo será cuando se descorra finalmente el velo y gocemos cara a cara de Aquel a quien únicamente amamos. Mientras espero ese momento, vivo en el amor, me sumerjo en él y en él me pierdo. Es el infinito, del que mi alma está hambrienta.

Usted conoce el alma de su Isabel, por la que ha trabajado tanto. Ella no lo olvida. Ya sabe que Dios le ha dado un corazón agradecido, un corazón afectuoso y lleno de ternura (Cta 138).

Cuando escriba a la señora de Anthés, dígale por favor que rezo especialmente por ella y que no olvido sus intenciones. Las suyas tampoco las olvida, querida señora. Usted conoce lo suficiente mi corazón para saber que quienes allí entran no pueden ya salir. Y ¿dónde mejor encontrarles que en Aquel que es el principio y el lazo indisoluble de los verdaderos y profundos afectos, de aquellos que ni el tiempo ni la distancia pueden borrar? (Cta 128).

7.- Mi secreto

Vivamos con Dios como con un amigo. Vivamos nuestra fe para entrar en comunión en Él a través de todas las cosas. Es lo que nos hará santos. Pues Aquel que sacia a los bienaventurados en la luz de la visión y se entrega en la fe y el misterio ¡es el Mismo!

Me parece que he encontrado mi Cielo en la tierra y que ese Cielo es Dios, y Dios está en mi alma. El día que comprendí esto, todo se iluminó en mí. Ahora quisiera revelar este secreto a los que amo, para que también ellos descubran siempre a Dios en todas las cosas y así se cumpla la oración de Cristo: “Padre, que todos sean uno” (Cta 110).

Continúa en comunión con los Tres a través de todos los acontecimientos; en ese centro nos encontraremos. Te quiero mucho, Guita mía. Mi comunión del domingo la ofrecí por ti; después pasaré el día en el coro y tú estarás conmigo. ¿Verdad que es hermoso permanecer cerca de Él? Mira, Él es mi Infinito, en Él amo, soy amada y lo tengo todo (Cta 109)

¡Es tan maravilloso mi Prometido, mamá! Le amo apasionadamente y, al amarle, me voy transformando en Él (Cta 115).

8.- Nunca estoy sola

Sí, querida mía, pido por ti; te guardo en mi alma muy cerca de Dios, en ese pequeño santuario tan íntimo donde le encuentro a cada hora del día y de la noche. Nunca estoy sola: mi Cristo está siempre rezando en mí y yo rezo en Él.

Me das pena, Francisca mía,, Veo que eres desgraciada y ese es tu pecado, te lo aseguro. Tranquilízate, no creo que estés loca, pero sí nerviosa e hipersensible. Cuando te comportas de ese modo haces sufrir a los demás. ¡Ah, si pusiese enseñarte el secreto de la felicidad tal como Dios me lo ha enseñado!

Tienes que construirte, como he hecho yo, una celdita dentro de tu alma; piensa que Dios está ahí y entra de vez en cuando. Cuando te pongas nerviosa y piensas que eres una desgraciada, recógete rápidamente allí y cuéntaselo todo al Maestro,

Si lo conocieras al menos un poco, la oración no te aburriría; es un descanso, un reposo. Consiste sencillamente en acercarse al Amado, ponerse en sus manos como un niñito en loso brazos de su madre, y dejar que el corazón se expansione. Lo que tanto te gusta hacer: sentarte junto a mí y hacerme confidencias; eso mismo tienes que intentarlo con Él. Verás qué bien te comprende. Si logras entender esto no volverás a sufrir.

Este es el secreto de mi vida en el Carmelo: la vida de una carmelita es una comunión con Dios de la mañana a la noche, y de la noche a la mañana. Si Él no llenase nuestras celdas y nuestros claustros, ¡qué vacío estaría todo!. Pero, como le vemos a través de todo, ya que lo llevamos en nosotros, nuestra vida es un Cielo anticipado. Pido a Dios para que te comunique estos secretos. (Cta 189).

9.- Vida escondida de servicio

La vida de Isabel es ahora una vida escondida. Una vida al servicio de la Iglesia, comunitaria y solitaria a la vez, alimentada por el rimo de los tiempos litúrgicos, de los domingos y de un horario casi invariable. En medio de esta monotonía contemplativa, la gran sorpresa es Dios, presente por la fe y el amor.

He pasado una Cuaresma maravillosa. De todo lo que he vivido en el Carmelo lo más hermoso es la Semana Santa y el día de Pascua. ¡Es algo único! Ya te contaré todo cuando vengas.

Querida mía, ¡qué feliz es una cuando vive la intimidad con Dios, cuando se hace de la vida un diálogo de corazón a corazón, un trueque de amor, cuando se encuentra con el Maestro en el fondo del alma! Entonces ya no se está nunca sola y se tiene necesidad de soledad para gozar de la presencia de esta Huésped adorado.

Mira, Francisca mía, es preciso que te hagas un hueco en tu vida, en ese corazón que Él te ha dado tan afectuoso, tan apasionado. ¡Si superas qué bueno es! ¡Es todo Amor! Le pido que se manifieste a tu alma, que sea el Amigo con que te encuentres cada día. Entonces todo se ilumina y la vida es un placer. (Cta 140).

10.- Él está en todo

Una Cuaresma, una Semana Santa, un día de Pascua en el Carmelo es algo único. Con qué alegría he cantado el Aleluya, con mi capa blanca, revestida de esta librea que tanto he deseado.

El día del Jueves Santo lo pasé junto a Él y fue tan maravilloso, que hubiera pasado también la noche, te lo aseguro; pero el Maestro quiso que fuera a descansar. Pero no importa: se le encuentra en el sueño y en la oración.; Él está en todo y por siempre. (Cta 104).

11.- Con el Resucitado

¡Qué hermoso es vivir una Semana Santa en el Carmelo! Hubiera querido que asistieseis a nuestros solemnes Oficios y, sobre todo, a nuestra hermosa fiesta d Pascua. Ese día cantamos Maitines a las tres de la madrugada, entrando en procesión al coro con las capas blancas, cada una con un cirio, cantando el “Regina coeli”.

A las cinco tuvimos la Misa de Resurrección, seguida de una magnífica procesión por nuestro hermoso jardín. Todo estaba tan sereno, tan misterioso, que parecía que el Maestro se nos iba a aparecer por los pasillos solitarios como un día lo hiciera a la Magdalena. Aunque nuestros ojos no lo vieron, nuestras almas sí lo encontraron en la fe.

Es el Cielo en las tinieblas. Pero un día el velo caerá y contemplaremos en su luz a Aquel que amamos. Mientras esperamos el “Veni” del Esposo, hay que gastarse, sufrir por Él, y sobre todo amarle mucho. (Cta 139).

12.- Fiesta de la Trinidad

Sí, Guita, esta fiesta de los Tres es la mía por excelencia. No hay otra que se le parezca. Es muy propia del Carmelo, por ser una fiesta de silencio y adoración. Nunca había comprendido tan bien el misterio y la vocación que encierra mi nombre.

Te he consagrado a los Tres, Guita mía; ya ves cómo dispongo de ti. Quiero tener una cita contigo en este gran Misterio. ¡Que Él sea nuestro centro, nuestra Morada! (Cta 107).

El domingo pasaré el día contigo honrando a la Santísima Trinidad. Germanita mía, Dios es muy bueno, al concedernos la atracción hacia este misterio. (Cta 140).

13.- El centro de la vida

Si me entregas tu alma, la consagraré a la Santísima Trinidad para que te introduzca en la profundidad del Misterio, y así los Tres, a quien las dos amamos tanto, sean de verdad el centro donde se desarrolle nuestra vida.

Santa Teresa dice que el alma es como un cristal donde se refleja la Divinidad. ¡Cuánto me gusta esa comparación! Cuando contemplo el sol invadiendo nuestros claustros con sus rayos., pienso que es así, como Dios, el alma que sólo le buscar a Él.

Querida mía, vivamos en intimidad con el Amado, seamos totalmente para Él, como Él lo es para nosotros.

Comprendo tu sacrificio al no poder recibirle tanto como quisieras. Pero piensa que su Amor no tiene necesidad de sacramento para hacerse presente en su Germanita: ¡vive en comunión con Él todo el día! Él estará presente en tu alma. (Cta 118)

14.- La Navidad

Les escribo antes de Maitines, desde mi querida celda. Y quisiera ser pintora para dibujarles un croquis del cuadro que me rodea. El cielo está hermoso, cubierto de estrellas. La luna se desliza en mi celda a través de los cristales helados. ¡Es algo arrebatador!

Mi ventana da al patio, un jardín interior rodeado de grandes claustros, en el que se alza sobre una roca una gran cruz. Todo está tranquilo y silencioso. Me recuerda la noche en que nació Jesús. Me parece escuchar a los Ángeles cantando su dulce cántico: “Alegrémonos. Nos ha nacido un Salvador”.

Queridas tías, ¿habéis pasado una buena Navidad? La mía ha sido deliciosa. Una Navidad en el Carmelo es algo único. Al atardecer, me fui al coro y allí pasé la noche con la Santísima Virgen esperando al Divino Niño, que esta vez no iba a nacer en una gruta, sino en mi alma, en nuestras almas, pues lleva por nombre “Emmanuel”, Dios con nosotros” (Cta 163)

La hermosa fiesta de Navidad, que tanto me ha gustado siempre, tiene en el Carmelo un carácter muy especial. En vez de pasar la Nochebuena en compañía de Mamá y Guita, la pasé en silencio, en el coro, junto a Él. Me agradaba repetir allí: “Él es mi todo, mi único Todo” .¡Qué felicidad, qué paz deja esto en el alma! Se lo he entregado todo a Él, a Él sólo.

Si miro todo esto desde lo humano, descubro la soledad e incluso el vacío, pues no puedo decir que mi corazón no haya sufrido; pero mi mirada permanece en todo momento fija en Él, mi Astro luminoso.

Entonces todo lo demás desaparece y me pierdo en Él como una gota de agua en el Océano. Y todo se calma y se apacigua. ¡Es tan dulce la paz de Dios! De ella habla san Pablo cuando dice: “Lo supera todo”. (Cta 166).

15. Ropera y portera

El Carmelo de Dijon, dirigido por la Madre Germana, es una entusiasta fervorosa comunidad, en la que Isabel participa con su alegría y su sencillez, su amabilidad y servicialidad. Toma parte en las diversas tareas de la vida comunitaria.

Ayuda en la ropería y, después de su profesión, será segunda portera. También se le pedirá a veces que inicie a las nuevas postulantes en las costumbres monásticas. Una pequeña carta a la Hermana Luisa de Gonzaga, primera responsable de la ropería, nos da idea de su tacto y humor en los encuentros cotidianos con sus hermanas:

No termino de encontrar el lado derecho donde colocar la pieza de tela que me acaba de entregar y estoy un poco confusa. He dejado los dos lados sin coser para más seguridad. Le agradezco muchísimo que, después de la misa, pueda venir. Entre y marque el lado derecho, si puede, y después eche un vistazo a lo que he ideado para la delantera del vestido, que era demasiado estrecha.

Si encuentra deficiente la idea, deme una mejor. Encontrará lápiz y papel sobre la mesa, por si quiera dar alguna explicación a su pequeña aprendiz, que la ama y ruega por usted (Misivas 15).

16.- Igualdad de amor

Un año después de su ingreso en el Carmelo escribe la novicia:

Sí. He encontrado a Aquel a quien ama mi alma, al Único necesario que nadie puede arrebatar. ¡Qué bueno y qué hermoso! Quisiera permanecer totalmente en silencio, adorándole para penetrar cada vez más en Él y estar tan llena que pudiera darlo a través de la oración a esas pobres almas ignorantes del don de Dios.

Pide a Dios que viva plenamente mi vida de carmelita, de prometida de Cristo. Esto exige una unión muy profunda. ¿Por qué me ha amado tanto? Me siento tan pequeña, tan miserable; pero yo le amo, no sé hacer otra cosa; le amo con su mismo amor. Es un doble intercambio entre Él, que es, y yo, que nada soy.

Cuando siento que Dios invade toda mi alma, rezo mucho por usted. Me parece que es una oración a la que Él no se puede resistir y deseo que me otorgue todo poder. (Cta 119).

17.- Ante la profesión religiosa

Isabel medita en su vocación de religiosa carmelita y en su próxima profesión, como acto decisivo. Y quiere comunicar sus sentimientos:

Querida mía, una carmelita es un alma que ha mirado al Crucificado, que le ha contemplado ofreciéndose como víctima a su Padre por las almas y que, recogida en esa gran visión de la caridad de Cristo, ha comprendido la pasión de amor de su alma y se ha querido entregar como Él.

Sobre la montaña del Carmelo, la carmelita por medio de una oración ininterrumpida, pues se continúa a través de todo, vive ya como en el Cielo: “Solamente Dios”. El mismo que un día le dará la felicidad y la saciará plenamente en la gloria, se da ahora a ella, no la abandona nunca, permanece en su alma; más aún, los dos son Uno.

La carmelita es también una hambrienta de silencio para escuchar siempre, para penetrar cada vez más en el Infinito. Está identificada con Aquel a quien ama, lo encuentra en todas partes y descubre su irradiación divina en todas las cosas.

¿No es acaso esto el cielo en la tierra? Pues este cielo, Germanita mía, lo llevas dentro de ti. Ya puedes ser carmelita, pues Jesús reconoce a la carmelita en su interior (Cta 116).

18. - Qué es ser esposa

Es preciso vivir su vida de esposa. “Esposa”, todo lo que este nombre sugiere de amor dado y recibido, de intimidad, de consagración absoluta:

Ser esposa es entregarse como Él se ha entregado; es inmolarse como Él se ha entregado; es inmolarse, como Él. por Él, para Él. Es Cristo que pasa a ser mío, y yo que paso a ser “toda suya”.

Ser esposa es tener todos los derechos sobre su Corazón. Es un “corazón con corazón” de por vida. Es vivir con. Es descansar en Él y permitir que Él descanse en mi alma. Es no saber otra cosa que amar. Amar adorando, amar esperando, amar orando, pidiendo, olvidándose. Es amar siempre.

Ser esposa, es mirarle y pensar frecuentemente en Él, es tener cautivo, totalmente invadido el corazón, fuera de ti, y totalmente en él; y tener el alma llena de su alma, de su oración; en fin, es tener el ser cautivado y entregado.

Es contemplarle siempre para sorprender el menor signo y el más pequeño deseo; es gozarse con sus alegrías y compartir todas sus tristezas.

Es ser fecunda y corredentora, es engendrar almas para la gracia, y multiplicar los hijos adoptivos del Padre, los rescatados por Cristo, los coherederos de su gloria.

19.- Los escrúpulos

Si los cuatro meses de “postulantado”, anteriores al comienzo del noviciado, pasaron transidos de alegría y de luz, su año de noviciado fue, por el contrario, bien duro y doloroso. Pero no es lo suyo lamentarse. Nada de este sufrimiento trasciende en las cartas a su familia y amistades.

Por segunda vez en su vida, Isabel se ve angustiada por los escrúpulos, debidos en parte a su deseo de ser perfecta en todo. Su salud se resiente. Su sensibilidad (el rasgo dominante de su carácter, según ella en “Palabras luminosas” p. 725) vibra dolosamente. Pero nadie conoce ésta faceta, fuera de las dos Superioras.

La víspera de la profesión, la Madre Germana cree necesario llamar al P. Vergne para examinar el compromiso definitivo de Isabel. Ella misma nos dice una palabra sobre esto:

Acabo de encontrarme con nuestra Madre y me ha confesado su inquietud de que pronuncie mis votos en esta estado de ánimo, Pida por su pequeña que está en el colmo de la angustia.

Su secreto para superar las dificultades es la fe con el amor de Cristo y su voluntad de devolverle amor por amor.

20.- El frío

Me pregunta cómo puedo superar este frío, que sin duda lo hace. Pues créame que no soy más sacrificada que usted; porque, mientras usted sufre, yo gozo de buena salud. Esto hace que no tenga mérito por mi parte, pues en mi casa sufría mucho más el invierno que en el Carmelo, donde no puedo calentarme. Dios ayuda.

Además, cuando se sufren estas cosillas, es tan bueno mirar al Maestro que también pasó por todo esto por su “excesivo amor” hacia nosotros, como lo dice san Pablo. Una siente entonces sed de devolverle amor por amor. En el Carmelo abundan los sacrificios de este tipo; pero, cuando el corazón está enamorado, todo se convierte en dulzura.

Voy a decirle lo que hago cuando me encuentro un poco cansada: miro al Crucificado; y, cuando veo cómo se ha entregado por mí, descubro que lo menos que puedo hacer por Él es gastar y quemar mi vida para devolverle algo de cuanto Él me entregó. (Cta 136).

21.- Su profesión religiosa

El 29 de diciembre de 1902 Isabel anuncia su profesión religiosa, que tendrá lugar en la fiesta de la Epifanía, el 11 de enero de 1903.

El día de Epifanía me convertiré en su reina y pronunciaré los votos que me unirán por siempre a Él. Siento mi impotencia, pero Él está conmigo para prepararme. Feliz y confiada, me atrevo a colocarme ante Él para que consume la unión que ha soñado en su amor infinito. ¡Es tan hermosa mi vocación! Pasar toda una vida en silencio, en adoración, en intimidad con el Esposo. Pídale que le sea fiel, que realice totalmente sus designios sobre mi alma, que cumpla plenamente su voluntad y que le haga feliz.

Querida señora, que nuestras almas se una para consolar a nuestro Maestro. Se le ofende tanto en el mundo y se le deja tan de lado. Abramos nuestra casa para recibirle. No le dejemos solo en ese santuario de nuestra alma; pensemos en medio de nuestras ocupaciones que Él está allí y que necesita ser amado.

Mañana por la noche comienzo los ejercicios para prepararme a mi profesión. Ya adivinará con qué gozo veo acercarse esos días de soledad completa y de separación absoluta. (Cta 130).

¿Qué hermoso es entregarse a Él en estos tiempos en que tanto se le ofende! En el día feliz de mi profesión quisiera consolarle, hacerle olvidar todo; quisiera además que fuera el comienzo de un acto de adoración que nunca ya finalizará. (Cta 131).

Me veo envuelta en el misterio del amor de Cristo y cuando miro hacia atrás, descubro algo así como una persecución divina sobre mi alma. ¡Cuánto amor! Estoy abrumada por este peso. ¡Callo y adoro! (Cto 137).

22.- Días posteriores

Después de su compromiso definitivo en el Carmelo, rápidamente viene la paz a su alma. Las cartas de 1903 cantan la dicha de la joven profesa, a la vez que la profundidad de su ideal contemplativo.

¡Quién podrá describir la alegría de mi alma cuando, al contemplar a Cristo que recibí en mi profesión y que Nuestra Señora colocó “como un sello sobre mi corazón”, pude exclamar: “Al fin, es totalmente mío, y yo toda suya. Sólo le tengo a Él. Es mi Todo.”

Ahora sólo tengo un deseo: amarle, amarle siempre, guardar su honor como una verdadera esposa, hacer sus delicias, hacerle feliz construyéndole una morada y un refugio en mi alma; para que, a fuerza de amor, olvide cuantas abominaciones cometen los pecadores. (Cta 136).

23.- Presencia constante

Cuántas cosas han pasado desde mi última carta. La Iglesia me ha dirigido el “Veni, sponsa Christi” y me ha consagrado al Señor: Ahora “todo está cumplido”; o, mejor, todo comienza, pues la profesión es solamente una aurora; y cada día mi “vida de esposa” se me muestra más bella, más luminosa, más inmersa en la paz y en el amor.

Durante la noche que precedió al gran día, estando en el coro a la espera del Esposo, comprendí que mi Cielo comenzaba en la tierra; en el Cielo de la fe, en el sufrimiento e inmolación por Aquel a quien amo. Quisiera amarlo tanto, amarlo hasta morir de amor, como mi Seráfica Madre.

Este es mi deseo: ¡ser víctima del amor! Me parece que en el Carmelo es muy fácil vivir de amor: desde la mañana a la noche tenemos la Regla que nos manifiesta a cada momento la voluntad de Dios.

Si supiera cómo amo esta Regla, que es la forma en la que Él me quiere santa. No sé si hubiera sido capaz de derramar la sangre poro mi Esposo; pero, al menos, sé que vivo plenamente mi vida de carmelita, tendré el consuelo de gastarme por Él, por Él solo.

Poco importa las ocupaciones en que Él me ponga, pues Él está siempre conmigo; y la oración, la intimidad de corazón a corazón, nunca debe terminar, Lo siento tan presente en mi alma, que sólo necesito recogerme para encontrarle dentro de mí.

Esto me hace feliz., Ha puesto en mi corazón una sed de infinito y un deseo tan grande de amarle, que sólo Él lo puede saciar: voy por lo tanto a Él, como un niño pequeño donde su madre, para que Él me sacie, me invada totalmente, me tome y me lleve en sus brazos, ¡Hay que hacerse pequeños ante Dios! ( Cta 147).

24.- Sin cosas extraordinarias

Es toda la Trinidad quien descansa en nosotros, todo ese misterio que será objeto de nuestra visión en el Cielo. Que Él sea tu clausura. Hermanita, me llenas de gozo cuando me dices que tu vida se realiza en Él. La mía también: soy “Isabel de la Trinidad”; es decir, Isabel que desaparece, que se pierde, dejándose invadir por los Tres.

Te encomiendo a todos nuestros santos, especialmente a nuestra santa Madre Teresa y a sor Teresa del Niño Jesús. Sí, mi pequeña Germana, vivamos de amor, seamos sencillos como ella, siempre entregadas, inmolándonos minuto a minuto en el cumplimiento de la voluntad de Dios, sin buscar cosas extraordinarias. Hagámonos pequeñas, dejándonos llevar como el niño en los brazos de su madre por Aquel que es nuestro Todo.

Sí, hermanita mía, somos muy débiles; más aún, me atrevería a decir que no somos más que miseria; pero Él nos conoce. Y le gusta tanto perdonarnos, volvernos a levantar y llevarnos en sus brazos, adornándonos con su pureza y santidad infinitas.

Así es como nos purificará con su presencia constante, con sus toques divinos. ¡Nos quiere tan puras! Él mismo será nuestra pureza. Nos tenemos que dejar transformar en su misma imagen, a la vez que con sencillez le vayamos amando con aquel amor que establece la unidad entre las personas que se aman.

Yo también, Germanita, quiero ser santa, santa para hacerle feliz. Pídele que viva solamente de amor, esa es “mi vocación”. Luego unámonos para hacer de nuestras tareas diarias una comunión permanente.

Por la mañana despertémonos en el Amor. Entreguémonos el día entero al Amor, es decir, a cumplir la voluntad de Dios bajo su mirada, con Él, en Él, por Él solo.

Procuremos darnos siempre bajo la forma que Él quiera. Tú en el sacrifico de alegrar la vida a tus queridos padres. Y, cuando llegue la noche, tras un diálogo de amor que no se habrá interrumpido en nuestro corazón, durmámonos aún en el Amor.

Tal vez descubramos deficiencias, infidelidades. Abandonésmolo todo en su Amor, que es un fuego que consume. Pasemos nuestro purgatorio en su Amor. (Cta 153).

25.- Sumergida en un océano

¡Cuánto me alegra pensar que lo he dejado todo por Él! ¡Es tan hermoso darse cuando se ama! Y yo amo tanto a ese Dios que me quiere celosamente y sólo para Sí. Siento tanto el amor en mi alma, que es como un océano en el que me sumerjo y me pierdo: esta es mi visión en la tierra, mientras espero el cara a cara en la luz.

Él está en mí y yo en Él. Sólo tengo que amarle y dejarme amar en todo momento y en toda circunstancia: despertarme en el Amor, moverme en el Amor, dormirme en el Amor con el alma en su Alma y el corazón en su corazón, con los ojos en los suyos, para que, con su contacto divino, me purifique y me libre de mi miseria, de la que me encuentro tan llena. (Cta 191).

26.- Le gusta su nombre

Lo que me dice acerca de mi nombre me llena de satisfacción. ¡Me gusta tanto! Expresa perfectamente mi vocación. Pensando en él, mi alma se eleva a la gran visión del Misterio de los misterios, a esa Trinidad, que es ya en este mundo nuestra residencia claustral, nuestra morada, el Infinito donde nos podemos mover a través de todas las cosas.

Estoy leyendo actualmente unas páginas maravillosas de nuestro bienaventurado Padre San Juan de la Cruz sobre la transformación del alma en las tres Personas divinas. Señor Abate, a qué abismo de gloria hemos sido llamados.

Nuestro Padre san Juan de la Cruz dice que el Espíritu Santo eleva al alma a una altura tan admirable que la capacita para realizar en Dios la misma aspiración de amor que el Padre realiza en el Hijo y el Hijo en el Padre, aspiración que no es otra cosa que el mismo Espíritu Santo.

¡Qué misterio tan adorable de amor! ¡Pensar que Dios por nuestra vocación nos llama a vivir inmersos en esas claridades santas. Quisiera responder como la Virgen Santísima, “guardando todas estas cosas en mi corazón”, sepultándome, por así decirlo, y transformándome en Ella. Entonces se realizará mi divisa, “mi ideal luminoso”, como usted dice, ¡seré ciertamente Isabel de la Trinidad!

27.- ¿Ante un obispo masón?

Si bien Isabel no habla mucho de ello, la situación de la Iglesia en Francia y en su diócesis no la deja indiferente. Pero su “apostolado” es la “unión” con Dios, como explica ella en la importante carta del 25 de enero de 1904 a Andrés Charignard, joven seminarista y cuñado de Guita.

Es una carta en la que cita abundantemente las “magníficas epístolas” de san Pablo que ella está descubriendo con entusiasmo. Por primera vez resume Isabel su ideal como un esfuerzo por ser “la alabanza de gloria” de Dios (Ef 1,12). “Alabanza de gloria” (“Ladem gloriae” en la expresión latina favorita de Isabel), será de ahora en adelante su sobrenombre espiritual.

En Francia, al aplicarse rigurosamente, en 1902 y 1903, la ley sobre Asociaciones, miles de conventos se ven obligados a cerrar, a menudo en medio de grandes desórdenes sociales. Una ley del 7 de julio de 1904 prohíbe la enseñanza a todas las Congregaciones religiosas, y así se suprimen de nuevo miles de escuelas.

A pesar de no estar autorizado, el Carmelo de Dijon, permanece en su sitio. Prohibiéndose únicamente el uso de la capilla a los visitantes, el 16 de abril de 1903. En mayo siguiente, la Madre Germana emprende un viaje a Bélgica, donde en Noiseux habrán un refugio para las carmelitas de Dijon. Pronto se enviará allí una partida de muebles.

Isabel, metida de lleno en Dios, conserva el silencio interior y confía su Carmelo, la Iglesia y a sí misma al Señor. Mantiene el mismo silencio respecto al asunto del obispo La Nordez, que pone a toda la diócesis en situación de sobresalto.

Él es un republicano, falto de prudencia, aunque no de ambición. Ha sido acusado (probablemente con falsedad) de pertenecer a la masonería. En 1904 es llamado a Roma por Pío X e invitado a dimitir. Ese será uno de los pretexto para romper las relaciones diplomática con el Vaticano y votar la ley de la separación entre la Iglesia y el Estado en 1905.

28.- Oremos por la diócesis

Isabel, sin duda está el corriente. En el locutorio y en el interior del Carmelo, el asunto no podía llegar a evitarse totalmente. Y uno de los seminaristas que habían hecho la huelga en 1904 contra el obispo La Nordez era precisamente el cura Andrés Chevignard. Isabel le escribe el 25 de diciembre de 1904:

A mi alma le gusta unirse a la suya en una misma oración por la Iglesia, por la diócesis. Puesto que nuestro Señor habita en nuestras almas, su oración es nuestra. Quisiera estar en constante comunión con ella, como si fuese un pequeño vaso junto al Manantial, junto a la Fuente de vida, para poder después comunicarla a los demás, dejando desbordar esas olas de amor infinito.

“Yo me santifico por ellos, para que también ellos sean santificados en verdad”. Hagamos nuestra esta palabra de nuestro adorado Maestro; sí, santifiquémonos por las almas; y, ya que somos miembros de un solo cuerpo, en la medida en que poseemos abundantemente la vida divina, podremos comunicarla al gran cuerpo de la Iglesia.

Para mí hay dos palabras que sintetizan toda santidad, todo apostolado: “Unión, Amor”. Unámonos para hacer que Él olvide todo a fuerza de amor, y seamos, como dice san Pablo, “la alabanza de su gloria”. (Cta 195).

29.- La fecundidad apostólica

Cuando Andrés era todavía seminarista, Isabel ya le había recordado que la fecundidad apostólica es una de sus convicciones más queridas.

¿No le parece que en la acción, mientras se desempeña el oficio de Marta, puede el alma permanecer constantemente en adoración, embebida como Magdalena en su contemplación, colocándose junto a la Fuente como un sediento?

Así es como comprendo el apostolado, tanto de la carmelita como del sacerdote. Si ellos se mantienen sin cesar en contacto con estas divinas fuentes, entonces tanto uno como otro podrán irradiar a Dios, podrán darle a las almas.

Para ello es preciso colocarse muy ceca del Maestro, hacerse uno con su alma, identificarse con todos sus movimientos, para luego vivir como El cumpliendo la voluntad de su Padre. (Cta 137).

30.- La misma música para su hermana Guita

Mientras tú vas a la acción, yo te guardo junto a Él. Además, tú lo sabes muy bien: cuando se ama, las cosas exteriores no pueden distraer del Maestro y mi Guita es a la vez Marta y María. Si tú supieras qué cerca me siento de ti, cómo te envuelvo con mis oraciones, a ti y a ese pequeño y querido ser que te está en el pensamiento de Dios.

Déjate poseer, déjate invadir por su vida divina, para que puedas comunicársela a la pequeña criatura, que así vendrá al mundo llena de bendiciones. Piensa lo que debió pasar en el alma de la Virgen, cuando después de la Encarnación poseía en ella al Verbo Encarnado, al Don de Dios.

¡En qué silencio, en qué recogimiento, en qué adoración se sumergiría dentro de su alma para estrechar cariñosamente a Dios, de quien ella era Madre! Mi pequeña Guita, Él está con nosotros. Permanezcamos muy cerca de Él, en ese silencio, en ese amor de la Virgen; así prepararemos el adviento, ¿no te parece? (Cta 159).

31.- Isabel tía, Isabel sobrina.

El nacimiento de la primera hija de Guita, el 11 de marzo de 1904, llamada Isabel en honor de su tía carmelita, supone una gran alegría para Isabel.

Mi querida Guita, hemos saludado con una entusiástica ovación a tu pequeña Sabeth esta mañana en la recreación. Nuestra Reverenda y buena Madre estaba radiante de felicidad cuando nos mostraba su fotografía, y tú puedes adivinar cómo latía de fuerza el corazón de su tía Isabel.

Guita mía, creo que amo a ese angelito tanto como a su mamaíta, que se dice pronto. Y además, mira, me siento totalmente invadida por el respeto ante ese pequeño templo de la Santísima Trinidad. Su alma se me representa como un cristal que irradia Dios; si estuviese junto a ella, me pondría de rodillas para adorar a Aquel que habita en ella . (Cta 172).

La querida pequeña lleva mi nombre. Me parece que Dios me la ha dado para que sea su ángel y la adopte totalmente. He rezado tanto por ella antes de su nacimiento.

Por favor, no dejes de comunicarnos el día del bautizo, para acompañar a mi querida sobrinita a las fuentes bautismales, mientras la Santísima Trinidad desciende a su alma. (Cta 171).

32.- Retiro personal y comunitario

El otoño de 1904 es un tiempo fuerte para la carmelita sedienta de Dios. Del 26 de septiembre al 8 de octubre, hace su retiro personal: diez días de soledad absoluta y de oración.

Desde el 12 de noviembre hasta la mañana del 21, las recreaciones cotidianas se detienen para dar paso a una nueva fiesta de silencio: es el retiro comunitario, dirigido por el P. Fages, dominico. Al término de este retiro, Isabel compone su célebre oración “Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro”. Pero notemos que no se trata simplemente de una hermosa oración, sino más bien, de una verdadera ofrenda de sí misma a la Trinidad: “me entrego a Vos como víctima.”

Ocho días después, en una carta a la señorita Germana Gémeaux, escuchamos un eco de ello:

“Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Ese es el ideal de mi alma de carmelita, y creo que debe ser también el de su alma sacerdotal; es, sobre todo, el de Cristo; y le pido que lo realice plenamente en nuestras almas; seamos para Él una especie de humanidad suplementaria, en la que pueda seguir renovando todo su Misterio.

Le he suplicado que se establezca en mí como Adorador, Reparador y Salvador. No sé cómo explicarle la paz que da a mi alma el pensar que Él suple debilidades y que, si yo caigo a cada instante, Él está ahí para levantarme e introducirme más dentro de Él, en el fondo de esta esencia divina, donde moramos ya por la gracia y donde quisiera sumergirme tan profundamente que nada pudiera sacarme de ahí. Es ahí donde mi alma encuentra a la vuestra y donde junto a Aquel que tan divinamente nos ha amado. (Cta 193).

33.- Año nuevo

Comienza el año 1905. Escribe Isabel: “Que sea un año de amor para gloria de Dios”. San Pablo se ha convertido en su gran alimento espiritual. La carmelita quiere llegar a ser cada vez más una “alabanza” de la gloria de Dios, “todo Amor”, y alcanzar las alturas a las que estamos llamados.

Cada día Él me hace experimentar mejor lo dulce que es ser suya, solo suya, y mi vocación de carmelita me impulsa a la adoración, a la acción de gracias. Sí, es verdad lo que dice san Pablo: “Él ha amado con amor excesivo”, ha amado excesivamente a su pequeña Isabel.

Y, como amor exige amor, no pido otra cosa a Dios sino que me haga comprender esta ciencia del amor de la que habla san Pablo y de la que mi corazón desearía sondear toda la hondura. (Cta 199).

34.- Retiro de Pentecostés

Esta mañana tendremos nuestra última recreación: después de ella, entraremos en el retiro del Cenáculo hasta Pentecostés. Durante todos estos 10 días, creo que estaré más cerca de usted, porque viviré más con Él.

San Pablo, cuyas bellas cartas estoy leyendo como algo delicioso, dice que “nadie conoce lo que hay en Dios sino el Espíritu de Dios.” El programa de mi retiro consistirá en permanecer por la fe y el amor bajo la “unción del Santo”, de quien habla san Juan, porque sólo Él es quien “sondea hasta las profundidades de Dios.”

Ore para que no entristezca al Espíritu de amor, sino que le permita realizar en mi alma todas las creaciones de su gracia. (Cta 525).

35.- Última enfermedad

El agotamiento físico, precursor de la enfermedad que le llevará a la muerte a Isabel en 1906, comienza a aparecer. En la primavera de 1905 se le permiten excepciones en la observancia de la Regla. A mediados de agosto, se le dispensa de su oficio de segunda portera. Su estado de salud sigue atravesando altos y bajos.

Obligada a guardar reposo, Isabel escribe a su madre y a su hermana Guita, quien ha tenido su segunda hija, Odette, el 19 de abdril de 1905.

Nuestra buena Madre, que cuida a su Sabeth con un corazón plenamente maternal, desea que tome al aire. Por ello, en vez de trabajar en mi celdita, me instalo como un ermitaño en el rincón más alejado de nuestro gran jardín, y allí paso unas horas deliciosas. Toda la naturaleza se me muestra tan llena de Dios: el viento que sopla en los altos árboles, los pajarillos que cantan, el hermoso cielo azul, todo me habla de él.

Mamá, necesito comunicarte que mi felicidad aumenta constantemente, adquiere proporciones infinitas como Dios mismo; es una felicidad tan serena, tan dulce. Me gustaría revelarte mi secreto.

San Pedro, en su primera carta, dice: “Porque creéis, seréis colmados de un gozo inefable.” Yo creo que la carmelita obtiene, en efecto, toda su felicidad de esta fuente divina: la fe.

Ella cree, como dice san Juan, “en el amor que Dios le ha mostrado”; cree que ese mismo amor lo ha traído a la tierra, y a su alma, pues Aquel que se proclamó como la Verdad, dijo en el Evangelio: “Permaneced en Mí, y yo en vosotros”.

Por ello, la carmelita con sencillez obedece este dulce mandato y vive en la intimidad con Dios que mora en ella, y que le es más presente que ella a sí misma. Todo esto, mamá, no es sentimentalismo, ni imaginación, es pura fe. (Cta 216).

36.- ¡Hijos de Dios!

Acabo de leer en san Pablo unas cosas espléndidas sobre el misterio de la adopción divina. Naturalmente, pensé en ti, no podía ser de otra forma: tú que eres madre y sabes qué profundidad de amor ha colocado Dios en tu corazón hacia tus hijas, tú puedes comprender la grandeza de este misterio: ¡hijos de Dios!

Guita mía, ¿es que esto no te estremece? Escucha cómo habla mi querido san Pablo: “Dios nos ha escogido en Él antes de la creación del mundo. Nos ha predestinado a la adopción de hijos para alabanza de gloria de su gracia; o sea, en toda su omnipotencia, Él no parece que puede hacer nada más extraordinario.

Sigue escuchando: “Si somos hijos, también somos herederos”. Y ¿qué herencia es esa? “Dios nos ha hecho dignos de participar en la parte que toca a los santos en la luz.”

Luego, como para decirnos que eso no es un futuro lejano, el Apóstol añade: “Por tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros; sois ciudadanos de los sanos y familia de Dios”. Y aún más: “Nuestra ciudadanía está en los cielos”.

Guita mía, ese cielo, esa casa de nuestro Padre, está en el centro de nuestra alma. Como lo podrás ver en san Juan de la Cruz, cuando estamos en nuestro más profundo centro, estamos en Dios.

37.- Incluso en las ocupaciones

¿No te parece que es muy sencillo, que es consolador? A través de todo, en medio de las solicitudes maternales, mientras vives totalmente dedicada a tus angelitos, tú puedes retirarte a esta soledad para ponerte a disposición del Espíritu Santo, a fin de que Él te transforme en Dios, imprima en tu alma la Imagen de la Belleza divina; y así, el Padre, al contemplarte, no vea más que a su Cristo y pueda decir: “Esta es mi hija muy amada, en quien tengo mis complacencias”.

Hermanita, en el cielo me regocijaré viendo aparecer a mi Cristo tan hermoso en tu alma; no sentiré envidia, pero con orgullo de madre le diré: “Soy yo, pobre y miserable, quien engendró esta alma para vuestra vida.”

San Pablo hablaba así de los suyos, y yo he tenido la pretensión de imitarle, ¿qué te parece?

Mientras tanto, “creamos en el amor” con san Juan; y, puesto que lo poseemos en nosotros, ¡qué importan las noches que pueden oscurecer nuestro cielo! Si Jesús parece dormir, reposemos también junto a Él; permanezcamos tranquilas y silenciosas; no lo despertemos; esperémosle en la fe.

Cuando Sabeth y Odette están en los brazos de su querida mamá, estoy segura de que se inquietan muy poco de si hace sol o si llueve. Imitemos su simplicidad.

38. Sumergida en Dios

¿Quieres hacer conmigo un retiro espiritual de un mes hasta el 14 de septiembre? Nuestra Madre me concede ese pequeño descanso del torno. Ya no tendré que hablar y pensar, y podré sumergirme en el fondo de mi alma, o sea, en Dios.

¿Quieres hacer conmigo este movimiento tan sencillo? Cuando estés distraída en tus múltiples ocupaciones, yo trataré de compensar; y, si tú quieres, para concentrarte de nuevo, cada hora –si te olvidas, no pasa nada- entra en el centro de tu alma, allí donde mora el Huésped divino.

Piensa en la hermosa palabra que te he dicho: “Vuestros miembros son el templo del Espíritu Santa, que habita en nosotros”, y en aquella otra que es del Maestro: “Permaneced en mí, y yo en vosotros”. Se dice de santa Catalina de Sena que vivió siempre recogida, aún en medio del mundo; es que vivía en esta habitación interior donde mi Guita sabe también vivir. (Cta 219).

39.- Estado de gravedad

Isabel, en medio de estos pensamientos, no se da cuenta de que su estado de salud es grave; lo minimiza cuando habla de él. Pero más adelante lo confesará a su Priora:

Por la mañana, después de recitar las Horas menores, me encontraba ya al borde de mis fuerzas y me preguntaba cómo podría llegar a la noche. Cuando usted me mandaba a descansar, yo no encontraba alivio: quebrantada en todo mi ser, no encontraba ni postura ni sueño profundo; de suerte que no hubiera podido decirle si mi agotamiento era mayor durante el día o durante la noche.

La oración seguía siendo el mejor remedio para mis males. Pasaba el tiempo de silencio riguroso en una verdadera agonía, que unía a la del divino Maestro, permaneciendo a su lado, cerca de la reja del coro.

Era una hora de puro sufrimiento, pero me daba fuerzas para rezar Maitines. Tenía entonces cierta facilidad para pensar en Dios; después volví a hallarme con mi impotencia, y sin ser vista gracias a la oscuridad, regresaba (mal que bien) a mi celda, apoyándome con frecuencia en la pared.

40.- Frente a la muerte

Isabel está ya convencida de que va a morir pronto. Está feliz por ver a Dios; pero siente también su pequeñez y su deseo de ser purificada por su misericordia. Escuchemos algunos ecos de su interior.

En noviembre de 1905 escribe a la señora Angles:

El gran san Pablo nos dice: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Pienso que el alma más débil, incluso la más culpable, es la que tiene más derecho a esperar; y ese acto que hace por olvidarse y arrojarse en los brazos de Dios le glorifica y le da más gozo que todos los repliegues sobre sí misma y todos los exámenes de conciencia, que la obligan a vivir con sus miserias, siendo así que posee en el centro de sí misma al Salvador, que quiere purificarla constantemente.

¿Recuerda aquel bello pasaje en el que Jesús dice a su Padre: “que Él le ha dado poder sobre toda carne, para que les dé la vida eterna”? Eso es lo que desea realizar en usted: cada minuto quiere que salga de sí misma, que abandone toda preocupación, para retirarse a esta soledad que Él se ha escogido en el fondo de su corazón. Él está siempre ahí, incluso cuando no lo sienta, Él la espera y quiere entablar “un admirable intercambio”, como cantamos en le hermosa liturgia de Navidad, una admirable intimidad de Esposo a Esposa.

Él quiere librarla de sus fragilidades, de sus faltas, de lo que la inquieta, por medio de una relación permanente. ¿Acaso no ha dicho Él: “No he venido a juzgar, sino a salvar?” Nada debe parecerle un obstáculo para ir a Él. No le importe el hecho de si está enfervorizada o desanimada: es ley del destierro pasar por estas alternativas.

Crea entonces que Él no cambia nunca; que en su bondad está siempre inclinado sobre usted para conducirla y establecerla en Él. Si aun así, el vacío, la tristeza la agobian, una esa agonía a la del Maestro en el Huerto de los Olivos, “que pase de mí esta cáliz.”

Querida señora, tal vez le parezca difícil olvidarse de sí misma. No se preocupe. Si supiera qué sencillo es… Voy a comunicarle mi “secreto”: piense en ese Dios que habita en nosotros, y de quien es templo. Es san Pablo quien habla así; podemos creerle.

Poco a poco, el alma se habitúa a vivir en su dulce compañía; va comprendiendo que es portadora de un pequeño cielo donde el Dios del amor ha establecido su morada. Entonces es como una atmósfera divina en la que respira; yo diría incluso que sólo el cuerpo vive en la tierra, porque su alma habita más allá de las nubes y de los velos, en Aquel que es Inmutable.

No me diga que esto no es para usted, que es demasiado miserable; pues eso es precisamente una razón más para ir a Aquel que salva. No será mirando esta miseria como seremos purificados, sino mirando a Aquel que es todo pureza y santidad (Cta 228).

III.- ENFERMEDAD Y RESURRECCIÓN

Abatida por la enfermedad, Isabel entra en la enfermería del monasterio del Carmelo antes de finalizar el mes de marzo de 1906. Joven moribunda de 26 años, permanecerá allí ocho meses y medio. Su alimentación resulta cada vez más difícil. La tarde del ocho de abril, un sincope agrava de repente su estado de debilidad. Con todo, sigue comunicándose a sus amistades.

Al atardecer del Domingo de Ramos sufrí una crisis muy fuerte y creí que, al fin, había llegado la hora de emprender el vuelo hacia las regiones infinitas, para contemplar sin velo esta Trinidad, que fue ya mi morada aquí en la tierra.

En la quietud y el silencio de esta noche, recibí la Extremaunción y la visita de mi Maestro. Me parecía como si Él estuviese esperando ese momento para romper mis lazos. Mi pequeña hermana, ¡qué días tan inefables he pasado mientras esperaba la gran visión!

Nuestra Reverenda y bondadosa Madre estaba constantemente junto a mi cama, preparándome para el encuentro con el Esposo; y desde mi deseo de ir a Él, me parecía que tardaba mucho en venir.

¡Qué suave y dulce es la muerte para los que sólo lo han amado a Él; para los que, según expresión de san Pablo, no han buscado las cosas visibles porque son pasajeras, sino las invisibles porque son eternas. ¡Era tan feliz de morir carmelita! (Cta 245).

1.- La Semana Santa

Toda la Semana Santa fue muy trabajosa para Isabel, y su agotamiento llegó al máximo el día del Viernes Santo. El Sábado Santo se produce una mejoría sensible. Las religiosas no se hacen ilusiones acerca de una posible curación, a no ser por un milagro, y lo imploran.

El día de Pascua, Isabel pide que escriban a su madre, a quien ella nunca “he dado una palabra de esperanza de curación”.

2. Ante la muerte

Todavía tiene fuerzas para comunicar a su madre su actitud mística ante la muerte en una carta sin firmar.

Si hubiera partido para el Cielo, ¡cómo habría vivido contigo! Nunca te hubiera abandonado, y te habría hecho sentir la presencia de tu Isabelita. Como estoy segura de que me comprendes, te confesaré al oído mi gran decepción por no haber sido llevada por Aquel a quien tanto amo. Piensa lo que hubiera supuesto para tu hija pasar el día de Pascua en el Cielo.

Pero debía ser un capricho personal y me someto a la obediencia que me obliga a pedir mi curación. ¡Si vieras qué buena es nuestra Madre! Es una verdadera mamá para tu hija; te aseguro que la tarde de mi crisis, no obstante mi gozo por ir a Dios, tenía necesidad de oír su voz, y de sentir mis manos entre las suyas; pues, a pesar de todo, ese momento es tan solemne, y una se siente tan pequeña, y las manos tan vacías…

Demos gracias a Dios por estos días, aunque hayan sido tan dolorosas para tu corazón. Siento, querida mamá, hasta qué punto pasan sobre nosotros como una ola de amor; no desperdiciemos nada y demos gracias a Aquel que sólo sabe amarnos” (Cta 239).

3. En la enfermería

Entra en marzo de 1906 y permanecerá allí hasta el 9 de noviembre, día de su muerte. Pero todavía seguirá escribiendo cartas al exterior, tanto a su familia como a las amistades de siempre. Escribe a su madre:

Si supieras qué feliz soy en la soledad de mi pequeña enfermería. Mi Maestro está conmigo, y vivimos noche y día en un dulce diálogo de corazón a corazón. Cada día aprecio más la dicha de ser carmelita; y pido a Dios por la mamaíta que me ha entregado a Él.

Desde que estoy enferma, me encuentro más cerca del Cielo; un día de estos te lo contaré todo. Mamá, preparemos nuestra eternidad, vivamos con Él, pues sólo Él puede acompañarnos y ayudarnos en ese gran paso de la muerte (Cta 242).

4. Mirando hacia lo que viene

También para su hermana Guita tendrá acentos de cercanía de la visión beatífica:

Piensa, Guita, lo que será contemplar en su luz los resplandores del Ser divino, escrutar todas las profundidades de su misterio, fusionarse con Aquel a quien se ama, cantar ininterrumpidamente su gloria y su amor, ser semejante a Él porque le veremos tal cual es.

Hermanita, sería dichosa de ir al cielo para ser tu Ángel. ¡Qué celosa será de la belleza de tu alma, ya tan amada en la tierra! Te dejo en herencia mi devoción a los Tres, al “Amor”. Vive con ellos en tu interior, en el cielo de tu alma.

El Padre te cubrirá con su sombra, imponiendo como una nube entre ti y las cosas de la tierra, para que seas totalmente suya; te comunicará su poder, para que lo ames con un amor fuerte como la muerte.

El Verbo imprimirá en tu alma, como en un cristal, la imagen de su propia belleza, para seas pura, luminosa con su luz.

El espíritu Santo te transformara en una lira misteriosa que, en el silencio, bajo su divino toque, entonará un magnífico canto al Amor.

Entonces tú serás la “alabanza de su gloria”, lo que yo había soñado ser en la tierra. Tienes que reemplazarme. Yo seré “Laudem gloriae” ante el trono del Cordero y tú “Laudem gloriae” en el centro de tu alma. Esto nos mantendrá siempre unidas.

Cree siempre en el Amor. Si tú tienes que sufrir, piensa que Dios te ama mucho más aún, y canta siempre agradecida. ¡Él es tan celoso de la belleza de tu alma! Es lo único que desea. Enseña a tus pequeñas a vivir bajo la mirada del Maestro: Me encantaría que Sabeth heredase mi devoción a los Tres.

Estaré presente en sus Primeras Comuniones, te ayudaré a prepararlas. Tú rezarás por mí; pero sobre todo dale gracias: reza un ” Gloria” todos los días. Perdóname los malos ejemplos que a menudo te he dado. (Cta 250).

5. Quiere ser víctima de amor

La vida sería monótona en la enfermería del Carmelo, si Dios no estuviese presente y si no se hiciera cercana la caridad de sus hermanas, o también las atenciones de sus familiares y amigas, que a veces la visitan en el locutorio de la enfermería. El 13 de mayo está a punto de morir debido a una nueva crisis. En junio escribe al canónigo Angles:

Después de escribirle, el cielo parece abrirse de nuevo; pero usted debió rezar tanto que sigo cautiva; pero una cautiva feliz, que, en el fondo de su alma, canta día y noche el Amor de su Maestro. ¡Es tan bueno! De tal manera se entrega a mi alma que parece que sólo piensa en mí y yo soy su único amor; pero todo lo hace para que yo, a mi vez, me entregue a Él para bien de su Iglesia y sus intereses, y para que esté al cuidado de su gloria como mi santa Madre Teresa. Pida para que también su hija sea “Charitatis victima” [Víctima de amor] (Cta 252).

6. El templo interior

El 24 de mayo de ese mismo año 1906, Isabel escribe a su madre:

Durante el rezo de Maitines, escuché esta palabra en el fondo de mi alma: “Si alguno me ama, mi Padre lo amará; vendremos a él y haremos morada en él”. Y en ese mismo momento comprobé que era verdad. No sabría decir cómo se revelan las Tres Personas; pero, sin embargo, yo las veía, las veía celebrar en mí su consejo de amor, y creo que todavía las veo así. ¡Qué grande es Dios y cómo nos ama!

Mi querida mamá, comienzo mi carta con una declaración. Mira, mucho te quería antes, pero desde nuestro último encuentro, mi amor se ha duplicado. Soy la madrecita de tu alma. Te parece bien, ¿verdad?

Estamos de retiro de preparación para Pentecostés; y yo más, porque estoy en mi pequeño cenáculo. Aislada de todo, pido al Espíritu Santo que te descubra esa presencia de Dios en ti de que te he hablado. He hojeado, pensando en ti, algunos libros que tratan de esa materia; pero prefiero volver a verte antes de entregártelos.

Puedes creer mi doctrina, pues no es mía. San Juan de la Cruz en sus cartas nos invita a vivir en “comunión” con la Santísima Trinidad: ¡qué palabra tan dulce y tan sencilla! “Basta, dice san Pablo, basta creer”. Dios es espíritu y nos acercamos a Él mediante la fe.

Piensa que tu alma es el templo de Dios; también esto es lo que dice san Pablo. En cada momento del día y de la noche las tres Divinas Personas viven en ti. No posees la santa Humanidad como cuando comulgas, pero la Divinidad, esa esencia que los bienaventurados adoran en el Cielo, ésa está en tu alma.

Cuando se saben estas cosas, surge una adorable intimidad; ya no se está nunca sola. Si tú prefieres pensar que Dios está cerca de ti, en vez de “dentro de ti”, sigue tu impulso con tal de que vivas con Él.

No te olvides de ayudarte de tu pequeña “docenita”; la he hecho para ti con muchísimo amor. Espero además que hagas tres oraciones de cinco minutos en mi pequeño santuario. Piensa que estás con Él, y actúa como con una persona que se ama; ¡es tan sencillo! No hay necesidad de bellos discursos; basta con un movimiento de amor del corazón. (Cta 249).

7.- La síntesis de su vida

Isabel sigue en la enfermería y la llevan al comulgatorio que está cerca. Un día asiste incluso a la misa desde una hamaca (Cta 247). Pero a través de las cartas, escritas como puede, sigue comunicando su interior a su madre:

“Mira, san Pablo tiene una frase que es como una síntesis de mi vida y que podría rotular cada instante que vivo: “Propter nimiam charitatem” [Por el excesivo amor]”. Sí, todo ese caudal de gracias se debe a que Él me ha amado excesivamente.

Mamá querida, amémosle, vivamos con Él como con un amigo, de quien uno no se puede separar. Ya me dirás si progresas en el camino del recogimiento en la presencia de Dios. (Cta 255).

8.- Un estómago inactivo

Isabel sigue comunicando a su madre las noticias de su estado y de las atenciones que recibe:

¡Cómo cuida de mí nuestra buena Madre! Sabe que hablar me fatiga, y puedo decir que casi no veo a mis hermanas, que desean estar conmigo, llevadas de su carriño hacia mí, ya que me aman como a una verdadera hermana .¡Qué Carmelo! ¡Cómo reina en él la virtud que tanto recomendó el Maestro!

Mi estado de salud está un poco mejor, es el estómago el que no siempre puede recibir alimentos. (Cta 266).

9.- Con la ternura de una madre

Hemos comenzado la solemne octava del Corpus. Este año tenemos el Santísimo Sacramento en la capilla. Cuánto me gusta pasar allí horas y días enteros. Pero más me agrada todavía cumplir la voluntad de mi Maestro adorado: ya no hay sacrificios para mí. Si yo no puedo acercarme a Él, es Él quien viene a mí para abrazar mi alma con la ternura de una madre.

Tú no quedarás contenta si no te hablo de mi salud. Puedes estar tranquila sobre este particular. Como queso blanco y pan de Brujas; tomando de ello a todas horas, mi estómago se fatiga menos. Guita siempre me está enviando helados y sabrosos chocolates. Ofrezco a mi Señor todas estas golosinas, así ya no tengo escrúpulos.

Estos días el tiempo no me ha permitido ir a la terraza; por lo cual no he abandonado mi pequeño santuario, a no ser para ir a cantar a nuestra Madre el jueves por la tarde en la sala capitular, que está junto a la enfermería [con ocasión de la fiesta de la Priora].

Me llevaron allí unos momentos en la hamaca. Era la primera vez que veía a mi querida comunidad después de tres meses (a todas juntas, se entiende). Si supieras qué contentas estaban mis hermanas y cómo me rodeaban. ¡Es emocionante comprobar cómo nos amamos! (Cta 253).

10.- Su enfermedad

Sin duda, a resultas de una tuberculosis, Isabel sufre la enfermedad de Adison, entonces incurable: afección crónica a las glándulas renales, que no producen la cantidad suficiente de sustancias necesarias para llevar a cabo el metabolismo. Eso origina una debilidad característica: molestias gastrointestinales, náuseas, tensión baja, imposibilidad de alimentarse; todo lo cual va llevando al agotamiento total y a la muerte.

A ese estado general hay que añadir otras complicaciones, tales como úlceras interiores, violentos dolores de cabeza, insomnios. A medida que se va acercando la muerte, todos estos síntomas se manifiestan más violentamente.

Durante todo este tiempo, la alimentación es el problema principal. Poco a poco, irá perdiendo la voz. Beber para ella es un verdadero martirio. El ideal de ser conforme a Cristo crucificado se va dibujando cada vez más.

Incapaz de tenerse en pie, el 8 ó 9 de julio (1906), Isabel recobra un poco de fuerza en sus piernas; lo que le permite ir a la terraza más próxima, buscando el calor de las celdas y, sobre todo, la pequeña tribuna que da a la capilla y desde la que asiste a la misa y a los oficios.

11.- Su actitud ante este panorama

Mi estómago está siempre recalcitrante; sin embargo, fíjate, empiezo a caminar. No salgo de mi asombro, porque me encuentro más fuerte que antes, cuando ni siquiera podía sentarme. El otro día, cuando vino nuestra Madre, me encontraba muy fatigada, y le dije que me iba a morir. Me dijo que, en vez de decir esas cosas, haría muy bien en intentar caminar.

Si me vieras hecha una vieja encorvada sobre mi bastón, te reirías mucho. Nuestra Madre me lleva de brazo a la terraza; estoy entusiasmada con estas idas y venidas. Estoy deseando hacerte una exhibición. No llores por tu Sabeth; Dios te la dejará todavía un poco.(Cta 260).

12. Asemejada a su muerte

El julio de 1906 escribe al señor canónigo Angles:

¡Cuánto me agrada el pensamiento de san Pablo, que usted me ha enviado! Me parece se realiza en mí sobre esta camita, que es el altar en que me inmolo al Amor. Ruegue para que la semejanza con la imagen adorada sea cada día más perfecta: “Configuratus morti ejus” [Semejante a su muerte].

Esto es lo que me obsesiona, lo que da fuerza a mi alma en medio del sufrimiento. Si viera cómo se va desmoronando todo mi ser: se me ha abierto el camino del calvario, y soy muy feliz marchando como una esposa junto al divino Crucificado.

El día 18 cumpliré 26 años. No sé si este año terminará en el tiempo o en la eternidad. Le pido, como una niña a su padre, que tenga la bondad de consagrarme en la santa misa, como una Hostia de alabanza para gloria de Dios. Conságreme de tal modo,

que ya no sea yo sino Él; y que el Padre, al mirarme, pueda reconocerle; y que “me asemeje a su muerte”; que “supla en mí lo que falta a su pasión por su cuerpo que es la Iglesia”; y después báñeme en la Sangre de Cristo, para que sea fuerte en su fortaleza. Me siente tan pequeña, tal débil. (Cta 261).

13.- “Mi vocación es el amor”

El día 16 de julio (1906), fiesta de la Virgen del Carmen, escribe a su hermana Guita:

Querida hermanita, tu carta ha supuesto una alegría más para mi cielo, donde te aguardo siempre conmigo. Hoy te he consagrado a la Virgen, y también a tus angelitos. ¡Nunca la he amado tanto! Lloro de gozo al pensar que esta criatura tan serena, tan luminosa, que es mi Madre y me regocijo de su belleza como un niño que ama a su madre; siento un impulso irresistible hacia ella; la he proclamado Reina y Protectora de mi cielo y del tuyo, pues todo lo hago por las dos.

Hermanita querida, tienes que borrar de tu diccionario de amor la palabra desaliento. Cuando más sientas tu debilidad, tu dificultad para recogerte, cuando más creas que el Divino Maestro se oculta, tanto más debes alegrarte, pues entonces eres tú la que le das algo; y ¿no es mejor dar que recibir, cuando se ama?

14.- También en la debilidad

El Señor decía a san Pablo: “Te basta mi gracia, pues la fuerza triunfa de la debilidad”. Y el gran santo lo había entendido tan bien, que llegó a escribir: “Me glorío en mis debilidades, pues cuando soy débil, entonces soy fuerte porque reside en mí la fuerza de Cristo”.

¡Qué importa lo que sintamos! Él es el Inmutable, el que no cambia nunca. Él te ama hoy como te amaba ayer y te amará mañana. Él me atrae muchísimo al sufrimiento, al don de sí; creo que esa es la meta del amor. Hermanita, no desperdiciemos ningún sacrificio. ¡Hay tantos que recoger a lo largo del día! ¿No te parece que el sufrimiento une a Él con lazos más fuertes? Así, si Él lleva consigo a tu hermana, lo hará par ser más tuyo.

Guita mía, ayúdame a preparar mi eternidad; creo que mi vida no será larga. Tú me amas lo bastante como para alegrarte de que me vaya a descansar allá donde vivo desde hace mucho tiempo. Me gusta hablar de estas cosas, hermana mía, eco de mi alma.

Soy egoísta, pues quizás te hago sufrir, pero quiero llevarte más allá de todo lo que se acaba, al seno del Amor Infinito, patria de las dos hermanas, donde nos volveremos a encontrar para siempre. Querida Guita, esta tarde, mientras te escribo, mi alma se desborda, pues siento el “desbordante amor” de mi Maestro, y quisiera pasar mi alma a la tuya, para que creas siempre en Él, sobre todo, en las horas más dolorosas.

15.- Vida de ermitaña

Mis piernas van mejorando; me aprovecho de ello para hacer visitas al Santísimo desde la pequeña tribuna. Es divino. Soy la pequeña prisionera de Dios; y, cuando entro en mi querida celda para continuar allí el diálogo comenzado en la tribuna, un gozo divino se apodera de mí. ¡Me gusta tanto la soledad con Él solo! Llevo una vida de ermitaña, verdaderamente deliciosa.

Tú sabes que mi vida no está libre de impotencias; por eso necesito buscar al Maestro, que sabe esconderse muy bien; pero entonces avivo mi fe, y me alegro de no gozar de su presencia, para hacerle gozar a Él de mi amor.

Cuando te despiertes por la noche, únete a mí. ¡Ojalá pudiera invitarte a venir junto a mí! Es algo tan misterioso, tan silencioso, esta celdilla, con sus paredes blancas, sobre las que destaca una cruz de madera negra sin Cristo: es la mía, mi cruz, en la que debo inmolarme para asemejarme a mi Esposo crucificado. San Pablo decía: “Lo que deseo es conocerle a Él, a Cristo, y entrar en comunión con sus padecimientos, hasta hacerme semejante a Él en su muerte” (Cta 264).

16.- Una idea bien fija

Dos días más tarde, Isabel escribirá a su madre, repitiendo las mismas ideas, tanto en lo que se refiere a su salud como en sus más íntimos sentimientos. Está llena de gozo porque se siente íntimamente unida a Cristo en la cruz. Ha sido elegida como corredentora con él.

Pero también ha llegado el quinto aniversario de su entrada en el Carmelo de Dijon. Y, aunque con las tardanzas que conocemos, agradece reiteradamente a su madre su consentimiento:

Ayer tarde recordaba aquella última noche, y, como no podía dormir, me acerqué a la ventana y allí permanecí hasta media noche, en oración con mi Maestro. Pasé unas horas deliciosas. El cielo estaba tan azul, tan sereno. Se percibía tal silencio en el monasterio. Y fui repasando estos cinco años, tan llenos de gracias.

Mamita mía, a quien amo, no te lamentes por la dicha que me has proporcionado; sí, gracias a tu “fiat”, he podido entrar en la santa morada y, a solas con Dios solo, gustar un anticipo de ese Cielo, que atrae tanto a mi alma. Esta noche, nuevamente he ofrecido el sacrificio que hiciste hace ahora cinco años. (Cta 259),

17.- Dos trataditos

A pesar de esta situación difícil por su salud, la vida espiritual de Isabel es muy intensa. Y en la mitad del mes de agosto de 1906 quiere dar una sorpresa a su querida hermana Guita y escribe su primer tratadito espiritual “El Cielo en la fe”. Es un mosaico de citas que forman un ábside muy personal. Utiliza a menudo textos del místico flamenco Ruysbroek y del doctor místico Juan de la Cruz.

Días más tarde, el 15 de agosto, comienza un retiro espiritual. A petición de la Madre Germana, toma cada día notas en un cuaderno que constituirá su hermoso tratado “Últimos Ejercicios”. Con sólo ofrecernos su contemplación de la Palabra revelada, esas páginas logran una verdadera densidad autobiográfica. Isabel no habla teóricamente de la teología o de la mística, sino que ofrece un testimonio: “el alma” es ella misma.

18.- Anuncia así sus “Últimos Ejercicios”:

Voy con la Santísima Virgen en la tarde de la fiesta de la Asunción, a prepararme para la vida eterna. Nuestra Madre me ha hecho mucho bien al decirme que estos Ejercicios iban a ser mi noviciado del cielo; y que el ocho de diciembre, si la Santísima Virgen me encuentra preparada, me revestirá con el manto de gloria.

El Cielo me atrae cada vez más: entre mi Maestro y yo no hay más tema que éste: toda su ocupación es prepararme para la vida eterna (Cta 272). He aquí todo lo que voy a aprender: la conformidad, la identidad con mi Maestro adorado, el Crucificado por amor (Misivas 17).

19.-Mi vivir es Cristo

Esta es la obra realizada por Cristo en toda alma de buena voluntad, la obra que su ”excesivo” amor le impulsa a realizar en mí. Él quiere ser mi paz, a fin de que nada pueda distraerme ni obligarme a salir del alcázar inexpugnable y pacificado en su presencia, como si mi alma estuviese ya en la eternidad.

Él pacificará por la sangre de su Cruz todas las cosas en mi pequeño cielo, para que sea verdaderamente el reposo de los Tres, Me llenará de Él, me sepultará en Él, me hará revivir con Él su vida: “Mihi vivere Christus est” [Mi vivir es Cristo].

Aún si caigo y vuelvo a caer, con mi fe llena de confianza conseguiré que Él me levante. Sé que Él me perdonará y borrará con exquisita solicitud; aún más, Él me despojará, me librará de todas mis miserias y de cuanto obstaculice su acción divina; atraerá todas mis potencias, las hará sus prisioneras, triunfando sobre ellas en sí mismo.

Entonces quedaré totalmente transformada en Él y podré exclamar: “¡Ya no vivo yo, es mi Maestro quien vive en mí!” Y seré “santa, pura e irreprochable” a los ojos del Padre (Últimos ejercicios, p. 183).

20.- Con María la Virgen

Isabel sigue reflexionando:

[María] está junto a la Cruz, de pie, llena de valor y fortaleza; y mi Maestro me dice: “Ecce Mater tua” (He ahí a tu Madre). Me la da por Madre. Ahora que Él se ha marchado a la Casa del Padre y me ha puesto en su lugar sobre la cruz para que “complete en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”, la Virgen permanece a mi lado, para enseñarme a sufrir como Él; para decirme y hacerme comprende los últimos momentos de Cristo, que nadie como ella, su Madre, ha podido percibir.

Cuando hayamos pronunciado mi “consummatum est”, ella será todavía la “Janua coeli”, que me introducirá en los atrios divinos, diciéndome al oído misteriosas palabras: “Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi, in domum Domini ibimus” (Qué alegría cuando me dijeron: ‘Vamos a la casa del Señor’) (Últimos ejercicios, p. 190).

21. Fuertes sufrimientos físicos

En septiembre, dos meses antes de su muerte, Isabel va creciendo en sus sufrimientos físicos. A veces siente como una especie de bestias que la devoran por dentro; como si le arrancaran las entrañas. Todo sin morfina ni calmantes. Sabe muy bien que sólo Dios y la fe la preservan del suicidio. Frecuentemente se está abrasando por dentro, y, sin embargo, dice: “Dios es fuego abrasador, es su acción la que padezco”. Por eso escribe:

Es mi Dios que se complace en inmolar a su pequeña hostia, y esta misa que Él celebra conmigo y cuyo sacerdote es su amor, puede durar aún mucho tiempo. A la pequeña víctima no le parece largo el tiempo que permanece en la manos de Aquel que la sacrifica; y hasta puede decir que, aunque atraviese el sendero del sufrimiento, más bien permanece en el camino de la felicidad: de la felicidad verdadera, querida mamá, de aquella que nadie puede arrebatar.

La esposa pertenece al Esposo. El mío me ha tomado; quiere que sea para Él una humanidad suplementaria en la que El pueda sufrir todavía para gloria del Padre, para ayudar a las necesidades de la Iglesia. ¡Cuánto bien me he hecho este pensamiento! (Cta 275).

22.- Una obsesión

“Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”. Este era el secreto de la felicidad del Apóstol [Pablo]. A mí también me obsesiona esta idea y te confieso que me produce un gozo íntimo y profundo pensar que Dios me ha escogido para asociarme a la pasión de su Hijo. Así, este calvario que voy subiendo fatigosamente día a día, me parece más bien el camino de la felicidad.

¿No has visto esas estampas que representan a la muerte segando vidas con una guadaña? Pues bien, así estoy yo; siento que me destruye. Esto tal vez resulte doloroso para la naturaleza humana; y, te aseguro, que si me detuviese en ella, no sentiría más que una gran debilidad ante el sufrimiento.

Pero ésta es sólo una debilidad humana: Rápidamente abro los ojos de mi alma a la luz de la fe, y ésta me dice que es el Amor quien me destruye, quien me consume lentamente; y entonces mi alegría es inmensa y me entrego a Él como una víctima.

Mi debilidad es extrema, me siento desfallecer por momentos. Esta carta puede ser la última de tu Sabeth. Adiós, Francisca querida; no puedo seguir. Te abrazo. Te quiero como una madre a su pequeño. Adiós, pequeña mía. Que a la sombra de sus alas, Él te guarde de todo mal. (Cta 276).

23. No al sufrimiento por el sufrimiento

Querida mamá, voy sacando ya gusto a mi amado Calvario y pido a mi Maestro que coloque mi tienda junto a la suya. Estoy meditando la Pasión; y, cuando uno se da cuenta de todo lo que ha sufrido por nosotros en su corazón, en su alma y en su cuerpo, se siente una gran necesidad de devolverle todo eso. Una quisiera sufrir todo lo que Él padeció.

Esto no significa que ame el sufrimiento por el sufrimiento; si lo amo es porque me asemeja al que es mi Esposo y mi Amor. Mira, esto deja en el alma una paz tan dulce, una alegría tan profunda, que se terminan por contagiar de esta alegría todas las contrariedades.

Mamá, trata de hacer presente tu alegría; no la que es sensible, sino la de tu corazón, en toda contrariedad, en todo sacrificio, y dile al Maestro: “No soy digna de sufrir esto por Vos”. Ya verás cómo mi receta es excelente (Cta 284).

24.- Abandonada a Él.

Isabel está en el colmo del sufrimiento, pero lo esconde a su familia. Sin embargo, no oculta nada a su Priora:

Vuestra pequeña” Alabanza de gloria” no puede dormir; sufre mucho; pero en su alma, aunque esté presente la angustia, hay también mucha calma. Ha sido precisamente su visita la que me ha traído esta paz del Cielo. Mi corazón necesita decíroslo, y en tierno agradecimiento ruega y sufre incesantemente por usted.

Ayudadme a subir al Calvario. ¡Siento tan fuerte el influjo de su sacerdocio sobre mi alma! ¡Tengo tanta necesidad de usted! Madre mía, siento a los Tres muy cerca de mí. Estoy más abrumada por el gozo que por el dolor.

Mi Maestro me ha recordado que ésta es mi posada y que no debía escoger yo mis sufrimientos. Me abandono a Él en medio del dolor inmenso, de la pena y de la angustia (Misivas 23).

25. Transformada en Jesús Crucificado

Las cartas de octubre ponen su ideal de transformación, su sufrimiento y su felicidad en Jesús Crucificado. Escribe también una serie de cartas-testamento, en las que habla de su misión póstuma:

¡Si supieras qué días tan maravillosos está pasando tu amiga en el Carmelo! Cada día estoy más débil, y presiento que el Maestro no tardará en venir a buscarme. Gusto, experimento alegrías increíbles. El gozo del dolor, Germanita, ¡qué suave y qué dulce es!

Antes de morir, espero ser transformada en Jesús crucificado. Esto me da fuerzas en medio del sufrimiento. Hermanita, no debería existir otro ideal para nosotros, sino el de conformarnos con este Modelo divino. Si tuviésemos siempre los ojos orientados hacia Él, un gran fuego nos empujaría al sacrificio, al desprecio de nosotros mismos.

Si supiera el gozo tan inefable que experimenta mi alma al pensar que el Padre me ha predestinado para ser conforme a su Hijo crucificado. Es san Pablo quien habla de esta elección divina, que me parece ser mi herencia.

Hermanita de mi alma, a la luz de la eternidad, Dios me está haciendo comprender muchas cosas; y te digo que, viniendo de Él, no tengas ningún miedo del sacrificio ni de la lucha; antes bien, alégrate.

Si la naturaleza es un lugar de combate, un campo de batalla, ¡no te desanimes, ni te entristezcas! Te digo muy convencida: ama tu miseria, pues sobre ella ejerce Dios su misericordia (Cta 286).

26.- Con el sello del amor.

Querida Antonieta, a la luz de la eternidad, el alma ve las cosas en su verdad. ¡Qué vacío resulta todo lo que no se ha hecho por solo Dios! Te ruego que grabes toda tu vida con el sello del amor. Sólo eso permanece. La vida es algo muy serio; se nos da cada minuto para arraigarnos más en Dios, según expresión de san Pablo, para que la semejanza con nuestro divino Modelo sea más patente, y la unión más íntima.

Pero para realizar este plan, que es el de Dios, este es el secreto: olvidarse, abandonarse, no tomarse en cuenta, mirar al Maestro, mirarle solamente a Él, recibir como un regalo de su amor la alegría y el dolor: esto lleva al alma a alturas serenas.

Mi querida Antonieta, te dejo mi fe en la presencia de Dios, del Dios Amor que habita en nuestras almas. Te confieso que ha sido esta intimidad con Él, ahí dentro, el bello sol que ha iluminado mi vida, convirtiéndola ya en un cielo anticipado; es lo que me sostiene hoy en medio de la enfermedad. No me asusta mi debilidad, más bien me da confianza, porque el Fuerte está en mí y su fuerza es omnipotente; ella obra, según el Apóstol, mucho más de lo que nosotros podemos esperar (Cta 287),

27.- Su misión

Presiento que mi misión en el cielo consistirá en atraer a las almas, ayudándolas a salir de sí mismas, para unirse al Señor por medio de un movimiento sencillo y amoroso; y conservarlas en ese gran silencio interior que permite a Dios imprimirse en ellas, transformándolas en Él mismo.

Mi Esposo me apremia. No hace más que hablarme de la eternidad del amor. ¡Esto es tan grave, tan serio! Quisiera vivir en plenitud cada minuto.

Adiós. No tengo fuerzas ni permiso para escribir mucho, pero recuerdo la frase de san Pablo: “Nuestra conversación está en los cielos”. Hermanita querida, vivamos de amor, para morir de amor y así glorificar a Dios, todo Amor (Cta 295).

28.-Los últimos días

El 30 de octubre, Isabel coloca sobre su corazón el Cristo de su profesión y dice: “¡Nos hemos amado tanto!”. Su cuerpo, extenuado, no puede más. Se acuesta definitivamente. Al atardecer, un gran temblor la sacude. El día siguiente recibe por segunda vez la Unción de los enfermos y el Viático.

El día de Todos los Santos comulga por última vez. Hacia las 10 de la mañana parece haber llegado la hora de su muerte. La comunidad se reúne en torno a ella y reza las preces de los moribundos.

Isabel sale por un momento de su abatimiento y pide perdón a las hermanas en términos conmovedores. Invitada a decir todavía una palabra más, exclama:

“¡Todo pasa! … Hay que hacerlo todo por amor… Hay que olvidarse sin cesar: ¡Dios ama tanto al que se olvida de sí! ¡Ah, si yo hubiera practicado siempre esto!

Los días siguientes, conserva su lucidez; pero sus ojos, inyectados de sangre, están casi siempre cerrados. Sufre mucho. De vez en cuando habla. Da gusto a las hermanas. Ya no puede comulgar, pero dice:

Lo encuentro en la cruz; ahí es donde me comunica la vida.

29.-Últimos mementos

Tras una violenta crisis, grita: ¡Oh Amor, Amor! Tú sabes cuánto te amo, cuánto deseo contemplarte; tú conoces también cuánto sufro. Sin embargo, estoy dispuesta, si así lo deseas, a continuar 30 ó 40 años. Agota toda mi sustancia para tu gloria; que se destile gota a gota para tu Iglesia. Voy a la Luz, al Amor, a la Vida.

La noche del 8 al 9 de noviembre es terrible. A sus sufrimientos se añade la asfixia. Al amanecer, se calman los dolores tan fuertes. La alteración de su semblante muestra que está a punto de morir. Se convoca a la comunidad. Los ojos de Isabel están ahora muy abiertos y luminosos. Casi sin darse cuenta, deja de respirar. Son alrededor de las seis y cuarto. Profeta de Dios, ahora Isabel de la Trinidad pertenece a la Iglesia entera.

IV.- ELEVACIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Oh Dios mío, Trinidad a quien adoro,

ayúdame a olvidarme totalmente de mí,

para instalarme en Ti, inmóvil y tranquila,

como si ya mi alma estuviera en la eternidad.

Que nada pueda turbar mi paz,

ni hacerme salir de Ti, oh mi Inmutable,

sino que cada minuto me sumerja más

en la hondura de tu Misterio.

Pacifica mi alma, haz de ella tu cielo,

tu morada de amor y el lugar de tu descanso.

Que en ella nunca te deje solo,

sino que ahí esté con todo mi ser;

toda despierta en fe, toda adorante,

totalmente entregada a tu acción creadora.

Oh mi Cristo amado, crucificado por amor,

quisiera ser una esposa para tu Corazón,

quisiera cubrirte de gloria,

quisiera amarte, hasta morir de amor.

Pero siento mi impotencia:

te pido ser “revestida de Ti mismo”,

identificar mi alma con cada movimiento de la tuya,

sumergirme en Ti, ser invadida por Ti;

que tú mismo me suplantes,

para que mi vida,

no sea sino irradiación de tu Vida.

Ven a mí como Adorador,

como Reparador

t como Salvador.

Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios,

quiero pasar mi vida escuchándote;

quiero volverme totalmente dócil,

para aprenderlo todo de Ti.

Y luego, a través de todas las noches,

de todos los vacíos, de todas mis impotencias,

quiero fijar siempre la mirada en Ti

y morar en tu inmensa luz.

Oh Astro mío querido, fascíname,

para que ya no pueda salir de tu esplendor.

Oh Fuego abrasador, Espíritu de amor,

“desciende sobre mí”,

para que en mi alma se realice

como una encarnación del Verbo:

que yo sea para Él

una prolongación de su humanidad,

en la que renueve todo su Misterio.

Y tú, oh Padre,

inclínate sobre esta pobre creatura tuya,

“cúbrela con tu sombra”;

no veas en ella

sino a tu Hijo Predilecto

en quien tienes todas tus complacencias.

Oh mis Tres, mi Todo,

mi Bienaventuranza, Soledad infinita,

inmensidad en que me pierdo,

me entrego a Vos como una presa.

Sumergíos en mí

para que yo me sumerja en Vos,

en espera de ir a contemplar

en vuestra luz

el abismo de vuestra grandeza.

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