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P. OLEA - María de Nazaret y Teresa de Lisieux

22/09/2017

(NOTA de REDACCIÓN: Esta es la conferencia que el P. Antonio Olea tuvo en Fátima, septiembre de 2017, participando en el Congreso Mariológico Internacional sobre la Virgen María y los Santos del Carmelo)

 

 

MARÍA DE NAZARET Y TERESA DE LISIEUX

 

0.- INTRODUCCIÓN

 

Tengo en mi celda un icono de los tres Doctores del Carmelo. Es una obra de una carmelita que vive en el monasterio del Amor Misericordioso de Szczecin, Polonia. Se trata de una imagen donde aparece Santa Teresita en medio de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Teresita porta en sus manos apoyando sobre su pecho el libro de los Evangelios. San Juan de la Cruz y Santa Teresa señalan con su índice a Teresita. La Doctora más joven de la Iglesia solía llevar, día y noche, sobre su corazón el libro de los evangelios (cf. Cta 193). Su vida y su mensaje se inspiran en la Sagrada Escritura. De manera especial en los Evangelios. Ella misma lo confiesa más de una vez (cf. Cta 226; cf. Ms A, 83r-83v; CA 15.5.3)

 

Sus escritos están enriquecidos de citas bíblicas. Más de mil citas: unas cuatrocientas del Antiguo Testamento y unas seiscientas del Nuevo. Si para seguir a Jesús “sólo tiene que poner los ojos en el santo Evangelio para respirar los perfumes de la vida de Jesús” (cf. Ms C, 36v), otro tanto asegura de la Virgen María: “Contemplando tu vida según los Evangelios, ya me atrevo a mirarte y hasta a acercarme a ti; y me resulta fácil creer que soy tu hija, pues te veo mi igual en sufrir y morir” (PN 54, 2) Teresa de Lisieux vive entre las dos apariciones más conocidas de la Virgen María entre nosotros: la de Lourdes, en 1858, y la de Fátima, en 1917. Nace a los quince años de las apariciones de la Virgen a Bernardette de Soubirou y muere 20 años antes que las apariciones de Fátima a Lucía, a los santos, Jacinta y Francisco

 

¿Cómo vive Teresita en este intervalo, entre las apariciones de Lourdes y de Fátima, su amor y su entrega a la Virgen? ¿Cuáles son las vivencias más íntimas de su aventura mariana?

 

En primer lugar, hablaré sobre el ambiente mariano que rodea la vida de Teresita. En segundo lugar, presentaré a la santa como escritora de María. Y en tercer lugar, mostraré a Teresita como un icono de la Virgen.


 

I.- AMBIENTE MARIANO

 

a.- En la familia

 

La Virgen María llena con su presencia la vida entera de Teresita. Tanto en su familia como luego en el Carmelo, va creciendo en un clima impregnado de marianismo. En el escudo de armas que pinta al término del Manuscrito A (los ocho primeros capítulos de la Historia de un Alma) dedicado a su hermana Paulina, aparece una florecilla en tierra verde recibiendo los rayos de una estrella. La tierra verde representa a su familia. La florecita es Teresita. Se llama a sí misma “la florecita de la Santísima Virgen”. La “dulce Estrella de la mañana” simboliza a María. Más a lo lejos se ve una montaña, que representa al Carmelo (cf. Ms A 84v - 85v)

 

Tanto en Alençon como luego en Lisieux, presidirá el hogar familiar una hermosa estatua de la Virgen de la Sonrisa, ante la cual se arrodillarán todos los días para rezar juntos. Sienten especial predilección hacia el santuario de nuestra Señora de las Victorias de Paris. En el bautismo ponen a todos sus hijos e hijas el nombre de María. Por ejemplo, impondrán a su hija pequeña el nombre de María Francisca Teresa. Celebran en familia el mes de María (cf. A 29v) En su cuarto de estudio de Lisieux, colocará sobre una mesita blanca una estatua de María que no le faltarán flores naturales y una velita encendida (Ms A, 42v) En su viaje a Roma, en la plegaria a los pies de nuestra Señora de las Victorias de Paris, recuperará la certeza interior de que no había fingido en su enfermedad padecida a los diez años y que gracias a la Virgen se había curado (cf. Ms A 30v)

 

b.- En el Carmelo

 

Ingresa en el Carmelo con quince años de edad. En el convento sube de tono el clima mariano. En frase de Teresita, “el Carmelo es la bendita Orden de la Virgen María” (PN 21, 1) Hace la profesión el día de la Natividad de María (cf. Ms A 77r - 77v) Cuando comienza la redacción de su autobiografía, se arrodilla ante la estatua familiar de la Virgen de la Sonrisa invocando su protección (cf. Ms A 2r) La ofrenda al Amor misericordioso la pronunciará ante la estatua de la Virgen María (cf. Or 6, nota 6) Tanto en su tarea de ayudante de la maestra de novicias como en otros momentos difíciles, siente la cercanía de María:

 

“Nunca deja de protegerme la Santísima Virgen (…) Siempre se hace cargo de mis intereses como la más tierna de las madres” (Ms C 26r), “la más misericordiosa de las madres… (Cta 129)

 

Y Teresita morirá a los 24 años mirando fijamente a la estatua de la Virgen de la Sonrisa que había sido trasladada a la enfermería (cf. CA 30.9) Para ella, María es la Virgen de la Sonrisa. Su perenne sonrisa que cautivará a tantos corazones parece un reflejo de la sonrisa de la Virgen María (cfr. PN 54, 25)

 

c.- Un par de observaciones

 

No todo lo que respira Teresita en torno a la Virgen era de su agrado. Sus palabras, por ejemplo, respecto a los predicadores de la época son duras. He aquí su testimonio.

 

“¡Cuánto me hubiera gustado ser sacerdote para predicar sobre la Santísima Virgen! Una sola vez habría bastado para decir todo lo que pienso sobre ella. Ante todo, hubiera hecho ver qué poco se conoce su vida (…) Para que un sermón sobre la Virgen me guste y me aproveche, tiene que hacerme ver su vida real, no su vida imaginaria; y estoy segura de que su vida real fue extremadamente sencilla (…) Nos la presentan inaccesible, habría que presentarla imitable, hacer resaltar sus virtudes, decir que ella vivía de fe igual que nosotros, probarlo por el Evangelio (…) Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es la Reina del cielo y de la tierra, pero es más madre que reina. Y no se debe decir que a causa de sus prerrogativas eclipsa la gloria de todos los santos, como el sol al amanecer hace que desaparezcan las estrellas. ¡Dios mío, qué cosa más extraña! ¡Una madre que hace desaparecer la gloria de sus hijos…! (CA 21.8.3)

 

Tampoco el rezo del rosario a solas le resulta gratificante. Manifiesta abiertamente:

 

“Lo que me cuesta en gran manera, más que ponerme un instrumento de penitencia (me da vergüenza confesarlo), es el rezo del santo rosario, cuando lo hago sola… ¡Reconozco que lo rezo tan mal! En vano me esfuerzo por meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la atención… Durante mucho tiempo estuve desolada por esta falta de devoción que me sorprendía pues amando tanto a la Santísima Virgen, debiera resultarme fácil rezar en su honor oraciones que tanto le agradan. Ahora, me desconsuela menos, pues pienso que la reina de los cielos, siendo mi Madre, ha de ver mi buena voluntad y contentarse con ella” (Ms C, 25v-26r)

 

No hay que extrañarse que Teresita hable así del rezo del rosario. Ella es una joven contemplativa. En absoluto una rezadora. Fuera del oficio divino, siente dificultad para recitar fórmulas de oración aunque sean muy bellas. Escribe:

“Hago como los niños que no saben leer: digo a Dios con toda sencillez lo que quiero decirle, sin componer bellas frases, y siempre me entiende. Para mí la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio de la tribulación, como en medio de la alegría. En fin, es algo grande, algo sobrenatural que me dilata el alma y me une a Jesús” (Ms C 25r - 25v)

 

En una carta a su tía Guerin:

 

“Cuando estoy junto al Sagrario, yo no sé decirle a nuestro Señor más que una cosa: ‘Dios mío, tú sabes que te quiero’. Y siento que mi oración no cansa a Jesús” (Cta. 152)

 

Estando Teresita gravemente enferma, Celina solía levantarse por la noche a verla. En una de aquellas visitas encuentra a su hermanita con las manos juntas y los ojos alzados al cielo. Y le dice de mal humor:

-“¿Qué haces así?, deberías tratar de dormir…”

- “No puedo dormir, sufro demasiado; entonces rezo”

- “Y qué decís a Jesús?”

- “¡No le digo nada, le amo!” (UC con Celina 25. 9. 2)

¡Amar sin decir nada! ¡Qué maravilla de oración! Propia de un alma verdaderamente mística de la era moderna!

 

II.- TERESITA, ESCRITORA DE MARÍA

 

En sus escritos, Teresita se refiere constantemente a la Virgen. Tanto en los Manuscritos de su Autobiografía como en las cartas, así como en las recreaciones piadosas y en las poesías, la Virgen está presente. Se encuentran 239 alusiones en sus obras. Por ejemplo, de las 54 poesías, ocho están dedicadas a la Virgen y en 16 la cita una o varias veces. Las últimas líneas que trazará con mano temblorosa están dedicadas a María. Las escribe el 8 de septiembre de 1897, veintidós días antes de su muerte. Expresan su amor limpio y gratuito hacia la Virgen:

 

“¡¡¡ María, si yo fuera la Reina del cielo y tú fueras Teresa, quisiera ser Teresa para que tú fueses la Reina del cielo!!!” (Or 21)

 

Entre los escritos marianos de Teresita, hay dos que merecen una mención especial. Destacan la recreación piadosa “La huida a Egipto” (RP 6) y la poesía “¿Por qué te amo, María?” (PN 54) La primera escrita año y medio antes de su muerte y la segunda unos meses antes de morir.

 

“La huida a Egipto” resulta interesante para conocer la relación entre María y José y las preguntas que se hacen ambos en torno al Niño Jesús. María se admira de que la gente siga desconociendo al Niño que lleva en sus brazos. El mismo José participa del asombro de su esposa. María y José dejan entrever la perplejidad que sienten ambos ante el misterio de su Hijo Jesús. Un misterio que choca con sus ideas del Mesías que esperaban y cuya presencia real va provocando constantes dudas y preguntas sin respuesta (cf. RP 6, 1r - 1v, 8v, 9r)

 

La poesía “¿Por qué te amo, María?” es, sin duda, el escrito mariano más importante de Teresita. Viene a ser un pequeño tratado mariano. En esta poesía dice “todo lo que predicaría sobre la Virgen” (cf. CA 21.8.3)

 

El poema sigue los pasos de María tal como aparece en los Evangelios. Parte de la verdad del Evangelio y de la verdad de su propia experiencia. Teresita no habla de los misterios gloriosos de María. Porque tampoco habla de los mismos el Evangelio. No obstante, busca una respuesta al silencio de los evangelistas sobre el más allá de María, dejando entrever una solución feliz: “Será el mismo Jesús quien se encargará de cantar la gloria celestial de su madre” (cf. PN 54, 24).


 

III.- TERESA DE LISIEUX, ICONO DE MARÍA DE NAZARET

 

Cuando Teresita habla de la Virgen, recurre a la Palabra de Dios y a su extraordinario talento intuitivo. Serán las dos lámparas que iluminarán el camino de su vida. Ambas van de la mano. Es su método: “Me enseña el Evangelio y mi corazón intuye” (cf. PN 54, 15). Va proyectando en María algunas de sus intuiciones más geniales. Se presenta a sí misma como una “florecilla de la Virgen” (cf. Ms A, 85v) Existe una profunda empatía entre ambas. Teresita viene a ser como un icono de María. Es lo que se palpa cuando habla de la gratuidad de la maternidad de la Virgen. Lo mismo sucede cuando presenta a la Virgen “como la última de todas las criaturas” (RP 6) o cuando queda arrebatada contemplándola “sumergida en la noche y en la angustia del alma” (cf. PN 54)

 

a.- María, “Madre de Jesús y nuestra Madre” (Cta 137)

 

Para Teresita hablar de María es hablar de Jesús. El nombre de Jesús está omnipresente en sus escritos. Si el nombre del Padre, como Primera Persona de la Trinidad, no se presenta más que 61 veces y el del Espíritu Santo 22 veces, por el contrario, el nombre de Jesús aparece 1.616 veces.

 

Tiene una expresión hermosa que le sale del alma: “Jesús, el Hijo único de Dios y de la Virgen María” (Cta 183) O simplemente “El Hijo de Dios e Hijo de María” (PN 1, 5) En los momentos solemnes de su vida, cuando quiere presentar a Jesús como el gran regalo de la Trinidad a la humanidad, exclamará con gran gozo incontenible:

 

“Jesús, el Verbo de Dios, segunda Persona de la Adorable Trinidad, que, por obra del Espíritu Santo se hizo hombre e Hijo de la Virgen María, la Reina de los cielos” (Ms A 77v; Cta 118; Or 6; Cta 220)

 

Teresita aprende de la Virgen “a gloriarse en Jesús, el Salvador” (cf. PN 54, 7) Es la lección más importante que jamás la olvidará. “Amar a Jesús y hacerle amar” será su máxima recompensa.

 

b.- María, “la última de todas las criaturas” (RP 6)

 

En la obra teatral, “La huida a Egipto”, María está sola en su casita de Nazaret y tiene al Niño Jesús en sus brazos. Mirando en derredor exclama: “¡Lugares benditos! ¡Cuántos y qué inefables recuerdos me traéis! Aquí visitó el Ángel del Señor a la más pequeña, a la última de todas las criaturas” (RP 6, 1)

 

Un estudioso de Teresita comentando estas palabras afirma: “Está claro que la breve semblanza que la Virgen traza de sí misma no es necesariamente lo que piensa Teresa. Estamos ante una obra literaria y se trata de una paráfrasis hiperbólica del Magnificat: “Se fijó en la pequeñez de su esclava” (MARTÍNEZ-BLAT, V., Diccionario de espiritualidad de Santa Teresita, Edibesa, Madrid, 2003, p. 187)

 

Me parece que no se trata de “una paráfrasis hiperbólica”. Estamos palpando lo esencial de lo esencial del “caminito” y de la “pequeña doctrina” de Teresita (cf. MsB, 1r-1v), por donde discurre presto la Virgen María. “De otro modo, ¿cómo el ángel hubiese podido saludarla como llena de gracia, si hubiera habido en ella algo, por poco que fuese, que no poseyera por gracia?” se pregunta S. Bernardo (Opera omnia, 4, 1966, 21-23)

 

La Virgen conoce por experiencia personal la predilección de Dios hacia los “pobres de espíritu”. Sabe que “dispersa a los soberbios de corazón” y “enaltece a los humildes de espíritu” (cf. Lc 1, 52 - 53) Teresita reafirmará las palabras de María cuando asegura:

 

“Son las riquezas espirituales las que le hacen a uno injusto, cuando se descansa en ellas con complacencia y cuando se creen que son algo grande (…) Lo que agrada a Jesús es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia… He ahí mi único tesoro (…) Para amar a Jesús, para ser su víctima de amor, cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes, tanto más cerca se está de las operaciones de este amor consumidor y transformante. El solo deseo de ser víctima basta, pero es necesario en consentir en permanecer siempre pobres y sin fuerzas, y he ahí lo difícil, porque ¿dónde encontrar al verdadero pobre de espíritu? (…) Amemos nuestra pequeñez, deseemos no sentir nada; entonces seremos pobres de espíritu, y Jesús irá a buscarnos y nos transformará en llamas de amor…” (Cta. 197)

 

“Todo es gracia” (CA 5.6.4), exclama Teresita. Nada ni nadie escapa de la órbita del Dios Amor misericordioso. Ni siquiera la Virgen María en quien prevalece el amor preveniente y totalmente gratuito de Dios. Con diversos símbolos y ejemplos aclara su pensamiento (cf. Ms A, 3r; Ms A, 38v) Tanto la Virgen María como Teresita, ambas “pobres y sin títulos”, han experimentado por dentro el amor totalmente gratuito y previsor de Dios. Para ellas, el amor de Dios llega hasta la locura.

 

“El Señor llama a los que El quiere” (cf. Mc 3, 13) “Dios no llama a los que son dignos sino a los que Él quiere” (cf. Rm 9, 16)”En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo para que vivamos por Él” (1Jn 4, 9-10)

 

He aquí el secreto de la espiritualidad de María de Nazaret y de Teresa de Lisieux. Son plenamente conscientes de que Dios se ha enamorado de ellas (cf. Ms A, 47r) María canta llena de gratitud: “Proclama la grandeza del Señor porque ha mirado la pequeñez de su esclava y el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (cf. Lc 1, 46-49)

 

Tampoco Teresita se escandaliza de que Dios sea tan bueno, tan misericordioso:

 

“Abajándose de tal modo, Dios muestra su grandeza infinita. Así como el sol alumbra a los cedros y al mismo tiempo a cada florecilla en particular, como si sola ella existiese en la tierra, del m ismo modo se ocupa nuestro Señor particularmente de cada alma, como si no hubiese otras” (Ms A, 3r)

 

Fascinada y llena de ternura, añade: “¡Oh, Jesús, déjame que te diga, en el exceso de mi gratitud, déjame que te diga que tu amor llega hasta la locura!... ¿Cómo quieres que ante esta locura mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo habría de tener límites mi confianza?... (Ms B, 5v)

 

c.- “Todo ha desaparecido para mí! Sólo me queda más que el amor” (PO 402)

 

En la vida de Teresita, hay fechas muy significativas. Una de ellas es la Pascua de 1896. En la noche del jueves al viernes santo, sufre los primeros vómitos de sangre. Es la tuberculosis que la está destruyendo el cuerpo. Y el domingo de Pascua se abaten sobre su alma densas tinieblas de la incredulidad. Este doble martirio en el cuerpo y en el alma marcará los últimos meses de su vida. Va sumergiéndose en una especie de eclipse total que le acompañará hasta su muerte. Sus confesiones son desgarradoras. Ponen los pelos de punta:

 

“Me parece que las tinieblas, apropiándose la voz de los pecadores, me dicen burlándose de mí: Sueñas con la luz, con una patria aromada de los más suaves perfumes. Sueñas con la posesión eterna del Creador de todas las maravillas. Crees poder salir un día de las brumas que te rodean. Adelante! Adelante! ¡Gózate de la muerte que te dará no lo que tú esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la nada” (Ms C, 6v)

 

¿Cómo reacciona Teresita a las dudas de fe?

 

La reacción de la joven es espléndida. La prueba de la fe no desaparece. Va creciendo en intensidad. Fiel a toda su trayectoria, se propone tres cosas: hacer lo que pide la fe, rezar y amar a fondo perdido. Es un genio de la praxis:

”Aún no gozando la alegría de la fe, procuro al menos realizar sus obras. Creo haber hecho más actos de fe de un año a esta parte que en toda mi vida (…) Cuando canto la eterna posesión de Dios, no experimento alegría ninguna, porque canto lo que quiero creer” (Ms C, 7r-7v)

 

En su etapa final, parece estar más allá del amor mismo. Apuesta por creer amando. En una frase que pasará a la historia, resume su actitud interior: “Todo ha desaparecido para mí, no me queda más que el amor” (PO 402) “No tengo ya grandes deseos, si no es el de amar hasta morir de amor…” (Ms C, 7v) Aparecerá más espléndida que nunca en el amor!

 

En “la noche de la nada”, sólo le quedan el querer creer, la oración y el amor. Con la plegaria y el amor en acción responderá Teresita a su crisis de fe. El amor es la vocación de las vocaciones. Las páginas más sublimes sobre el amor las escribió a partir de las dudas contra la fe. Basta recordar los Manuscritos “B” y “C”. En el Manuscrito dedicado a su hermana mayor, María del Sagrado Corazón, canta su amor sin fisuras a Jesús y en el Manuscrito a la Madre Gonzaga, celebra la grandeza del amor fraterno vivido diariamente en comunidad.

 

“María sumergida en la noche y en la angustia del alma” (PN 54, 16)

 

En la crisis de fe, Teresita contempla a la Virgen María como “ejemplo del alma que le busca en lo escondido de la fe” (PN 54, 15); “sumergida en la noche y en la angustia del alma (…) Si se quiere ocultar, me resigno a esperarle hasta el día sin noche en que la fe se apaga” (cf. PN 54, 16).

 

Desde la Anunciación hasta la Crucifixión de su Hijo, hubo muchas cosas en la vida de Jesús que María “no las comprendía pero las conservaba y las meditaba en su corazón” (cf. Mt 1, 18-22, Mc 3,21, Lc 1, 29. 34; 2, 19. 30. 33. 35. 50-51; Jn 2, 4; 7, 5) Sin embargo, María seguirá amando a Jesús hasta lo alto del Calvario, donde “se mantiene de pie junto a la Cruz, igual que un sacerdote ofreciendo a su Hijo a la humanidad” (cf. PN 54, 23)

 

Fijando su mirada en María de Nazaret, brota del corazón de Teresa de Lisieux esta plegaria que viene a ser como una foto de la Virgen. Mejor todavía: un self-i de su propia vivencia mariana.

 

“Yo sé que en Nazaret, Virgen llena de gracia, viviste pobremente sin ambición de más. ¡Ni éxtasis, ni raptos, ni sonoros milagros tu vida embellecieron, Reina de los elegidos…! Muchos son en la tierra los pequeños y los humildes: los ojos hacia ti pueden sin miedo alzar, Madre, te place andar por el camino común, para guiar a las almas al feliz más allá” (PN 54, 17)

 

Queda claro que la Virgen y Teresita sufren crisis de fe pero no hubo en ellas crisis de amor. Un par horas antes de morir pudo balbucir Teresita palabras que son una oda a Jesús, el Amor de su vida, en la noche de la nada:

 

“… No me arrepiento de haberme entregado al Amor… Oh, no!... No me arrepiento de amarte, Jesús mío!...” (CA 30, 9)

 

 

Conclusión

 

“El querer creer”, “el obrar según pide la fe”, “la perseverancia en la plegaria” y “el amor” “sin ley”, “sin salario”, “sin medida” coexistieron en el alma de María de Nazaret y de Teresa de Lisieux.

 

Quiero terminar con unas palabras del Papa San Juan Pablo II en su carta apostólica, “Divini Amoris Scientia” al declarar a Teresita Doctora de la Iglesia Universal:

 

“Entre los capítulos más originales de su ciencia espiritual conviene recordar la sabia investigación que Teresa realizó sobre el misterio y el camino de la Virgen María, llegando a resultados muy cercanos a la doctrina de la doctrina del concilio Vaticano II en el capítulo VIII de la constitución ‘Lumen Gentium’ y a lo que yo mismo expuse en mi carta encíclica Redemptoris Mater” (La Doctora más joven de la Iglesia, Monte Carmelo, 1998, p. 320)

 

                                     Antonio Olea, ocd

 

Siglas:

MsA =Manuscrito “A”; Ms B=Manuscrito “B; Ms C= Manuscrito “C”

Cta =Cartas; PN =Poesías; Or = Oraciones; CA = Cuaderno Amarillo; UC = Últimas conversaciones con Celina; PO = Proceso Ordinario


 


 

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