LA CONFIANZA

 

La cuestión de la confianza es, sin duda alguna, una de las enseñanzas más típicas y conocidas de la genial santa carmelita. Tal vez sea conveniente advertir, desde el principio, que esta doctrina es más manoseada que entendida en su auténtico sentido teresiano. Estamos acostumbrados a denominarla la santa de la confianza. Y creo que con toda razón. En efecto, ella ha comprendido, vivido y expuesto de un modo admirable lo que es la confianza cristiana, la esperanza teologal actualizada, aplicada a la vida presente. Ha revalorizado la esperanza, al contemplarla, no como simple espera del merecido premio sino como la inserción del hombre, desde ahora, en el misterio o vida de Dios, como un ponerse en actual contacto y comunicación con él, apoyándose totalmente en él y participando, como hijos, en su vida, gozando de un ambiente familiar.

 

1. Un Dios que no humilla

 

Como hemos recordado ya, la aceptación de la total dependencia de Dios de manera que uno no pueda disponer de sí ni hacer sus propios proyectos, resulta humillante, deprimente. Para que el hombre se pueda realizar en estas condiciones necesita estar seguro de que se las tiene que ver, no con un Dios soberano, imperioso, dominador y arbitrario, sino bondadoso, benefactor, en cuyas manos se puede poner uno con toda garantía y seguridad. El dato fundamental que hace falta poseer es el de tener comprobado que Dios es realmente bueno y benigno y que no busca, en sus relaciones con el hombre, su propia satisfacción de dominar, de someter, sino que obra movido por el deseo de acercarnos a él, de convertirnos en partícipes de su propia felicidad. A Teresa le gusta mucho recordar las palabras del salmo 102: "El Señor es compasivo y lleno de dulzura, etc." (A 3v; C 7v; Ct 203; Estampa 7).

 

El contemplar a Dios en esta perspectiva la induce a ponerse incondicionalmente en sus manos y hallar allí no la humillación sino la paz, la libertad, el amor, la verdadera felicidad. Es esta actitud la que llamamos confianza.

 

La confianza participa, como concepto, de la fe y de la esperanza. Es la fe en su aspecto dinámico, o sea, como reacción del creyente, que ha descubierto al Dios bueno, al Dios-Amor. Y es la esperanza aplicada al momento actual, como la seguridad basada en la bondad de Dios con que se lanza a su encuentro. Supone que uno cree en la bondad y misericordia del Dios todopoderoso, y esta seguridad y garantía le mueve a entregarse a él, a esperar de él todo el bien, a dejarse conducir por él desde ahora y a través de todos los acontecimientos de la vida.

Podemos decir que la tan ponderada fe de Abrahán es la confianza en el Dios de las promesas, y la fe de María, por la que Isabel la proclama "dichosa", es la confianza que la induce a fiarse de Dios y a ponerse incondicionalmente a su disposición, persuadida de que es bueno y no dejará de cumplir sus promesas, de tratarla siempre con amor.

 

Como, a veces, hay cierta confusión en la interpretación de esta virtud, no estará de más aclarar un poco el sentido de esta expresión.

 

2. Sentidos de la confianza

 

La confianza se puede entender, y de hecho se entiende en la práctica, en dos sentidos, o mejor, se puede contemplarla en dos perspectivas.

 

a) En sentido jurídico o legalístico: la confianza consiste en vivir según un programa propuesto por Dios. Es como si El me dijese: "Ahí tienes ese código de leyes; estudíalas y trata de cumplirlas perfectamente. Un día te llamaré para pedirte cuenta de tu comportamiento". En este planteamiento, la confianza me dice que en el juicio Dios será indulgente. Hará la vista gorda sobre muchas deficiencias y fallos míos.

 

La vida se desarrolla de cara a la Ley, a la que hay que prestar toda la atención creando una especie de círculo cerrado entre ella y la conciencia. Dios, de momento, queda fuera de nuestro círculo de atención. Aparecerá cuando llegue la hora del encuentro, del juicio final para cada uno.

 

Esta exposición puede parecer exagerada. ¿Quién vive así? Pero yo creo que pone de relieve, para que se vea y aprecie bien, el elemento fundamental de esta actitud que no es tan rara. Ese elemento es la lejanía o, si se quiere, la ausencia de Dios. El no constituye mi punto de referencia. La misma recepción de los sacramentos no se considera como un encuentro actual con Dios sino como una simple obra buena, que pasa a enriquecer el tesoro de los méritos. El pecado grave no se mira como una ruptura con Dios sino como un obstáculo para recibir la comunión. Es ésta una manera de expresarse muy frecuente. Si se la analiza bien, resulta muy significativa. ¿Dónde ha quedado Dios "mi solo y único amigo"? ¿Cuándo me encuentro con él?

 

b) En sentido teologal: la confianza consiste en vivir existencialmente en diálogo o comunicación con Dios, procurando mirarle con frecuencia, sintiendo constantemente su presencia y acción misericordiosa sobre mí. Después de cada falta, al recurrir a su misericordia, me perdona con bondad y dulzura. Nuestra vida es ya una convivencia con él, un trato personal e íntimo desde ahora.

 

El primer sentido supone que nuestras relaciones con Dios son jurídicas, que el juicio decide la suerte de cada uno. Puede aplicarme o dejar de aplicarme la pena. Parece ignorar que las relaciones entre Dios y nosotros son afectivas y que esas relaciones están funcionando desde ahora, porque Dios está ya presente en nuestra vida, está en comunión con nosotros, nos encontramos con él cada vez que hacemos un acto de fe y, de un manera más prolongada y consciente, cuando hacemos oración. Los grandes encuentros se producen cuando recibimos los sacramentos...

No es cuestión del rigor o benignidad del juicio. Se trata de estar unido a él con una entrega confiada y generosa, o renunciar a ese trato para tomar y seguir mi propio camino. Eso no lo decide el juicio. Depende, solamente, de la actitud que tome yo.

 

Esta esperanza-confianza podríamos definirla en estos términos: Consiste en un abandono, en una entrega amorosa, ciega e incondicional, desde el presente, a alguien a quien no se conoce perfectamente pero en cuyo amor y poder se cree. Teresita, ciertamente, entiende la confianza en este sentido. No tenemos más que leer algunos pasajes de sus escritos (A 83rv; C 36v; Ct 203. 207. 220. 229. 231. 235; Or 1).

 

La vida de fe y de confianza, que es nuestra vida en este mundo, consiste en vivir sin ver, sin percibir ni comprender perfectamente a Dios, sin conocer sus planes y su modo de llevarlos a término. A la persona dotada de libertad, en este caso a Dios, nunca se le conoce perfectamente, nunca logramos saber cómo va a actuar. Una máquina sí se puede conocer y de ahí deducir cómo funcionará. A la persona, no. Si no la podemos conocer, ¿cómo podemos fiarnos de ella? ¿Qué garantías tenemos para entregarnos a ella?

 

3. El descubrimiento de Dios-Amor

 

De ordinario, no nos fiamos totalmente de nadie. Por eso, le exigimos que nos manifieste sus planes y nos asegure que se atendrá a lo que nos promete. Nos solidarizamos con él, si nos convencen sus proyectos u ofertas, y creemos que están suficientemente garantizados.

Para entregarnos incondicionalmente a una persona lo que se debe conocer es que me quiere sinceramente. Si verdaderamente me ama, tengo la seguridad de que siempre procurará mi bien. No hace falta otra garantía ni conocer de antemano las circunstancias en que nos encontraremos. El amor sincero es la mejor y la única garantía exigióle. Esta es la manera de darse de los seres dotados de inteligencia y libertad.

Además hay una cosa muy importante y que viene muy bien al caso. Lo que a nosotros más nos satisface es constatar en una persona que se fía de mí, que tiene una confianza plena en mí. Eso supone que cree en mi bondad. Es lo más gratificante que se puede esperar en unas relaciones personales.

Parece que es eso mismo lo que Dios pretende obtener de nosotros. Desea que creamos en su amor, nos fiemos de él y nos entreguemos a él sin exigirle más garantías y seguridades. La gran garantía que nos ofrece es su amor, su amor sincero y comprobado.

 

Nos tenemos que dar a él, no por las propuestas que nos hace, sino por él sólo, porque creemos en su bondad, en su "fidelidad", como decían los creyentes del Antiguo Testamento. Por esa razón hablamos de confianza ciega, incondicional, de abandono, de entrega sin reservas ni precauciones, pues él, Dios, es la única e indefectible garantía.

 

Toda la historia de la salvación, toda la serie de revelaciones divinas, no son más que una cadena de gestos de Dios para que comprendamos su amor, su interés por nosotros, y nos fiemos de él y nos entreguemos a él. No pretende otra cosa que ganarse nuestra confianza.

Ya hemos recordado que esta manera de entregarse a ciegas, en confianza, es la propia de los seres libres. No se conocen perfectamente y la única garantía que deben buscar y exigir es la de la sinceridad, de la verdad del amor del otro. Así se entregan mutuamente los enamorados. Y es el mismo el procedimiento que sigue Dios en las relaciones que quiere entablar con nosotros. El hombre empieza a confiar en Dios cuando descubre al Dios-Amor y "Amor misericordioso".

 

Ya lo dijo el Apóstol predilecto de Jesús: somos auténticos creyentes "los que hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él" (Un 4,16). El mismo autor, recogiendo todo lo que ha podido descubrir a través de la historia de la salvación, de todas las intervenciones y actividades de Dios, principalmente en su encarnación, resume el resultado diciendo sencillamente: "Dios es amor" (Ib.). Eso es lo que caracteriza a Dios a juzgarle por sus acciones de cara a nosotros. San Pablo desvela ese amor de modo evidente en la muerte de Jesús: "Me amó y se entregó por mí" (Gal 2,20). Como comprobamos por estos datos, Dios no exige el amor por decreto. El amor no se impone. El amor se provoca principalmente amando primero y demostrando amor. Es el procedimiento que Dios ha seguido. "El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo en propiciación por los pecados" (1 Jn 4,10).

 

Si Dios ha querido provocar de esta manera nuestro amor, la preocupación principal nuestra no ha de ser la de tratar de amar a Dios, como un deber, sino la de pensar que él me ama. No he de vivir bajo el temor del juicio para evitar el pecado, sino atento a las manifestaciones divinas de amor para comprenderle y corresponderle. Ya hemos visto que lo que interesa es descubrir en acción al Dios amoroso.

Más tierno que una madre

 

Teresa descubrió, o mejor, se aseguró de la condición del Dios-Amor en los ejercicios espirituales del año 1891. Ya podía contar, sin temor a equivocarse, con que hay faltas que no desagradan a Jesús. Faltas debidas a nuestra pura fragilidad. Podía confiar en Dios y lanzarse "a velas desplegadas por los mares de la confianza y del amor, que me atraían tan fuertemente, pero por los que no me atrevía a navegar" (A 80v).

"En el fondo de mi corazón estaba convencida de que era así, pues Dios es más tierno que una madre". En efecto, ya antes, en la carta 89 aflora esta intuición. Ahora es confirmada plenamente por el director del retiro espiritual. Nuestra conducta no hay que confrontarla exclusiva ni principalmente con la ley sino que hay que mirar el rostro bondadoso y comprensivo de Jesús. Allí leerá su sentencia. Este descubrimiento no la arrastra a la flojedad, a la confianza falsa, jurídica de la superficialidad o benignidad del juicio final.

 

Ocurre todo lo contrario. Continúa sus consideraciones en estos términos: "De hecho, ¿no estáis vos misma, Madre mía querida, siempre dispuesta a perdonarme las pequeñas indelicadezas de que os hago objeto involuntariamente?... ¡Cuántas y qué dulces pruebas tengo de ello! Ningún reproche me conmueve tanto como una sola de vuestras caricias. Soy de un carácter tal, que el temor me echa para atrás, mientras que el amor no sólo me hace correr, sino volar" (Cfr. A 83v).

 

Más tarde, en Mayo de 1897, escribe a su hermana, que no la reprende: "Vos no habéis reprendido a vuestra hijita y, sin embargo, se lo merecía. Vuestra dulzura le dice más que las palabras severas. Vos sois para ella la imagen de la misericordia de Dios" (Ct 207). Al recordar el amor que Jesús le profesa exclama: "¡Oh, Jesús, déjame que te diga en el exceso de mi gratitud, déjame que te diga que tu amor llega a la locura! ¿Cómo quieres que ante esta locura mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo había de tener límites mi confianza?" (B 5v).

La M. Inés dice que desde este retiro se entrega toda entera a la confianza en Dios y busca en los libros santos la confirmación de su audacia (PO p.155).

Misionera de la confianza

 

En una de sus cartas a Celina la exhorta a la confianza ciega en estos términos: "Ten seguridad, mi Celina querida, de que tu barca está en plena mar, tal vez muy cerca del puerto. El viento de los dolores que la empuja es un viento de amor" (Ct 123). Aun en la oscuridad, en el camino desconocido o en el mismo mar, uno siempre está impulsado por el amor, que Dios le tiene.

 

En la última página del Ms. A hace esta manifestación de su confianza inquebrantable: "¿Cómo terminará esta historia de una florecilla blanca?... (su propia historia)... Lo ignoro. Pero de lo que sí estoy segura es de que la misericordia de Dios la acompañará siempre" (A 84v).

Al sufrir la dura prueba de la fe, descubre también allí la acción del amor divino. "Nunca había experimentado -dice-hasta ahora cuan dulce y misericordioso es el Señor. Ni me ha mandado este martirio interior antes, sino en el momento en que me encuentro con fuerzas para soportarlo, pues de lo contrario creo que me hubiera hundido en el desaliento" (C 7v). En una de sus poesías canta: "Señor omnipotente, desde mi tierna infancia puedo en verdad llamarme la obra de tu amor" (P 45; cfr. C 35r).

 

Hace, a su hermana, esta confidencia: "Desde mi tierna infancia me han encantado estas palabras de Job: "Aunque Dios me matara, seguiría esperando en él" (Job 13,15, según la Vulgata). "Pero he tardado mucho en llegar a este grado de abandono. Ahora ya estoy en él; Dios me ha hecho llegar a él, me ha tomado en sus brazos y me ha puesto en él"" (UC 7.7.3). A principios de Junio de 1897, encontrándose sumida en toda clase de sufrimientos físicos e interiores, no duda en afirmar: "¡Oh, Jesús mío! Tal vez sea una ilusión, pero creo que no podéis colmar a un alma de más amor del que habéis colmado a la mía" (C 35r).

 

La confianza es tan importante para ella, que la considera superior a las demás virtudes, a las grandes mortificaciones. En cierta ocasión, al recordarle algunos santos de vida extraordinariamente mortificada, replicó: "Yo prefiero a los santos que no tienen miedo de nada, como santa Cecilia, que se deja casar y nada teme" (UC 30.6.1). Véase: santa Cecilia, la santa de la confianza (A 61 v; Ct 128; P 3).

 

¿Porqué la ama Dios? ¿Qué atractivo encuentra Jesús en ella? Escuchemos su respuesta: "Lo que le agrada (a Dios en mí) es verme amar mi pequenez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia. Este es mi único tesoro. ¡Ay, cómo quisiera haceros comprender lo que siento! La confianza, y nada más que la confianza puede conducirnos al amor" (Ct 176). Otro pensamiento semejante: "Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a la hoguera divina. Ese camino es el del abandono del niñito que se duerme sin miedo en los brazos de su padre" (B 1r).

Unos cuatro meses más tarde se dirige al otro "hermano" misionero, al que quiere introducirle en su camino y le dice: "Por qué hablarle de la vida de confianza y de amor?" En los párrafos precedentes intenta explicarle cómo debe sentirse. Le promete que le enseñará desde el cielo "cómo navegar por el mar tempestuoso del mundo en el abandono y el amor de un niño, que sabe que su madre le ama" (Ct 229). Una semana más tarde insiste en el mismo tema diciéndole: "El camino de la confianza sencilla y amorosa está hecho a su medida" (Ct 231).

 

La dificultad viene de que instintivamente tratamos de apoyarnos en nosotros mismos, de confiar en nuestros proyectos y obras. Teresa explica su situación y actitud al declarar: "Desde hace mucho tiempo no me pertenezco a mí misma, estoy entregada totalmente a Jesús; por lo tanto, él es libre de hacer conmigo lo que le plazca" (C 10v). En su última carta al abate Belliére le invita a ponerse ciegamente en las manos de Jesús: "¡Ah, qué dulce es abandonarse entre sus brazos sin temores ni deseos!" (Ct 235). A su querida discípula sor María de la Trinidad le decía: "No se tiene nunca demasiada confianza en un Dios tan poderoso y tan misericordioso".

 

4. El abandono

 

Al principio de la poesía 42, titulada: "El abandono", trae como exergo esta frase de san Agustín: "El abandono es el dulce fruto del amor", y luego desarrolla el pensamiento a lo largo de la composición.

 

El amor, la confianza, exige, o mejor dicho, implica el abandono, la entrega incondicional en los brazos de Dios. El que no acaba en entregarse no está vitalmente convencido del amor del otro, ni él le ama ni se fía plenamente de él. Tal vez uno diga que esto no es cierto. Que él cree pero no acaba de entregarse. Sí es cierto que cree, mas obsérvese que su fe es solamente intelectual. Acepta con la mente los artículos o verdades, pero no las ha asimilado vitalmente, no las ha integrado como principios vitales. Esta asimilación requiere un proceso más o menos largo (Cfr. UC 7.7.3 y Ct 229).

El procedimiento de Dios ya lo hemos examinado. Desde el momento en que se ha determinado a entablar con nosotros relaciones de amor y quiere hacernos partícipes de su vida familiar de amor y confianza mutua, nuestra manera de corresponder, de darse a él tiene que ser la de la confianza, la del abandono en sus brazos como el niño que se pone en los brazos de su madre sin razonar, sin exigir nada.

 

El padre misericordioso de la parábola esperó al hijo pródigo y le recibió con alegría y le perdonó generosamente. Pero Dios ha ido más lejos. No se ha contentado con enviarnos una invitación y esperarnos. Ha salido a nuestro encuentro. Este modo de proceder está admirablemente expresado en su comportamiento con Abrahán. El se revela, sale al encuentro del patriarca. Esta estrategia se delata también en actuaciones posteriores en la historia de la salvación. El aparece empeñado en buscar, en perseguir incansablemente al hombre. Es el Dios misericordioso. Viene a salvar lo que estaba perdido.

 

Este rasgo de Dios causa la admiración de Teresa. Pero ella contempla en él otra característica, que realmente la fascina. Dios "mendiga" nuestro amor. "Yo sé que mis suspiros y mis lágrimas - te encantan, Señor. - Los serafines forman en el cielo - tu corte y sin embargo, - tú vienes a buscar mi pobre amor" (P 33,6; cfr. Ct 124. 151. 171; P 24; RP 5).

 

En la misma carta, en la que da cuenta de su último descubrimiento, explica a su hermana, que la iniciativa es de Dios, que Jesús quiere dar, y que "La perfección consiste en hacer sus voluntad" y que hay que "amarle sin mirarse a sí misma, sin examinar demasiado los propios defectos". Es en esta misma carta donde aparece por primera vez en sus escritos la palabra "abandono". La frase entera suena así: "Lo que ella (Teresa) tiene que hacer es abandonarse, entregarse sin reservarse nada, ni siquiera la alegría de saber cuánto rinde la banca" (Ct 121).

 

A partir de esta fecha, se ve que ha descubierto o comprendido cómo se desarrolla el plan de Dios y cuál tiene que ser la actitud de la criatura en sus relaciones con él. Una vez que sus deseos se han visto colmados, cuando ha entrado ya en la recta final de su camino respecto a esta interpretación del modo de ser y de proceder de Dios, su situación es ésta: "No tengo ya ningún deseo, si no es el de amar a Jesús con locura. Mis deseos infantiles han desaparecido... Tampoco deseo ya ni el sufrimiento ni la muerte, aunque sigo amándolos los dos. Pero es el amorjo único que me atrae... Ahora sólo me guía el abandono, no tengo otra brújula... Ya no puedo pedir nada con pasión, excepto que se cumpla perfectamente en mi alma la voluntad de Dios" (A 83r; cfr. A 84v; B 1r-v. 5r-v; Ct 128. 156. 229; P 3; 30,4.6; 35,1; 39,9; 42,3.4; "Abandonarse en Dios o en los brazos de Jesús" en Ct 121. 122. 123. 144. 197. 203. 235).

 

Es que la santidad consiste en "ser lo que Dios quiere que seamos". No hay procesos ni fórmulas prefijadas. Hay que estar constantemente atento a lo que Dios quiere y espera de mí.

 

Cuando uno está plenamente convencido de que Dios le ama, cree en su amor y se entrega confiadamente a él, se deja conducir por él, nunca le llama la atención para indicarle que desea esto o lo otro. Le deja a él la libertad de elegir lo que le plazca (Cfr. Ct 91).

 

5. La familiaridad con Jesús

 

La confianza en la bondad y misericordia de Dios se trasluce también a través de algunos gestos prácticos de la Santa. Parecen acciones simples, algunas hasta infantiles, pero revelan toda una actitud o talante espiritual. La experiencia de familia que tuvo, le ayuda a comprender la ternura y la accesibilidad de Dios y a tratarle con sencillez y confianza.

 

Ella se desenvuelve en su trato con Jesús como en su familia donde era tan querida por parte de su padre y de sus hermanas. A Dios le veía como a su padre de la tierra. Nunca sintió reparo alguno para presentarse ante él. Jamás pasó por su mente el pensamiento de que podía ponerle mala cara o reprenderle (Cfr. Ct 207).

 

Cayó en la cuenta de que para llegar a este estado de confianza hay que conocer bien la bondad del Señor. Por eso, a un misionero, que le ponía algunas dificultades para sentirse tan confiado, tan aceptado, ante Dios, le escribe: "No me extraña que la práctica de la familiaridad de Jesús os parezca un poco difícil de realizar; no se puede llegar a ella en un día" (Ct 229; UC 7.7.3).

 

Le gusta la idea y la expresión de "ser de la familia de Jesús" (Ct 109. 121. 151; P 44,20). Comprendió y sintió profundamente lo que significa y supone poder llamar "padre" a Dios. Así canta en una de sus poesías: "Mi cielo es permanecer en su presencia, y llamarle Padre mío, y ser y sentirse su hija" (P 30,4).

 

"Como el niño que se duerme en los brazos de su padre" (B 1 r). Cuando se siente huérfana, sin el consuelo de gozar de la presencia de su padre en la tierra, piensa que entonces, mejor que nunca, puede mirar hacia arriba y decir: "Padre nuestro, que estás en el cielo" (A 75v). Medita con amor y alegría el "Padrenuestro". Es que le resulta "tan dulce llamar a Dios "Padre". En algunas ocasiones al referirse a él emplea el término de "papá" (UC 5.6.4; CRG 3,33; cfr. P 33,3).

 

Tutea a Jesús, cosa no tan corriente en su tiempo. Y da esta explicación o justificación: "Yo también prefiero llamar a Jesús de tú. Esto expresa mejor mi amor, y no dejo nunca de hacerlo cuando hablo a solas con él; pero en mis poesías y oraciones, que han de ser leídas por otros, no me atrevo" (CRG 3,34).

 

Empieza pronto a emplear este tratamiento. Aparece ya en el billete que escribió para expresar sus deseos y aspiraciones del día de la profesión (Or 2). Le tutea, por ejemplo, en el Ms B, íntimo, escrito en su intención sólo para su hermana. Pero no lo hace en el Ms C, que tenía otros destinatarios.

 

Cómo besar el crucifijo

La Santa no lo besaba en los pies sino en las mejillas como de niña a su padre y demás seres queridos. Durante su última enfermedad, en cierta ocasión, su hermana le presentó el crucifijo para que lo besara en los pies. Ella le advirtió: "Yo le beso en la cara".

Otro día, al ver que su hermana sor Genoveva besaba los pies del crucifijo, le dijo: "No seguís la doctrina del "bebé". Besadle en seguida en las dos mejillas y dejaos besar".

 

Recuerda que en otro caso semejante, la enferma le advirtió: "¿Es ahí (en los pies) donde una hija besa a su padre. Pronto, pronto; se le besa el rostro y ahora se deja besar" (UC 25.7.4; 2.8.5; CRG 2,42; y la interesante Ct 231). "En el cielo, los niños acarician al Señor" (P 39,8).

 

El beso

 

Una de las expresiones de familiaridad y confianza era el beso. Enumera con frecuencia esta manifestación de afecto. De niña era muy sensible a los besos, a los de su padre, y los de sus hermanas (A 18r. 24v. 26v. 43r. 69r). Aún al final de su vida, sentía hambre de cariño, hambre de besos (UC 20.8.2; 23.8.5). Durante su enfermedad, una noche, ella se adelantó a dar un besito a cada una de sus hermanas, cosa insólita en el convento (UC 29.8.4). Unos días más tarde, el 11 de septiembre, dice lo siguiente a su hermana Inés: "Cuando oigo abrir la puerta, siempre pienso que sois vos; y al ver que no venís, me pongo triste. Déme un beso, un beso que haga ruido; en fin, que los labios hagan "pit"" (UC 11.9.2).

 

Así de sensible era al afecto humano y a sus manifestaciones. Esta misma afectividad explica sus relaciones con Jesús. Menciona muchas veces los besos de Jesús, los que desea, los que espera (P 22,9). Su primera comunión la interpreta como el "primer beso de Jesús a mi alma" (A 48r; Ct 136. 167; P 18,47; 20,6; 25,6; Or 6. 13). Cita repetidas veces los versículos del Cantar de los Cantares: el 1, 2 y el 8,1. Algunas de ellas, para recalcar lo del beso. Tampoco olvida los besos que espera recibir de la Virgen en el cielo (P 49). Menciona también los besos en la piezas teatrales (RP 1,10v; 1,12;3,20v;3,23r).

 

Hay también otra imagen, de que se sirve para expresar este mismo sentimiento. La Santa se sentía niña y esperaba sentarse en las rodillas de Jesús como en su infancia en las de su padre y en las de sus hermanas mayores (Ct 182; UC 5.7.3; UCG 1.7; CRG 7,7). Reconocía que era atrevida con Dios, pues se creía con derecho a todo, ya que le había dicho como el padre del hijo pródigo al mayor: "todo lo mío es tuyo" (A 66v; C 34v).

Su condición de niña le excusa de ser audaz en sus aspiraciones o pretensiones y en las confianzas que se permite con Dios (B 4r; cfr. P 39,8). Con qué santa envidia contempla a sus hermanitos en el cielo, pues los imagina permitiéndose todas las confianzas con María y con Jesús (Cfr. Or 39,8).

En su amor confiado a la Madre del cielo, espera también encontrarse un día como niña, acogida en su regazo (P 15,3; 44,25).

 

6. Conclusión

 

Teresa expresa su confianza en Dios a través de estas imágenes y gestos. Se siente siempre acogida por Dios. Nunca pone en duda, al menos en los último años, el amor que le profesa a ella como a hija. Esta confianza lleva a la entrega más generosa, más amorosa. De su pluma brota frecuentemente el binomio: confianza y amor. Sentirse así amada en extremo y lanzarse ciegamente en sus brazos acogedores implica un gran amor, un amor de gran pureza.

 

Jesús expresó sus últimos sentimientos respecto a su Padre con aquellas palabras: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Le 23,46). Fue el gesto de total confianza y del más puro amor a su Padre. La confianza en Teresita, al llegar a su plena madurez espiritual, también implica en ella un amor puro. Por esto, quien se lanza con estos sentimientos de confianza en brazos del Padre, cae en ellos completamente purificado. Así se verifica su aspiración:

 

"Mi desterrada alma, al dejar esta vida, quisiera hacer un acto de purísimo amor y luego, dirigiendo su vuelo hacia la patria, ¡entrar, ya sin demora, en tu divino, amable corazón!" (P 23,8).

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