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MADRES CARMELITAS de ZOMBA - Sor María Elián de Jesús - 50 años

25/01/2017

 

LA HERMANA MARIA ELIAN DE JESÚS HA CUMPLIDO EN NAVIDAD LOS 50 AÑOS DE SU CONSAGRACIÓN RELIGIOSA, EN ZOMBA (MALAWI). CONTENTOS POR LA CELEBRACIÓN Y FELICITANDO A LA COMUNIDAD, COLOCAMOS AQUÍ LA TRADUCCIÓN DE SUS "MEMORIAS DE LA MISERICORDIA Y DEL AMOR DE DIOS" Ella es la Superiora de la Comunidad de nuestras Madres Carmelitas en Malawi. Ofrecemos el texto original AQUÍ

 

Memorias de la Misericordia y del Amor de Dios

                

Vida de Sor María Elián de Jesús

           

 

                   Infancia

 

Nací el 29 de septiembre de 1943, en Elburgon, Distrito de Nakuru, Kenya. Yo era la tercera de 5 hijos, 4 chicas y un chico. Mis padres fueron Paul Muthee y Kesia Wangoni. Mi primera infancia fue muy feliz y apacible. Dios me bendijo con unos padres muy Buenos. No éramos ricos, pero teníamos lo necesario; en la familia reinaba una atmósfera de paz, amor y unidad. No recuerdo haber presenciado nunca peleas, ni dentro de la familia ni con otras gentes de los alrededores. Mi padre era de carácter amable y acogedor, y mi madre era muy tranquila y le gustaba mantener la disciplina en casa.  La gente sentía mucho respeto por ella. Una vez me encontré en la calle una buena cantidad de dinero, lo recogí y se llevé a mi madre. Ella me mandó a dejarlo allí donde lo había encontrado porque su amo podría muy bien volver a buscarlo.

 

                                            La muerte de mi madre

 

Mi madre murió cuando yo tenía 9 años. La noche anterior, leímos la Biblia en familia, las niñas hicimos la oración, nos despedimos de nuestros padres y nos retiramos a nuestro dormitorio.  Antes de levantarnos por la mañana, tuve un sueño en el que ví a mi madre y yo camino del cielo. Cuando llegamos a la puerta vi unas casas doradas y brillantes. Entonces una persona con una túnica blanca y resplandeciente vino a separarme de mi madre, llevó adentro a mi madre y me dijo: tú vuelve atrás que ya volverás también pero después de muchos años.  Cuando me levanté por la mañana fui directamente a la  cocina esperando encontrar a mi madre preparando el desayuno para contarle mi sueño, y resulta que la encontré en una camilla y la llevaban al hospital. Murió ese mismo día por la tarde mientras daba a luz a mi última hermanita. Así que ese sueño me dejó con una fuerte impresión de que no moriría joven. Después de la muerte de mi madre, mi padre se volvió a casar y tuvimos más hermanos y hermanas pero no vivían con nosotros; vivían en otro sitio.

 

                                          Mi nueva vida en casa de mi tío.

 

Después de la muerte de mi madre, fui a vivir con mi tío  en otro poblado. Allí, muchos niños, especialmente las niñas, no iban a la escuela; simplemente pasaban el tiempo divirtiéndose. Mientras yo viví allí hice lo mismo olvidándome de la  Buena educación que había recibido de mi madre. De hecho, a la edad de 10 años, gané un premio en danzas tradicionales. Por suerte, no estuve allí mucho tiempo pues mi familia me llevó de nuevo a casa para que pudiera ir a la escuela. 

 

                                                               Religión

 

Durante mucho tiempo, no hubo una presencia de la Iglesia Católica en aquella área. Todos los que buscaban a Dios, entraron en alguna de las Iglesias cristianas presentes en la zona.  Mis padres pertenecían a la Iglesia Anglicana en la cual fui bautizada yo a la edad de 2 años y me pusieron por nombre Naomí. Después de cierto tiempo, comenzó a venir a nuestra escuela un sacerdote católico a decir misa en la clase para los pocos católicos que allí había. Yo asistía a la misa de vez en cuando y me gustaba mucho todo la que allí experimentaba. El credo era el mismo que yo recitaba en la otra Iglesia. Así que a la edad de 12 años pedí a mi familia que me permitiera dejar su iglesia para abrazar la fe Católica para que cuando recitara el credo y dijera “yo creo en la Iglesia Católica, lo dijera de verdad. Mi padre me dio el permiso y comencé a seguir las clases de catecismo. Después de algún tiempo fui rebautizada según la costumbre en aquel tiempo el 29 de septiembre de 1957, y me pusieron por nombre Ana. 

 

                                       Tiempos difíciles para nuestra familia.

 

Era tiempo de Guerra entre los ingleses y los keniatas. Nuestra tribu sufrió de un modo especial pues era la que se había levantado contra el colonialismo buscando la libertad. Muchos fueron torturados, llevados prisioneros y algunos murieron asesinados. Un día, la policía vino en un camión a nuestro poblado y se llevó detenidos a todos los hombres del poblado por debajo de los cuarenta, y entre ellos fue arrestado mi padre. Permaneció en prisión por unos tres años. Mis dos hermanas mayores, de 16 y de 14 años tuvieron que dejar la escuela y ponerse a trabajar con los ocupantes para proveer a nuestra subsistencia y poder seguir viviendo en nuestra casa. Mis hermanas fueron verdaderamente valientes. Yo les oí decirse una a la otra: nuestros padres querían que nosotros   asistiéramos a la escuela, pero ahora es imposible, ya que una ha muerto y nuestro padre está detenido. Vamos a sacrificarnos nosotras para poder educar a nuestros hermanos, a mí y a mi hermano pequeño. Y eso es lo que hicieron. Gracias al duro trabajo de ellas y a su generosidad, a mí y mi hermano no nos faltó nada. Dios, en su bondad, a mí me bendijo dándome inteligencia, de modo que casi siempre estaba entre los primeros de la clase.

 

                                             En el Pensionado de las Monjas

 

Cuando acabé la escuela primaria, con muy buenas notas, me acogieron en una escuela muy buena, dirigida por religiosas de la Madre Kevin. Era una comunidad formada por religiosas  europeas y ugandesas.  Era la primera vez que tuve contacto con religiosas. Sentía gran aprecio por ellas y por su dedicación al trabajo y al cuidado que tenían de las estudiantes.

 

El hecho de estar en escuelas dirigidas por religiosas, era como si fuéramos postulantes. Aprendíamos muchas cosas buenas; había tiempo dedicado a la oración y a retiros, y asistíamos diariamente a la misa.

 

Era algo muy bonito, pero yo me preguntaba cómo iban a hacer mis hermanas para pagar los gastos del colegio para mí.  Pero Dios proveyó, pues las Hermanas fueron muy generosas conmigo. Cuando me entrevistaron y vieron la situación de mi padre y la situación por la que atravesábamos en casa, me dijeron que solo pagaría la pensión el primer año, y que a partir del Segundo año, solo me exigirían la matrícula de la escuela y el dinero para mis gastos personales.

 

Esto suponía un gran alivio para mis dos hermanas pues era muy poco lo que recibían por su trabajo. Por eso quedaron muy agradecidas a Dios y a las Hermanas. También las gentes del poblado fueron muy buenas conmigo, pués me daban dinero para mis gastos personales, que yo utilizaba también para ayudar a otras chicas estudiantes más pobres que yo, y a algunos enfermos cuando íbamos a visitarlos como Legionarias.

 

 

 

                                      Liberación de mi padre de la prisión 

 

Durante mi segundo año en esta escuela, me llegó la noticia de la liberación de mi padre. Yo rezaba mucho por él y deseaba encontrarme con él para comunicarle que había sido una bendición el haber entrado en la Iglesia  católica, pero no pude hacerlo pues su liberación tuvo lugar a mitad del trimestre. Así que me fui donde una estatua de la Virgen y le pedí que fuera ella a mi casa a convertir a mi padre para que se hiciera Católico. Que ella no necesitaba trasporte ni el permiso de la directora de la escuela, que yo desearía ver a mi padre siguiendo las clases de catecismo cuando yo volviera de vacaciones a casa. Y eso es exactamente lo que sucedió. Mi padre decidió por sorpresa que quería hacerse católico, y como para entonces ya había allí una iglesia católica y un sacerdote, comenzó a seguir las clases de catecismo.

Yo estoy convencida de que fue la Virgen la que le habló y eso hizo crecer en mí la confianza y el amor hacia María como Madre mía. Mi padre vivió devotamente su fe católica hasta el final de sus días, y otros miembros de la familia hicieron lo mismo. Todo fue fruto de la intercesión de María

 

                                                 Mi vocación al Carmelo

 

Como miembro de la Acción católica, A.I.C, me sentía muy atraída por la lectura y la meditación de la Biblia. Los capítulos del evangelio sobre las bienaventuranzas y sobre el fin del mundo eran mis favoritos. Cada vez que me tocaba a mí leer en familia, esas eran las lecturas que elegía. Me ocurrió una vez que fui atropellada por una bicicleta porque iba completamente absorta en la meditación de la bienaventuranza: “bienaventurados los que trabajan por la paz..”.

Yo no había aprendido a rezar como católica, pero mientras estuve en la escuela, solía emplear mi tiempo libre no solo para dedicarme al estudio, sino también para la oración y la lectura spiritual.

En ese tiempo, leí de cabo a rabo el libro de la Imitación de Cristo. Allí no había libros sobre la espiritualidad carmelitana, pero yo sentía el deseo de una vida de oración más intensa. Me enteré de que había dos comunidades de Monjas Carmelitas en Kenya, una en Nairobi y otra en Tindinyo, antes llamada Mukumu, que llevaban ese estilo de vida.  Entonces yo, con otra chica que también deseaba ese estilo de vida, pedimos a un sacerdote que fuera donde las monjas y presentara nuestra petición para que fuéramos aceptadas como postulantes. Las Carmelitas le respondieron que no habían pensado en aceptar todavía vocaciones locales, y además que eran muy jóvenes, pues teníamos alrededor de 15 años.

 Entonces, las dos, de común acuerdo, decidimos comenzar nuestra propia comunidad en una gruta que habíamos visto desde el tren cuando veníamos a la escuela. Así que concebimos nuestro plan de abandonar la escuela al final del trimestre y comenzar nuestra vida de oración amando a Jesús y orando por la salvación de las almas, esperando que otras chicas vendrían a unirse a nosotras. Pero nuestro plan se vio frustrado por la intervención de la Hermanas. Ellas iban hacia Nairobi para su retiro anual y nos invitaron a ir con ellas en el coche ya que pasaban cerca de donde vivían nuestras familias, y que nos recogerían al final de las vacaciones para volver a la escuela. Este hecho nos dio la oportunidad de repensar nuestro plan. Vimos que las grutas estaban muy lejos de la Iglesia para poder oír misa, y lo peligroso que podía ser para dos chicas jóvenes el vivir tan lejos, solas.

 

                                            Oposición a mi vocación

 

De vuelta a la escuela, la Superiora de las Hermanas me llamó a su oficina para hablar conmigo. Una de las preguntas que me hizo fue sobre mis planes para el futuro. Al decirle que quería ser monja quedó decepcionada y molesta conmigo. Me dijo que eso malgastar la inteligencia que Dios me había dado; que dejara de pensar en ello y que me dedicara a estudiar, a cavar la escuela secundaria, y que ellas mismas me enviarían a una Universidad en Europa a estudiar medicina que así podía hacer mucho bien, y pensar más tarde en hacerse monja.

En aquel tiempo, el ir a una universidad en el extranjero era como ir al cielo. Toda la ciudad y todos los familiares pensarían que era todo un éxito. Pero la llamada que yo sentía en lo profundo de mi corazón hacía que toda otra ambición desapareciera. 

Mi compañera, que aspiraba conmigo a la vida religiosa, aceptó la propuesta y después de acabar la escuela secundaria, fue envida a la universidad y se olvidó de la vida religiosa.

Así que viendo la imposibilidad de entrar Carmelita o de comenzar una comunidad de oración, decidí entrar en la Congregación de la Hermanitas de San Francisco- Little Sisters of Saint Francis- en Uganda e hice todo lo posible para llevar allí mi vida de oración.

Así que hice mi solicitud y fui aceptada. Entonces escribí a mi familia que entraba en el convento, y todos, incluida mi madrastra, se pusieron en contra.

Durante las vacaciones fui a preguntar su opinión al sacerdote que me había bautizado. Para la entrevista llevaba un vestido que me hacía parecer mayor, para que no me preguntara sobre mi edad. Me dijo que la oposición de la familia era porque me querían tanto, que no veían cómo podía abandonarlos; que era un problema de desapego, pero que por eso mismo yo debía responder a la llamada de Dios y que luego lo aceptarían.

Para mi sorpresa, cuando volví a casa, mi padre me dio el permiso y me animó, pero no se lo comunicó a nadie más. Así que cuando se enteraron que estaba en el convento, no conociendo que él me había dado el permiso, le dijeron que escribiera a la superiora para que enviaran de vuelta. El escribió la carta, animándome a perseverar, la cerró y se la dio a mis hermanas para que pusieran la dirección y llevarla al correo, y esperó hasta mi vuelta a casa. Evidentemente, mi familia me felicitó más tarde por haber seguido mi vocación y por no haberles escuchado; estaban tan felices conmigo. Doy gracias a Jesús por haberme dado ánimo para mantenerme firme en mi decisión.

 

                               En el Convento de las Hermanitas-Uganda.

 

Entré en las Hermanitas de San Francisco el 31 de diciembre de 1959. Como no había acabado la escuela secundaria, me enviaron a otra escuela con las aspirantes, donde hicimos el examen nacional en el que quedé en primera posición, o grado A, como lo llaman. Entonces interrumpí mis estudios con la intención de continuarlos más tarde como hermana profesa, lo que no ocurrió porque opté por entrar en el Carmelo.

Comencé las clases de formación como postulante, y luego como novicia por dos años. Tengo que decir que me encantaba todo lo que tenía que ver con la vida religiosa. Me acuerdo que algún tiempo después de mi llegada a Uganda me preguntaron por qué quería ser religiosa. Yo respondí “para vivir con Jesús y para salvar almas. Y eso es exactamente lo que hice. Yo no pensaba en otra cosa que en Jesús y en salvar almas. Solía ofrecerle muchos pequeños actos de amor y pequeños sacrificios, y le decía que me recompensara salvando 70 almas cada día. Luego le dejé libre para que hiciera lo que quisiera de mis buenas acciones.

Un día que estaba lavando los platos en compañía de una hermana mayor que yo, que estaba cocinando para las Hermanas Europeas, esta me preguntó de dónde era y a qué tribu pertenecía. Yo le respondí lo más amablemente que pude, y ella me dio un sopapo que casi me tira al suelo, pues yo era bastante diminuta de cuerpo. Yo quedé escandalizada pues no esperaba que una religiosa pudiera golpear así a su Hermana. Entonces, acordándome de lo que dijo Jesús que había que presentar la otra mejilla, me quedé de pie esperando recibir otro sopapo, y ella lo hizo. No hablé a nadie de lo sucedido. Al día siguiente, cuando volví a fregar los platos, le hablé con naturalidad e hice mi trabajo como de costumbre. Ella se mostró muy amable conmigo y ya nunca me trató de aquella manera tan cruel.

Me enteré más tarde que aquella hermana era una enferma mental, pero nadie me lo había dicho. Yo dí gracias a Jesús que me ayudó a rezar por la hermana y le ofrecí lo que había hecho conmigo, sin decir nada a nadie.

 

                                    Vuelta a Kenya para entrar en el Carmelo  

 

Durante mi segundo año de noviciado me enteré que las Carmelitas de Tindinyo habían comenzado a aceptar vocaciones nativas y que ya había algunas chicas entre ellas. Este Carmelo que había sido fundado por las Carmelitas Calzadas de Utrera, España, pasó a la Descalcez en 1970, y fue el primero en aceptar vocaciones nativas. Fue una noticia muy buena para mí, y fui directamente a la Maestra de novicias y le dije que El Carmelo era mi primer amor. Ella me escuchó pero no dijo nada pensando que era simplemente una tentación. Dos meses después comenzamos la preparación para la primera profesión. Yo fui donde la Maestra de Novicias a recordarle que yo no quería hacer la Profesión en la Congregación, que quería irme al Carmelo. Ella me mandó a la oficina de la Madre General para que le contara mi historia. Me pareció que la Madre estaba al corriente de todo. Con mucha calma me dijo que sentían mucho el que quisiera marcharme porque estaban muy contentas conmigo, pero que no se interpondría en el camino de Dios; que ella misma me ayudaría a entrar en el Carmelo. Y añadió: si encuentras la vida demasiado dura en el Carmelo, tienes las puertas abiertas para volver, si así lo deseas. 

 

Pasados algunos días, la Madre General fue a Kenya para ver al Obispo, a la Priora de las Carmelitas y al Capítulo de la comunidad para hablarles de mi caso, y fui aceptada y se pusieron de acuerdo sobre el día de mi entrada, que fue el 20 de julio de 1964.

Estuve en Uganda con  las hermanas 4 años y 7 meses, más o menos. Era mi segundo año de noviciado. En esa fecha, por la mañana, la Madre General y yo salimos hacia Kenya, me quité el hábito y me puse un vestido normal cuando íbamos a coger el autobús, porque la Madre no quería que las otras novicias se dieran cuenta de que marchaba.

Después de cruzar la frontera de Kenya, la Madre me llevó a otro autobús y le dijo al chófer, que conocía el Monasterio, que me parara delante de él. Encontré a las hermanas que me estaban esperando y entré en el cielo. En el Carmelo encontré tres fervorosas novicias, a las cuales se juntó al poco tiempo otra postulante.

Las 5 estuvimos muy unidas y nos ayudábamos mutuamente a crecer en las virtudes, mientras nuestra Maestra, que era española, hacía lo que podía para darnos las clases en inglés. Actualmente todas seguimos vivas pero en distintos lugares. Dos fueron a la Fundación de Kisii-Kenya, una a Mafikeng en Sudáfrica, otra sigue en Tindinyo, y yo en Zomba, Malawi.

Desde mi entrada, he estado siempre en el mismo Monasterio, viviendo con alegría mi vida de oración y haciendo toda clase de trabajos que se hacen en el monasterio, como la cocina, la colada o la costura etc. etc. Vestí el hábito carmelitano el 29 de julio de 1965, e hice mi primera Profesión el 3 de octubre de 1966 en 1970. Después  de profesar como Descalzas, una de nuestras Hermanas españolas volvió a España, pero ya no pudo ir a Utrera, sino que fue a San Lúcar de Barrameda. Pasados algunos años, cuando ella era Priora allí, pidió a nuestro Monasterio que le enviásemos algunas Hermanas para ayudarles. Y yo fui una de las elegidas, así que estuve prestada en España desde el 2003 al 2008. Tuve la oportunidad de visitar el Carmelo de Utrera que nos había fundado. También visité el Carmelo de Sevilla donde tuve la suerte de sacarme una foto vistiendo la capa-reliquia de Santa Teresa nuestra Madre y de ver su Libro, pero no visité ninguna más de sus Fundaciones. 

 

                                         La Fundación de Malawi.

 

En 2002, cuando las comunidades de la Asociación de Nuestra Señora de  África enviaron las futuras Fundadoras del Carmelo de Malawi a Mityana para que vivieran juntas, nosotras enviamos a dos de nuestras Hermanas que lo habían pedido personalmente y se habían ofrecido para la Fundación. Yo misma, como Priora, les acompañé y estuve algunos días con ellas, animándolas y deseándoles toda clase de éxitos, sin saber que un día yo misma acabaría en Malawi.

En 2011, cuando nos enteramos de que, por ciertas razones, Malawi necesitaba ayuda, enviamos a una de nuestras Hermanas a ayudar por un año, terminado el cual podría ofrecerse para quedarse allí, pero volvió en 2012. Viendo que la necesidad persistía, y no queríamos que se cerrara la Fundación de Malawi, concebimos el plan de refundar el Monasterio de Malawi, aunque no éramos muchas, pues el Monasterio de Mafikeng, en Sudáfrica, había pedido también ayuda y dos Hermanas destinadas para ir allí, ya se estaban preparando. De todos modos, aceptamos el reto de refundar el Carmelo de Malawi y esperamos a que algunas Hermanas se ofrecieran voluntariamente. Hubo dos profesas simples, una novicia y dos profesas solemnes. La Madre Priora estaba ansiosa sobre mi participación, sea a causa de mi edad, o por las razones que fueran, pero como el número de las que se ofrecieron no era suficiente, al final accedió.

Yo era muy feliz en la comunidad de Tindinyo, pero considera un privilegio el ser misionera. Mis parientes y amigos se sintieron muy dolidos por mi decisión de ir a Malawi, pues les encantaba venir a verme de vez en cuando para compartir conmigo sobre sus planes y sus problemas, y para pedirme consejo y oraciones.

Yo les dije que ofrecería el sacrificio de nuestra separación y mis oraciones par que Nuestro Señor que me había confiado esa misión, tuviera cuidado de todos ellos.

Así que me fui a Malawi el 28 de mayo de 2014. Desde entonces he estado muy contenta y feliz viviendo mi vida misionera.

 

Solamente una vez ocurrió que fui detenida. Fue del siguiente modo. Sister Calixta y yo íbamos a ir a Benoni, Sudáfrica, a un curso de dos semanas organizado por la Asociación Regional. Fuimos a obtener el visado y pensamos que todo estaba en regla, ya que pusieron el sello en nuestros documentos y pasaportes. Hicimos un buen viaje, pero cuando llegamos al aeropuerto en Sudáfrica y fuimos a recoger nuestro equipaje, me detuvieron y me llevaron a una oficina para rellenar ciertos formularios sobre delitos que yo había cometido; me acusaban de que yo era un agitador político, de que había entrado en el país sin visado y de que había traído extrañas enfermedades al país.   

 

Me metieron en un cuarto pequeño en espera del vuelo de Kenya Airways para ser devuelta a mi tierra esa misma tarde. Esa es la noticia que Sister Calixta envió antes de continuar su viaje,  que yo estaría de vuelta esa misma tarde.

Pero cuando la Hermana se hubo marchado, cambiaron de idea, diciéndome que tenía que volver a Malawi, pues allí había cogido el avión. Era miércoles, y no había vuelo a Malawi hasta el sábado. Me encerraron en un cuarto en el que no había más una cama y una diminuta manta muy sucia. El cuarto tenía una pesada puerta de la cual solo los guardias tenían la llave para abrirla cuando me trasladaban a otra habitación para comer y luego devolverme al cuarto acompañada de un guardia para ser encerrada de nuevo. Pero lo que más dolor me causaba era que las monjas no sabían lo que sucedía ni dónde estaba. Telefoneaban a Kenya y a Malawi, pero yo no estaba allí. Los guardias retuvieron todas mis pertenencias, pero, por suerte, me dejaron el breviario, así que, al menos podía rezar el oficio. No podía controlar el tiempo pues se quedaron también mi teléfono móvil, que yo usaba como reloj. No tenía ni cepillo ni pasta de dientes, ni jabón. Yo recogía los pequeños trozos de jabón que los prisioneros anteriores habían dejado. Tampoco tenía vestidos para cambiarme, pero, gracias a Dios, había agua.  Fueron verdaderamente días de reflexión y de oración.

Por fin, llegó el esperado sábado para mi vuelta a Malawi. Un guardia me acompañó, como si fuera un criminal, llevando mis documentos y mi pasaporte hasta la oficina de Air Malawi en el aeropuerto para chequear mis documentos.

 

Antes de morir, el Buen Dios puede permitir que experimentemos cosas en las que ni siquiera habíamos soñado. Todo eso es una bendición de la mano de Aquel que nos ama.

 

Que Él sea por siempre amado, adorado y glorificado. Amén. 

 

 

 

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