LA POBREZA ESPIRITUAL

 

Dios quiere salvarnos y santificarnos a todos por gracia, por pura bondad. Y no sólo por gracia, sin pedirnos nada a cambio; sino por misericordia, que es la gracia que perdona.

 

Es penoso, humillante, inquietante, tener que desentendernos de nosotros mismos y apoyarnos exclusivamente en otro. Uno tiene siempre la impresión de que, cuando el apoyo está en sí mismo, está más seguro, y se siente más tranquilo. El depender de la seguridad que le proporciona otro, es causa de inquietud.

 

Eso nos ocurre también en las relaciones con Dios. El quiere que nos sintamos pobres, desvalidos, sin nada que nos dé seguridad frente a Él. Su deseo es vernos despojados de todo, sin más apoyo y garantía que Él mismo. En una palabra, nos quiere pobres en el espíritu.

 

La pobreza espiritual es la carencia de bienes "espirituales", que nos prestan derechos, garantía y seguridad delante de Dios.

 

Una de las facetas fundamentales, y tal vez la más dificultosa en el ejercicio de la verdadera vida cristiana, es la de llegar a ese despojo, a ese estado de pobreza espiritual. El "niegúese a sí mismo" (Mt 16,24).

 

Teresa del Niño Jesús pertenece al grupo de los santos, que con más nitidez percibieron su sentido y su importancia. Y nos cuenta en qué grado la practicó en su vida. Por esta razón se la ha denominado "la Santa de la pobreza espiritual".

 

Resulta interesante seguir el proceso que la condujo al estado final de total pobreza. Es lo que vamos a intentar en este estudio.

 

1. Apoyada en sus fuerzas

 

La Santa de la pequenez no peca de apocada en sus aspiraciones. Desde jovencita pensó que había nacido para la gloria... y que mi gloria consistiría "en llegar a ser una gran santa" (A 32r). Y pone manos a la obra. Siendo ya novicia en el Carmelo escribe a su hermana Celina: "la santidad hay que conquistarla a punta de espada" (Ct 65).

 

A pesar de lo arduo de la empresa, no se desalienta. Fiel discípula de san Juan de la Cruz, piensa que Dios no puede inspirar deseos irrealizables (Cfr. A 71 r). Tiene que haber algún camino hecho a su medida para llegar a esa meta soñada.

 

Bien estaban las aspiraciones y la confianza, pero la inexperta joven andaba descaminada. La equivocación estaba en que se apoyaba en sus propias fuerzas, en que intentaba "conquistar la santidad" sirviéndose de sus propios medios.

 

La experiencia y, sobre todo, "las luces que recibe", le van descubriendo el verdadero camino que ha de seguir y el modo en que ha de proceder.

 

2. Las grandes renuncias

 

a) Sequedad habitual en la oración

 

El primer paso importante en su vida de carmelita fue la de entender que una vida contemplativa sin fenómenos {extraordinarios, sin oración jugosa y gratificante, puede tener y de hecho tiene, un gran valor delante de Dios, y ¡constituir el proceso hacia una santidad elevada. Pues la cuestión está en hacer lo que Dios nos propone y espera de nosotros. Se va dando cuenta de esta verdad fundamental para saber orientar su vida. Esto no quiere decir que la renuncia a su propio proyecto no le costará. Cuando contempla a los grandes orantes del Carmelo con sus gracias místicas, y, a continuación, baja la mirada y constata su sequedad habitual, su impotencia, la oscuridad que la ¡envuelve, se da cuenta de que tiene que aceptar este camino, en el que, probablemente, no había pensado nunca. Parece que este destino suyo lo asumió pronto, en los primeros años de su vida religiosa. Eso es lo que colegimos de las cartas que escribe a sus hermanas durante los retiros de preparación para la toma de hábito y para la profesión religiosa (Ct 50-55 y 89-95 respectivamente). Percibe claramente y comprende su situación, y no se perturba, no pierde la paz y la esperanza (Cfr. Ct 54 y 90). Eso no significa que no sufra por ese silencio y ausencia de Jesús. Menciona los "alfilerazos" que la atormentan. A veces es "el mismo Jesús quien punza" (Ct 51). Jesús, con su conducta, le hace sufrir. Probablemente por su ausencia, por su desatención.

 

La primera renuncia fue ésta. Constituye el primer paso, y muy importante, en el camino de la pobreza espiritual.

 

La joven religiosa reflexiona, se examina. Cree que, por su parte, está haciendo lo que puede. No se le ocurre pensar que Jesús se retire en vista de que ella no le corresponde con generosidad. Es que está haciendo el máximo esfuerzo. Trata de aprovechar todos los medios y ocasiones que se le ofrecen. Incluso es ambiciosa. No hay quien pueda satisfacer las aspiraciones de su corazón. Sólo Jesús la puede contentar. "Pero cuando contemplo a Jesús...

¡Quisiera amarle tanto! ¡Amarle como nunca ha sido amado!" (Ct 51).

 

Se da cuenta de una cosa transcendental. Es que Dios la quiere llevar por este camino. Una vez de reconocer esta realidad no hay motivos para inquietarse. Está sin consuelo sensible, sumergida en tinieblas. "Una fuerza y una paz muy grande son su único consuelo, y además cree estar como Jesús quiere que esté; he ahí su alegría, pues de otra manera todo sería tristeza" (Ct 54).

 

Años más tarde formulará un principio, que va comprendiendo desde ahora. Refiriéndonos al hecho de que cada uno debe aceptar su propia vocación, aunque no parezca humanamente brillante, dice: "La perfección consiste en hacer la voluntad de Dios, en ser lo que Dios quiere que seamos" (A 2v). Y esto es importantísimo. Quiere decir que la santidad no hay que medirla por el patrón del proceso que han seguido algunos santos, sino se ha de relacionar directamente con la voluntad de Dios. Es posible que a mí me quiera llevar por un camino distinto, hasta completamente nuevo. Pero no es por eso menos sublime, ni menos eficaz para lograr la realización más plena del proyecto divino.

 

b) Aceptación de una vida oscura y sencilla

 

Al sentirse llamada al Carmelo, a una vida de clausura, ya entendió que su carrera no iba a ser brillante y llamativa según los criterios humanos. No sabemos cuándo Dios le dio a entender que "mi gloria quedaría oculta a los ojos de los mortales, que consistiría ¡¡¡en llegar a ser una gran san-ta!!!"(A 32r).

 

Su vida estaba destinada a ser poco brillante, incluso a sus propios ojos. Lo comprende y lo da a entender. "No tengo deseo de ir a Lourdes para tener éxtasis. ¡Prefiero la monotonía del sacrificio! ¡Qué dicha estar tan bien escondida, que nadie piense en una..., ser desconocida aun de las personas que viven con una!... (Ct 85). Asume resignada y con paz este género de vida. Se pone a dar lecciones y a orientar a su hermana Celina. Ésta se siente un poco deprimida porque le tocaba llevar una vida pobre y oscura atendiendo a su padre enfermo. Intenta convencerla de que es eso precisamente lo que Jesús espera de ella.

 

En una carta preciosa le hace unas consideraciones muy interesantes. Empieza por advertirle que es "un pensamiento que he tenido esta mañana". Probablemente la novedad no está en el fondo del pensamiento sino en las imágenes que se le han presentado para exponerlo.

Celina piensa, como lo veremos más tarde, que sus hermanas religiosas son más afortunadas que ella. Están realizando una obra admirable. Consagradas a Dios por la profesión religiosa llevan una vida de oración y sacrificio, una modalidad, en la que se han santificado muchos santos y santas. Es una gran misión la que Dios les ha encomendado. Ella es la cenicienta de la familia. Le ha tocado dedicarse a unas actividades sencillas, sin relieve, que realizan las personas que pasan por el mundo sin dejar nombre, sin llevar a cabo ninguna empresa importante. Son seres, que desde el principio, están condenados a la mediocridad.

 

Teresa, basándose en la idea de que hay que dar a Dios lo que pide, lo que Él necesita para realizar su obra, intenta convencerla de que está equivocada. Le escribe lo siguiente: "Cuando junto al único Amado de nuestras almas pienso en ti, es siempre la sencillez la que se me presenta como característica de tu corazón. ¡Celina!... sencilla y pequeña flor-Celina, no envidies a las flores del jardín". Luego toma estas dos imágenes. Jesús es el "Lirio de los valles". El lirio, para desarrollarse, no necesita más que una gotita de rocío cada mañana en su corola. Celina es sencilla como esa gotita de rocío. La gotita es suficiente para humedecer el lirio. Este no necesita más. Ni intensas lluvias ni caudalosos ríos para regarlo. El rocío aparece sólo por la mañana. Durante la noche está escondido. Así es la vida de Celina. Ella es sencilla, vive oculta como el rocío. "Ninguna mirada humana debe descubrirla, sólo el cáliz que contiene a la pequeña gotita conocerá su frescor" (Ct 120).

 

Estos razonamientos no produjeron el efecto que la Santa deseaba. Vemos que un mes y medio más tarde vuelve a la carga.

"¡Qué dicha poder decir: "Estoy haciendo la voluntad de Dios!" Esta voluntad santa se ha manifestado claramente respecto a mi Celina. Jesús la ha escogido a ella entre todas para ser la corona, la recompensa del santo patriarca, que ha cautivado al cielo con su fidelidad. ¿Cómo te atreves a decir que has sido olvidada, menos amada que las otras? "Yo te digo que has sido escogida privilegiadamente" Así la quiere hacer ver la excelencia de la vida que le ha sido asignada. Celina piensa que su oficio es más cómodo que la vida religiosa que están llevando sus hermanas y, por lo tanto, da menos a Dios.

 

En este momento, el pensamiento de la Santa da un gran salto, se encuentra con una importante novedad, que le abre un horizonte nuevo. Hemos constatado que en nosotros existe siempre un deseo innato de poder dar algo, aunque sea poco. Teresa estaba jugando con esa idea de dar mucho o poco, de dar más o menos. Siempre se valoraba el dar algo. Lo que Dios me pide. Lo que necesita de mí; aunque no sea más que la humedad de una gotita de rocío. Ahora se va a operar un gran cambio.

 

3. Dios quiere dar todo gratuitamente

 

Para expresar su sorpresa y la que va a producir en la destinataria de la carta, empieza con este texto: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos", dice el Señor. El mérito no consiste en hacer mucho o en mucho dar o recibir, y es verdad; pero cuando Jesús quiere reservarse para sí la dulzura de dar, no sería delicado negarse. Dejémosle tomar y dar todo lo que quiera, la perfección consiste en hacer su voluntad (Ct 121).

Ha recibido una luz nueva. Ha comprendido cómo desea actuar Dios: libremente, generosamente. A nosotros nos toca recibir humildemente lo que nos ofrece. Esta es la gran renuncia a nuestro íntimo deseo de poseer, de tener algo nuestro, algo "seguro", en que apoyarnos. No podemos crear nuestra propia seguridad. Y esto es tremendamente duro. Supone desentendernos de nosotros mismos y lanzarnos al vacío, algo que se nos hace inseguro, ponernos en manos de otro. En este contexto aparece por primera vez, en los escritos de la Santa, la expresión de "abandonarse". Pues, es precisamente eso lo que hay que hacer cuando uno ya no es dueño de su propio control. Dejar todo en el poder del otro. No queda más que aceptar a Dios y entrar en su proyecto. Hay que dejarle actuar, cederle la iniciativa, dejarnos conducir por Él.

 

Resulta más fácil cumplir los mandamientos, que creer plenamente en Dios y ponernos confiada e incondicional-mente en sus manos. Recuérdese el caso de Zacarías (Le 1,5-25).

 

Dios marca el camino

 

De aquí Teresa saca una conclusión de suma trascendencia. Nosotros no somos quiénes para enseñar a Dios la ruta, para imponerle un proyecto, en este caso, un modelo de camino de santidad. No estamos autorizadas a prefijar nada. Hemos de estar atentos a su voluntad, a sus planes. Es que "la perfección consiste en ser lo que Él quiere que seamos" (A 2v), en acomodarnos a lo que Él tiene dispuesto. El desprendimiento de sí mismo es difícil. La Santa ha comprendido la teoría, pero le cuesta ponerlo en práctica. En una carta su hermana Celina le expone: "ciertamente, éstos (nuestros corazones) están vacíos de las criaturas, pero yo siento que lamentablemente el mío no está vacío de sí misma, por eso Jesús me manda bajar" (Ct 116).

 

Personajes y parábolas del Evangelio

 

Siempre buscaba luz en el Evangelio. Empezaron a llamarle la atención aquellos personajes, que se habían presentado delante de Jesús en suma pobreza, sin nada en que apoyarse, confiando ciegamente en su misericordia y amor. A su luz percibía más nítidamente su condición de pobre y pecadora. Le gustaba identificarse con el publicano de la parábola y asimilar sus sentimientos: "repito, llena de confianza, la oración del publicano" (C 36v).

 

Estando enferma, al llevarle una de las últimas comuniones, se fijó en cómo todas las Hermanas empezaron a rezar el "confiteor", pidiendo para ella el perdón de los pecados. En ese momento se sintió profundamente emocionada. Cayó en la cuenta de lo pobre que era, de la necesidad que tenía de la misericordia de Dios. "¡Oh, sí!, pensaba yo; conviene pedir a Dios, a todos los santos, perdón para mí en estos momentos. Al igual que el publicano me sentía una gran pecadora" (UC 12.8.3). Al final de la Historia de un Alma escribió estas palabras: "Sobre todo, la asombrosa, o mejor, la amorosa audacia de la Magdalena, que cautiva el corazón de Jesús, seduce el mío (C 36v). La oración del publicano la llevaba escrita en una estampa en el breviario. Se conmueve al fijarse en sí misma, en su pobreza, en su carencia de obras y méritos, cuando se siente delante de Jesús. Miraba al Evangelio para interpretar la actitud de Jesús para con ella. Le entusiasmaban las figuras de esos personajes oscuros, pobres, pecadores, pero tan significativos que se encontraron con Jesús. Ella piensa que también la acogerá con el mismo amor, que usó con ellos.

 

Otra parábola que la encantaba era la de los obreros enviados a la viña. Lógicamente se sentía entre los que habían sido contratados a la hora undécima, a los cuales se da el jornal, no como retribución por la labor realizada, sino como un don de la generosidad del dueño (PA 1042; CRG 6,38). Constatamos que manejó y meditó mucho los evangelios, pero no tanto las cartas de san Pablo. Mas encontró en los escritos del Apóstol pensamientos, que la iluminaron. Uno de ellos lo colocó, como exergo, al principio de una poesía dedicada a los santos Inocentes. Dice así: "Feliz aquel a quien Dios tiene por justo sin las obras, porque para quien hace las obras la recompensa no es gracia, sino una cosa debida. Por lo tanto, los que no hacen las obras son justificados por la gracia en virtud de la redención, cuyo actor es Jesucristo" (P 39). Este texto lo copia también en las estampas 5 y 6.

 

Sentía gran simpatía hacia los "ladrones del cielo", los que no lo habían conquistado con sus esfuerzos sino que lo habían robado: los santos Inocentes, el buen ladrón, etc. (Cfr. CRG 2,34).

 

Ya que lo que espera no es una recompensa sino un don de Dios, ha de obrar con desprendimiento, sin convertir sus obras en tesoro propio. Ya antes, no sabemos cuándo, había hecho este descubrimiento. "Dios me daba a entender que la verdadera gloria es la que ha de durar eternamente, y que para alcanzarla no era necesario realizar obras deslumbrantes, sino esconderse y practicar la virtud de modo que la mano izquierda ignore lo que hace la derecha". Y en el mismo texto añade: "El único bien consiste en amar a Dios con todo el corazón y en ser pobre de espíritu aquí abajo" (A 32r-v).

 

4. Ser y permanecer siempre niño o pequeño

 

Yo creo que una de las enseñanzas evangélicas que Sor Teresa mejor comprendió fue el de la necesidad de recibir el Reino como niños.

En el Evangelio, el niño no aparece como símbolo de inocencia. El niño es para Jesús, símbolo de un ser pobre, sin tesoros, sin derechos, dependiente totalmente de la bondad de sus padres. Recibe todo sin poder exhibir ningún título legal, que le acredite un derecho, que le capacite para presentar una reclamación. El niño es la pura receptividad. Es el que no da nada. Esta situación de pobreza es la mejor condición para reconocer la gratuidad de cuanto se le otorga.

 

Ya hemos constatado que Teresita comprendió que Dios ofrece y quiere dar todo gratuitamente. La figura del niño, tomada del Evangelio, se le presta perfectamente para entender, practicar y explicar lo que Dios nos exige. Copió muchas veces textos evangélicos, sobre todo, mencionó en sus conversaciones y en las instrucciones a las novicias, la figura del niño como la presenta Jesús y la necesidad de hacernos como niños. En cierta ocasión su hermana le pidió que le explicara qué entendía por permanecer niñita a los ojos de Dios. Le respondió en estos términos: "Es reconocer uno su propia nada, esperarlo todo de Dios como un niñito lo espera todo de su padre; es no preocuparse de nada, no ganar dinero. Aun en las casas de los pobres, se le da al niño lo que necesita; pero en cuanto se hace mayor, su padre se niega ya a alimentarle, y le dice: Ahora trabaja, puedes bastarte a ti mismo. Yo no he querido crecer, precisamente por no oír eso, sintiéndome incapaz de ganarme la vida, la vida eterna del cielo... Ser pequeño significa, además, no atribuirse a sí mismo las virtudes que se practican, creyéndose capaz de algo, sino reconocer que Dios pone ese tesoro en la mano de su niñito para que se sirva de él cuando lo necesite; pero es siempre el tesoro de Dios. Por último, es no desanimarse por las propias faltas, porque los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño" (UC 6.8.8).

 

Resumiendo el pensamiento de la Santa expuesto en los últimos apartados, podemos decir que la pequeñez implica dos cosas: En primer lugar, al pequeño le toca realizar obras que externamente y hasta humanamente tienen poco relieve. Por lo tanto, Dios no los acepta y premia por lo que valen en sí objetivamente: "El mérito no consiste en hacer mucho o en mucho dar, sino en recibir, en amar mucho" (Ct 121). Dios aprecia la actitud, el amor de quien acepta esa misión tan poco atractiva y gratificante. "Para ser suyo (de Jesús) hay que ser pequeño como una gota de rocío. ¡Oh, qué pocas almas hay que aspiren a permanecer así de pequeñas" (Ct 120).

 

En segundo lugar, el pequeño es incapaz de dar nada, ya que no posee. Eso le obliga a humillarse y aceptar todo como don, como gracia, y no como remuneración.

 

Los innumerables textos en que nuestra Santa menciona la pequeñez dan a entender que reconoce y acepta la propia, e invita a los demás a que adopten esa misma actitud. Cada vez que constata que se produce una acción importante de Dios en ella, o pide y espera que Dios intervenga a su favor, se da cuenta de que necesita sentirse pequeña y presentarse en esa actitud ante él. Así podrá realizar su obra gratuita. Es una idea que aparece varias veces en el relato del curso de su proceso espiritual. Eso demuestra la importancia tan fundamental que tiene para ella. Veamos un caso.

 

Cuando dice a la M. María del Gonzaga que espera llegar a la santidad, aunque aún se ve lejos, le comunica que ha descubierto un "caminito muy nuevo". Para describirlo se le ocurre la imagen del ascensor, que dispensa de tener que subir los peldaños de la escalera. Camino corto, para lo que queda de vida, y posible, pues evita la dificultad insalvable, pues es demasiado pequeña para subir la ruda escalera de la perfección (Cfr. Ct 229: "ascensor del amor,... la ruda escalera del temor").

 

Encuentra, una vez más, en la Escritura la confirmación de la legitimidad del hallazgo. "Si alguno es pequeño, que venga a mí" (Prov 9,4). Entonces exclama : "Jesús, el ascensor, que me ha de elevar al Cielo, son vuestros brazos. Y para eso no necesito crecer, al contrario, tengo que permanecer pequeña, hacerme cada vez más pequeña" (C 3r). Por esos mismos días escribía a Sor María de la Trinidad : "Veo claramente que no me he equivocado al pensar que Dios os llama a ser una gran santa, aun permaneciendo pequeña y siéndolo cada vez más" (Ct 213). Esta ¡dea la repite, sobre todo, en las poesías (P 11,3; 15,5; 28,4; 37,4; 44,6; Ct 213; y en UC 18.4.1; 6.8.8; 7.8.4; 25.1.11; PO, p.467s). Se ve que este aspecto lo ha penetrado con una agudeza extraordinaria.

 

Esta insistencia demuestra también que no todos son de esta opinión, o que les cuesta mucho comprender esta doctrina. Ella misma la considera algo novedosa y que además no es fácil de asumir. Cuando la evoca tantas veces debe ser que piensa mucho en ella y requiere un esfuerzo constante, su asimilación. Teóricamente la tiene clara, pero vitalmente le resulta costosa.

 

Realmente, esta doctrina de la pobreza espiritual es difícil de entender y mucho más dificultosa aún de practicar. La mayor parte de los creyentes, no digo los simples practicantes, sino los muy religiosos, la entienden con mucha dificultad. Parece mucho más normal realizar muchas obras y ofrecerlas a Dios, que aceptar la incapacidad, la impotencia, y pensar que dependemos totalmente del albedrío, de la voluntad amorosa de Dios. Ese despojo está en abierta oposición con nuestras tendencias naturales. Parece que Teresa llega a entenderlo hacia mediados del año 1893.

 

5. La pobreza espiritual y las obras

 

El sentirse niño, es decir, pequeño y pobre, no quiere decir que se ha de renunciar a las obras. La Santa percibió la posibilidad de que la interpretasen mal. Contemplemos cómo se ve ella delante de Dios. Aunque pequeña y pobre, no se siente desamparada y abandonada por él. Muy al contrario, la pobreza es la mejor condición para atraer las acciones del Dios generoso. Está convencida de que es muy amada por ÉL. Se considera una privilegiada. De ahí nace la necesidad de dar una respuesta adecuada. Entiende que "el amor sólo con amor se paga". "¿Cómo podrá demostrar él (el pajarillo, Teresa) su amor, si es que el amor se demuestra con obras?". Demostrará su amor a Dios "arrojando flores, es decir, no dejando escapar ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, ni una sola palabra, aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor" (B 4r; cfr. P 32). Así se empeña en su entrega a Jesús, pero trabaja desinteresadamente, pues el amor desprendido, no busca compensaciones, "consuelos" (Ct 93). Su programa consiste en "abandonarse, en entregarse sin reservarse nada, ni siquiera la alegría de saber cuánto rinde su banca" (Ct 121). La medida de esta entrega es la del verdadero amor, y "amar es darlo todo y darse a sí mismo" (P 44,22).

 

6. Alegrarse por ser imperfecta

 

La "pequeñez", la pobreza espiritual, no es solamente una condición puramente negativa, de carencia de bienes espirituales, que puedan dar derechos o justificar unas exigencias. En nuestro caso aparece otro elemento muy importante, y al mismo tiempo, sorprendente. Es una cosa que la Santa comprendió admirablemente y la expresó con claridad meridiana.

 

Teresa no es solamente pequeña y pobre. Es además, imperfecta, pero con una imperfección real, que incluye la caída en faltas. Es pecadora.

Nos gusta, instintivamente, poder presentarnos ante los demás sin defectos, y con más razón delante de Dios. Nos encantaría vernos limpios y puros, perfectos y plenamente acabados a sus ojos, capacitados para realizar todo perfectamente, sin ningún fallo.

 

Dios tiene otros designios. Nos ha puesto en tales condiciones en esta vida, en la que tenemos que vivir en fe, que no podemos evitar toda falta. Una realidad que es inútil tratar de esquivar. Lo novedoso en Sor Teresa es que no sólo reconoce y acepta resignada su inseparable imperfección sino que se alegra de ella. Confiesa que andaba errada en la manera de entender la virtud, de interpretar la voluntad de Dios. Hacia el final de su vida recuerda lo mal que entendía y practicaba, de novicia, la caridad fraterna. "Más tarde, sin duda, el tiempo presente en que vivo, me parecerá también lleno de imperfecciones. Pero ahora ya no me sorprendo de nada. No siento pena alguna al ver que soy la debilidad misma, al contrario me glorío de ello, y cuento con descubrir en mí cada día más imperfecciones" (C 15r). Dios le dio a entender que tenía que aceptar su incapacidad. Parece que muy pronto, pues siendo aún novicia escribe a su prima María: "Te equivocas, querida mía, si crees que tu Teresita marcha siempre con ardor por el camino de la virtud. Ella es débil, muy débil. Todos los días tiene experiencia de ello; pero, María, Jesús se complace en enseñarle, como a San Pablo, la ciencia de gloriarse en sus enfermedades" (Ct 87).

 

Poco antes de su muerte, ya en la recta final de su carrera terrena, confesaba: "También yo tengo mis debilidades, pero me alegro de ello. Tampoco supero siempre las naderías de la tierra, por ejemplo, me siento contrariada por una tontería que he dicho o he hecho. Entonces entro dentro de mí misma y me digo: "¡Ay, me encuentro todavía en el mismo peldaño que antes! Pero digo esto con gran dulzura y sin tristeza. ¡Es tan dulce sentirse débil y pequeño!" (UC 5.7.1).

 

Unos días más tarde, a continuación de haber cometido una falta, lejos de mostrarse abatida, se desahogó en estos términos: "¡Oh, cuan dichosa soy al verme imperfecta y con tanta necesidad de la misericordia de Dios en el momento de la muerte!" (UC 29.7.3). Dos meses antes de morir dijo: "Experimento una vivísima alegría, no sólo cuando se me juzga imperfecta, sino, sobre todo, cuando yo misma sé que lo soy" (UC 2.8.6).

 

Según ha comprendido Sor Teresa el proyecto de Dios sobre la humanidad y su modo de proceder, la debilidad y la imperfección son condiciones necesarias para que Él pueda obrar conforme a sus designios. Pero téngase en cuenta que las almas pequeñas, no son las que carecen de grandes aspiraciones, las que se han resignado a afincarse en la mediocridad. La pequenez, en el lenguaje de Teresa, consiste en renunciar a sí mismo, en reconocer la inutilidad de los propios esfuerzos, con el fin de dejar actuar a Dios, que nos quiere dar todo gratuitamente. A Dios no se le puede conquistar. Resulta inútil pretender forzarle, dominarle, obligarle. Hay que esperar confiadamente en Él. Sólo cabe aceptarle, dejarle obrar con libertad.

La Santa, dirigiéndose a Jesús, exclama: "Estoy segura de que, si por un imposible, encontrases a un alma más débil, más pequeña que la mía, te complacerías en colmarla de favores más grandes aún, con tal de que ella se abandonase con entera confianza a tu misericordia infinita" (B 6v).

 

En cierta ocasión, al constatar que su hermana estaba amargada, en rebelión contra sí misma, a causa de su fragilidad, al cometer una falta, le pasó un billete en el que le decía lo siguiente: "Amadísima hermanita, no busquemos nunca lo que parece grande a los ojos de las criaturas. La única cosa que no se desea es el último lugar; éste último lugar es lo único que no es vanidad ni aflicción de espíritu. Sin embargo, no está en la mano del hombre trazarse su camino, y, a veces, comprobamos que estamos deseando lo que brilla. Coloquémonos entonces entre los imperfectos, estimémonos como almas pequeñas a las que Dios ha de sostener a cada instante. Cuando Él nos ve bien convencidos de nuestra nada, nos tiende la mano; pero si nos empeñamos todavía en ser algo grande, aunque sea bajo pretexto de celo, Jesús nos deja solos. "Pero apenas dije: Vacilan mis pies, vuestra misericordia, Señor, me sostuvo" (Sal. 93,18). "Sí, basta humillarse, soportar con dulzura las propias imperfecciones: he ahí la verdadera santidad" (Ct 215).

 

Ya varios años antes había comprendido el modo de actuar de Dios, y la actitud que la criatura ha de tomar para permitirle llevar a cabo su obra. Dice a Celina: "He aquí el modo de ser de Jesús: da como Dios, pero exige la humildad de corazón" (Ct 140).

 

Dos meses antes de su muerte expone sus ideas a un misionero, que se veía pobre y miserable, y no podía compartir la confianza, que la carmelita sentía en Jesús. Ésta le escribe en los términos siguientes: "Es verdad que para gozar de esos tesoros (la bondad y la misericordia de Dios, que invitan a la confianza) es necesario humillarse, reconocer la propia nada, y es eso lo que muchas almas no quieren hacer" (Ct 231).

 

En esta perspectiva, la santidad no se relaciona con los grados de pureza que se poseen, sino con la actitud de humildad para aceptar lo que Dios nos ofrece gratuita y misericordiosamente. Dios es para Teresa, sobre todo, misericordioso (Cfr. A 83v), es "Amor Misericordioso", y de esta verdad saca hasta las últimas consecuencias. Es ésta la perspectiva desde la que contempla a Dios. La importancia primordial de la misericordia de Dios entre sus atributos, y el interés que Él tiene en ejercitarla, lo había expresado muy bien San Pablo al decir: "Dios nos encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos" (Rom 11,32).

 

Dios nos quiere salvar a todos poniendo en ejercicio su misericordia, por lo tanto, lo que cuenta para nosotros es permanecer siempre humildes. "Sí, basta humillarse, soportar con dulzura las propias imperfecciones", es decir, sentirnos siempre imperfectos, pecadores, necesitados de la misericordia de Dios. Y parece que de hecho sucede así. Nunca se llega en este mundo a una perfección o pureza absoluta. Este es uno de los descubrimientos de la Santa. Por lo menos, ella lo ha percibido y expuesto con gran claridad. Ahora algunos teólogos intentan recuperar e interpretar en este sentido la afirmación antes condenada, por mal entendida, del "simul iustus et peccator". Aun los justos nunca dejan de ser pecadores reales en alguna medida. Para ser humilde no hay otro camino que el de sentirse siempre pecador. Esta humildad le purificará, si va, como quiere la Santa, unida a la confianza ciega y agradecida en el Amor misericordioso.

 

A una religiosa que se lamentaba de su aridez en la oración, la consoló y animó con esta explicación: "Si Dios quiere pensamientos sublimes, tiene a los ángeles. Hasta podría crear almas tan perfectas que no tuviesen ninguna de las debilidades de nuestra naturaleza. Mas no; Él cifra sus complacencias en las pobrecitas criaturas débiles y miserables. ¡Sin duda que esto le gusta más!" (CRG 2,21).

 

7. Víctima del amor misericordioso (Hay que palpar la pobreza) 

 

El 9 de Junio de 1896, Teresa recibió una de las gracias más destacadas de su vida. Se le abrió un nuevo horizonte donde contempla a Dios en su gran atributo de MISERICORDIOSO, de AMOR MISERICORDIOSO, deseoso de ejercitar este amor.

 

Los atributos divinos no son puros adornos. Dios es un Ser vivo, y los atributos son principios de acción, por lo menos, los que la Santita contempla. Ella mira a Dios en su actitud, o mejor, en su actividad sobre nosotros.

 

Desde la historia del paraíso Dios aparece misericordioso. No despide a Adán y Eva para siempre. Su misericordia es mayor que el pecado de las criaturas. Ha creado unos seres débiles que caen en pecado, pero inmediatamente entra en acción su misericordia.

 

En tiempo de Teresa de Lisieux, muchos cristianos pensaban en la justicia de Dios. Se cometían tantos pecados, que Dios debe estar irritado, tiene que descargar su justicia punitiva. Por eso se ofrecían como víctimas para que desahogara sobre ellos su justificada ira. Era un acto heroico de caridad. En este sentido, Teresa siente admiración por estas víctimas. Lo que ella descubre, gracias a la luz que recibe, es que hay una interpretación equivocada, o por lo menos, restrictiva de Dios. Percibe que el interés mayor del Dios Misericordioso no puede estar en hacer justicia, en descargar su ira. Más importante es su Amor Misericordioso. Por tanto, lo que desea es desahogar ese amor. Para ello busca víctimas que le comprendan y que se ofrezcan para recibir este amor.

 

¿Qué se requiere para esta misión? La Santa hace la presentación de sí misma, la primera que se ofrece, con estas frases que dirige al mismo Jesús: "No soy más que una niña impotente y débil. No obstante es esta misma debilidad la que me inspira la audacia de ofrecerme como víctima a tu amor, Jesús... El Amor me ha escogido a mí, débil e imperfecta criatura. ¿No es, acaso, digna del Amor esta elección?... Sí. Para que el Amor quede plenamente satisfecho, es necesario que se abaje hasta la nada" (B 3v).

 

Teresa analiza la psicología del Dios misericordioso. El amor, como mejor se desahoga, es al ejercitarse como misericordia. Le sorprende constatar que Dios se abaja. Repite la frase hasta 24 veces en sus escritos. Verdaderamente es llamativo contemplar cómo Dios se complace en abajarse, en humillarse para conquistar el amor de nosotros, pobres e imperfectas criaturas, "Mendiga nuestro amor" (B 1v; Ct 124; 151; P 24,33).

La misión que nos incumbe es la de aceptar humildemente esta pobreza nuestra, que posibilita a Dios el ejercicio de su amor en la modalidad más admirable, a nuestro entender, de misericordia, la que perdona humillándose, abajándose. La condición requerida para ofrecerse como víctima es la siguiente: "¡Oh, mi querida hermana!, os lo ruego, comprended a vuestra hijita. Comprended que para amar a Jesús, para su víctima de amor, cuanto más débil se es, sin deseos ni virtudes, tanto más cerca se está de las operaciones de este amor consumidor y transformante. El solo deseo de ser víctima basta. Pero es necesario consentir en permanecer siempre pobres y sin fuerzas, he ahí lo difícil, porque "¿dónde encontrar al verdadero pobre de espíritu?" Hay que buscarlo lejos, dijo el salmista. No dijo hay que buscarle entre las almas grandes, sino "muy lejos", es decir, en la bajeza, en la nada. "Permanezcamos, pues, muy lejos de lo que brilla, amemos nuestra pequenez, deseemos no sentir nada; entonces seremos pobres de espíritu, y Jesús irá a buscarnos por muy lejos que estemos" (Ct 176).

 

Como se desprende de estos textos, la condición necesaria para que Dios obre en nosotros es la pobreza, y cuanto más radical sea, tanto mejor. Cuando carecemos de todo entusiasmo, de todo deseo espontáneo, cuando no podemos hacer nada, en el momento en que todo se nos hace cuesta arriba, es la situación más adecuada para las operaciones divinas. Nunca aparece más claro que la iniciativa es de Dios, que sus operaciones son gratuitas. Al comprender así la realización de la obra de Dios, no es extraño que la Santa acepte su pequenez y pobreza, no sólo con resignación sino con alegría y gratitud.

 

8. La infidelidad

(Apoyarse en sí mismo)

 

Cuando se plantean sobre estas bases las relaciones con Dios, ¿dónde estará la infidelidad, el gran pecado?

 

Teresa se lo explicó a su hermana un poco antes de su muerte. Un día en que la M. Inés estaba acompañando a la enferma, ésta, sin más, pronunció esta frase: "Si fuese infiel, si cometiese aunque sólo fuese la más pequeña infidelidad, no podría aceptar la muerte. Por eso, no ceso de decirle a Dios: Dios mío, os suplico que me preservéis de ser infiel". Poco antes había escrito que aunque tuviese sobre su conciencia todos los pecados que se pueden cometer, no perdería un ápice de su confianza.

 

¿Cómo concuerdan estas dos afirmaciones? ¿En qué consiste la infidelidad tan temida? "En entretenerme voluntariamente en un pensamiento de orgullo. Si me dijese a mí misma, por ejemplo: He adquirido tal virtud, estoy segura de poder practicarla. Porque eso sería apoyarme en mis propias fuerzas... Sin embargo, si soy humilde, si permanezco pequeñita, tendré derecho a cometer pequeñas travesuras hasta mi muerte... Cuando caigo así, compruebo todavía más mi nada, y pienso: ¿Qué haría, qué sería de mí, si me apoyase en mis propias fuerzas?" (UC 7.8.4).

Antes había hecho la siguiente confidencia a una novicia. "Las tentaciones de orgullo son más peligrosas que las de impureza. Estas humillan, pero se detectan y se rechazan. Aunque alguna vez se caiga, se saca siempre humildad. Las de orgullo son más sutiles y hacen más daño, ofenden más a Dios. Sin embargo, se cometen sin inquietarse por ello. Se debían temer más que el fuego" (PA p. 479). En una de las piezas de teatro, que compuso, advierte a las religiosas que el orgullo es el gran peligro y el pecado en que pueden caer fácilmente las que son castas, pobres y obedientes (Cfr. RP 7, 4v-5r).

 

Ausencia de señales de seguridad (En la oscuridad del subterráneo) 

 

Los fenómenos extraordinarios: como éxtasis, revelaciones, etc, no se buscan tanto por el placer que producen cuanto por lo que suponen de seguridad, de garantía, de que Dios está contento de uno, de que va muy adelantado en el camino de la santidad. Teresa nunca los buscó ni los deseó. Dijo a sus hermanas: "No os extrañéis de que no me aparezca a vosotras después de mi muerte... Acordaos entonces de que mi "caminito" es no desear ver nada. Sabéis muy bien lo que tantas veces he dicho a Dios, a los ángeles y a los santos, que no es mi deseo aquí en la tierra veros" (UC 4.6.1; Cfr. P 22,27).

 

Esta vida ya de por sí, está llamada a ser un camino oscuro, un camino de fe, y la Santa está decidida a asumir todas sus exigencias. "He preferido no ver a Dios ni a los santos, y permanecer en la noche de la fe, mientras otros desean ver y comprender". (UC 11.8.5).

 

Está convencida de que Dios lleva por este camino a sus seres más queridos. Los hace recorrer este subterráneo oscuro a fin de que vivan a tope y con más pureza su amor y su confianza. A la Santa no le parece que las manifestaciones extraordinarias sean signos de predilección. Muy al contrario, entiende que Dios procedió de otro modo con su criatura más amada y privilegiada. Dirigiéndose a ella, a María, le canta muy convencida: "Ni éxtasis, ni raptos, ni milagros tu vida hermosearon, oh Reina de los electos" (P 44,17).

 

A juzgar por el testimonio de sus cartas, la joven Teresa se resignó pronto a esta oscuridad, mas luego llega a alegrarse de tener que caminar por un subterráneo donde no se ve nada ni siquiera puede constatar si avanza o no, pues en el recorrido no hay ninguna señalización (Cfr. Ct 91).

Nos gusta sentir, experimentar que Dios piensa en mí, que me ama, que está contento de mí. Es esto lo que se trata de asegurar con el deseo de las manifestaciones extraordinarias de Dios. En este sentido, más que nuevos conocimientos, nos aportan la garantía de que Él se acuerda de mí, de que está conmigo. En la noche de la fe no hay más apoyo que lo que la Revelación general nos asegura. La única garantía es el mismo Dios con su veracidad, con su fidelidad. No hay necesidad de que me lo revele ahora a mí en particular, pero siempre tengo la sensación de que esto me da una mayor, una más palpable seguridad. Es a eso a lo que hay que renunciar.

 

10. Las manos vacías

(Sin obras, sin méritos)

 

Teresa pensó en conquistar la santidad, en realizar muchas obras. Si las grandes le estaban vedadas, llevaría a cabo muchas pequeñas. Las que se presentaran a su alcance. Con estas aportaciones continuas, su tesoro aumentaba. Ya hemos visto que con el tiempo comprendió que Dios se da y da gratuitamente. Nada de conquistarlo. Siendo así las cosas, hay que trabajar con desprendimiento, con desinterés, sólo por agradar a Jesús (Cfr. C 3v). "Trabajar sólo por agradar a Jesús" es una expresión que emplea constantemente en sus últimos años. No se guarda nada para sí. No quiere convertirse en "alma propietaria", que diría San Juan de la Cruz.

 

Al exponer su programa de vida en el acto de consagración al Amor Misericordioso, acuñó una frase que se ha hecho célebre. "En la tarde de la vida compareceré delante de vos con las manos vacías, pues no os pido, Señor, que contéis mis obras". Un poco más adelante continúa así su oración: "Después del destierro de la tierra, espero ir a gozar de vos en la patria, pero no quiero amontonar méritos para el cielo; quiero trabajar sólo por vuestro amor, con el único fin de complaceros, de consolar a vuestro Sagrado Corazón y de salvar almas que os amen eternamente" (0.1; Cfr. A 32r; C 3v; C 122; 156; UC 15.5.1; 23.6; 12.7.3).

 

Un acontecimiento, que en sí no tiene mayor importancia, la llevó a hacer unas reflexiones muy profundas. Las cosas sucedieron así. Estaba ella muy enferma, muy débil, y la M. Priora le dijo que dejara de rezar el Oficio por una religiosa difunta. La enferma, al verse incapacitada aun para prestar este pequeño servicio de caridad, razonó de este modo: "No puedo apoyarme en nada, en ninguna de mis obras, para tener confianza... Me hubiera gustado decirme a mí misma: he satisfecho la deuda de todos los Oficios de difuntos. Pero esta pobreza fue para mí una verdadera luz, una verdadera gracia... Entonces hice la siguiente oración: "Dios mío, os suplico que paguéis la deuda que tengo contraída con las almas del purgatorio; pero hacedlo a lo Dios, para que de ese modo sea infinitamente mejor que si hubiera rezado todos los Oficios de difuntos. Y me acordé, con gran dulzura, de estas palabras del Cántico de San Juan de la Cruz: "Y toda deuda paga". Las había aplicado siempre al amor. Sé que ésta es una gracia impagable. ¡Es demasiado dulce! Se siente una paz tan grande al saberse absolutamente pobre y al no contar más que con Dios" (UC 6.8.4).

Así se encuentra Teresa: con las manos vacías y el corazón rebosante de confianza.

 

11. La prueba de la fe

(En el último grado de pobreza)

 

Vivir la fe sencilla, casi transparente, produce una gran paz y satisfacción. Teresa de niña, y aún más tarde, ya de religiosa, vivía así. Es cierto que su oración transcurrió siempre en sequedad. Pero ella asumió bastante pronto este estado. No perdió, por lo menos habitualmente, la paz interior. Es cierto que tuvo algunos momentos o breves períodos de oscuridad, pero pasaron sin crear mayores problemas.

 

Los últimos 18 meses de su vida fueron de densísimas tinieblas. La Santa describe la lucha que tuvo que sostener en el C 5r-7v). Al terminar el relato se dirige a la M. Priora con estas palabras: "Madre mía amadísima, tal vez os parezca que exagero mi prueba. En efecto, si juzgáis por los sentimientos que expreso en mis pequeñas poesías, que he compuesto este año, debo pareceros un alma llena de consuelos para quien casi se ha rasgado el velo de la fe. Y, sin embargo, esto no es ya un velo para mí, es un muro que se alza hasta el firmamento. Cuando canto la felicidad del cielo, la eterna posesión de Dios, no experimento alegría alguna, porque canto lo que QUIERO CREER" (C 7v).

 

Este sufrimiento la humilla. Antes se sentía segura en su posición. Desde allí juzgaba, con cierto orgullo, a los demás. "No podía creer que hubiera impíos, que no tienen fe". Ahora sí que cree que los hay. Lejos de despreciarlos, se acerca a ellos. Está en condiciones de comprenderlos. Pide al Señor perdón por sus hermanos. Se siente a su mesa. Y muy solidarizada con ellos reza junto con estos incrédulos, la oración del publicano: "Tened piedad de nosotros, Señor, porque somos unos pobres pecadores" (C 6r).

 

Hasta aquí llega su humillación, hasta colocarla junto a los agnósticos, hasta hacerla sentirse hermana de ellos. Desaparece totalmente su complejo de superioridad, esa soberbia sutil de tantos creyentes.

 

Esta prueba le ha hecho comprender una cosa muy importante: no sólo las gracias y el trato de privilegiada de que ha sido objeto de parte de Dios, son debidos a su bondad y misericordia. Hasta la misma FE es un don de Dios, una gracia de Dios. Si ella no la pierde, como la han perdido los incrédulos, eso se lo debe a Dios. La perseverancia en la fe, es una gracia que está recibiendo continuamente.

 

12. Conclusión

 

El verdadero pobre de espíritu se encuentra sin ningún apoyo en sí, ni en sus bienes y méritos. Esos bienes no cuentan para Él en absoluto. Pero este pobre no se abate por ello; su moral y su confianza no se desmoronan. Ha encontrado la verdadera base, de toda garantía, donde se apoya con toda seguridad. Ese apoyo es Dios, el Dios bondadoso, misericordioso. En consecuencia, se halla "sin arrimo y con arrimo" (P 29), "sólo en su Dios arrimada". ¿Qué garantía tiene de que Dios está comprometido con Él? ¿Cómo estar seguro de que puede contar con Él?

La Santa nos lo explica: "Sé que no es esto (mis deseos) en manera alguna, lo que agrada a Dios en mi pequeña alma. Lo que le agrada es verme amar mi pequeñez, la esperanza ciega que tengo en su misericordia. He aquí mi único tesoro".

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