Santa Teresa de Lisieux

 

Cuando uno visita Lisieux, buscando las huellas de santa Teresa del Niño Jesús, lo primero que descubre son ¡as huellas de Dios. Dios, una vez más, remó contra corriente. Dios echó mano de una monja anónima, de sólo formación catequética, para poner en primer plano lo que El quiso decirnos por su Hijo, hace muchos años, y en más de una ocasión quedó algo arrinconado.

En efecto, las aguas limpias de su Evangelio habían recibido muchos "colorantes" a través de los siglos. Muchos residuos "industriales" del Antiguo Testamento, de la cultura del hombre, de las filosofías y otros "contaminantes" más, habían oscurecido la sencilla y directa palabra de Jesús. Y eso, a pesar de sus profetas: Pablo, Agustín, Bernardo, Francisco, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, y algunos personajes "condenados" por la historia.

 

Y, una vez más, como lo hiciera con los siete hijos de Jesé escogiendo al pequeño David, Dios buscó a Teresita: la última de un lejano monasterio de Francia, la hija más pequeña de una familia, la maestra de novicias sin título, la que sólo dice y escribe pensamientos sueltos, esporádicos, inesperados.

 

Y esos escritos no estaban presentables: necesitaron de muchos retoques. Es que se dormía en la oración; es que no hizo nada notable para ser consignado en su nota necrológica; es que murió jovencita sin tener tiempo de hacer algo vistoso; es que era buena, pero nada más.

 

Y aquí está Teresa de Lisieux, voz pequeña de Dios que, casi sin saberlo, la hicieron suya los padres conciliares del Vaticano II y la han amplificado a los cuatro vientos los teólogos posconciliares, volviendo la mirada a la pureza del Evangelio. Las grandes preguntas de los teólogos tienen en ella una sencilla e intuitiva respuesta evangélica; los titanes de la santidad ven desde la escarpada montaña a la chiquilla que les sigue, asida de la mano del Padre Dios, confiada, segura, sin saber por dónde la lleva, pero sonriente, con la mirada niña en El.

 

No sabe mucho, pero ha "visto" mucho; se ha dado cuenta de mucho: Que Dios es Padre y Madre y Esposo y Amigo y Niño juguetón y Bueno. Pero eso, infinitamente fuera de serie, ¡muy fuera de serie! Y que eso es ¡verdad!, con infinitas admiraciones. Y que eso es ¡la primera verdad de Dios!, con más admiraciones. Y que la cosa —la santidad— no es cosa de titanes ni de campeones ni de atletas ni de "sabios y entendidos", sino de los "pequeños" del Evangelio, de los "vueltos a nacer", de los que sólo saben amar sin intereses, sin pretensiones; de los que sólo quieren complacer al Amor que les ama desde siempre; responder a su amor de siempre; a su amor gratuito, paternal y maternal de verdad.

 

Esto es lo que Teresita "entendió" e "intuyó", y lo manifestó como pudo y cuando pudo. Ella experimentó la Bondad de Dios en la corta historia de su vida, en la bondad de su padre, en la prematura muerte de sus hermanitos y de su buena madre, en el cariño de sus hermanas, en su viaje a Roma, en su difícil entrada al Carmelo, en los esquemas de santidad que ese Dios le rompía, uno a uno, en la aceptación de sus caminos desconcertantes e imprevistos, en la sequía de su oración, en sus imperfecciones, en el amor de sus hermanas de comunidad, en la alegría de la recreación, en la hermana antipática, en el carteo misionero, en la noche oscura de la fe, en el frío nebuloso de Normandía, en la enfermedad de muerte.

 

Estos temas fundamentales, que aquí se presentan, quieren ofrecer los aspectos prácticos de la espiritualidad de Teresa de Lisieux, en el primer Centenario de su muerte, como unas señales de tráfico de su "caminito" evangélico.

 

UN FARO EN LA IGLESIA A FINALES DEL SIGLO XIX

 

1. En la Europa del siglo XIX

 

El siglo XIX fue muy revuelto en Europa, y en el mundo entero. El imperio colonial europeo, y especialmente el español, sufrió un cambio total. Algunos estados de Centro Europa, Francia e Inglaterra, extendieron sus dominios por África y por Asia. El continente americano consiguió una autonomía política casi total. El gran imperio colonial de ultramar desapareció totalmente.

 

En el viejo continente el acontecimiento principal fue la revolución francesa, en sí y por las secuelas que trajo. Aunque explotó un poco antes de este siglo, no adquirió su desarrollo hasta años más tarde. Como parte de este movimiento surgió el imperio napoleónico, aunque de poca duración, puso en movimiento muchas ideas e instituciones. Esta movida venía precedida y preparada por un movimiento intelectual llamado la "Ilustración". Esta interpretación del hombre y de la sociedad empieza a tomar un impulso irresistible. Surgía una era nueva.

 

En la segunda mitad del siglo se desencadena el movimiento obrero, que ha conmovido al mundo entero. Europa, en un renovado intento por dominar y ejercer su hegemonía, extendía sus brazos hacia África y Asia para llevar su cultura y explotar las riquezas de estos continentes.

 

En el área de los estados, ya más o menos demarcados dentro de sus límites territoriales, empieza a brotar un movimiento intelectual y social nuevo. Al aparecer los primeros brotes de lo que llamaríamos la "democracia", el pueblo, sobre todo la burguesía, va adquiriendo cada vez más peso y ejerciendo mayor influjo en el desarrollo de la vida política, económica y social. Ya no hay quien se atreva a decir: "El estado soy yo", o a emplear otras expresiones semejantes. Actúa el pueblo, y el estado actúa en su nombre. Los ciudadanos no deben al rey ni sus bienes ni sus vidas.

 

2. Repercusiones en la vida religios

 

Todo esto tiene una gran repercusión en la vida religiosa. Desde la Ilustración, muchos intelectuales toman una actitud crítica respecto a la Iglesia y a la religión. No pocos se muestran frontalmente opuestos, sobre todo, a la institución eclesial, su poder y sus actividades. Algunos ponen en cuarentena hasta la misma fe y los libros sagrados. Tratan de examinarlos a la luz de la razón.

 

Ya en pleno siglo XIX hay movimientos más o menos populares del mundo inculto del trabajo, que, bajo la dirección de algunos teóricos, se desentienden de la Iglesia e, incluso, consideran la fe como contraria a la consecución de sus aspiraciones más legítimas. Se llegará a calificarla de "opio del pueblo", un elemento que lo adormece, le hace renunciar a su verdadero desarrollo.

 

Hubo un intento de "restauración" política y religiosa. La política fracasó, pero la religiosa dio sus buenos frutos. La Iglesia se dedica a formar un clero culto y piadoso en los seminarios y noviciados. Se fundan muchas nuevas congregaciones religiosas dedicadas, principalmente, a la educación de la juventud y a la hospitalidad. Con la colonización de algunos países, se crea un fuerte movimiento misional. Son muchos los sacerdotes, religiosos y religiosas que se encaminan a las regiones coloniales, principalmente a llevarles el tesoro de la fe pero también las atenciones humanitarias y los principios del desarrollo humano integral.

 

Muchos fieles, en el campo político, buscan la restauración de la monarquía por considerarla inseparablemente unida al catolicismo, pues la revolución y los gobiernos republicanos estaban resultando funestos para la religión.

 

Hay grupos numerosos que quieren manifestar su fe en peregrinaciones a diversos santuarios. En Francia, a Paray-Le-Monial, lugar de los coloquios del Sagrado Corazón con Santa Margarita María de Alacoque, o a santuarios marianos, como Chartres, o de apariciones más recientes, como Lourdes. La familia Martin era muy aficionada a estos gestos o manifestaciones de su fe. El padre era el más entusiasta y las hijas seguían el mismo camino. La peregrinación a Roma, de la que forma parte la joven de 14 años, Teresa Martin, tenía por finalidad hacer una demostración de catolicidad del pueblo francés y de apoyo al Romano Pontífice, preso en el Vaticano. Francia no se resignaba a renunciar a su título de "hija primogénita de la Iglesia". Quería distinguirse por la seriedad y profundidad de su fe.

 

Poco más tarde, Charles Peguy, nacido en el mismo año que Teresa, se atrevería a afirmar con toda seriedad que Dios había revelado algunas cosas que solamente los franceses habían comprendido. Los llamaban "Católicos Ilustrados", de los que tanto se podía esperar. Se creían llamados a marcar la pauta para vivir la fe en estos tiempos nuevos.Con todo, el panorama, tanto en Francia como en los demás estados europeos, no era muy halagüeño y esperan-zador. Los intelectuales trataban de poner a prueba los fundamentos de la fe, de la Biblia, de la teología. Los políticos y gobernantes, con sus nuevas leyes, fustigaban duramente a las instituciones católicas, dificultando su funcionamiento. Algunas comunidades religiosas se ven forzadas a exiliarse.

 

3. Ambiente religioso que encontró Teresa

 

Cuando el horizonte parecía tan poco risueño, brota en este campo, donde menos se podía esperar, una flor maravillosa, "una Florecilla Blanca", como ella misma se denominará. Es paradógico que en la Francia de tantos enemigos y detractores de la religión cristiana, aparecieran quizás las más brillantes figuras religiosas de su historia. Entre ellas, tal vez en el primer puesto, nuestra Santa.

 

Teresa Martin no se enfrentó directamente con los líderes de todos esos movimientos opuestos a la fe cristiana. Incluso ignoró totalmente a la mayoría de ellos, aunque sí estaba enterada del anticlericalismo de los gobiernos y del progreso de la increencia. Tuvo, incluso conocimiento directo de estos movimientos y de algunos de sus miembros. Pero en su vida normal se desenvolvió en un ambiente muy religioso y tranquilo. Se encontró directamente con una de las modalidades de interpretación de la doctrina cristiana. Hubo en Francia, y luego en toda Europa, un movimiento cristiano llamado "jansenismo". Su promotor principal fue el obispo holandés Comelio Jansenio (1585-1638). Tuvo por compañero a un sacerdote vasco francés, Juan Duvergier de Hauranne, más conocido como "el abad de Saint-Cyran". Esta corriente contó como expositores y defensores con A. De Arnaud, B. Pascal y Quesnel. Era una interpretación rigorista y pesimista del cristianismo. Destacaba la trascendencia, la lejanía, de Dios y la corrupción de la naturaleza humana por el pecado original. Se basaba presuntamente en la teología de san Agustín, de gran prestigio en la tradición occidental. Sobre todo defendía una interpretación rigorista de las exigencias morales. El pecado mortal y la condenación eterna eran sus temas preferidos.

 

Esta doctrina fue condenada por la Iglesia en varias ocasiones, pero siguió influyendo en el pueblo cristiano. Sus perniciosas secuelas perduraron por mucho tiempo. En la segunda mitad del siglo XIX quedaban muchas posturas basadas o inspiradas en esa doctrina. Se presenta un Dios trascendente y justiciero inabordable, que exige una reparación rigurosa de las ofensas. Los que se sentían predestinados hacían de mediadores y se ofrecían como víctimas a la justicia divina, para que el Dios justiciero descargara sobre ellas el merecido castigo. Se recurría a la Virgen, símbolo de la misericordia y refugio de los pecadores, porque no osaban acercarse directamente a Dios.

 

En este ambiente religioso se formó la Santa de Lisieux. Ella nos recuerda la impresión desoladora que le causaron algunas pláticas sobre el pecado mortal y la facilidad con que se puede cometer (cfr. A 39r). Sufrió mucho de escrúpulos. Temía haber cometido un pecado mortal por cualquier motivo. Así vivía atemorizada la gente piadosa, no sólo en Francia sino en todas las latitudes del mundo católico. Esta Iglesia tan triste, tan oscura, necesitaba que apareciera un faro brillante, que arrojara un poco de luz sobre este ambiente ensombrecido.

 

Teresa se abre hacia Dios, descubre a un Dios cercano, accesible, a un Dios que es Amor misericordioso, a un Dios que no es justiciero sino "más tierno que una madre" (cfr. A 80v).

 

Deseosa de salir de este ambiente que la asfixiaba, que la oprimía y hundía en la angustia y desesperanza, intuye, vislumbra que sí hay salida y exclama: "Necesito un corazón que me ame como soy, pequeña y débil, yo necesito a un Dios que como yo se vista de mí misma y mi pobre naturaleza humana, que se haga hermano mío y que pueda sufrir" (P 23,4). Ese es el Dios que ha buscado: el Dios cercano, no el absolutamente transcendente, lejano, sino el Dios-Amor, cuya característica sea la de "abajarse" (cfr. A 2v; B 3v). Y lo encontró. Es lo que ella necesitaba y también echaba en falta todo el mundo cristiano. El Dios encarnado, que se nos revela en Jesús, el Dios amante y no justiciero, que se abaja hasta ponerse a nuestro nivel y convertirse en hermano nuestro, siendo "probado en todo igual que nosotros menos en el pecado" (Hb 4,15), que se humilla hasta "mendigar nuestro amor" (P 24, Rp 5; Ct 124; 151; 171). El Dios trascendente, sin dejar de serlo, se abaja, se acerca, corre nuestra suerte, comparte nuestra vida hasta en los sufrimientos. El Dios justiciero, sin abdicar de la justicia, desahoga su comprensión, su misericordia. Nos perdona, nos acoge, como la más tierna de las madres, y siente una viva alegría al recuperarnos.

 

Este es el Dios que Teresa ha descubierto, con el que ha dado en sus largas y profundas reflexiones sobre el Evangelio. Le experimenta en su vida privada, en su intimidad, pues se siente atendida y amada como nunca se había podido imaginar. Su deseo, su gran aspiración, es que lo que ella experimenta, que es una "audaz confianza" (A 32r), lo sientan los demás. Lo que a ella seduce, como en otro tiempo a Jesús, es la "asombrosa", o mejor, la amorosa audacia de la mujer pecadora que se acerca a Jesús para lavarle y besarle los pies (cfr. C 36v). Ya estamos en las antípodas del jansenismo. Este era el faro que la Iglesia necesita en nuestro tiempo. Dios no nos abandona. Nos ilumina a través de esta humilde jovencita a la que hace brillar a los ojos de los sencillos, de todos aquellos que, en su actitud, se parecen a los que comprendieron a Jesús cuando visitaba Jerusalén, o caminaba por los pedregosos caminos de la tierra de Israel.

 

Testimonios de los Papas

 

Para darnos cuenta de lo que esta figura significa y está llamada a representar en la Iglesia es interesante recordar cómo la han visto y juzgado los Papas, todos los que han venido después de su muerte. Ellos conocen los problemas y necesidades de la Iglesia y buscan medios para resolverlos, para orientar y estimular a su grey. Llama la atención el dato de que todos ellos hayan conocido los escritos de sor Teresa y los hayan leído con interés y repetidas veces, y hayan encontrado en ellos un verdadero tesoro para sí y para los fieles en general. Hasta en el "Catecismo de la Iglesia Católica" viene citada no menos de seis veces.

 

Han sido numerosos los episcopados que, siguiendo el ejemplo del francés, han pedido que la joven religiosa de clausura sea declarada Doctora de la Iglesia. Vamos a recorrer brevemente las actitudes y palabras de los Papas que se han sucedido en este siglo. (Nos serviremos de los datos que el R Mario Caprioli, OCD, ha recogido en un artículo publicado en la revista "Teresianum", Roma, 1995-11. En este texto están expuestos con más extensión y detalle. Se titula "I Papi del secólo XX e S. Teresa di Lisieux". Véase también cada nombre en: Diccionario de Santa Teresa de Lisieux, Editorial Monte Carmelo, Burgos 1997).

 

San Pío X (1903-1914)

Este Papa se interesó mucho por llevar adelante el caso de sor Teresa. Introdujo su Causa, dispensando del espacio de 50 años requerido entre la muerte y la declaración de la heroicidad de las virtudes cristianas.

Comprendió lo que significaba la doctrina de la "infancia espiritual". Apreció en su justo valor los elementos que la integran: el abandono en las manos de Dios, la humildad, la confianza, que constituyen un homenaje práctico al Poder y a la Misericordia de Dios. Le encantó lo que piensa Teresita de la comunión frecuente.

 

Pío XI (1922-1939)

Es el Papa de santa Teresita. Ya antes de subir a la Sede de Roma, leía la "Historia de un alma". El la beatificó el 29 de abril de 1923. A los dos años, el 17 de mayo de 1925, la canonizó con gran solemnidad y una participación nunca conocida de fieles. No habían pasado más que otros dos años y, atendiendo a la petición de numerosos obispos misioneros, la declaraba "Patraña principal, junto con San Francisco Javier, de todas las Misiones y misioneros del mundo entero". La llamó la "Estrella de su pontificado". Siempre se sintió acompañada por ella, incluso en los últimos momentos de su vida. Nunca se cansó de proponer y recomendar su doctrina, y recordar su ejemplo de vida.

 

Pío XII (1939-1958)

Estando de Nuncio de Berlín, recibió un ejemplar de la traducción alemana de la "Historia de un alma". Demostró en numerosas ocasiones un gran conocimiento de la espiritualidad teresiana, y ejerció complacido su misión relacionada con la Santa, como la bendición de la basílica de Lisieux, como Delegado Papal en Julio de 1937.

Unos años más tarde, el 3 de mayo de 1944, la proclamó "Patraña secundaria de Francia". A los sacerdotes les recomendó que imitaran a Teresa en su afición a "leer y meditar el Evangelio en un largo y profundo recogimiento". Advirtió al obispo de Bayeux, diócesis a la que pertenece Lisieux, que el pensamiento de la "infancia espiritual" se funda en la doctrina evangélica y no está reservada a jóvenes novicias. Está hecha para "personas adultas cargadas de responsabilidades".

 

Juan XXIII (1958-1963)

Este Papa fue siempre una persona de oración, de vida sencilla, amante de la espiritualidad de los pequeños, que comprendieron a Jesús y su mensaje. Manifestó la admiración y el amor que sentía por la Santa realizando varias visitas a Lisieux. Inculcaba, basándose en la Santita, el espíritu de humildad, sencillez, abnegación constante y el deseo de cooperar en obras de apostolado.

Al Capítulo General de los Carmelitas Descalzos les exhortaba el 29 de abril de 1961 a que fueran fieles a la tradición carmelitana, principalmente al amor a las misiones de Santa Teresita. En el momento en que el P. Frangois de Sainte Marie le presentaba la edición de "Visage de Thérése de Lisieux" le dijo: "A santa Teresa la Grande, yo la quiero mucho, pero la Pequeña es la que nos conduce a la ribera. Hay que predicar su doctrina tan necesaria."

 

Pablo VI (1963-1978)

Este Papa, ya antes de ser elevado a la Cátedra de san Pedro, estuvo en contacto con Lisieux y con la espiritualidad de Teresa. Confesó que había leído varias la veces la "Historia de un alma". Consideraba a sor Teresa como una expositora del mensaje del evangelio. Llegó a afirmar de ella: "Se expresa en un lenguaje sencillo e inocente, derivado del evangelio". El fundamento evangélico de esta espiritualidad no podía estar más autorizado. Le llamaba la atención su doctrina sobre la humildad y la confianza, y también su espíritu de oración, el vivir siempre con la mirada puesta en Dios. Y él, tan pensador, no puede pasar por alto lo que la Santa sintió y vivió respecto a la sensación de ausencia de Dios, sentimiento tan corriente en nuestros días y la tiene como maestra que nos enseña cómo se debe vivir en esas condiciones.

 

Juan Pablo I (1978)

A este Papa, de tan brevísimo pontificado, le entusiasmaban las enseñanzas de la carmelita. Enumera estos aspectos: la vida de intimidad con el Señor, su actitud de cara al sufrimiento físico y espiritual, el amor a la Sagrada Escritura sin olvidar los escritos y ejemplos de los santos, su interpretación y aplicación del Evangelio. Confiesa que al leer por primera vez la "Historia de un alma", a los 17 años, sintió un golpe impactante, como un rayo que lo hería profundamente.

 

Juan Pablo II (1978-2005)

El Papa, que actualmente ocupa la Sede de Pedro, se ha acercado a Lisieux varias veces. Una de las visitas fue la peregrinación que hizo, acompañado por 30 obispos polacos, en el año 1970. Recurre a las enseñanzas de la Santita en muchas ocasiones. La llama "santa contemporánea". Le impresiona la experiencia que tiene de nuestra filiación divina y su preocupación por la salvación del mundo. Recuerda a las religiosas contemplativas que tienen que sentirse, como Teresa, en el corazón de la Iglesia. Ahí está su puesto desde donde tienen que cumplir la misión que les corresponde.

 

Con estos testimonios tan autorizados podemos darnos cuenta de la importancia de esta Santa, de su misión y del influjo que ejerce en la Iglesia empezando por la alta jerarquía.

 

Otro gran testimonio es el interés, la conmoción, que ha despertado en el pueblo fiel, incluyendo a todas las clases y categorías de creyentes: laicos, sacerdotes, religiosos, religiosas. Se ha convertido en una de las santas más populares, más conocidas y amadas. No pocos convertidos atribuyen a su mediación la gracia que han recibido. Y no digamos nada de tantos sacerdotes, religiosos y religiosas, que se han sentido llamados por Dios a través de su mensaje.

 

Se ha ganado, incluso la simpatía y el amor de los cristianos separados. Son muchos los protestantes que la admiran y encuentran en ella una interpretación del Evangelio muy cercana a la suya. Los teólogos le están dando la razón en este punto. Los ortodoxos rusos dicen que entre ellos se admite a dos santos católicos posteriores a la separación: san Francisco de Asís y santa Teresa de Lisieux.

 

P. Francisco Ibarmia, "Teresa de Lisieux. Temas fundamentales", Editorial Monte Carmelo, Burgos, 1997

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