LA CONFIANZA Y EL PECADO

 

1. Conciencia de pecado

La santa de la confianza apenas emplea los términos de pecado y pecador aplicados a sí misma, a sus deficiencias. En la edad adulta, cuando está ya encaminada clara y definitivamente en su proceso, se sirve de expresiones como "faltas", "infidelidades", "indelicadezas", "no ser fiel". No es fácil adivinar por qué soslaya la palabra "pecado". Lo cierto es que la cosa es así. En vista de ello, algunos han llegado a afirmar que no tiene conciencia de pecado. Por eso no toma delante de Dios la actitud de temor, de sentirse reprendida, que debe tomar todo creyente. Y eso es muy grave. Quizá ella misma abrigó cierta preocupación a este respecto. Sentía cierta inquietud por cerciorarse de que era humilde de corazón (Cfr. UC 4.8.3; 30.9.15). Es que la humildad proviene, principalmente, de la conciencia de ser pecador. Es la virtud característica de los pecadores arrepentidos (Cfr. P 19,29).

Yo pienso que sí tiene conciencia y muy clara, de que es pecadora, aunque se da cuenta de que no pertenece a esa categoría de los que entre la gente piadosa se llaman "pecadores". Ella no es una convertida. Pertenecía a la clase de los "justos", de los que no están exentos de toda falta, pero se sienten llamados, por vocación, a orar por los pecadores y a expiar los pecados ajenos (Cfr. Ct 220). Esto no obstante, se creía y se consideraba pecadora. Hay una escena en la que ella se denomina a sí misma "pobre pecadora". Un día dio a entender como que se sentía colmada de gracias, arribada a la cumbre de la madurez espiritual o santidad. Al poco tiempo cayó en la cuenta de su afirmación y reaccionó con la impresión de haber cometido una falta de orgullo. Le hacía pensar y hasta dudar de si era humilde (UC 4.8.3). Unos días después se le presentó la ocasión y recibió la gracia para sentirse y reconocerse pecadora. Sucedió así. Al llevarle la comunión, durante su última enfermedad, escuchó cómo toda la comunidad rezaba el Confíteor pidiendo a Dios, por la intercesión de los santos, el perdón para ella. Se emocionó. "Pensaba yo - nos dice -: conviene pedir a Dios, a todos los santos, perdón para mí en este momento... Igual que el publicano me sentía una gran pecadora" (UC 12.8.3; cfr. Ct 201).

Probablemente los escrúpulos que sufrió en su primera adolescencia resultaron providenciales. Le hicieron palpar la posibilidad, incluso, la realidad, del pecado en su vida. La humillaron y le quitaron toda complacencia en sí misma, en su inocencia. A todo este periodo de dudas e inquietudes se puede aplicar aquello de que "no podía mirarme a mí misma sin un sentimiento de profundo horror" (A 31 r). Al relatar la historia de esta época habla de pecados. Más tarde, cuando ha llegado a cierta madurez espiritual, ha entrado plenamente en la vida teologal y percibe la actitud de Dios para con nosotros, el amor que nos tiene, especialmente a ella misma, el pecado lo contempla como una falta de correspondencia a tanto amor, como una infidelidad al que nos busca, nos ama sinceramente y nos atiende en todo momento y situación, con tanto interés, con tanto empeño.

 

Admiración por los santos

 

En esta perspectiva, el pecado será "indelicadeza" o "infidelidad" a ese amor. "Pecado" le sonaba a quebrantamiento consciente, malicioso y constante de un mandamiento. Pero sus faltas eran de debilidad y reaccionaba pronto. Yo creo que aquí puede estar la clave para explicar la terminología de Teresa. Le preocupó mucho la incertidum-bre de si había cometido algún pecado grave en su vida (A 70r; UC 4.7.4; UCG p.677). La intranquilizó, la hizo sufrir. Ya hemos expuesto la historia de este problema.

 

Ella se sintió atraída por las almas que no habían perdido su inocencia más que por los santos convertidos. "Cuando leía la vida de aquellos santos a los que el Señor quiso acariciar desde la cuna al sepulcro retirando de su camino todos los obstáculos que pudieran impedirles elevarse hacia él, previniendo a esas almas con tales favores que no pudieran empañar el brillo de su vestidura bautismal" (A 2v). Sintió verdadera admiración por estos predestinados. Refiriéndose a una santa, a la que considera de este gremio, pone en boca de Jesús estos versos:

 

"Es verdad que un alma pura obra de arte es de mi amor, por eso, debiera amarme, sin medida, y bendecirme. Me encantaste desde niña por tu singular pureza" (P 19,29).

 

Ella se incluía entre esos seres privilegiados. Por eso, nunca se sintió gran pecadora, en el sentido que se da ordinariamente a esta expresión. Más tarde hace unas consideraciones sobre este tema. Allí aparece claramente dónde se encuentra ella situada al respecto (Cfr. A 38v-39r; Ct 109; P 19; RP 4). Retornando a la cuestión anterior, observamos cómo vive, a estas alturas, la vida teologal y contempla el pecado desde esta perspectiva.

 

La imagen del pajarillo

 

Es muy ilustrativo un texto del Ms. B. Emplea el símil de un pajarito que vive con su mirada fija, constantemente en el sol. Ella se identifica, en su postura, con este animalito. Veamos su relato: "Yo me considero un débil pajarillo cubierto solamente de un ligero plumón... A pesar de mi extrema pequenez me atrevo a mirar fijamente al Sol divino, el Sol del amor, y mi corazón siente en sí todas las aspiraciones del águila...

 

El pajarillo quisiera volar hacia ese brillante Sol que embelesa sus ojos; quisiera imitar a las águilas, sus hermanas, a las que ve elevarse hasta el foco divino de la Trinidad Santa... ¡Ay! Lo más que puede hacer es alzar sus alitas, pero en cuanto a volar, no está en su débil poder.

 

¿Qué será de él? ¿Morirá de pena al verse tan impotente? ¡Oh, no! El pajarillo ni siquiera se aflige. Con audaz abandono, quiere seguir mirando fijamente a su divino Sol. Nada sería capaz de atemorizarle, ni el viento ni la lluvia. Y si oscuras nubes llegan a ocultarle el Astro del amor, el pajarillo no se mueve, no cambia de lugar; sabe que más allá de las nubes su Sol sigue brillando.

 

A veces, es verdad, el pajarillo se ve asaltado por la tempestad; le parece creer que no existe otra cosa más allá de las nubes que le envuelven.

 

Entonces llega la hora de la alegría perfecta para el pobrecito y débil ser. ¡¡¡Qué dicha permanecer allí, no obstante, y seguir mirando fijamente la luz invisible que se le oculta a su fe!!! Jesús, hasta aquí comprendo tu amor al pajarillo, puesto que no se aleja de ti...

 

Pero yo lo sé, y tú también lo sabes: muchas veces, la imperfecta criaturilla, aun permaneciendo en su sitio (es decir, bajo los rayos del Sol), se deja distraer un poco de su única ocupación, toma un granito acá y allá, corre tras un gusanillo... Luego, encontrando un charquito de agua, moja en él sus plumas apenas formadas. Ve una flor que le gusta, y su diminuto espíritu se entretiene con la flor...

 

Sin embargo, después de todas estas travesuras, en lugar de ir a esconderse en un rincón para llorar su miseria y morir de arrepentimiento, el pajarillo vuelve hacia su amado Sol, presenta a sus rayos bienhechores sus alitas mojadas, gime como la golondrina. Y en su dulce canto, confía, cuenta detalladamente sus infidelidades, pensando, en su temerario abandono, conquistar así más dominio, atraer plenamente el amor de aquel que no vino a llamar a los justos sino a los pecadores.

 

Si el astro dorado permanece sordo a lo gorjeos plañideros de su criaturilla, si permanece oculto..., pues bien: la criaturilla permanece mojada, acepta estar aterida, y aun se alegra de este sufrimiento, que ella en realidad ha merecido...

 

Sí, ésta es también una debilidad del pajarillo cuando quiere mirar fijamente al divino Sol y las nubes no le dejan ver ni un solo rayo: sus ojitos, a pesar suyo, se cierran, su cabecita se esconde bajo el ala, y el pobrecito se duerme, creyendo seguir mirando fijamente a su Astro querido. Al despertarse, no se desconsuela, su corazoncito permanece en paz. Vuelve a comenzar su oficio de amor" (B 5r; cfr. A 75v-76r).

 

En este párrafo aparece cómo incurre en una falta y su modo de comportarse tras ella. Apenas toma conciencia de su infidelidad, recurre arrepentida, pero sin angustia ni miedo, a pedir perdón, y a atraer sobre sí el amor del Dios misericordioso, pues ella sabe bien que la confianza humilde es lo que más agrada a Dios. Está segura de que no le va a reprender, sino que será bien acogida, pues vino a atraer a sí a los pecadores despertando su confianza, con su modo de acogerlos, tal como lo constatamos en el Evangelio. El recibimiento que Jesús dispensa a la pecadora pública (Le 7,37-49) impresionó profundamente a la santita de vida inocente.

 

Lección de confianza a un misioneroHay otro escrito suyo donde expone muy bien su pensamiento a este respecto. Es una carta que escribe a uno de los misioneros. Trataba de convencer a este "hermano" suyo de que estaba llamado a tomar la actitud de confianza y de amor, la de su "caminito". Este alega, en contra, sus deficiencias: "Al Corazón de Jesús entristecen más las mil pequeñas indelicadezas de sus amigos que las faltas incluso graves que cometen las personas del mundo". Sor Teresa le replica: "Estoy completamente de acuerdo con vos... Pero, querido hermanito, yo pienso que eso es sólo cuando los suyos, sin darse cuenta de sus continuas indelicadezas, hacen de ellas costumbre y no le piden perdón. Sólo entonces Jesús puede decir: "Esas llagas que veis en mis manos son las que me hicieron en casa de mis amigos (Za 13,6). Pero, cuando sus amigos, después de cada indelicadeza, vienen a pedirle perdón echándose en sus brazos, Jesús se estremece de alegría y dice a los ángeles lo que el padre del hijo pródigo dijo a sus criados: "Sacad enseguida el mejor traje y vestídselo; ponedle el anillo en la mano y hagamos fiesta": Sí, hermano mío, ¡qué poco conocida es la bondad y el amor misericordioso de Jesús! Es cierto que, para gozar de estos tesoros, hay que humillarse, reconocer la propia nada, y es eso lo que muchas almas no quieren hacer. Pero, hermano mío, esa no es vuestra manera de actuar" (Ct231).

 

Detalles comunitarios

 

Recordemos otro episodio de su vida, donde se ve cómo funciona este procedimiento, que le parece el correcto. Una religiosa recurrió a sor Teresa a pedirle un servicio urgente. Esta, que ya estaba muy enferma y se hallaba cansada, hizo un gesto que demostraba que aquella demanda le causaba fastidio. En un billete, que pasó a su hermana Inés aquella misma noche, le dice lo siguiente: "Su hijita ha vuelto a derramar lágrimas de arrepentimiento, pero más aún de gratitud y de amor... Al volver a la celda me preguntaba que pensaría Jesús de mí, y al instante me he acordado de aquellas palabras que un día dirigió a la mujer adúltera: ¿Ninguno te ha condenado? Yo, con lágrimas en los ojos, le contesté: "Ninguno, Señor... Y sé muy bien que puedo irme en paz porque vos tampoco me condenaréis. Madrecita, ¿por qué será Jesús tan bueno conmigo? ¿Por qué no me reprende nunca? ¡Sí, verdaderamente es como para morir de gratitud y de amor! Estoy mucho más contenta de haber sido imperfecta que si, sostenida por la gracia, hubiera sido un modelo de bondad... ¡Me hace tanto bien ver que Jesús es siempre tan dulce, tan tierno conmigo!" (Ct 207).

 

Después de una falta, se humilla, se abre a la acción del amor misericordioso de Dios, y piensa que él siente una gran satisfacción en perdonarla, en acogerla. Nunca cree que le va a reñir. Esta es una convicción profunda. Muy interesante. Ella, que había tenido mucho miedo, había sufrido enormemente por los escrúpulos, luego, al descubrir al Amor misericordioso, alcanzó una paz inalterable. Desde entonces confía en el perdón. Y esta confianza es un elemento fundamental del espíritu evangélico. Veamos algunos textos suyos.

 

Escribe al abate Belliére: "¡Ah, mi querido hermanito!, desde que me fue dado comprender, de este modo, el amor del Corazón de Jesús, confieso que él ha desterrado todo temor de mi corazón. El recuerdo de mis faltas me humilla, me lleva a no apoyarme nunca en mi propia fuerza, que no es más que debilidad; pero más que nada, este recuerdo me habla de misericordia y de amor. Cuando uno arroja sus faltas, con confianza enteramente filial, en el brasero devorador del Amor, ¿cómo no van a ser consumidas para siempre? Sé que hay santos, que pasaron su vida practicando admirables mortificaciones para expiar sus pecados, pero, ¿qué queréis? Hay muchas moradas en la casa del Padre celestial". Jesús lo dijo, y por eso sigo el camino que él me traza. Procuro no preocuparme de mí misma para nada, y lo que Jesús obra se lo dejo en sus manos, pues no elegí una vida austera para expiar mis pecados sino los de los demás" (Ct 220; cfr. Ct 121).

 

Una de sus novicias ha dejado este testimonio tan sorprendente, tan significativo. En cierta ocasión, la Santa le hizo la siguiente confidencia: "Nosotras no somos santos que lloramos nuestros pecados; nosotras nos alegramos de que nuestros pecados sirvan para glorificar la misericordia de Dios" (Ct 215). Es un pensamiento que se puede prestar a interpretaciones superficiales, falsas, pero que, bien entendido, en el sentido que la santa le da, es muy profundo, maravilloso. Así piensa esta alma privilegiada, que tan bien ha comprendido con qué complacencia ejercita Dios su misericordia.

El problema de los pecados pasados, de si había cometido alguno grave, y de su perdón le preocupó e inquietó a ella, por lo menos, hasta el año 1893. Pero luego la confianza en el perdón es una de las convicciones más determinantes en su actitud de cara a Dios. El año 1895, en una poesía titulada "Vivir de amor", canta así:

 

"Vivir de amor es desterrar el miedo, aventar el recuerdo de pasadas caídas. De aquellos mis pecados no veo huella alguna, en un instante, el amor lo ha abrasado todo" (P 17,6).

 

Y a un misionero le asegura: "El (Jesús) ha olvidado vuestras infidelidades desde hace mucho tiempo, sólo vuestros deseos de perfección le están presentes para regocijar vuestro corazón" (Ct 231).

 

¿Cómo no tener confianza en el perdón si nos presentamos delante de Dios en la debida actitud? Sor Teresa trata de explicar esto a su hermana Leonia con una comparación: "Fíjate en un niñito, que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciendo. Si se mete en un rincón con aire enfurruñado por miedo al castigo, lo más seguro es que su mamá no le perdonará su falta: Pero si va a tenderle sus bracitos sonriendo y diciéndole: "Dame un beso, no lo volveré a hacer", ¿no le estrechará su madre tiernamente contra su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles? Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño volverá a las andadas en la primera ocasión; pero no importa: si vuelve a ganarle otra vez por el corazón, nunca será castigado" (Ct 171; cfr. Ct 207).

 

Parece que esta comparación y la idea de ganar a Jesús por el corazón las tenía presentes y las aplicaba a su propia vida. Creyó que podía dar luz a otros. Ya en Julio de 1897, poco más de dos meses ante de su muerte, expone su pensamiento al abate Belliére sirviéndose de esa misma comparación, que esta vez desarrolla un poco más (Ct 229; cfr. Or13).

 

2. La recuperación después de la caída

 

Hemos visto que el pecado peligroso, el que hay que evitar a toda costa, es el habitual, aquel en que nos quedamos hundidos, sin pensar en reaccionar y salir de él cuanto antes, apenas caemos en la cuenta de la falta y de lo que este fallo significa en nuestra vida, en nuestras relaciones con Dios. Por ello no estará de más recordar algunas de sus enseñanzas acerca de esta recuperación. En las últimas páginas del Manuscrito A, va exponiendo cómo ha descubierto al Dios-Amor misericordioso, y de qué manera ha tomado la actitud correspondiente a este descubrimiento. "¡Oh, Madre mía querida, qué dulce es el camino del amor! Ciertamente se puede caer, se pueden cometer infidelidades, pero el amor, haciéndolo todo de un sabor, bien pronto consume todo lo que puede disgustar a Jesús, no dejando más que una humilde y profunda paz en el fondo del corazón" (A 83r).

 

En las conversaciones con su hermana, durante la última enfermedad, no deja de tocar en varias ocasiones este tema, que le parece tan importante. Explica su modo de proceder: "Cuando cometo una falta que me pone triste, sé muy bien que esa tristeza es consecuencia de una infidelidad. ¿Pero creéis que me quedo ahí? ¡Oh, no soy tonta! Me apresuro a decirle a Dios: ¡Dios mío, sé que he merecido este sentimiento de tristeza; pero dejadme, sin embargo, que os lo ofrezca como una prueba que me enviáis amorosamente. Lamento mi pecado , pero me alegro de poder ofrecer este sufrimiento" (UC 3.7.2). Explicando cuan pronto se opera la recuperación, dijo: "Cuando se acepta el disgusto de haber sido mala, Dios vuelve en seguida" (UC 2.9.6).

 

Sor Genoveva recuerda que le hizo esta confidencia: "He comprobado por experiencia que después de una infidelidad, aun ligera, el alma debe sufrir durante algún tiempo cierto malestar. Entonces me digo a mí misma: Hija mía, es el precio de tu falta; y soporto pacientemente el pago de la pequeña deuda" (CRG 2,51).

 

3. Exhortación a la confianza

 

Teresa presenta esta doctrina no como una opinión suya, sino como una enseñanza extraída del Evangelio mismo. Dice que leyéndolo, "sé por qué lado he de correr. No me lanzo al primer puesto sino al último. En vez de adelantarme como el fariseo, repito, llena de confianza, la humilde oración del publicano. Pero, sobre todo, imito la conducta de la Magdalena. Su asombrosa, o mejor, su amorosa audacia, que encanta al Corazón de Jesús, seduce al mío. Sí, estoy segura de que, aunque tuviera sobre mi conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto por el arrepentimiento, a arrojarme en los brazos de Jesús, porque sé muy bien cuánto ama al hijo pródigo, que vuelve a él. Dios, en su misericordia preveniente, ha preservado a mi alma del pecado mortal; pero no es eso lo que me eleva a él sino la confianza y el amor" (C 36v).

 

Por estas mismas fechas manifestaba a su hermana: "Alguien podría creer que si tengo una confianza tan grande en Dios es porque no he pecado. Madre mía, diga muy claro que, aunque hubiera cometido todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza; sé que toda esa multitud de ofensas sería como una gota de agua arrojada en una hoguera encendida. Y luego cuente la historia de la pecadora convertida, que murió de amor. Las almas comprenderán enseguida, pues es un ejemplo palpable de lo que quiero decir. Pero estas cosas no pueden explicarse".

Unos días más tarde insiste en su pensamiento en estos términos: "El pecado mortal no me quitaría la confianza" (UC 11.7.6; 20.7.3).

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