LA ORACIÓN, HACER ORACIÓN O SER ORANTE

 

Es ésta una cuestión que se plantea frecuentemente. Y con razón, pues tiene unas consecuencias transcendentales. Teresa es más orante que persona que hace oración como ejercicio específico. Es una de sus características más sobresalientes y hace de ella una santa de estilo original o moderno. Supone una ruptura de los moldes clásicos.

 

1. Trato constante con Dios. Descubrimiento del proyecto divino, de la obra que Dios quiere realizar en mí y por mí

 

a) Teresa adolescente

 

La Santa se ha distinguido siempre por su realismo. Supo aceptar la vida, las circunstancias y los acontecimientos concretos de su existencia, y darles un sentido de fe, convirtiéndolos así en cauces por los que derramaría el Señor su gracia. Llega muy pronto a constatar de qué modo tan admirable se realiza la obra de Dios en todas las persoñas cualquiera que sea su condición. Es cierto que algunos parecen más agraciados que otros. Tenemos la impresión de que Dios les brinda oportunidades y gracias que a otros niega. "Durante mucho tiempo estuve preguntándome a mí misma, por qué Dios tenía preferencias, por qué no todas las almas recibían las gracias en igual medida... Jesús se dignó instruirme acerca de este misterio... El ha querido crear santos grandes, que pueden compararse a las azucenas y a las rosas; pero ha creado también otras más pequeñas, y éstas han de contentarse con ser margaritas y violetas, destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira al suelo. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos... Comprendí también que el amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más sencilla que no opone resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime" (A 2v).

 

Grandes aspiraciones

 

Estas palabras expresan perfectamente cómo ve y reconoce la realidad de la vida y se percata de que para todos hay caminos por donde llegar a la meta sublime de la santidad. Este descubrimiento trae la paz y estimula a cada uno a trabajar con ilusión en su propio puesto sin sentirse frustrado. La Santita piensa así cuando ha llegado a su madurez. Antes hubo momentos en que su imaginación y sus grandes aspiraciones le hacían perder el contacto con el suelo y fijarse ideales inalcanzables. "Es verdad que al leer ciertos relatos caballerescos, no siempre percibía de momento la realidad de la vida, pero pronto me daba Dios a entender que la verdadera gloria es la que ha de durar eternamente y que para alcanzarla no era necesario realizar obras deslumbrantes sino esconderse y practicar la virtud de suerte que la mano izquierda ignore lo que hace la derecha... Por entonces recibí una gracia que he considerado como una de las más grandes de mi vida; pues en aquella edad no recibía las ilustraciones divinas de que ahora me veo inundada. Se me ocurrió pensar que había nacido para la gloria, y buscando el modo de alcanzarla, Dios me inspiró los sentimientos que acabo de escribir. Me hizo comprender también que mi gloria quedaría oculta a los ojos de los mortales, que consistiría ¡¡¡en llegar a ser una gran santa!!! (A 32r).

 

Aún no vislumbraba el camino concreto que le tocaría recorrer, pero divisaba ya en lontananza la meta y sus ardorosas aspiraciones la impulsaban a hacer todas las diligencias necesarias para alcanzarla. Durante este período de su vida, su oración es sencilla. Recita en particular las plegarias que le enseñaron. Hace el ofrecimiento de su corazón como expresión de su deseo de entregarse totalmente a Dios (Cfr. A 15v). Toma parte en los actos de piedad de la familia. Empieza a reflexionar sobre el poder de Dios en la naturaleza, que se manifiesta en la tormenta (Cfr. A 14v).

Experimenta sobre sí la acción de Dios por mediación de la Sma. Virgen, cuando la cura de una enfermedad extraña (Cfr. A 30r). Pero esta intervención de la Madre del cielo, que ella y sus familiares juzgan milagrosa, le va a acarrear sufrimientos. Así empezaría a aprender que la dulce mano de Dios nos toca con amor; pero que a veces la cura resulta dolorosa. La duda de si había sido una realidad o más bien una ilusión, o si había mentido al exponer a su hermana y a las religiosas lo que le había sucedido, la torturó durante cuatro años (Cfr. A 30v-31 r). Más tarde, Sor Teresa, ya madura, hace esta reflexión: "La Sma. Virgen permitió este tormento para bien de mi alma. Tal vez, sin él, habría tenido algún pensamiento de vanidad, mientras que tocándome en suerte la humillación, no podría mirarme a mí misma sin un sentimiento de profundo horror" (A 31 r).

El ambiente religioso de la familia, de la catequesis y del colegio, la llevan a ciertas formas de oración. Empieza a prepararse para la primera comunión. Las "prácticas" y las "jaculatorias" integran los medios concretos para vivir y expresar sus deseos y aspiraciones. Una cosa que le queda grabada para siempre y que constituye una de las características de su espiritualidad será la que ahora va a aprender. Su hermana María le "indicaba el medio para llegar a ser santa por la fidelidad en las más pequeñas cosas" (A 33r; Cfr. C 31 r). Una serie indefinida y variada de "cosas pequeñas" formará los peldaños para ascender hasta la cumbre de la montaña de la perfección.

 

b) La oración

 

Con el sentido sobrenatural que da a la vida y con la recitación de las plegarias, vive la oración en espíritu. Se siente en contacto con Dios, a quien percibe muy cerca de sí, y procura orientar toda su vida según su voluntad. El le habla y la ilumina a través de los acontecimientos.

Recibe un regalito de Celina durante la preparación para la primera comunión: una estampa titulada: "La florecilla del Divino Prisionero. ¡Cuántos pensamientos de amor me ha inspirado esta estampa!" (A 34v). Más tarde, las imágenes le servirán para reflexionar y le sugerirán algunas de sus intuiciones más profundas.

 

c) La soledad

 

Logra crear un pequeño oasis de aislamiento para entregarse a serias reflexiones. Los días de vacación "me metía en un espacio vacío detrás de mi cama y que fácilmente cerraba con la cortina, y allí pensaba... Pienso en Dios, en la vida..., en la eternidad, ¡en fin, pienso.... Ahora comprendo que, sin saberlo, hacía oración y que Dios me instruía ya en secreto" (A 33v). Nos relata los sentimientos que experimentó al recibir a Jesús en la Eucaristía por primera vez: "¡Ah qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma! Fue un beso de amor, me sentía amada, y decía a mi vez: "Os amo, me entrego a vos para siempre"... Hacía mucho tiempo que Jesús y la pobre Teresita se habían mirado y se habían comprendido... Aquel día, no era ya una mirada, sino una fusión". (A 35r).

 

Los encuentros con Jesús se suceden: en los ratos de meditación, en las visitas a las iglesias, al mirar una imagen y, sobre todo, al recibirle en la Eucaristía. La amistad entre los dos se desarrolla admirablemente, a pesar de ser tan desiguales. Se cruzan miradas con las que se comprenden a la perfección. Tiene ratos de oración intensa en la capilla de la Abadía. Al sentirse muy pobre de carácter (Cfr. A 37v), incapaz de entablar relaciones de amistad con las profesoras y compañeras, su único consuelo es permanecer delante del Smo. Sacramento. "¿No era, acaso, Jesús mi único amigo?"

Incapaz de disfrutar de la amistad humana, encuentra su equilibrio en la amistad con Jesús. La fe le ayuda a sobreponerse a sus deficiencias en lo humano. Más tarde, recordando estos tiempos desde la madurez de la fe y del desarrollo humano, exclamará: "Estaba segura de que era preferible hablar con Dios a hablar de Dios, ¡pues es mucho el amor propio que se mezcla en las conversaciones espirituales!" (A 40v).

 

Los ratos de oración y reflexión le ayudan a superar los momentos malos, tristes, casi depresivos, que sufre. Recobra "la paz y la fuerza" en su corazón repitiendo aquella sentencia tan seria y no muy propia de su edad: "La vida es tu navio y no tu morada" (A 41 r; Cfr. A 33v).

 

Es por estas fechas cuando una religiosa benedictina le enseña a "orar con el corazón". Y esta lección la llevará aprendida y la pondrá en práctica durante toda su vida. Pocos meses antes de morir revela cómo ora: "...hago como los niños..., digo a Dios con toda sencillez lo que quiero decirle, sin componer bellas frases, y siempre me entiende" (C 25r).

 

d) Ora a sus hermanitos del cielo

 

Teresita mira a Dios y a los demás moradores del cielo como una prolongación de su familia de la tierra, y acude a ellos con la misma confianza con que se dirige a su padre y a sus hermanas. Sufre mucho a causa de los escrúpulos. Era un tormento que nadie se puede figurar sin haberlo experimentado.

 

Al faltarle su confidente y directora, María, su hermana mayor, que ingresa en el convento del Carmen, recurre confiada, a sus hermanitos del cielo. "Su ida al cielo no me parecía razón suficiente para olvidarse de mí; al contrario, hallándose en situación de disponer de los tesoros divinos, debían coger de ellos la paz para mí, y mostrarme con eso que también en el cielo se sabe amar... Su respuesta no se hizo esperar. Pronto la paz inundó mi alma con sus ondas deliciosas, y comprendí que si era amada en la tierra, también lo era en el cielo" (A 44r; cfr. B 2v).

 

2. La gracia de Navidad (25-12-1886): un nuevo y transcendental descubrimiento

 

a) Un gran salto

 

La joven era fiel a sus prácticas religiosas y hasta se creía muy virtuosa. Estaba convencida de que actuaba "únicamente por Dios". Pero los hechos no se corresponden con esta imagen que tiene de sí misma. Al ser la pequeña, la mimada de la familia, no tomaba parte en las labores domésticas. Si alguna vez realizaba algún trabajito, había que agradecérselo; de lo contrario, las lágrimas brotaban de sus ojos para dar a entender que no habían reparado en su generosa colaboración. (Cfr. A 44v).

 

La noche de Navidad de 1886, cuando estaba a punto de cumplir los catorce años, se operará en ella un cambio profundo. La consideró como una de las gracias más señaladas que había recibido. La llamó su "verdadera conversión" (Ct 178). No sólo supera desde entonces su excesiva sensibilidad y se seca casi por completo la fuente de sus inmotivadas lágrimas, sino que sale definitivamente de su infancia, y ya convertida en persona adulta, inicia "¡una carrera de gigante!" (A 44v).

 

El gran cambio se manifestó, sobre todo, en que la joven rompió el círculo del egoísmo en que estaba encerrada. Dice ella: "sentí que entraba en mi corazón la caridad, la necesidad de olvidarme de mí misma por complacer a los demás. ¡Desde entonces fui dichosa!" En otra ocasión, la vista de una estampa de Cristo crucificado le causa una profunda impresión. Le parece que Jesús, desde la cruz, le repite: "Tengo sed", sed de almas. Y desde este momento ella desea permanecer al pie de la cruz para recoger y derramar sobre las almas de los pecadores la sangre salvadora derramada en el Calvario. Al principio, como aparece, su caridad tiene un campo de acción muy definido: las almas de los grandes pecadores a cuya salvación quiere el Señor que coopere la joven neoconvertida (Cfr. A 45v).

 

Su vida de oración va unida, o mejor, integrada en una vida de plegarias y de sacrificios para obtener de Dios su gracia misericordiosa. Así empieza su actividad apostólica que, desarrollándose y perfeccionándose a lo largo de su vida, la hará acreedora al título de "Patraña de las Misiones", y a otros no oficiales pero reconocidos por los fieles como los de "Madre de innumerables almas" y de "Abogada de los sacerdotes".

 

3. En la encrucijada

 

a) Amar y ser amad

 

Superadas las deficiencias infantiles o de inmadurez, la joven y precoz Teresita se enfrenta con el problema fundamental de las personas adultas y entra en una fase crítica. Escuchemos sus palabras: "Me hallaba en la edad más peligrosa para las jovencitas. Pero Dios realizó en mí lo que cuenta Ezequiel en sus profecías: Pasando a mi lado, Jesús vio que era llegada para mí la edad de ser amada. Hizo alianza conmigo, y yo me hice suya... Me alimentó con flor de harina, con miel y aceite en abundancia..." (A 47r). Dios le va abriendo el camino por medio de la lectura meditada. La instruye acerca de lo que tiene reservado a los que le aman, y la ardorosa joven "deseaba amar a Jesús con pasión, darle mil muestras de mi amor mientras tuviese tiempo para hacerlo" (A 47v).

 

Sus confidencias espirituales con Celina alcanzan cotas muy altas. Tienen la impresión de estar tocando el cielo con la mano, pues tan claro y tan cercano se les hacía. "Me parece que recibíamos gracias de un orden tan elevado como las concedidas a los grandes santos. Como dice la Imitación, Dios se comunica a veces en medio de un vivo resplandor, y a veces "dulcemente velado bajo sombras y figuras". De esta última manera se dignaba él manifestarse a nuestras almas, pero ¡qué transparente y ligero era el velo que escondía a Jesús de nuestras miradas! Gracias tan grandes no podían quedar sin frutos, y éstos fueron abundantes. La práctica de la virtud se nos hizo dulce y natural. Al principio, mi rostro traicionaba muchas veces el combate interior, pero poco a poco aquella impresión desapareció, y la renuncia se me hizo fácil" (A 48r).

 

b) Guiada por Jesús

 

Jesús la iba iluminando directamente, sin necesidad de intermediarios. El toma el timón de la navecilla y, como experto práctico, la va conduciendo por la peligrosa ruta, soslayando todos los escollos.

 

La joven Teresa busca su camino en contacto constante con su guía. Lo mira insistentemente, le consulta y espera su respuesta. Así va adquiriendo la "ciencia de los santos", la que necesita para vivir según la voluntad de su Maestro. Su primer campo de misión, su primera conquista será la de su propio corazón, que consiste en lograr que el verdadero móvil de sus acciones sea un amor desinteresado, sacrificado; luego pasará a preocuparse directamente de la salvación de los pecadores haciendo que la sangre redentora del Crucificado caiga sobre las almas. Se siente alentada por su primera conquista, la de "Pranzini, el gran criminal", al que llamará "mi primer hijo" (Cfr. A 46v-r).

 

"Era mi camino tan recto, tan luminoso, que no necesitaba a nadie por guía más que a Jesús... El, que en los días de su vida mortal llegó a exclamar en un transporte de alegría: "Os bendigo, Padre mío, porque habéis ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las habéis revelado a los más pequeños", quería hacer brillar en mí su misericordia. Porque yo era pequeña y débil, él se abajaba hasta mí, me instruía secretamente en las cosas de su amor" (A 49r). Cita que repite en: A 71 r; B 5v; C 4r; Ct 107. 170. 220; RP 6,8v.11r; Estampa 2.

 

c) Al Carmelo

 

Teresita divisaba ya la meta, por lo menos la material, de su peregrinación. Cita unos versos de San Juan de la Cruz para dar a entender cómo se efectúa su viaje:

 

"Sin otra luz ni guía,

sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba

más cierto que la luz del mediodía

adonde me esperaba

quien yo bien me sabía".

 

"El lugar donde me esperaba Jesús era el Carmelo... La llamada divina era tan apremiante, que si hubiese sido necesario pasar por entre llamas, lo habría hecho por mostrarme fiel a Jesús" (A 49r).

 

d) El viaje a Roma (4 Nov.- 2 Dic. 1887) 

 

Agotados todos los recursos ante el obispo para llevar a término su aspiración de entrar inmediatamente en el Carmelo, en última instancia recurre al Papa. Aprovechando una peregrinación diocesana, llega personalmente a los pies del jefe supremo de la Iglesia en la tierra. Este viaje no va a resultar estéril. Hace en él dos descubrimientos: Por una parte da con la razón principal de su vocación al Carmelo. "El único fin de nuestras oraciones y sacrificios es: ser cada una de nosotras apóstol de apóstoles rogando por los sacerdotes, mientras ellos evangelizan a las almas, sobre todo, con su ejemplo" (A 56r). Comprende que les resulta difícil vivir con suma fidelidad su sublime vocación. Desde que hace esta constatación, la tendrá siempre muy presente. Y por otra parte hace un segundo descubrimiento, no menos importante para su vida, y es que ahora cae en la cuenta de que uno puede y debe planear su porvenir, pero ha de estar a disposición de Dios. Hay que dejar siempre en sus manos las últimas decisiones sin pretender imponerle nada por muy bueno e incluso necesario que nos parezca.

 

A veces tenemos la impresión de que Dios no se atiene a nuestras razones más claras y convincentes. Parece, más bien, que obra por capricho. Ella tiene que amoldarse a ser la "pelotita" y el "juguetito del Niño Jesús" (Cfr. Ct 15 y 18). Hay que aceptar los designios divinos aunque se opongan a nuestras aspiraciones más justas y santas. Teresita no habla de que haya tenido que hacer un rato de oración como hicieron otros santos para acomodarse a los planes de Dios, pero sí hace un acto de fe por el que reconoce y acepta la libertad de Dios. Su proceder, en este caso, no parece comprensible desde nuestra lógica, incluso ilustrada por la fe, mas hay que entrar en los caminos misteriosos del que sabe y ve todo, y "cuyos caminos no son nuestros caminos". Las decepciones la dejan sumida en la desolación, pero "en el fondo del corazón yo sentía una gran paz, pues había hecho absolutamente todo lo que estaba en mi poder para mostrarme fiel a lo que el Señor me pedía. Pero esta paz estaba en el fondo, y la amargura llenaba mi alma, pues Jesús callaba. Parecía estar ausente, nada revelaba su presencia" (A 64r). Estos contratiempos la irán acostumbrando a renunciarse a sí misma, a sus planes y a soportar el silencio de Jesús. No es ella la que conduce la nave, es Jesús quien empuña el timón. Debe confiar y dejarse conducir por Él, en toda libertad, a donde y como Él quiera, aunque la travesía se realice en la noche más oscura. La candidata a santa aprende, entre lágrimas y angustias, la magnífica lección que el Señor le va dictando (Cfr. Ct 19 y 23).

 

A pesar de estas frustraciones, sus esperanzas no decaen. No "se quema". "Cuando Jesús me deje en la ribera bendita del Carmelo, quiero entregarme toda entera a él, no quiero vivir más que para él. Oh no, no temeré sus golpes, porque, aun en los más amargos sufrimientos, siento siempre que es su dulce mano la que golpea. Lo experimenté muy bien en Roma, en el momento mismo en que hubiera creído que la tierra se iba a hundir bajo mis pies" (Ct 23). Los contratiempos y humillaciones son necesarios. Es la única escuela para aprender a someterse dócilmente a los planes de Dios.

 

4. En el Carmelo

 

a) Sequedad absoluta

 

No halla consuelo en la oración. Aquel Jesús, que dormía mientras ella hacía diligencias para ingresar inmediatamente en el Carmelo, no acaba de despertar. Parece que se ha olvidado y desentendido totalmente de la ardorosa y fiel Teresita. Nos ha dejado ella una frase que resume cuanto acontece en su intimidad durante este tiempo. "La sequedad se hizo mi pan de cada día". Pero la valiente y tenaz luchadora no se arredra. "Y aun con estar privada de todo consuelo, me sentía la más feliz de las criaturas, pues veía cumplidos todos mis deseos" (A 73v).

Son muy reveladores los billetes, que pasó a sus hermanas durante el retiro de preparación para la toma de hábito. Vamos a ver algunos de sus párrafos: "Hoy más que ayer, si es posible, me he visto privada de todo consuelo. Doy gracias a Jesús, que juzga ser eso provechoso para mi alma; tal vez, si Él me consolara, me pararía en esas dulzuras; pero lo quiere todo para Él. Pues bien, ¡todo será para Él, todo! ¡Aun cuando no tuviera nada que ofrecerle, como esta tarde, le daría esta nadal Si Jesús no me da consuelos, me da una paz tan grande, que me parece el mayor bien" (Ct 50). "Al lado de Jesús, nada. ¡Sequedad!... Puesto que Jesús quiere dormir, ¿por qué se lo habría de impedir? Soy muy dichosa de que no se moleste por mí, ¡tratándome así demuestra que no soy para Él una extraña!, ¡pues os aseguro que no hace gasto alguno por darme conversación! ¡Quisiera amarle tanto! ¡Amarle como nunca ha sido amado! Mi único deseo es hacer siempre la voluntad de Jesús" (Ct 51).

 

"El cordero (sor Inés) se equivoca creyendo que el juguete de Jesús (Teresita) no está en tinieblas; está abismado en ellas. Tal vez, y el corderito está de acuerdo, esas tinieblas sean luminosas, pero no obstante son tinieblas. Una fuerza y una paz muy grande son su único consuelo y, además, cree estar como Jesús quiere que esté, he ahí su alegría, pues de otra manera sería tristeza" (Ct 54). La oración de la postulante no es nada afectiva, pero las tinieblas le resultan luminosas, pues le hacen comprender a Jesús, su manera de conducirse, y además, le dan fuerzas para aceptarle plenamente, sin perder la paz, que es el gran tesoro (P 22,2). No piensa que Jesús podía haberse alejado de ella por su infidelidad. Nunca le pasa por la mente semejante pensamiento. Cree que este es el plan de Jesús y ella lo acepta. Va cayendo en la cuenta de que a Dios hay que respetarle y nadie tiene derecho para acudir a Él con exigencias o contraproposiciones por muy convenientes que nos parezcan.

 

Desde el punto de vista oracional, lo que aquí aparece claro es que Dios se comunica de muchas maneras. Lo que importa no son los modos, sino la obra que realiza en las almas. En algunas actúa por medio de gracias sensibles, y en otras, como en el presente, sin ningún ruido ni señal apreciable. Pero los frutos son los mismos. Llegar a esta aceptación de los caminos del Señor, resignarse a que Jesús continúe dormido, como desentendido de ella, sin perder por ello la paz ni la alegría aunque no sea "gustada", y sentirse con grandes deseos de fidelidad, de hacer en todo su voluntad, de "amarle como nunca ha sido amado", supone un grado de oración o de perfección muy elevado. En último término, lo que cuenta es amar a Dios de veras. La obra que Dios ha realizado en otras almas por medio de comunicaciones extraordinarias, en esta la va llevando a término en la sequedad, en la oscuridad. Cada uno tiene que adaptarse a Dios y a sus planes.

 

b) Durante el noviciado

 

Sin director espiritual: "Hija mía, que Nuestro Señor sea vuestro superior y vuestro maestro de noviciado" (A 70r). La enfermedad de su padre, una enfermedad humillante para la familia, resulta para ella una "gran tribulación", o mejor aún, la tribulación por excelencia. Este sufrimiento le va a crear nuevas situaciones que ella analiza a la luz de la fe. Se da cuenta de que hay que soportarlo con alegría, que no siempre es una alegría "viva", sino más bien "no gustada", como una especie de paz, que permanece en el fondo del alma (Ct 54. 61). En muchos casos, no pasa de ser una paz serena para aceptar los planes de aquel, cuyos "pensamientos no son nuestros pensamientos" (Cfr. Ct 59. 63). No se debe pretender llevar siempre la cruz con garbo, con entusiasmo. A veces se la arrastra a duras penas. Esta humillación constituye una eficaz medicina para purificar a las pobrecitas y débiles almas de todo brote de orgullo. "El grano de arena (ella misma) quiere poner manos a la obra sin alegría, sin ánimo, sin fuerzas y, todos estos títulos le facilitaron la empresa, quiere trabajar por amor" (Ct 59). Lo que San Pablo aprendió a través de la revelación divina (Cfr. 2 Cor 12,1-12), Teresita lo va descubriendo en su pobrísima vida de oración, sumergida en tinieblas (Cfr. Ct 87). La sequedad es tal, o las tinieblas tan densas, que Jesús parece hallarse a "mil leguas" (Ct 32). No encuentra consuelos, pero recibe luces, todas las que necesita para desenvolverse en su vida (Cfr. A 76r; Ct 83. 114).

La vida con frecuencia es pesada "si al menos se sintiese a Jesús. ¡Oh, con qué gusto se daría todo con Él!" (Ct 32)."A los sufrimientos físicos o morales se juntan "las penas del alma", las arideces, las angustias, las frialdades aparentes." ¡Ah! es gran amor amar a Jesús sin sentir la dulzura de este amor, he ahí un gran martirio...Pues bien, muramos mártires*" (Ct 73. 93) Con cierto aire de confianza y seguridad en sí misma se atreve a escribir: "Antes se cansará Él (Jesús) de hacerme esperar, que yo de esperarle (Ct81).

 

Aún no ha descubierto claramente su pequeñez, su debilidad, su dependencia de la pura gracia. Más tarde constatará que no puede apoyarse en sus fuerzas, que no posee más base de seguridad que la bondad y la misericordia de Dios (Cfr. UC 6.8.8). Pero esta dependencia implica una gran ventaja, y es que en adelante no podemos esgrimir el pretexto de nuestra debilidad y pequeñez para renunciar a la gran empresa de la santidad. Jesús se ha hecho pobre para asemejarse a nosotros. Su condición ya no le distancia tanto de los pequeños y débiles. Se nos ha hecho accesible, imitable (Cfr. Ct 87; P 23) Ha salvado al mundo con su vida de pobreza y debilidad. Lo que importa es el amor. Jesús sufrió con tristeza (Ct 65). Para Teresita: "Su debilidad es la que constituye toda su confianza" (Ct 68).

 

c) El apostolado

 

Tiene una gran preocupación por ayudar a los hermanos de toda condición, pero con un interés especial a los sacerdotes. No sólo trata de asistirles con la oración sino con toda la vida: con el sacrificio, con la fidelidad, con el amor (Cfr. Ct 73. 74. 76. 79). Con razón la invocarán más tarde como "abogada de los sacerdotes". Así encuentra el sentido de todas sus actividades realizadas con espíritu de fe. Para ella no quedan espacios vacíos en la jornada de cada día. Todos los trabajos son útiles, productivos, aun los que parecen más sencillos e insignificantes. "Hagamos de nuestra vida un sacrificio continuo, un martirio de amor para consolar a Jesús...Que todos los instantes de nuestra vida sean sólo para Él" (Ct 74. A Celina). "No siento envidia por los que van a Lourdes, prefiero la monotonía del sacrificio" (Ct 85; cfr. Ct 17)

 

d) La profesión religiosa

 

Se acerca el momento culminante de su consagración al Señor en la vida carmelitana, algo que ella había buscado y esperado con ansiedad. El año y medio de noviciado, que a la "pobre Teresita se le hizo larguísimo" (A 73v), no ha modificado su panorama oracional. Nos ha dejado un párrafo y unas frases, que resumen el proceso y el estado en que se encuentra al entrar en el retiro de preparación para emitir los votos religiosos. "Lejos de aportarme consuelos, este retiro me ocasionó la aridez más absoluta y casi el abandono. En mi navecilla Jesús dormía como de costumbre..Tal vez no se despierte hasta mi gran retiro de la eternidad; pero esto, en lugar de entristecerme, me causa un contento grandísimo" (A 75v). Los billetes, que durante estos días pasa a sus hermanas, revelan su estado. "Pedidle que me dé mucho amor... No deseo el amor sensible, sino el amor conocido sólo por Jesús...¡Oh, amarle y hacerle amar! ¡Qué dulce es esto!" (Ct 89). Esta frase resume ya su programa. Sabe que lo que interesa es amar a Jesús y hacerle amar. No importa que no se sienta nada con tal que su amor sea una realidad. Más tarde expondrá cómo entiende ella esta situación cuando escribe a Celina: "Se complace (Jesús) en verla en el desierto "sin tener otro oficio que el de amar", sufriendo, ¡sin siquiera sentir que ama" (Ct 137).

 

Días de sequedad

 

Unos días más tarde en otra misiva a su hermana: "No comprendo el retiro que estoy haciendo, no pienso en nada. En una palabra, ¡estoy en un subterráneo muy oscuro! ¡Oh, pedid a Jesús para que no permita que las almas sean privadas, por causa mía, de las luces que les son necesarias, sino que mis tinieblas sirvan para esclarecerlas... Consentiré, si es su voluntad, en caminar toda mi vida por la ruta oscura que sigo" (Ct 90; C 7r). Así es como acepta el designio divino de tener que vivir sin satisfacciones espirituales cuando ha renunciado a todas las terrenas por Jesús.

 

Al poco tiempo, vuelve a exponer lo que le acontece: "Es necesario que la pequeña solitaria os comunique su viaje. Ella se pone incondicionalmente en las manos de Jesús para que la conduzca como Él quiera. La única condición que le pone, es la de asegurar la llegada a la cumbre de la montaña del amor. "Entonces Jesús me tomó de la mano y me hizo entrar en un subterráneo donde no hace frío ni calor, donde no luce el sol... Ni mi Prometido me dice nada, ni yo le digo tampoco nada a Él, sino que le amo más que a mí misma. No veo que avancemos hacia la cumbre de la montaña, pues nuestro viaje se hace bajo tierra; pero sin embargo, me parece que nos acercamos a ella sin saber cómo. La ruta que sigo no es de ningún consuelo para mí, y no obstante, me trae todos los consuelos, puesto que Jesús es quien la ha escogido y a quien deseo consolar. ¡Sólo a Él, sólo a Él!" (Ct 91).

 

Deja a Jesús en libertad para que Él elija el camino. Tiene una confianza ciega en Él, en su amor. No necesita otra garantía. En medio de la oscuridad, carente de toda manifestación sensible de la presencia y del amor de Jesús, a pesar de no percibir ninguna señalización que le asegure que progresa, continúa su camino con paz y serenidad, contenta de adaptarse a lo que Jesús ha escogido. Pero la oscuridad no cede, no se entreabre ningún claro como declara la noctámbula: "¡Su viaje de bodas es muy árido! Su prometido, es verdad, le hace recorrer países muy fértiles y magníficos, pero la noche le impide admirar cosa alguna, y sobre todo, de gozar de tales maravillas. ¿Pensaréis, acaso, que se aflige? No, al contrario, es feliz siguiendo a su Prometido por amor a Él solo y no por sus dones. ¡El solo! ¡Es tan bello! ¡Tan encantador aun cuando se calla..., aun cuando se esconde" (Ct 92).Así ha transcurrido su retiro. Parece que no ha podido orar en absoluto, pero logra ver la realidad con tal lucidez y aceptar la voluntad de Dios con tal entrega, con tal desinterés y pureza, que la cosecha en frutos resulta copiosa. "Si no son gracias de consolación, son sin duda gracias de luz" (Ct 83). Cierto que estas tinieblas son verdaderamente iluminadoras. Le han hecho comprender rasgos importantísimos de su Amado. "La pobre prometida de Jesús sabe que ama a Jesús sólo por Él, y no quiere mirar el rostro de su Amado sino para sorprender en Él las lágrimas que corren de sus ojos que la han cautivado con sus escondidos encantos" (Ct 93). Dios se le comunicó sin ruido, como un suave céfiro, en su profesión (A 76v).

 

e) Continúa la noche oscura

 

Celebrada la profesión y tomado el velo entre alegrías y pequeñas frustraciones y algunas lágrimas (Cfr. A 77r), la joven carmelita reanuda su monótona vida conventual. En una carta, que escribe a su hermana Celina, le comunica lo siguiente: "La vida es misteriosa, no sabemos nada, no vemos nada. Sin embargo Jesús, Jesús nos ha revelado lo que ojo no vio... Nuestro corazón presiente lo que no podría comprender. Pero a veces carecemos de pensamientos para expresar lo que sentimos" (Ct 104).

 

La intensidad y la prolongación de la prueba empieza a surtir efecto, a minar un poco la entereza y, tal vez, hasta la sutil arrogancia de la pequeña viajera del subterráneo. Es interesante observar que Sor Teresa, a diferencia de algunos contemplativos como San Juan de la Cruz, nunca piensa, por lo menos hasta ahora, que Dios pueda abandonarla. Se oculta, pero no se retira. Ella se siente segura de que El la quiere, aunque no le manifieste expresamente su amor. Se esconde pero se le adivina (Ct 127,3).

 

Unas palabras oportunas

 

Las luces que recibe constituyen una indudable garantía de ello. Pero llega un momento en que esta seguridad, que parecía inquebrantable, empieza a ceder. "Aquel día me encontraba yo sumamente probada, casi triste, dentro de una noche tal, que hasta dudaba de si era o no amada por Dios". La M. Genoveva pronuncia, muy oportunamente unas palabras consoladoras. Son éstas: "Servid a Dios con paz y alegría. Acordaos, hija mía, de que nuestro Dios es el Dios de la paz" (A 78r). La paz, arraigada por lo menos en el fondo del alma, y la alegría, aunque no siempre "gustada", constituirán los elementos interiores fundamentales de su vida (Cfr. P37).

 

Poco después de este episodio, la prueba vuelve a asomar, esta vez con mayor violencia. La paz y la alegría no debieron durar mucho, por lo menos en su viveza. Al año de su profesión: 7-15 de Oct. de 1891, la comunidad hizo Ejercicios Espirituales bajo la dirección de un Padre franciscano. Veamos cómo se encontraba la neoprofesa: "Ordinariamente, los retiros predicados me resultan todavía más penosos que los que hago sola. Pero aquel año no fue así... Sufría por entonces grandes inquietudes interiores de toda clase (hasta llegar a preguntarme a veces si existía el cielo). Estaba dispuesta a callar acerca de mi estado interior por no saber cómo expresarme. Pero apenas entré en el confesonario, sentí que mi alma se dilataba... Me lanzó a velas desplegadas por los mares de la confianza y del amor, que me atraían fuertemente, pero por los que no me atrevía a navegar... Me dijo que mis faltas no desagradaban a Dios... ("Faltas que no le ofenden, faltas que sólo humillan" (Ct 89, May. de 1890; UC 25.7.7)). Esta seguridad me colmó de alegría...En el fondo de mi corazón estaba convencida de ello, pues Dios es más tierno que una madre" (A 80v).

 

En su correspondencia con Celina, expresa sus sentimientos más íntimos. No recibe comunicaciones sensibles de su Amado pero éste "instruye a mi alma, le habla en el silencio, en las tinieblas" (Ct 114). Se cree bien orientada, suficientemente asistida. Por eso, no se angustia. Camina en paz, "a oscuras y segura".

 

Continúa preocupada por el problema de la salvación de las almas. Un día le impresionó el texto del Evangelio en que Jesús exhorta a sus discípulos a que pidan al dueño de la mies que envíe operarios a su campo. "Es Jesús quien siente por nosotras un amor tan incomprensible, que quiere que tengamos parte con Él en la salvación de las almas. No quiere hacer nada sin nosotras. El apostolado de la oración ¿no es, por decirlo así, más elevado que el de la palabra? Nuestra misión, como carmelitas, es la de formar obreros evangélicos que salven a millares de almas, cuyas madres seremos nosotras. Celina, si no fuesen éstas las palabras de Jesús, ¿quién se atrevería a creerlas?... ¡Me parece tan bella la participación!... ¿Qué tenemos que envidiar a los sacerdotes?" (Ct 114; C 36r).

 

5. Apostolad

 

a) Aceptación de su pequeñez y de su misión poco brillante en la Iglesia

 

Una de las tentaciones que sufrimos es la de pensar que nuestra misión en la Iglesia no tiene importancia. Comprendemos que la del Papa y de otros personajes destacados, es de gran responsabilidad. De ella dependen, en gran medida, el prestigio de la Iglesia y la eficacia de la labor apostólica. Pero nuestra vida, tan insignificante, tan carente de relieve, no tiene apenas valor. Por eso, casi no merece la pena tomarla tan en serio. Esta reflexión, más o menos consciente, nos incita a estacionarnos en la mediocridad como desmoralizados por la trivialidad de nuestro destino.

 

Sor Teresa llega a descubrir que todas las criaturas humanas, todos los miembros del Cuerpo Místico, son valiosos a los ojos de Dios. Cada uno constituye una pieza trascendental en sus misteriosos planes. En una carta a su hermana Celina, que vivía desilusionada, casi deprimida, le da a entender lo equivocada que estaba. En la mañana del día en que escribe, ha recibido nuevas luces acerca de los deseos de Jesús sobre su alma. No hay motivos para que Celina, pequeña flor, envidie a las grandes. Jesús se nos presenta como el "Lirio de los valles". Esta flor no necesita, para conservar su lozanía y desarrollarse con vigor, más que una goti-ta de rocío cada mañana en su corola. Esta gotita tan insignificante le basta. Celina debe resignarse y hasta ha de sentirse muy orgullosa de no ser más que una "gotita de rocío", sencilla y pequeña, pues con eso cumple su misión. Con su pequenez aporta a Jesús lo que éste necesita para desarrollarse, es decir, para llevar a término su obra salvífica. "Una gotita de rocío" (Cfr. Ct 120).

 

Es fundamental que cada creyente asuma con ilusión, con amor, su propia misión, convencido de que su aportación es de alta eficacia. Jesús, Dios omnipotente, no está condicionado por nada ni por nadie, para llevar a cabo su obra, pero en sus designios condescendientes, desea recibir de nosotros esa insignificante cooperación.

 

¡Qué grande es cada persona humana cuando la miramos desde la fe; y qué maravillosa la obra que en ella y por ella tiene Dios determinado realizar! Dos años más tarde escribirá esta frase tan significativa: "Comprendo también que el amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más sencilla, que no opone resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime" (A 2v).

 

b) En las manos de Dios

 

Su pensamiento va avanzando y descubre nuevos horizontes. Si hubo un tiempo en que había creído que "la santidad hay que conquistarla a punta de espada" (Ct 65), caerá ahora en la cuenta de que su ardoroso empeño iba mal encaminado. Dios la va iluminando poco a poco. Ha llegado ya a una convicción fundamental y hasta definitiva, en cierto sentido. Los planes de Dios, su manera de trazar el camino a los hombres, no coincide con nuestros ideales ni con nuestra lógica. No es cuestión de satisfacer nuestra generosidad orgullosa de dar, de sentirnos acreedores, con la garantía de nuestras obras en la mano. "Se ha dicho, -afirma Sor Teresa-, que es mucho más dulce dar que recibir, y es verdad; pero cuando Jesús quiere reservarse para sí la dulzura de dar, no sería delicado negársela. Dejémosle tomar y dar todo lo que quiera; la perfección consiste en hacer su voluntad" (Ct 121). En otro lugar dirá más tarde que "la perfección consiste en ser lo que Él quiere que seamos" (A 2v).

 

Si es así, ya no queda ningún camino trazado de antemano por nosotros. Lo que cabe y se debe hacer, es "abandonarse, entregarse sin reservarse nada, ni siquiera la alegría de saber cuánto rinde la banca" (Ct 121). La iniciativa, la generosidad, son atributos divinos. Nuestro destino es el de aceptar, de no poner obstáculos a la acción de Dios.

 

c) Palpando la propia pequeñez e incapacidad

 

Hay momentos y períodos en nuestra vida en que parece que todo se ha estancado. Tenemos la impresión de que Dios ya no nos pide nada. Ya no hay ilusiones ni aspiraciones elevadas. Todo eso ha desaparecido por decepción o por impotencia. Nuestra Santita también siente esta tentación pero, como en tantas otras ocasiones, recibe una inspiración. Cuando estamos así en sequedad, en tinieblas, cuando no hay ánimo para emprender grandes acciones, es necesario mantener el fuego del amor. Nunca hay que dejar de amar a Dios, de demostrarle nuestro amor. ¿Cómo se ha de proceder para ello? "Yo lo he experimentado: cuando no siento nada, cuando soy incapaz de orar, de practicar la virtud, entonces es el momento de buscar pequeñas ocasiones, nadas, que agradan a Jesús más que el imperio del mundo, más aún que el martirio sufrido generosamente. Por ejemplo: una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de callarme o mostrar un semblante enojado... Cuando no tengo ocasiones, quiero, al menos, decirle con frecuencia que le amo" (Ct 122).

 

En todo esto vamos viendo cómo para Sor Teresa la sequedad no es un obstáculo para convivir conscientemente con Dios. Aceptando su pobreza, su pequenez, que resulta tan llamativa cuando se compara con los grandes santos, que se han distinguido por sus extraordinarias gracias de oración u obras de apostolado y de caridad, da a Jesús su pobre vida de cada día, su monótona e insignificante jornada conventual. Ora, se puede decir, con la vida. En este estado de pobreza, pone todo lo que es y todo lo que puede hacer buscando constantemente, a través de todos los acontecimientos íntimos y externos, complacer a Jesús (Ct 122. 148. 228; UC 16.7.6; 30.7.3; CRG 2,41; 3,2).

 

En este estado de impotencia para orar, para tener una oración jugosa y gratificante, con bellos pensamientos, como correspondería a su vocación de contemplativa, de gran orante, lo único que puede ofrecer a Jesús es la actitud de su corazón. Oigamos sus palabras: "Cuando estoy junto al tabernáculo no sé decir más que una sola cosa a Nuestro Señor: "Dios mío, vos sabéis que os amo". Y estoy segura de que mi oración no le cansa a Jesús. Conociendo la impotencia de su pequeña esposa, se contenta con su buena voluntad" (Ct 131; Cfr. Ct 122. 91).

 

A Celina la consuela e instruye con estas palabras: "Jesús se complace en verla en el desierto sin otro oficio que el de amar, sufriendo ¡sin saber siquiera que le ama!" (C 137). Si uno supiera y experimentara que le ama, sentiría una gran satisfacción, pero al no tener ganas sensibles, apasionadas de amarle, cree que no le ama. De ahí el gran sufrimiento y hasta la desolación.

 

Ella nunca acaba de salir de este estado de oscuridad y de abandono de parte de Jesús. El nunca le hace caso. Pinta a un Niño Jesús con los ojos cerrados y se explica en estos términos: "Pinto al divino Niño de esa manera para demostrar lo que Él es respecto a mí. Efectivamente, Él está dormido casi siempre...¡El Jesús de la pobre Teresa no la acaricia como acariciaba a su Sma. Madre!...Sin embargo, los ojitos cerrados de Jesús dicen mucho a mi alma, y puesto que Él no me acaricia, yo procuro, por mi parte, complacerle" (Ct 139).

 

d) Fieles en la sequedad

 

"Lo que es un alma en la sequedad a quien nadie puede alegrar ni consolar... Muchas veces bajamos a los valles fértiles, donde nuestro corazón gusta de alimentarse; el vasto campo de la Escritura, que tantas veces se ha abierto ante nosotros para derramar en favor nuestro, sus ricos tesoros, ese vasto campo, nos parece un desierto árido y sin agua, y ni siquiera sabemos dónde estamos; en vez de la paz, de la luz, no hallamos más que turbación o, al menos, las tinieblas... Nos creemos, a veces, abandonadas... Él, (Jesús), ve nuestra tristeza y de repente su dulce voz se deja oír. Vuélvete... Guardar la palabra de Jesús, he aquí la única condición para nuestra felicidad, la prueba de nuestro amor a Jesús" (Ct 144; cfr. Ct 121; P 17,1-2).

 

En la oscuridad, la fe debe permanecer firme, pues aunque nosotros no lo sintamos ni lo comprendamos, Jesús está ahí, envuelto en la nube. Y nuestra única respuesta es la de la fidelidad, la del amor, aunque no sea "gustado", sensible (Cfr. Ct 40. 122. 152. 137. 144; C 31 r). Durante la prueba de la fe: "Pero él (Dios) sabe muy bien que aun no experimentando el gozo de la fe, procuro al menos realizar sus obras" (C 7r).

 

Contemplando desde fuera este estado, se ven motivos para desasosegarse y hasta para alarmarse. Hemos mencionado su sequedad en los Ejercicios espirituales de comunidad. Mas no es eso sólo, hay otros indicios que parecen más graves. El confesor la reprendió pensando que había alguna negligencia de parte de la interesada, y una religiosa llegó a decirle que ya tenía un pie en el infierno (Cfr. CG.LT 112, n.e.p. 564). Pero veamos cómo se explica la Santa. Su reacción nos extraña. Se alegra de su sequedad. "En vez de alegrarme de mi sequedad, debía atribuirla a mi falta de fervor y de fidelidad. Debiera entristecerme por dormirme, -en estos siete años-, en la oración y durante la acción de gracias. Pues bien, no me entristezco. Pienso, que los niños agradan tanto a sus padres, cuando están dormidos, como cuando están despiertos...En una palabra, pienso que " el Señor conoce nuestra nada, se acuerda de que no somos más que polvo" (A 75v).

 

¿Qué pensará, cómo reaccionará Jesús frente a esta pobre criatura? Teresa lo expresa acertadamente en unos versos: "Cuando me despierto, Jesús, Tú me sonríes" (PN 15,3). Ella mira a Dios y le comprende, y mirándose a sí misma, se acepta en su fragilidad, en sus limitaciones.

Así va llevando su pobre vida de oración, a gran distancia de los que pasaban noches enteras con la mirada clavada en su Dios. Vuelve a recordar: "Hay muchas moradas en la casa de mi padre", y diversos accesos para llegar a ellas. Esto es lo que la consuela, lo que hace que no se altere su paz.

 

e) La oración del contemplativo

 

La Santa no habla mucho de la naturaleza de la oración como ejercicio. Es en los últimos meses de su vida cuando nos ha dejado unas enseñanzas interesantes acerca de cómo lleva ella su vida de orante.

 

Teresa es una auténtica contemplativa. Como tal ha comprendido admirablemente tanto el apostolado como la oración.

Ya hemos visto que ora con la vida, con todo su ser y con todas sus actividades. Al informarnos de su modo de encomendar a Dios a los seres que ama y que están bajo su responsabilidad, nos confiesa que no le presenta largas listas de intenciones y de personas. Se empeña en unirse a Jesús y arrastra consigo hacia él a todas las almas. Ella se purifica y, en consecuencia, purifica a los demás, a la Iglesia entera (Cfr. C 33v).

 

De este modo hace oración eficaz y ejerce su apostolado, lleva las almas a Dios. No hay necesidad de explicitar delante de él las gracias concretas que desea obtener. Comprendió el sentido de las palabras de los Cantares: "ATRAEME, CORREREMOS tras el olor de tus perfumes" (C 34r). Más tarde vuelve sobre el mismo tema con intención de aclarar su pensamiento (C 35v-36v). "Un alma abrasada de amor no puede permanecer inactiva". Estas son las que hacen con la vida, con su amor, una eficaz oración de intercesión. Todos los santos lo entendieron así, y más particularmente tal vez, los que llenaron el universo con la luz de la doctrina evangélica". Cita a san Agustín, san Juan de la Cruz, santo Tomás de Aquino, etc.. Quizás quiera insistir en que los doctores, los maestros espirituales, influyeron más con su vida que con sus libros (Cfr. A 83r; B 1 r; Ct 203; CRG 3,6). Añade: "Un sabio dijo: "Dadme una palanca, un punto de apoyo, y levantaré el mundo". Lo que Arquímedes no pudo lograr, porque su petición no se dirigía a Dios y porque, además, iba hecha desde un punto de vista material, lo lograron los santos en toda su plenitud. El Todopoderoso les dio un punto de apoyo: ¡EL MISMO! ¡EL SOLO!, y una palanca: la oración, que quema con fuego de amor. Y así levantaron el mundo. Y así lo siguen levantando los santos que aún militan en la tierra, y así lo levantarán, hasta el fin del mundo, los que vengan" (C 36r-v).

 

Este es el poder de la oración, de la oración hecha vida (Cfr. C 25r. 35v). Es ésta la manera propia de entender la vida de oración por los contemplativos. Véase lo que se dice del apostolado contemplativo.

 

f) La oración vocal

 

Tenía mucha dificultad para practicar esta modalidad de oración. Nos lo confiesa con una sinceridad admirable (Cfr. C 25r-v; UC 6.8.6; 20.8.6). Le cansaba y hasta le repugnaba la repetición de fórmulas hechas. Para ella la oración no es un ejercicio de labios, sino una actitud del corazón de cara al Dios-Amor. Esta actitud se manifiesta con gestos y actos muy sencillos y breves. Veamos sus propias palabras: "Para mí la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio de la tribulación como en medio de la alegría" (C 25v).

 

"Un impulso del corazón", "una simple mirada", "un grito que lanza", una sacudida de su ser que experimenta al contemplar al Dios-Amor misericordioso. Simplemente se dirige al cielo, a la persona de Dios, de Jesús. Comprende la mirada de Jesús (Cfr. Ct 74; RP 2,2r). Como respuesta, expresa en un gesto de los arriba citados, todo lo que hay en su interior sin necesidad de dar explicaciones prolijas y complicadas.

Ese encuentro con Dios es como un choque que siempre, sea cual sea la situación del orante: de tribulación, de paz serena, de alegría vibrante..., produce los mismos sentimientos de agradecimiento y de amor. Pues Dios es inmutable en su actitud para con nosotros, y el alma lo encuentra siempre igual: lleno de amor.

 

Algunas veces, las manifestaciones son más explícitas, más conceptualizadas. "Como un niño, le digo a Dios con sencillez lo que quiero decirle, sin componer bellas frases, y siempre me entiende" (C 25r; Cfr. UC 18.4.2). Para la Santa, que es de tipo intuitivo, la mirada dice mucho. Sabe descubrir en ella un sentido profundo (Cfr. Ct 107.113.171; P 17,3; 30,1; PN 11. 41. 49). Llega a pensar que es el medio más excelente para comunicarse, el que se empleará en el cielo (Cfr. A 56r; Ct 85. 132. 142. 147). Se dan situaciones en que su trato con Jesús se plasma en un simple intercambio de miradas (Cfr. Ct 107; 113).

 

Otras veces pondrá todo su corazón en un suspiro (Cfr. A 73v; 75r). "Tendré muchas cosas que decirle (a Jesús) pero no me será difícil, un solo suspiro se lo dirá todo" (Ct 66). ¡Qué carga de amor puede llevar toda la vida! Siendo aún novicia escribe a Celina: "Hagamos de nuestra vida un sacrificio continuo, un martirio de amor para consolar a Jesús. El no quiere más que una mirada, un suspiro" (Ct 74). Tres años más tarde escribe a la misma glosando las palabras de Jesús: "¡no espero más que una oración, un suspiro de vuestro corazón!" (Ct 114).

 

Sor Genoveva encuentra en su celda la víspera de su profesión un contrato de Alianza con Jesús, en el que entre otras cosas éste le dice: "El más ligero de tus suspiros de amor abrasará con un ardor nuevo a mis hijas escogidas" (Ct 163).

 

Puede asegurar a su hermana Leonia: "Dios es mucho mejor de lo que tú piensas... Se contenta con una mirada, con un suspiro de amor" (C 171; Cfr. C 74).

 

Habrá situaciones en que parece que nada reacciona en su ser. No hay ninguna expresión, ninguna manifestación de lo que siente; pero en el fondo de su ser hay un corazón que vive y vibra. No dice nada a Jesús. No hay palabras ni gestos externos, pero en su interior continúa actuando una gran fuerza: Ama. "¡No le digo nada, te amo" (UC/G, Sept. 2; R 1015; Ct 91).

 

4. La despedida

 

"Todo pasa en este mundo mortal, incluso el "bebé". Pero él volverá" (UC 2.8.5). Sor Teresa se va, pero volverá, o mejor, se queda. No se ausenta, porque desde el cielo continúa su actividad asistenciai en este mundo (Cfr. UC 17 de julio). Pero no es eso sólo. Deja aquí una huella, una estela bien marcada. Hace camino. Es que la obra, que Dios ha llevado a cabo en ella, no es singular, irrepetible. Al contrario. Ha sido como un modelo, un ejemplar, de las realizaciones que desea multiplicar. En este sentido, su vida se propone, no como un acontecimiento, que se produjo una vez, sino como un camino a recorrer, una muestra de lo que Dios desea realizar en muchas otras almas. Es como si dijera: mirad lo que he realizado en la pequeña Teresa. Esto lo quiero repetir en cada uno de vosotros. Así lo entendió ella misma. Por eso, lo que anhela es que Dios se digne revelar su "caminito" a muchos más. Cierra el Manuscrito "B" con esta plegaria dirigida a Jesús: "Te suplico que hagas descender tu mirada divina sobre un gran número de almas pequeñas. ¡Te suplico que escojas una legión de pequeñas víctimas dignas de tu AMOR! La pequeñísima sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz" (B 5v).

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