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CANTABRIA - 80 MÁRTIRES - P. Dámaso Zuazua, OCD

hace 11 minutos
18 min de lectura




NOTA DE REDACCIÓN - PRESENTAMOS ESTE ESTUDIO DEL P. ZUAZUA EN DOS VERSIONES. 1-. Los que quieran bajarlo para su lectura, a modo de archivo Word, hagan click en el título. 2-. Los que quieran pueden leerlo también de corrido, en los párrafos que siguen.






Dámaso Zuazua, ocd, 

Santander


“Los mártires cerraron su boca por Cristo y ya no volvieron a hablar. Como ellos ya descansan en paz, nosotros queremos ser su voz y hablar por ellos, para que su memoria y su fe nunca se pierdan”.

Antonio de los Bueis Güemes,

 Presidente de Estudios Montañeses

 

         Introducción.-


El 22 de mayo de este año 2026 el Papa León suscribió el Decreto de la beatificación de los 80 nuevos Mártires de Cantabria. Este anuncio nos ha recordado la conocida afirmación de Tertuliano en el segundo centenario del Cristianismo: ”Sanguis martyrum, semen christianorum”, la sangre de los mártires es semilla de cristianos[1]. Y en los mártires se verifica la afirmación bíblica de que “nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus hermanos” (Jn 15,13; 1 Jn. 3, 14).


A este principio el Concilio Vaticano II añade un complemento: “Para dar este testimonio supremo de amor delante de todos y principalmente de los perseguidores, ya desde los primeros tiempos, se vieron llamados siempre algunos cristianos. El martirio, por consiguiente, por el que el discípulo llega a ser semejante al Maestro, (…) es considerado por la Iglesia como un don preciosísimo y la prueba suprema del amor, (…) el supremo testimonio de fe y caridad con el derramamiento de su sangre”[2].


En esta perspectiva Santa Teresita del Niño Jesús, por ejemplo, amó y deseó sobremanera el martirio: “Sobre todo y por encima de todo, amado Salvador mío, quisiera derramar por ti hasta la última gota de mi sangre. ¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño que ha ido creciendo conmigo en los claustros del Carmelo… Pero siento que también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase de martirio… Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos”. Insistiendo que “quisiera sufrir todos los suplicios infligidos a los mártires”, enumera los diversos martirios soportados por san Juan Evangelista en el aceite hirviente, por san Inés y santa Cecilia, por Juana de Arco, … Añade todavía: “Quisiera susurrar tu nombre en la hoguera, Jesús”[3].


Mártires y martirio no son cosas de la historia. El Papa Francisco fue categórico en la Audiencia General del 19 de abril del 2023: “Como ya dije tantas veces, son más numerosos [los Mártires] en nuestros tiempos que en los primeros siglos”[4]. De hecho, en lo que va de siglo ya están recensionados 1.700 mártires. Y en lo que va de año en 2026 ya tenemos entre 100 y 150 mártires nominales. Y el cómputo crece cada mes con los mártires de Nigeria, por ejemplo, en nuestros días.


En cuanto al pasado, es importante considerar esta realidad en el momento de hablar de los Mártires de Cantabria. “Sólo en Santander y provincia –escribe el historiador- […], en trece meses largos que duró la tiranía rojo-marxista, hubo más de dos mil mártires […] Elevada cifra ésta”[5].


 Precedentemente ha habido ya beatificaciones, incluso canonizaciones, de Mártires de Cantabria. Los próximos Beatos no son los primeros de nuestra autonomía en recibir ese reconocimiento de la Iglesia. Van por delante los tres santos y nueve beatos que estudia Francisco Odriozola Argos[6]. Siguen los catorce Dominicos de Caldas de Besaya, beatificado en Roma por el Papa Benedicto XVI el 28 de octubre del 2007 en la multitudinaria ceremonia de 498 nuevos Beatos. Recordemos también a otros religiosos, beatificados en grupos de sus propios institutos religiosos, como los 18 Trapenses de Cóbreces[7], como los tres Mártires Capuchinos, como los seis Hermanos Maristas, los Hospitalarios de San Juan de Dios, Escolapios, Salesianos, Hermanos de las Escuelas Cristianas, ...[8]


Los 80 nuevos Mártires de Cantabria serán proclamados así el 7 de noviembre en la catedral de Santander; estemos atentos a la homilía que pronunciará el prefecto del Dicasterio vaticano, cardenal Marcello Semeraro. Capitaneados en la lista por el Siervo de Dios don Francisco González de Córdoba, componen un enumerado de 67 sacerdotes diocesanos, 3 seminaristas, 6 seglares y 3 Religiosos Carmelitas. El más anciano tenía 73 años. Y el más joven del grupo era nuestro Carmelita burgalés, fray Maximino de la Virgen del Carmen, con 20 años. La edad media de los 80 Mártires sumaba 43,9 años.


Es interesante advertir también que de la lista inicial de los Mártires fueron retirados los nombres de los sacerdotes Siervos de Dios Felipe Gago Rubio y Martiniano Gómez Gutiérrez por no estar claro del todo el caso martirial. Se anota que es “una Causa compleja por su número y extensión”.

Nos vamos a ocupar, sobre todo, de nuestro Mártires Carmelitas:

1) Fray Maximino de la Virgen del Carmen (1916-1936).

  2) Hº Ruperto de la Cruz (1897-1936).

3) P. Atanasio del Sagrado Corazón (1880-1936).

 

I-) El punto de partida.-


Conocemos por recordar las vicisitudes históricas de ese período de nuestra historia patria. En las elecciones generales del 12 de abril de 1931 en España ganaron los republicanos. El rey Alfonso XIII dimitió y partió en exilio. El jefe de gobierno Alcalá Zamora se declaró manifiesto anticlerical. La Santa Sede pidió a los católicos españoles que aceptaran el nuevo régimen.


Pero el gobierno comenzó enseguida su persecución a la Iglesia: laicización de la enseñanza, de los hospitales, quema de conventos y de iglesias, sacrificio impune de católicos, … El 23 de enero de 1932 el Gobierno suprimió la Compañía de Jesús en España. El resultado del período marxista de 1931 a 1939 supuso el homicidio de 14 obispos, 4.184 sacerdotes diocesanos, sin contar los religiosos y religiosas con cuantiosos laicos[9].  


En punto a persecución religiosa España llegó en el siglo XX a records históricos. Sus cifras sólo se superaron en los países de la Unión Soviética desde la Revolución Bolchevique de 1917 con los Gulag hasta la perestroika y glasnot de 1988. O tal vez, en la persecución nazi con el holocausto de los seis millones de judíos entre 1933 a 1945. Recordemos igualmente la represión masiva de católicos en países asiáticos, como Corea o Vietnam o China. En cualquier caso, la persecución religiosa de nuestro país, por su vesania y cantidad de víctimas en ocho años de duración, es de baremo referencial, de siniestro recuerdo.


Con referencia a nuestros 80 Mártires, el estudio pormenorizado de sus vicisitudes finales lo encontramos documentado con solvencia en los dos gruesos volúmenes, publicados en 2024 por el Dicasterio para la Causa de los Santos en el Vaticano. Esta “Positio super Martyrio” recoge la declaración de los testigos y ha servido de estudio base para que la Iglesia concediera el título oficial de Mártires a nuestros 80 héroes de la fe. En esa documentación de base nuestros tres Mártires Carmelitas llevan los números 68, 69 y 70 de las informaciones.


Enmarquemos ahora esta persecución tan sañuda contra la Iglesia en nuestra tierra cántabra. Al comienzo de la contienda nacional de 1936 Cantabria quedó en la zona llamada roja. Su virulencia contra la religión fue arbitraria o anárquica y sin control posible.


Las cárceles de El Dueso, de Reinosa, de Torrelavega se llenaron de prisioneros por motivos religiosos. En nuestra diócesis el porcentaje de clero diocesano martirizado fue muy alto. De 505 sacerdotes incardinados 77 fueron ejecutados; es decir, el 15,2%. En este cómputo no se consideran los religiosos, como los 9 Dominicos, los 16 trapenses, 7 agustinos y otros más; ni los tres Carmelitas que estamos rememorando.


En Santander abundaron los lugares de confinamiento y de represión en los sótanos del ayuntamiento, en el colegio de los Salesianos, en el convento de las Oblatas y de los Ángeles Custodios, en el Real Club Marítimo. La geografía martirial se extendió por toda la entonces Provincia, hoy Autonomía, de Cantabria. Pero en la capital sobresalieron dos lugares de historia pavorosa, de represión sanguinaria contra los católicos.


Uno era la checa de Manuel Neila en la calle del Sol, enfrente de la iglesia de los Carmelitas, al comienzo de la calle de Lope de Vega. Fue una casa de tortura sádica e inmisericorde para los católicos, clérigos o laicos. Comerciante en telas, el tal Manuel Neila –escribe un historiador-, “con la misma facilidad con que cortaba telas, rasgará vidas humanas, haciendo gala de un ensañamiento que no admite comparaciones. Un simple movimiento de su dedo índice decidía: cárcel o muerte en el mar”. La checa Neila fue un lugar siniestro de todas las humillaciones en los insultos, interrogatorios, latigazos. Extraña mucho que en tiempos de la Memoria Democrática que el Gobierno propugna desde octubre del 2022  no se haya colocado allí una placa que indique el malsano recuerdo y sirva de advertencia para el futuro.


Otro lugar de tortura profesional fue el buque prisión “Alfonso Pérez”. Fue una verdadera cárcel flotante para tantos mártires en aguas de Santander. Era un carguero construido en 1919 con 120 m. de eslora por 16 m. de manga y 27 m. de calado. Durante la Guerra Civil fue requisado por las autoridades frentepopulistas para habilitarlo como prisión flotante. Su dirección fue encomendada a dos contingentes de milicianos socialistas y anarquistas a las órdenes del calafate Emilio Abascal, comandante del buque. Como represalia al bombardeo de la ciudad por los alemanes, aliados de Franco, del 27 de diciembre de 1936 en este barco siniestro se dio muerte 157 prisioneros con tiros en la nuca y bombas de mano[10].


Todos los Mártires murieron víctimas del odio a la fe cristiana. Entre los Carmelitas, el primero del siglo XX había sido el B. P. Eufrasio del Niño Jesús Barredo Fernández (1897-1934). Perdonando a los verdugos y al grito de “¡Viva Cristo Rey!”, sucumbió el 12 de octubre de 1934. Eran los tiempos de la Revolución de Asturias. Fue beatificado el 12 de octubre de 2007[11].


Ya en días de nuestra Guerra Civil, la lista se abre con las tres Carmelitas Mártires de Guadalajara: Hermanas María Pilar de San Francisco (1877-1936), Teresa del Niño Jesús (1909-1936) y Mª Ángeles de San José (1905-1936). Las martirizaron el 24 de julio de 1936, a los pocos días de comenzar la Guerra Civil. Fueron beatificadas el 29 de marzo de 1987[12].


Entre tantos mártires de aquellos años en la Iglesia española, ellas fueron las primeras en recibir el reconocimiento eclesial de Beatas. Las Causas de los martirios de la guerra española habían permanecido paralizadas desde 1966 en tiempos de San Pablo VI para no herir susceptibilidades en los bandos políticos. Se reanudaron con san Juan Pablo II en 1980.


A las tres Carmelitas de Guadalajara les siguió la B. Hª Sagrario de San Luis Gonzaga (1897-1936), la primera farmacéutica en España, martirizada el 15 de agosto de 1936 y beatificada en Roma el 10 de mayo de 1998[13].


Entre los frailes comenzamos con el grupo de los 16 Carmelitas de Toledo[14]. Fueron beatificados el 28 de octubre del 2007 por Benedicto XVI en la multitudinaria ceremonia de los 498 nuevos Beatos españoles. En la misma ceremonia se beatificó al B. P. Lucas de San José Tristany (1872-1936), a la cabeza de un grupo de 13 Carmelitas que murieron el 20 de julio de 1936 en Barcelona[15].


La lista continúa con el B. P. Pedro de San Elías (1867-1936) y sus siete compañeros Mártires. Estos Carmelitas fueron fusilados el 11 de noviembre de 1936 en Torredembarrra (Tarragona) y beatificados el 13 de octubre del 2013 en Tarragona[16]. Con proceso adelantado permanecen a la espera de la aprobación definitiva los 34 Mártires Carmelitas de la antigua Provincia de Aragón-Valencia[17].

 

II-) Hablemos de nuestros Mártires Carmelitas de Cantabria con sus nombres.-

 

Se ha difundido un folleto con una evocación esencial de ellos con el título “Beatificación Mártires de Santander OCD. “No niegues lo que eres”. También ellos fueron Mártires de la Guerra Civil Española. No murieron fatídicamente porque no les quedó más remedio. Hubieran podido salvarse si hubieran escondido su condición de Religiosos, si hubieran blasfemado en el último momento. Aceptaron, ofrecieron su martirio.


Como en todo mártir declarado como tal, también nuestros hermanos murieron sólo por el odio a la fe; no pertenecían a ningún partido político, murieron aceptando y ofreciendo el martirio; el perdón afloró manifiesto en la boca porque lo estaba en el corazón.


Su caso o su actitud recuerda el comportamiento de nuestras Santas Carmelitas de Compiègne durante la Revolución Francesa (1784). Por voto libre comunitario del 19 de septiembre de 1792, dos años antes del martirio real, aceptaron y ofrecieron por adelantado el todavía entonces hipotético martirio[18]. Y en la recreación comunitaria que organizaron la víspera de ser guillotinadas “por superstición” la priora compuso un cántico al ritmo de la música del himno de la Marsellesa: “Llenemos de alegría nuestros corazones/ el día de gloria ha llegado/. Lejos de nosotras toda flaqueza/, lejos de nosotras la menor flaqueza… Reanimemos nuestro ardor/ nuestros cuerpos para el Señor…”[19]


Igualmente, santa Teresa Benedicta de la Cruz Edith Stein asumió también por adelantado el martirio. Tres años antes de su muerte, el 9 de junio de 1939, cuando vio ceñirse la sombra del nazismo, ella –como judía- escribió en el testamento: “Desde ahora acepto con alegría y con perfecta sumisión a su santa voluntad la muerte que Dios me ha reservado…”[20]


Nuestros tres Carmelitas de Cantabria se adhirieron también a esta línea de conducta. Su tribulación comenzó con el vilipendio sañudo a la Iglesia Católica en nuestra autonomía. Aparte los numerosos desmanes, se creó una situación de descontrol, de incertidumbre y de amenaza cercana.


Hablemos de ellos en concreto. En el relato de sus vidas me referiré sólo a los tiempos y hechos previos al martirio de cada uno.

 

1)    Hº Maximino de la Virgen del Carmen (1916-1936)


Este joven burgalés era novicio Carmelita. Primero estuvo en Oviedo, donde permanecía muy presente el martirio reciente del P. Eufrasio en 1934. Viendo su vida en peligro por su condición de religioso, el Hº Maximino escribió desde Oviedo a su familia: “Pedido para que reine Cristo Rey en toda España y, aunque tengamos que morir como nuestro mártir en la revolución asturiana, R.P. Eufrasio del Niño Jesús. ¿Qué mayor gloria para nosotros que, como él, morir ante los fusiles gritando: ¡Viva Cristo Rey¡? De esta manera pasaría a la otra vida a gozar de la compañía de los Santos. Así, pues, ánimo y elevemos a Dios nuestras plegarias”[21].


En la primavera de 1936 sus superiores le destinaron a Reinosa. Diseminada la comunidad, él se encontraba acogido en una familia. Pero a un cierto tiempo le pidieron que abandonara la casa por miedo a ser descubiertos los propietarios. Errando por las calles y el monte vecino, suscitó la sospecha de sus perseguidores. Apresado en diciembre de 1936, fue llevado al barco prisión “Alfonso Pérez” en Santander.


El 16 de diciembre cumplió los 20 años. Murió el 27 del mismo mes. Pero antes tuvo un gesto digno de la historia de san Maximiliano Kolbe. Leemos en la Positio: “El Hº Maximiliano de la Virgen del Carmen se hallaba en el instante del asalto [de los del Frente Popular al barco] junto a un requeté, padre de familia, que había venido con él de Reinosa… En estas circunstancias, Fray Maximino ruega a su compañero de martirio que le deje situarse [a él] en primer término. Cuando acaba de verificarse este cambio, una bomba de mano alcanza al religioso… Milagrosamente, con su muerte, ha salvado la vida del requeté compañero de cautiverio”[22].


Los restos de Fray Maximino se depositaron, primero, en la fosa común del cementerio de Ciriego. Terminada la guerra civil, el 27 de diciembre de 1939 fueron trasladados a la cripta de la catedral de Santander, debajo del altar de la Piedad y del sagrario. Con otros mártires del buque “Alfonso Pérez”, reposan allí en la manzana 63, fila 3, con el número 146. Sus hermanos, que asistieron a la verificación del cadáver, anotaron: “El cadáver ofrecía algunas huellas de las heridas recibidas por la bomba que hirió a nuestro hermano y éste presentaba sus brazos tocando con sus manos la nuca, que es en donde parece sintió el mayor dolor por efectos de explosión”[23]. La Provincia de Santa Teresa está en trámites para darle sepultura en el convento de Burgos.


El historiador P. Silverio de Santa Teresa le dedica este recuerdo: “Así murió este Descalzo, laborioso y humilde, a los veinte años de edad, en los albores de la vida carmelita, inocente como un ángel, sin haber hecho otra cosa en este mundo que servir a Dios, primero a su cristiana familia, y luego en la Religión del Carmen. Su devoción a la Orden la había mamado y bajo la sombra benéfica del Carmelo burgalés se había ido desarrollando su vida modesta, hasta que tuvo remate tan prematuro como glorioso”[24]. La evocación vale por un epitafio.

 

2)    Hº Ruperto de la Cruz (1997-1936)


Navarro de Garrués, el Hº Ruperto había llegado a Santander en diciembre de 1930. Fungía de portero y de sacristán. Hay que saber que cada una de estas responsabilidades conllevaban una ocupación que hoy casi no podemos imaginarnos. Por ejemplo, el Hº Sacristán de cada comunidad tenía que preparar con su maquinita casi manual la cantidad de formas de la comunión en la iglesia. Tenía que permanecer a la atención de la portería del convento, entonces muy frecuentada. De su vida de servicio escribió el Provincial, Fray Sergio de Santa Teresa: “Por su discreción y talento natural, por su porte religioso y afable, por la diligencia y esmero con que atendía al cumplimiento de su obligación, se granjeó el aprecio y el cariño de todos. Era un hermano modelo”[25].


Disuelta la comunidad santanderina[26], nuestro Hº Ruperto estuvo acogido en casa de don Adolfo Mazarrasa, luego en el Asilo San Cándido, regentado por las Carmelitas Misioneras. Finalmente, encontró acomodo en la casa de don Enrique Huidobro, hoy Hotel Sol Boutique en la calle del Sol. Estando en esta casa, el 17 de noviembre de 1936 los milicianos del Frente Popular irrumpieron en el domicilio. Al preguntar por la identidad de la persona presente, el propietario dijo que era un amigo de casa. Pero nuestro Hermano Ruperto confesó resuelto: “Soy un religioso Carmelita”. Enseguida lo recluyeron en la vecina checa de Manuel Neila.


Al anochecer se confesó con el P. Augusto de la Cruz, su actual superior de comunidad, que también estaba recluido allí. En la misma checa se encontró también con el P. Atanasio del Sagrado Corazón. A la preguntó de cómo debía comportarse si le llegaba la condena a muerte por ser religioso, el P. Atanasio, su antiguo maestro de novicios, le respondió: “Entregarse en las manos de Dios y estar preparado para todo con una santa conformidad en la voluntad de Dios… No niegues lo que eres”[27].


Con esta disposición, que ya la había mostrado en el momento del arresto, el Hº Ruperto se preparó para la muerte. A las nueve de la noche del 18 de noviembre lo sacaron de la checa para conducirlo al mar. Allí, entre el faro del Cabo Mayor y la isla de Mouro, lo arrojaron atado de pies y manos, con una soga de la que pendía una pesada piedra y hierro. Por eso no tenemos rastro de sus restos mortales. Nunca se supo nada más de él. Tenía 39 años. Preguntado por la suerte del Hermano al verdugo Neila, respondió cínicamente que estaba en libertad.

 

3)    Atanasio del Sagrado Corazón (1870-1936)[28]


Nombrado suprior de Santander en la primavera de 1936, este Carmelita guipuzcoano tenía del Definitorio Provincial la encomienda de visitar nuestras casas de Colombia y del Perú. Pero, tras el Alzamiento Nacional, el gobierno republicano en Santander no le permitió embarcar. Lo comunica él en carta la Priora de las Carmelitas de San Sebastián. Así continuó en la capital cántabra.


Ilustrativos son los recuerdos de las hermanas Aldasoro que acogieron en su casa al P. Atanasio tras su expulsión del convento por las autoridades rojas: “Había también en casa unos chicos que estaban perseguidos, y lo mismo que nosotros, estaban edificadísimos; era un santo; en todos los momentos y detalles se le veía. Persona muy fina y amable, todos buscábamos su conversación que nos encantaba y siempre se sacaba mucho provecho espiritual. Algún día, hablando con estos chicos, ellos decían de ocultar su verdadera profesión [la del Padre], de no decir a las falsas autoridades rojas que era sacerdote; él decía que, según ese criterio, no hubiera habido mártires en la Iglesia… Nos decía había que estar dispuestos incluso para el martirio, dar la vida por Cristo y por la Patria; parece como que fue su despedida”[29].


La persecución arreciaba encarnizada en Santander para los clérigos y católicos comprometidos. El P. Atanasio afrontó el martirio con toda clarividencia. Prosigue el relato anterior diciendo que, al entrar la policía para el registro de la casa, “él no se marchó como los demás muchachos, y al preguntar por lo que había en casa, mi hermana Concha le presentó [al Padre] como tío nuestro, un antiguo profesor. Al preguntarle a él, contestó que era religioso carmelita y le dijeron que les acompañara a la Comisaría[30]. De este primer encarcelamiento quedó liberado a los dos días.


Ante el peligro inminente de caer prisionero con consecuencias imprevisibles, el Gobierno Autonómico Vasco de Vizcaya le había ofrecido un coche con salvoconducto para trasladarlo en modo asegurado a Bilbao, zona libre del asedio rojo. Pero él renunció a la oferta. El 11 de agosto con su hábito de fraile estuvo a confesar a las Carmelitas de Descalzas de Maliaño “para cumplir con su deber y dar ánimo y consuelo con el sacramento de la penitencia en trance tan apurado de ser echadas fuera del convento”[31].  


No hubo que esperar mucho para que se cumpliera el siniestro presagio. Dos días más tarde, el 13 de agosto, toda la comunidad de Carmelitas de Santander fue expulsada de su convento. El P. Atanasio, como los demás religiosos, se hospedó en casas privadas, sin ocultar nunca que fuera religioso. El 27 de diciembre de 1936 por la noche, tras el bombardeo de la ciudad por la aviación alemana, le apresaron sin que él ocultara su identidad de religioso Carmelita.


Le internaron en la checa de Neila, donde permaneció tres días de reclusión. Había estado ya aquí del 17 al 19 de noviembre, quedando después esta vez en libertad. En esta prisión de torturas ejerció el Padre un buen apostolado. Siempre se mostró muy animoso, reconfortando y confesando a otros prisioneros. Pero el 30 de diciembre lo sacaron juntamente con el jesuita P. Del Arco y el Sr. Bárcena, portero del número 36 del Muelle. Los condujeron a la bahía de Santander, arrojándolos al mar en la forma maniatada que conocemos. El mar fue su tumba. Por eso tampoco del P. Atanasio se han podido recuperar sus despojos mortales.


El P. Samuel de Santa Teresa nos dejó este enjuiciamiento: “Yo iba todas las semanas a confesarle y confesarme [en la casa de las Aldasoro] y ambos hacíamos nuestra confesión como la última de la vida, y celebrábamos la Misa siguiente como de viático, pues a todas horas estábamos expuestos y dispuestos a morir fusilados. El padre Atanasio se hallaba muy bien preparado para morir y había aceptado la muerte de todo corazón. Con gran fruición hablaba de la felicidad de aquellos que pasaban de esta miserable vida a la bienaventuranza del cielo, derramando su sangre por la fe de Cristo y por el hábito religioso, y deseaba gozar de la misma suerte”[32].


Conclusión


Sin evitar o escamotear el peligro, nuestros tres hermanos Carmelitas nos dejaron el testimonio de un martirio asumido con anterioridad y ofrecido con generosidad. Parecen haber encarnado aquel principio que un histórico mártir de la Iglesia primitiva, san Cipriano de Cartago (200-258), escribió en la antigüedad cristiana: “Nadie se preocupe ahora de la muerte, sino de la inmortalidad; ni del sufrimiento temporal, sino de la gloria eterna, ya que está escrito: ‘Mucho le place a Dios la muerte de sus fieles” (Sal. 116,15) [33].


El martirio incruento de nuestros Mártires comenzó tiempo atrás con la inseguridad personal en los días aciagos que comenzaron con la Guerra Civil. Tal era el asedio, la incertidumbre de la vida en la recia persecución religiosa. En las vidas y en los martirios ofrendados de nuestros Beatos Maximino, Ruperto y Atanasio se reproduce con realismo la afirmación del Salmo: “Por tu causa nos matan cada día, nos tratan como a ovejas de matadero” (Sal. 43,12).


Ellos murieron convencidos, como lo estaba san Pablo, “de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro… podrán separarnos del amor de Cristo, nuestro Señor” (Rom 8,36). Nuestros Mártires encarnaron la actitud paulina: “Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mí la vida es Cristo y la muerte, una ganancia” (Fil 1,22). Eso vivieron, eso procuraron, eso obtuvieron.


“Sea que muramos, sea que vivamos, vivimos siempre con Él” (1 Tes. 5,10). Este es el mensaje de permanente actualidad que nos transmiten nuestros valerosos y sacrificados Mártires. Dos de ellos vivieron y trabajaron en nuestra propia comunidad religiosa; entraban y salían por la misma puerta por donde entramos y salimos nosotros. Ellos dos, como el más joven del grupo con sus veinte años, nuestro Carmelita burgalés, estaban empadronados en nuestra comunidad autonómica. Tenemos una cercanía emocional con ellos. Razón de más para confiar en su intercesión celeste, concreta y eficaz.   

 

Soneto a los Mártires Carmelitas

Soplaron furibundos vendavales

por tierras del hidalgo pueblo hispano.

Hoz, martillo, blandió furor insano.

Sesgadas fueron flores virginales.

Transpuestos del Empíreo los umbrales,

Con palma de martirio en vuestra mano,

Hermanos, ¿negaréis a vuestro hermano

Vuestras blandas caricias fraternales?...

Marxismo vil, estúpida guadaña,

Baldón siempre contigo. Tierra y cielo,

Maldecid, execrad tan negra hazaña,

Cielo y tierra, cantad con vivo celo:

¡Prez y gloria a los mártires de España

Que poblaron los claustros del Carmelo.

 

         Alfonso López Sendín, O.Carm.              


[1] Apología contra los gentiles, 50,13.

[2] LG 42.

[3] Ms B, 3rº.

[4] En la misma Audiencia añadió esta apreciación: “Los mártires no deben ser vistos como “héroes” que han actuado individualmente, como flores que han brotado en un desierto, sino como frutos maduros y excelentes de la viña del Señor, que es la Iglesia” (L’Osservatore Romano, edic. española del 21-04-2023, p. 10).

[5] Fernando de la Lama Ruiz-Escajadillo, Mártires de la Montaña en nuestra Cruzada Española de Liberación 1936-1937, Santander, 1994, p 9.

[6] Fco. Odriozola Argos, Cántabros testigos de la fe en el siglo XX. Santos, beatos, venerables, siervos de Dios, Santander, 2001, 274 p.

[7] Celebración de la Eucaristía y Beatificación de los Mártires de Viaceli y Fons Salutis, Santander, 3 de octubre de 2015, 52 p.

[8] De todos ellos ofrece oportuna información Crescencio Palomo Iglesias, OP, Santos, Beatos y Mártires de Santander, en Cantabria y Valle de Mena1, Santander 2013, 252 p.

[9] Esta situación dramática que vivió la Iglesia española está bien documentada –entre otros- por investigadores como Antonio Montero (Historia de la persecución religiosa en España, BAC, Madrid, 1961) o Vicente Cárcel Ortí, La persecución religiosa en España durante la II República (1931-1939), Ediciones Rialp, 2ª edición, Madrid, 1990.

[10] El superviviente Ramón Bustamante Quijano ha rescatado para la historia las torturas, los procedimientos y los procesamientos del buque prisión con su libro A bordo del Alfonso Pérez. Escenas del cautiverio en Santander, 2ª ed., 2025, 350 pp.

[11] Antonio Mingo, Antes que el eco se pierda. Biografía del Bto. P. Eufrasio, Burgos, 2021, 373 p.

[12] José Vicente Rodríguez, Nuevos diálogos de Carmelitas en Guadalajara, Madrid, 1986, 308 p.

[13] Tomás Álvarez, Vida de María Sagrario (Elvira Moragas). Farmacéutica, carmelita y mártir. Edic. San Pablo, Madrid, 2011, 184 p.

[14] José Vicente Rodríguez, La dichosa ventura. 16 Carmelitas en Toledo. Vida y martirio, Edit. de Espiritualidad, Madrid, 2007, 412 p.

[15] Gabriel Beltrán, Lucas de San José. Rasgos biográficos y bibliografía (1872-1936), en Roma, ABC 35, 1998, 225-312.

[16] Antonio Unzueta, Beato Pedro de San Elías. Biografía y Epistolario, Vitoria, 2015, 264 p.

[17] José León Santiago, Mártires Carmelitas Descalzos de la Provincia se Aragón y Valencia. Años 1936-1939, Benicassim, 2013, 398 p.

[18] Marie de l’Incarnation, La relation du martyre des seize Carmélites de Compiègne, Édit. Du Cerf, Paris, 1993, p. 23.

[19]Philippe Hugelé, Historique du martyre, Carmel, 1994/2, p. 25.

[20] Francisco Javier Sancho, Pensamiento y Paisaje, Burgos, 1998, p. 182.

[21] Positio super Martirio, I, 565.

[22] Positio I, I, 566.

[23] Positio, I, 567.

[24] Silverio de Santa Teresa, Historia del Carmen Descalzo en España, Portugal y América, t. XV, Burgos, 1952, 626.

[25] Positio, I, p. 560.

[26] La crónica conventual de Santander añade muchos pormenores más de este período de penalidades, a las que se sometió en aquellos días a nuestros religiosos de la capital cántabra: Monografía del convento de Padres Carmelitas Descalzos de Santander, Vitoria, 1955, 67 p..

[27] Positio, I, 559.

[28] Del P. Atanasio existe una “Biografía Documental”: Antonio Unzueta, No niegues lo que eres, Vitoria, 2001, 210 p.

[29] Unzueta, o.c., p. 199.

[30] Unzueta, o.c., p. 199.

[31] Unzueta, o.c., p. 194.

[32] Unzueta, o.c., p. 197.

[33] San Cipriano de Cartago, Sobre la muerte, cap. 18, 24.




 
 
 

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