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Semana Santa con sabor indígena

08/04/2018

Es sabido que los indígenas suelen mantenerse fieles a su costumbrismo. Eso hace que, desde un punto de vista sociorreligioso, tengan a gala blasonar de tradicionalistas. Entre ellos la innovación es un lujo que pocas veces se permiten. 

Se explica, pues, que para expresar su fe y sus sentimientos se rijan por unas normativas nada proclives al cambio. Así tuvieron que asumirlo, de hecho, los primeros misioneros españoles. Aunque portadores de una teología vanguardista, su praxis pastoral se vio condicionada por las luces y sombras de las culturas nativas. 

Fieles a su proyecto evangelizador, comenzaron a levantar grandes templos donde los indígenas pudieran expresar la fe que ellos les ofertaban. Sin embargo, pronto observaron que su nueva feligresía era poco amante de los espacios cerrados. De hecho, las religiones precolombinas habían erigido santuarios con apenas capacidad para albergar dentro a la élite sacerdotal. La masa de creyentes permanecía en una explanada frente al templo desde
donde compartía sus creencias en
pleno contacto con la naturaleza. 

Los misioneros del siglo XVI, en su afán
por inculturar la catequesis, decidieron construir un sinfín de «capillas
abiertas» en los atrios aledaños a los
templos que ellos previamente levantaran. Y en esas «capillas abiertas» los
indígenas se sentían siempre dispuestos a escuchar unas enseñanzas que
los religiosos se afanaban por ajustar asus módulos socio-culturales. Tales
fueron los patrones que regularon laevangelización de los aborígenes americanos. Pues
bien, ¿puede acaso ignorarse que hoy que muchos millones de indígenas siguen aferrados a su ancestral costumbrismo? Si alguien lo cuestiona, que permanezca por un tiempo en Panajachel observando cómo expresan allí su fe tanto los kachiqueles. Y nada mejor, al respecto, que asistir a sus oficios de Semana Santa. Es sin duda en ellos donde aflora con más fuerza la religiosidad de esas etnias. 

Cierto que su liturgia –dirigida por la autoridad del sacerdote– se aviene muy bien con la nuestra, aunque otorguen primacía a los planteamientos preconciliares. Son poco amantes del cambio. Pero aun así, sus
ritos y ceremonias, amenizados con unos cantos que todos comparten, hacen gala de una vitalidad. ¡Qué bien logran expresar su fe! Y sin restar jamás protagonismo a su querencia por los espacios abiertos. No en vano es fuera de las iglesias donde mejor plasman el lastre de su cultura. 

No deja de sorprender cómo festejan la cuaresma. Cada viernes realizan un solemne viacrucis popular, dirigido por
sus líderes nativos. Y no dentro de la 
iglesia sino al aire libre, recorriendo las calles del pueblo. Todos ansían cooperar en el evento. Ello explica que varias familias se disputen el honor de levantar una estación frente a su casa. Y allí se da cita la procesión para ensamblar cánticos y rezos con sumo recato. El viacrucis dura cerca de dos horas. Con ellos, el pueblo vibra al ritmo de una piedad que muchos considerarían anacrónica pero que el indigenismo entiende cual lograda expresión de su fe. Impresiona el ver cómo toda la comunidad hace suya la religión. Los viacrucis van generando un clima casi mágico que culminará con la Semana Santa. 

En ella se agudiza ese sentido de fraternidad tan emblemático de las etnias indígenas. Sin duda no faltan rivalidades entre sus miembros.  Mas en circunstancias puntuales las acostumbran a aparcar
dejando que aflore ese sentido tribal del que siempre han hecho gala. 

Su religiosidad gravita en torno a las
procesiones. No es que rechacen la liturgia dentro de la iglesia. La prodigan y además con toda devoción. Pero es al aire libre donde mejor se expresan. Por eso los festejos de la Semana Santa comienzan con la procesión matinal del domingo de ramos. El martes santo la procesión de  los niños. El jueves, la procesión de la captura del Señor. Es como un pregón para concienciar a los creyentes de lo que van a revivir (muerte-resurrección de Jesús) durante esos tres densos días. A las cinco de la tarde se celebra la santa cena con el consiguiente lavatorio de pies. 

El viernes, a las diez de la mañana, vía crucis,  mientras los mayordomos y catequistas no cesan de romper el silencio con sus cánticos penitenciales. A paso lento –casi dos horas– se llega al lugar donde, con la presencia del párroco, se representa la escena de la crucifixión, siendo Jesús clavado en la cruz. Y en ella permanece hasta las tres de la tarde, procediéndose entonces a su descenso.  Se prepara para la celebración del oficio litúrgico a las cinco de la tarde. Al finalizar (ya oscurecido), se pone en marcha la procesión del santo entierro para recorrer las principales calles de Panajachel. Y en todo momento se escucha el eco sereno de sus plegarias, que invitan a entender la muerte de Jesús no tanto como tragedia cuanto como entrega amorosa a la humanidad. 

No puede por menos de sorprender la fe de esos indígenas evocando el drama de la pasión. Permanecen toda la jornada reviviendo lo que, a la luz de los evangelios, se supone ocurrido con Jesús. Es digno de admirar cuán en serio se toman sus celebraciones. No les importa invertir doce horas casi continuas en pulsar de cerca el misterio. Y es que para ellos el rezar y el vivir, sin desconectarlos de la cotidianidad, los adentra en un mundo de ensueño. Inmersos en él, saborean la delicia de saberse creyentes. 

Pero lo mejor está aún por llegar. Si ponen tanto énfasis en entender la muerte de Jesús como entrega amorosa, ¿qué decir de cómo celebran su acceso a la vida plena? A ello se preparan durante la mañana del sábado. En todo el pueblo se respira un aire de luctuosa calma. Cada creyente dedica un tiempo a rumiar su propio silencio. Y desde él lanza una mirada hacia el futuro con la garantía –se la infunde la fe– de que muy pronto su llanto se tornará júbilo. Así se lo avala, en efecto, el triunfo pascual de Jesús. 

Al anochecer se celebra la solemne vigilia pascual con el pregón de la «angelica», proclamada en español. Durante la eucaristía se suceden los cantos jubilosos al ritmo de una marimba y de un conjunto musical. Los creyentes festejan así el tránsito de la muerte a la vida tal como hace más de veinte siglos lo realizara Jesús. La liturgia pascual tiene como centro el altar. Sin embargo, una vez finalizada, sobre las doce de la noche, se procede a la bendición del fuego en el atrio central de la parroquia. ¡Al aire libre! Son los ancianos y los mayordomos quienes presiden esta ceremonia. Y en ella, tras encender una gran bola de incienso, el fuego sagrado se erige en protagonista. 

Se prenden con él numerosas velas y cirios, mientras la comunidad agradece a la madre tierra los frutos que ella –es primavera– se digna otorgarle. Volviéndose hacia los cuatro puntos cardinales, interpelan a los montes y a los valles implorando esa lluvia providencial que les permita vivir de sus siembras. El fuego sagrado, que no cesa de intensificarse, se torna símbolo de esa nueva vida que su fe les invita a asociar con la resurrección de Jesús. Fuego santo y vida nueva son para ellos dos aspectos de una misma realidad. Se llega así al clímax de sus actos religiosos. La pascua, vista como una gran hoguera, les habla de vida plena. Les ha compensado recorrer la cuaresma siguiendo el penar de Jesús, para ahora saborear las delicias de su resurrección, tan bien plasmada en el resplandor del fuego santo. 

Los indígenas de Panajachel asocian el triunfo pascual de Jesús con la regeneración de la naturaleza, cuyo equilibrio ecológico esperan recuperar si reciben la ayuda de ese Dios en quien creen. Nunca se les antoja Dios tan cercano como sabiéndolo encarnado en Jesús, el cual trueca la muerte en vida gracias a su resurrección. 

Cristo ha resucitado, ¡alleluja! 

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