RESPUESTA DEL HOMBRE

 

1. Dejar a Dios ser Dios

El hombre, si está destinado a la salvación sobrenatural, y la ha de recibir como un don de Dios, tiene que someterse a ese Dios y reconocerle el derecho a actuar a su antojo. Hay que dejarle ser Dios y obrar como tal. Con plena libertad. Según sus propios planes, aunque nos resulten incomprensibles.

 

El tiene determinado ya cómo realizar su obra. Se toma la iniciativa. Se complace en dar gratuitamente (Ct 121). Siendo así la cosa, a nosotros nos corresponde aceptarle tal como es y permitirle desenvolverse como él quiere. Nada de pensar en adelantarnos, en darle consejos o ponerle condiciones. El exige una pura y plena disponibilidad y sumisión.

 

Nosotros deseamos instintivamente ser autosuficientes e independientes. Nos gusta poseer para bastarnos y para poder dar. Es que dar es una muestra de nuestra superioridad. No nos agrada sentirnos dependientes, deudores. Es este un grave problema al que hemos aludido ya varias veces. Con él choca el hombre religioso que reflexiona un poco. Ordinariamente no nos planteamos la cuestión en estos términos. Sencillamente actuamos. Actuamos desentendiéndonos de Dios y creando nuestro propio mundo independiente y nos movemos a nuestro capricho sin tomar en cuenta a Dios, trazamos y desarrollamos nuestros propios proyectos en busca de nuestras pequeñas o grandes satisfacciones.

 

Algunos critican y rechazan la religión, la fe en un Dios supremo cuyo proyecto hemos de aceptar, del cual dependemos y a cuya disposición hemos de estar. Creen que el hombre ya ha adquirido la madurez necesaria, ya es adulto y dueño de sí mismo. Le toca a él crear su propio proyecto y llevarlo a término. El ha de resolver sus problemas sin que nadie tenga que venir de fuera para ayudarle. El hombre es un ser libre. Es lo que le caracteriza. Si le ponemos a Dios tal como lo presentan los cristianos, el hombre como tal ser libre desaparece. Queda convertido en un robot o marioneta en las manos de Dios. Por esa razón, la solución que el Evangelio ofrece no es válida para ellos. Les parece demasiado humillante y hasta destructora del hombre. No la pueden aceptar.

 

Esto a nosotros, los creyentes, nos parece exagerado y nunca se nos ocurre razonar así. Por lo menos consciente y claramente. Pero, aunque sea más o menos inconscientemente, nosotros también nos rebelamos contra la opresión divina, o, al menos, nos cuesta mucho humillarnos y aceptarle. Con frecuencia, es decir, siempre que pecamos, de hecho, nos desentendemos de él y de su proyecto, y nos buscamos nuestra felicidad o nuestras pequeñas satisfacciones sin atender a su voluntad o designios. Le contemplamos como a un aguafiestas. Nos comportamos como Adán y Eva y como el hijo pródigo. Nos alejamos del Padre para ser independientes y gozar más.

 

La fe consiste en aceptar a Dios y aceptarle, no sólo en teoría sino en concreto, tal como es en sí, y sus designios respecto a nosotros y a nuestro destino, y en asumir también su modo concreto de proceder en el mundo, en la humanidad y en cada uno de nosotros.

Trataremos de ser prácticos en la exposición. En vez de perdernos en hacer elucubraciones abstractas, vamos a ver cómo entiende y acepta sor Teresa el plan de Dios sobre ella.

 

Antes de pasar a explicar cómo hemos de aceptar a Dios, haremos unas consideraciones sobre el tema de la aceptación de uno mismo, de su propia vocación. Es ésta una de las cosas que la Santa de Lisieux percibió con una lucidez extraordinaria.

Aceptación de uno mismo

 

Al principio de la Historia de un Alma nos encontramos con esta reflexión: "Durante mucho tiempo me he preguntado por qué tenía Dios preferencias, por qué no recibían todas las almas las gracias en igual medida". Ella contempla a algunos que se han convertido después de un periodo de vida más o menos desarreglada. Como forzados por Dios. Hay otros que han llevado siempre una vida inocente. Existen también los pobres salvajes que viven y mueren sin haber oído hablar del Evangelio. "Jesús ha querido darme luz acerca de este misterio". La Santa contempla la variedad de flores que hay en la naturaleza. Cada una adquiere su correspondiente desarrollo, tiene sus propios colores, su perfume. Todas contribuyen a formar un conjunto maravilloso. Pues otro tanto ocurre en el mundo de las almas. Dios actúa, realiza su obra de distinta manera en cada una de ellas: en los grandes santos, en las almas sencillas, que pasan desapercibidas, en el salvaje, que no tiene otra brújula que la ley natural. De estos últimos afirma: "y también a sus corazones quiere él descender. Estas son las flores de los campos, cuya sencillez le fascina.

 

Abajándose de tal modo, Dios muestra su infinita grandeza. Así como el sol ilumina a la vez los cedros y a cada florecilla, como si sólo ella existiera en la tierra, del mismo modo se ocupa nuestro Señor de cada alma personalmente, como si no hubiera más que ella". Dios, ciertamente, se revela de distinta manera en cada una de las personas, pero ama a todas, y en todas lleva a cabo la obra de su amor.

 

Si éste es el proyecto de Dios, ¿cuál ha de ser nuestra respuesta? ¿Qué tenemos que hacer para ser santos; para llegar a la perfección?

Teresa dice: "La perfección consiste en hacer la voluntad de Dios, en ser lo que él quiera que seamos" (A 2v. El problema de las predilecciones divinas le preocupa desde hace siete años por lo menos. Aparece ya en la Ct 32 del 23.7.1888).

 

Los caminos de Dios

 

Esa manera de concebir la perfección es muy importante y muy optimista. La Santa llegó a percibir cómo realiza Dios su obra en las distintas personas, que se hallan en muy diferentes condiciones. Piensa que Dios se ha mostrado muy generoso, ha estado muy activo, en los grandes santos. Es muy normal. Pero ella no se sentía entre ellos. A pesar de ello, está convencida de que Dios la llama a la santidad, a la santidad grande. Lo dificultoso era comprender cómo la realiza en los pequeños, en los insignificantes, que pasan por la vida sin dejar huella, sin realizar obras llamativas, sin despertar la atención y admiración de nadie.

 

En este pasaje Teresa va muy lejos. Llega a afirmar que Dios lleva a cabo su obra maravillosa, no sólo en los pequeños sino hasta en el salvaje, que sigue fielmente la voz de su conciencia. La obra que Dios realiza en ellos no deja nada que desear frente a la que lleva a cabo en los grandes santos, en los que han llamado la atención por sus empresas y por sus gracias místicas.

 

Estos párrafos recogen el fruto de sus largas reflexiones, y manifiestan hasta qué punto llegó a percibir la bondad de Dios, las maravillas de su proyecto respecto a la humanidad. La bondad del Señor no tiene límites. Llega hasta las criaturas más insignificantes y marginadas.

Dos años y medio más tarde, al redactar las primeras páginas del Manuscrito C hace un planteamiento semejante. Aquí la perspectiva es más limitada. Se reduce a los santos: los santos escritores y los santos anónimos, que han abandonado el mundo sin dejar huella de su paso. Probablemente piensa que ella va a dejar unos escritos que se leerán más tarde y la darán a conocer.

 

Se explica en estos términos: "¡Por qué caminos tan diferentes lleva el Señor a las almas! En la vida de los santos vemos que hay muchos que no han querido dejar nada detrás de sí mismos después de su muerte; ni el menor recuerdo ni el menor escrito; hay otros, en cambio, como nuestra Madre santa Teresa, que han enriquecido a la Iglesia con sus sublimes revelaciones. ¿Cuál de estos dos tipos de santo es más agradable a Dios? Me parece, Madre, que ambos le agradan igual, pues todos ellos han seguido las mociones del Espíritu Santo, y el Señor dijo: "Decid al justo que todo está bien" (Is 3,10). Sí, cuando sólo se busca la voluntad de Jesús, todo está bien. Por eso yo, pobre floreci-ta, obedezco a Jesús tratando de complacer a mi Madre querida" (C 2r-v).

 

A través de estas consideraciones aparece que Teresa tuvo que reflexionar mucho para reconocer y aceptar su propia condición de pequeña e insignificante criatura durante su vida en la tierra. Al escribir estas páginas había madurado mucho.

Vimos cómo descubrió el camino de la gloria por medio de la santidad, de una santidad, que quedaría oculta a los ojos de los mortales (A 32r).

La sequedad

 

Al referirse a la ilusión que se experimenta al conseguir lo que se anhela, nos hace esta confesión respecto a sus sentimientos al entrar en el Carmelo: "Con qué alegría tan grande repetía estas palabras: "Estoy aquí para siempre, para siempre." Aquella dicha no era efímera, no se desvanecería con las ilusiones de los primeros días. ¡Las ilusiones! Dios me concedió la gracia de no llevar ninguna al entrar en el Carmelo" (A 69v).

En este pasaje alude a las ilusiones externas, del contento que sentiría en el nuevo ambiente, en las nuevas ocupaciones después de haber logrado lo que con tanto tesón había procurado. Pero no era éste el aspecto más importante de sus aspiraciones. Llevaba ilusiones de otro orden, de vida espiritual. Había leído cosas de la oración extraordinaria, de revelaciones, que Dios concedía a algunos santos, a los grandes, a los más admirados. El Carmelo se ha relacionado siempre con la oración, con las gracias místicas de sus grandes protagonistas. Parecía que era ésa la santidad a que se llegaba en su soledad y silencio.

 

Teresa se encuentra con una realidad muy distinta, carente de todo eso. "La sequedad se hizo mi pan de cada día" (A 73v). Este momento es quizás el más dificultoso, el más crítico de su carrera. Así se encuentra la pobre en el Carmelo, en la soledad de los dulces encuentros con Dios, que tan maravillosamente describen los escritores de la Orden. Ella se encuentra falta de todas esas señales y gracias.

Parece que pronto superó la prueba, aunque sufre por la falta de todo consuelo. Tal vez influyó en ello el ejemplo de algunas monjas santas, de vida sencilla, que le produjeron admiración. La joven monjita nos recuerda a la M. Genoveva, cuya santidad de suma sencillez la impresionó profundamente (A 78r).

 

Ignoramos el proceso que la llevó hasta esta apreciación, a la formación de esta nueva mentalidad. Lo que sí conocemos es cómo se desenvuelve ya durante el retiro de preparación para la toma de hábito (Enero, 1889). El juguete de Jesús está en tinieblas, "abismado en ellas. Una fuerza y una paz muy grandes son su único consuelo, y, además, cree estar como Jesús quiere que esté; he ahí su alegría" (Ct 54).

Como se desprende de este texto, la joven aspirante se aviene a estar en tinieblas, aceptando este estado sin decepcionarse, sin renunciar en un ápice a su ilusión de llegar a ser una gran santa. La razón es que "está como Jesús quiere que esté". No tiene nada que alegar ante él. Acepta en todo su modo de actuar, sus estrategias para conducir a las almas.

 

El modo de actuar de Jesús

 

Pero, en medio de todo, no deja de sorprenderle su conducta. Escribe a su hermana: "¿Entendéis algo de la forma de actuar de Jesús...? Yo os diría que los niños no saben lo que quieren. Pues así se comporta Jesús con su pelotita" (Ct 50).

 

Así procedía el "caprichoso" Niño respecto al nuevo e imprevisto camino por el que la iba conduciendo. La pobre Teresa está sumergida en tinieblas, sin oración jugosa, sin consuelos espirituales. Mas la valerosa joven no presenta ninguna reclamación. Se resigna, o mejor, se acomoda confiada a la situación. Está dispuesta a aceptar a Jesús, al Niño Jesús, tal como es y con su misterioso e imprevisible plan. Una cosa llamativa: no se le ocurre pensar que Dios la abandona por sus infidelidades. El lo dispone así porque quiere, porque le gusta, y nada más. No se ven motivos para responsabilizar a la víctima. Con este modo de pensar se va ya orientando hacia la doctrina del abandono y de la confianza ciega.

 

Más tarde, refiriéndose a la novedad de su experiencia y, en consecuencia, de su caminito, se asegura y afirma ante sí y se justifica ante los demás aduciendo el dicho de Jesús: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas" (Jn 14,2; cfr. Ct 203. 220; UC 1.8.6). Si hay muchas moradas, muchas casitas, cada una debe tener su propio caminito, su propio acceso. De ahí la diversidad de modos de llegar a la santidad. Dios lleva a unos por un camino y a otros por otro. La Santa no se inquieta por temor a haberse equivocado. Está en el camino bueno. Dios no se ha ausentado de su lado. La acompaña siempre, aunque sea de un modo misterioso. Por eso, se siente tranquila, goza de una "paz muy grande". Así continuará hasta el final de su vida. Cuatro meses antes de su muerte manifiesta que su ilusión de llegar a ser una gran santa permanece con toda su fuerza y está segura de que se cumplirá, aunque para ello Dios tendrá que llevarla por un "caminito totalmente nuevo" (C 2v). No le queda tiempo ni dispone de fuerzas para hacer el recorrido que señalan los autores tradicionales.

 

2. La santidad al alcance de todos

 

Es ésta una expresión que se presta fácilmente a malentendidos. Hemos oído hablar de la "santidad grande" en contraposición a otra de inferior calidad. Teresa nos advierte: "comprendí también que el amor de nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más sencilla, que no opone resistencia a la gracia, que en el alma más sublime" (A 2v).

 

La obra que Dios quiere llevar a cabo no tiene, de su parte, diferentes calidades. Se realiza igual en cualquier alma, en cualquier género de recorrido que ésta tenga que hacer. En el proyecto divino no se ofrecen "santidades" de diversa calidad. Hay, sí, diversidad de caminos o de procesos. Mas la meta es siempre la misma.

 

Lo importante, lo que condiciona todo, es la actitud del alma. Si ésta se abre, acepta la acción divina, se deja conducir por ella, se transforma, se hace santa.

 

Nuestra Teresa así lo declaró. Para ella la obra de Dios, que se realiza en las almas sencillas, no es de inferior calidad. Refiriéndose a la vida sencilla de la M. Genoveva, afirma: era "una santa, no de ésas inimitables, sino una santa, que se santificó por el ejercicio de las virtudes ocultas y ordinarias... Sí, ésa santidad me parece la más auténtica, la más santa, y es la que yo deseo para mí, pues en ella no cabe la ilusión" (A 78v).

Ya hemos tenido ocasión de ver que Teresita no es un alma que se contenta con poco. Sus deseos, sus aspiraciones no tienen límite. Cuando desea para sí esta santidad, es porque la considera grande, de muchos quilates.

 

Es la que Dios tiene reservada para las almas más sublimes, es decir, para las almas "pequeñas". ¿Cómo son esas almas privilegiadas? Sus características son: incapacidad de realizar "obras brillantes" (Cfr. B 4r; P 44,6). Tal vez no dejen huella alguna de su paso por este mundo con escritos en que nos relaten las revelaciones o comunicaciones extraordinarias que han recibido de Dios (Cfr. C 2v). No dejarán de parecer y de ser, de hecho, imperfectas hasta el final de su vida (Cfr. UC 29.7.3; 2.8.6).

 

Ya hemos dicho que, probablemente, lo que más le podía extrañar era la ausencia de fenómenos místicos. Es ésta la segunda característica. La carmelita llega a convencerse de que no son necesarios estas manifestaciones ni suponen un trato más delicado de parte de Dios. Uno de los rasgos que marcan la santidad en la sencillez es precisamente la ausencia de esas "gracias". Piensa que lejos de indicar deficiencia alguna en la santidad, eso se da precisamente en los casos más sublimes. Uno de esos sería, no podía ser menos, el de la Santísima Virgen. Teresa se atreve a cantar a María, para felicitarla por la excelencia e idoneidad del camino que llevó:

 

"Yo sé que en Nazaret, Virgen llena de gracia, viviste pobre sin ambición de más. Ni éxtasis ni raptos ni milagros tu vida hermosearon, Reina de los electos. Muchos son en la tierra los pequeños, y ellos pueden alzar, sin miedo, a ti sus ojos.

 

Por el común camino, oh Madre incomparable, caminas tú, guiándonos al cielo" (P 44,17).

 

Al mencionar en esta estrofa la ambición, no se refiere al deseo de riquezas y prestigio en este mundo sino a la ambición de extraordinarias gracias externas como las que enumera a continuación.

 

Con eso nos enseña que el camino de la santidad está expedito para todos. No se necesita un marco de vida especial para ir creando en él la figura del santo. Esta figura cabe en toda clase de marcos, se acomoda a todo género de vida. Lo que importa es solamente la actitud de la persona.

La Santa pensó que su "caminito", reflejo de su propia experiencia, es también para la gente sencilla. A propósito de su Manuscrito, en que lo describe, dijo: "Habrá en él para todos los gustos, excepto para los que van por caminos extraordinarios" (UC 9.8.2).

 

Para que se realice la obra de Dios se requiere que cada uno se acepte a sí mismo y su propia circunstancia: sus cualidades y sus limitaciones, su pasado y su presente, el ambiente que le rodea, la situación concreta en que se desarrolla su vida. Con ese realismo y sobre esa realidad ha de construir su vida de santidad. Sobre todo, ha de acoger su propia vida espiritual, el camino concreto y determinado por el que el Señor le quiere conducir.

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