LA CARIDAD FRATERNA

 

Para que el desarrollo de este tema tan fundamental de la vida cristiana resulte más comprensible, vamos a tratar de clarificar algunos conceptos.

Para nosotros, creyentes cristianos, la caridad o el amor al hermano tiene dos facetas y dos fundamentos, uno para cada una de ellas. Posee una faceta natural y otra sobrenatural y sus bases correspondientes.

 

1. El amor natura

 

El amor natural para con el prójimo tiene como fundamento la solidaridad o relación mutua entre todos los seres humanos que se produce por el hecho de compartir la misma naturaleza humana. Esto crea ciertos lazos de unión. Estamos hechos por naturaleza para vivir en sociedad. Para ayudarnos unos a otros. El otro, el prójimo, aunque como persona sea distinto, autónomo e incomunicable, ese misterioso "yo", está hecho para compartir la vida con él en un grado más o menos estrecho. Yo no puedo prescindir y desinteresarme totalmente de los demás. Formamos parte de la gran masa o entidad humana. "Todo ser humano es hermano mío". Por tanto, tengo que amar a todos sin excepción.

 

El parentesco hace que esta relación sea más estrecha, más íntima, y en ciertos casos, como en el de los padres respecto a sus hijos, imprescindible. Así se forma esa unidad que llamamos familia.

 

a) Refrendado por la Escritura

 

Esta relación entra en el marco del amor cristiano y forma parte de él. Está refrendado por textos bíblicos del Antiguo Testamento: "Amarás al prójimo como ti mismo" (Lev 19,18). El Nuevo Testamento confirma (Mt 22,39 y paralelos) y completa este mandamiento al exponer su alcance: el amor a los enemigos (Mt 5,43-48), y determinar quién es el prójimo en la parábola del samaritano (Le 10,29-37). Este mandamiento con su correspondiente interpretación, constituye uno de los dos pilares de la religión cristiana. De su aspecto práctico, de su moral.

 

La norma del amor natural: el criterio para la práctica de este amor natural o humano es el examen de nuestros propios deseos: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Jesús lo explícita muy bien en aquel dicho que llaman la "regla de oro". "Por tanto, todo lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos, porque ésta es la ley y los profetas" (Mt 7,12).

 

b) El amor a la familia

 

Ya hemos insinuado que la parte más importante de esta práctica la constituye el amor a la familia, a esos prójimos tan cercanos, cuya asistencia es absolutamente necesaria. En la Biblia tenemos el cuarto mandamiento, que insiste en la necesidad de cumplir este deber sagrado. Viene en el primer lugar entre los que regulan las relaciones con el hermano (Ex 20,12). Jesús urge el cumplimiento de esta obligación desenmascarando algunas costumbres hipócritas, que trataban de cubrir de autoridad sagrada algunos casos de incumplimiento de este deber tan fundamental (Cfr. Me 7,9-13).

 

Adelantémonos a recordar que una de las características de Teresita es, precisamente, su amor a la familia. Sin ninguna reserva. Jamás pasó por su mente el pensamiento de que este amor pudiera ser un obstáculo para ser fiel a su misión, para amar y entregarse totalmente a Dios. No tenemos más que recorrer, aunque no sea más que superficialmente, su vida para darnos cuenta de cómo amaba a su familia, a todos sus familiares y a cada uno en particular, qué interés tenía por sus problemas, y en qué medida sentía sus dificultades y sufrimientos del género que fueran. Quizás en esta actitud haya influido el hecho de que siempre sus familiares la ayudaron y estimularon en los momentos en que hubo de orientar su vida y salvar algunos obstáculos. Por eso, amarlos, mantenerse unida a ellos no le impedía seguir la llamada de Dios, buscarle y amarle.

 

Resulta ilustrativo leer una carta, que escribe a su padre, durante el retiro de preparación para la toma de hábito. Dice: "Estoy ahora en retiro, y durante él nos está prohibido escribir, pero nuestra Madre me lo ha permitido. Si está prohibido escribir, es por no turbar el silencio del retiro, pero ¿puede una turbar su paz escribiendo a un santo?" (Ct 53). Este episodio nos da una pista para darnos cuenta de cómo veía sus relaciones con la familia. El trato con sus seres queridos no perturba su comunicación con Dios, antes bien, lo refuerza. En un billete que dirige a su tía le expone: "Querida tía, desde que está en la Montaña del Carmelo vuestra hija Teresa siente todavía mejor, si es posible, el cariño que os profesa. Cuanto más aprende a amar a Jesús, tanto más se agranda también su ternura hacia sus parientes" (Ct 112).

 

A una amiga le advierte: "Las rejas del Carmelo no fueron hechas para separar los corazones que sólo se aman en Jesús, antes bien, sirven para hacer más fuertes los lazos que los unen" (Ct 138).

 

Son también altamente significativos los gestos y las palabras con que en los últimos meses manifestaba su cariño y confianza a sus hermanas, especialmente a la M. Inés: "Os amo mucho, madrecita mía" (UC 14.7.8). "Quiero daros una muestra de amor que nadie os haya dado" (le pasó el pie por la cara) (UC 16.7.5).

 

Tuvo sus problemas con motivo de la convivencia de cuatro hermanas en el mismo convento. Supo desenvolverse admirablemente (C 8v-9r). Ya en los últimos días hacía esta confidencia: "Teófano Venard amaba mucho a su familia. También yo amo mucho a mi pequeña familia. ¡Oh, amo mucho a mi familia ya aquí en la tierra! La amo mucho, mucho, Madrecita mía" (UC 21/26.5.1). Un pensamiento que la consuela es que en el cielo volverá a juntarse de nuevo y para siempre toda la familia (Cfr. Ct 149. 203; P 13,1; 18,50).

 

Sor Genoveva nos ha conservado este testimonio: "Habiendo leído que ciertos santos se alejaban de sus parientes por deseo de perfección, o modificaban sus relaciones con ellos, ella nos decía que "era muy consolador el que hubiera muchas moradas en la casa de Dios, añadiendo que la suya no sería la de los grandes santos, sino la de los pequeños, que aman mucho a su familia" (CRG 5,35).

 

Todo esto se ha de tener en cuenta para entender ciertas expresiones y prácticas de nuestra Teresa, y también las de otros santos y santas.

 

2. El amor sobrenatural, la caridad cristiana

 

El amor sobrenatural se basa en la común filiación divina. En virtud de nuestra unión con Cristo y nuestra vida en Cristo nos convertimos en miembros del Cuerpo Místico, o si se prefiere, en hijos en la familia divina, nos hacemos "hijos en el Hijo" y, en consecuencia, mutuamente "hermanos". Se produce una comunicación con Cristo y, a través de él, con todos los cristianos. Todos nosotros somos hermanos, y esta relación crea unos lazos nuevos, que se añaden a los naturales.

 

Los cristianos somos hermanos por doble motivo: como seres humanos y como hermanos de Jesús. Si estamos compartiendo la vida de Cristo, y también sus sentimientos, nuestra caridad ha de tener las mismas características que la que él nos profesa.

Jesús no es sólo modelo sino también fuente del amor. La norma ha de ser su proceder: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,12). Y como yo os amo ahora. Los límites han de ser los que señaló él mismo con su conducta: "Hasta dar la vida por los hermanos" (Jn 15,13; Un 3,16). Así es el amor que él nos tiene.

 

Esta es la caridad que hay que practicar entre los hermanos, entre los creyentes. Era la norma que había de regir entre los miembros vivos y conscientes de la comunidad cristiana.

 

a) Consideración del apóstol San Juan

 

Veamos las consideraciones que el discípulo más íntimo de Jesús hace sobre este tema.

 

En su primera carta dice que estamos en comunión o en solidaridad con el Padre y con su Hijo, Jesucristo" (Un 1,3).

 

En consecuencia, nuestra caridad es una participación de la caridad de Dios o de Jesús, y hemos de amar a los hermanos como él, en la medida en que él los ama. Tiene razón san Juan de la Cruz al afirmar que hay que amar a todos por igual, porque "aquel es más digno de amor que Dios ama más y no sabes tú a cuál Dios ama más" (Cautelas 1,6). Así es la cosa cuando la miramos desde esta perspectiva sobrenatural. Y ésta es la que hay que tener en cuenta entre los religiosos. Y san Juan de la Cruz se refiere a la práctica de la caridad en la comunidad religiosa. Los miembros de este colectivo no están relacionados o ligados entre sí por vínculos naturales de la sangre, sino por los de Cristo. Por eso decimos que son hermanos en Cristo. Como no sabemos en qué grado de intimidad vive cada uno con Dios, debemos amarlos a todos por igual. Esto no modifica las relaciones naturales con la familia y la obligación de amar a los parientes en cumplimiento del cuarto mandamiento. Esa era la razón por la que Juan de la Cruz profesaba un amor especial a su hermano, el único miembro de la familia que le quedaba. Y apreciaría también a su sobrina, aunque no tengamos noticia de ello, como antes a su madre.

 

Dentro de la vida religiosa hay también casos de parentesco, hasta cierta amistad legítima, sin sobrepasar los debidos límites. La Santa, al exponer el problema de la caridad fraterna entre las religiosas, se desenvuelve en este plano y razona según estos principios. Es aquí donde hace grandes descubrimientos y progresos en los últimos meses de su vida. Por eso, vamos a ceñirnos estrictamente a este campo: el de la caridad fraterna sobrenatural.

 

b) La caridad fraterna

 

El problema de la caridad fraterna se le plantea y ella toma conciencia de él en el convento, en la vida de comunidad. Las pequeñas y pasajeras discusiones y diferencias que tenía con sus hermanas en casa no las toma en cuenta. En nada afectaban al desarrollo normal de su vida.

 

El la primera parte de sus escritos, o sea, en el Manuscrito "A", que redacta a los 22 años, no aparece la palabra "caridad" más que una sola vez. Dice que como consecuencia de la "gracia de Navidad", "sentí... que entraba en mi corazón la caridad, la necesidad de olvidarme de mí misma por complacer a los demás" (A 45v). Pero, antes y también después, aparece que se trata de la caridad espiritual o de sacrificarse por la conversión de los pecadores: "Sentí un gran deseo de trabajar por la conversión de los pecadores". No piensa en las relaciones con las personas con las que comparte su vida de cada día. Es todavía una concepción muy restringida de la caridad cristiana, propia de las personas muy religiosas, que miran a los pecadores en peligro de condenación y no tienen problemas serios en la convivencia cotidiana. Su preocupación, casi exclusiva, es la de salvar almas. En una de las estrofas de la Poesía 17, dice:

 

"Vivir de amor es navegar sin tregua, en las almas sembrando paz y gozo. ¡Oh, mi Piloto amado!, la caridad me urge, pues te veo en las almas, mis hermanas [...] En mi vela llevo grabada mi divisa: ¡Vivir de amor!" (P 17,8 del 26.2.1895).

 

En el Manuscrito "B" entiende la caridad como amor de Dios, la caridad para con Dios como el primer mandamiento de la Ley de Dios. Este aspecto adquiere su pleno desarrollo al ofrecerse como víctima al Amor misericordioso. Está ya casi en el límite.

 

Donde realmente plantea y desarrolla el problema de la caridad fraterna es en el Manuscrito "C". En él aparece la palabra en el sentido de caridad fraterna no menos de 26 veces. Vale la pena leer Ms. "C" 11v-18v. Este asunto lo presenta como algo que ha descubierto muy recientemente, por lo menos en toda su profundidad.

 

Lo más interesante es que no se contenta con ensalzar y recomendar la práctica de esta virtud. Pasa a exponer las raíces teológicas o cristianas de la misma. No se detiene en elucubraciones abstractas y conceptuales. Como es norma en su modo de proceder, pasa a relatar cómo se desenvolvió ella en este terreno.

 

En la vida diaria

 

No nos dicta una lección magistral. Nos expone su experiencia. Si estamos incorporados a Cristo, participamos de su propia vida. Eso condiciona totalmente nuestra situación respecto a nuestros hermanos. Estamos en unión, en dependencia con él, o mejor, en una especie de simbiosis. Jesús es la cabeza fuente de esta vida. De ella participamos o recibimos todos los miembros. Cuando amamos, amamos no sólo a imitación suya, sino junto con él, participando del amor con que él nos ama ¡Qué bien entendió esto la santa! Ella relata el proceso que le ha llevado a descubrir este fenómeno. "Este año Dios me ha concedido la gracia de comprender lo que es la caridad. También antes la comprendía, es verdad, pero de una manera imperfecta. No había profundizado en estas palabras de Jesús: El segundo mandamiento es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo . Me dedicaba principalmente a amar a Dios".

 

Ha ido cayendo en la cuenta de que el segundo mandamiento es semejante al primero, es decir, está íntimamente ligado a él, es inseparable de él y, en cierto sentido, tiene la misma raíz profunda.

 

A Dios no se le encuentra solo. Junto a él está y aparece siempre el hermano. Al descubrir y entender mejor a Dios, se le descubre también el hermano. Mi mirada y mi caridad tienen que abarcar a los dos, a todo el Cuerpo Místico.

 

El mandamiento nuevo

 

A sor Teresa le impresiona profundamente el "mandamiento nuevo", que Jesús revela en un momento solemne y significativo: al darse a los discípulos en la Eucaristía: "Que os améis unos a otros, que os améis unos a otros igual que yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros" (Jn 13,34-35; C 11v). Jesús revela, más que impone, este mandamiento. Ahí se desvela todo el misterio del amor de Jesús y del amor cristiano.

 

Este texto sugiere a la Santa las siguientes consideraciones: "¿Y cómo amó Jesús a sus discípulos y por qué los amó? Entre él y ellos la distancia era infinita ... Ellos eran unos pobres pescadores, ignorantes y llenos de pensamientos terrenos. Sin embargo, Jesús los llama sus amigos, sus hermanos. Quiere verlos reinar con él en el reino de su Padre y, para abrirles las puertas de ese reino, quiere morir en una cruz, pues dijo: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13.15).

 

"Madre mía querida, meditando estas palabras de Jesús comprendí lo imperfecto que era mi amor a las hermanas y vi que no las amaba como las ama Dios. Sí, ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades, en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos practicar. Pero, sobre todo, comprendí que la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón: "Nadie -dijo Jesús- enciende una lámpara para meterla debajo de un celemín, sino para ponerla en el candelera y que alumbre a todos los de la casa" (Mt 5,15).

 

"Yo pienso que esa lámpara representa a la caridad, que debe alumbrar y alegrar no sólo a los que me son más queridos, sino a todos los que están en la casa, sin exceptuar a nadie. Cuando el Señor mandó a su pueblo amar al prójimo como a sí mismo (Lv 19,18) todavía no había venido a la tierra. Por eso, sabiendo bien hasta qué grado se ama uno a sí mismo no podía pedir a las criaturas un amor mayor al prójimo. Pero cuando Jesús dio a los Apóstoles un mandamiento nuevo, ya no se habla de amar al prójimo como a uno mismo, sino de amarle como él, Jesús, le amó, y como le amará hasta la consumación de los siglos.

 

"Yo sé, Señor, que no mandáis nada imposible. Conocéis mejor que yo mi debilidad, mi imperfección. Sabéis bien que yo nunca podría amar a mis hermanas como vos las amáis, si vos mismo, ¡oh Jesús!, no las amaseis también en mí. Porque queríais concederme esta gracia, por eso disteis un mandamiento nuevo.

 

"¡Oh, cómo me gusta este mandamiento, pues me da la certeza de que es vuestra voluntad amar en mí a todos aquellos que me mandáis amar! Sí, lo siento, cuando soy caritativa, es Jesús solo quien obra en mí. Cuanto más unida estoy a él, tanto más amo a mis hermanas" (C 12r-v).

Si uno es digno de amor, objeto de nuestro amor, en la medida en que es amado por Dios, también hay que tener en cuenta que le amo en la medida en que estoy unido a Jesús, en el grado en que comparto su amor.

 

Dificultades para amar

 

A continuación, la Santa nos cuenta, con toda sinceridad, qué dificultades se le presentaron para practicar este género de amor. Relata cómo reaccionó aplicando estos principios. Es interesante observar los análisis que hace de los sentimientos e inclinaciones propias y su empeño en descubrir lo que en ellos hay de amor propio, de egoísmo, que tan sutilmente se introduce en nuestras posturas y actuaciones. Cuenta muchas anécdotas y casos concretos (Cfr. C 13r-18v;27r-31v).

 

Llama la atención lo que le costó, a ella, una gran Santa, superar la antipatía que sentía hacia una religiosa. "Hay en la comunidad -dice ella- una hermana que tiene el don de desagradarme en todo. Sin embargo, es una santa religiosa, que debe ser sumamente agradable a Dios". Luego describe la lucha que sostuvo y cómo salió victoriosa de este duro y largo combate (C 13v-14r).

 

A través de todos estos relatos se pone de relieve el gran realismo de sor Teresa. La vida hay que tomarla como es y a las hermanas como son, con serenidad y paz. Nunca se lamenta de tener que vivir con seres tan imperfectos y hasta desagradables. Al aceptar la voluntad de Dios, debe incluirlas también. Menciona a las hermanas o almas imperfectas: las que cometen "faltas de discreción, de educación, la susceptibilidad de ciertos caracteres, cosas todas, que no hacen la vida muy agradable". A estas tales las llama "enfermas espirituales". Tienen el agravante de que "sus enfermedades morales son crónicas y no hay esperanzas de curación" (C 28r). Ella observa que en la convivencia y el trato todas buscan, espontáneamente, la compañía de las más santas, de las más agradables. Sin embargo, esas pobres enfermas son las que tienen más necesidad de atención y cariño. Y eso es lo que la Santa procura practicar. Se pone intencionadamente junto a ellas y trata de mostrarse amable en su trato (C 28r-v). Le hubiera gustado ser enfermera y cuidar a las afectadas por esta enfermedad (Cfr. UC 6.4; 20.8.3; 3.9.3; CRG 2,24; 4,2; 4,7).

 

Según su hermana Sor Genoveva, le encantaba el texto de Isaías, en que el Señor dice que el ayuno que le agrada es el de la caridad (CRG 4,1-3).

Hay cosas que, a primera vista, nos extrañan un poco, pero luego, al considerarlas mejor, nos admiran. Veamos el caso siguiente: Acababan de administrarle la Unción de los enfermos y la Eucaristía como viático. Sin darle tiempo para hacer una acción de gracias un poco prolongada, varias hermanas se le acercaron y empezaron a hablarle ¿Cómo reaccionaría la Santa? Escuchemos sus palabras: "¡Cómo me molestó que vinieran después de la comunión! Me miraban como a un bicho raro. Pero para no irritarme, yo pensaba en nuestro Señor, que se retiraba a la soledad sin poder evitar que lo siguiera allí la gente y él no la despedía (Cfr. Me 6,32-34). Yo he querido imitarle recibiendo bien a las hermanas". Nos hubiera parecido que lo que debiera hacer una santa en esta ocasión era pedirles que se retiraran y la dejaran recogida y en silencio, pero ella, como Jesús, pensó que era más caritativo y, por tanto, más agradable a Dios, atender a las hermanas poniendo cara risueña (UC 30.7.18; cfr. Ct 122).

 

Nos cuenta también otro suceso bastante sorprendente, que supo interpretar de una manera un poco original.

 

"Durante mucho tiempo, en la oración de la tarde, estuve colocada delante de una hermana, que tenía una curiosa manía... Se ponía a hacer un ruidillo extraño, semejante al que se haría frotando dos conchas una contra otra ... Sentía grandes deseos de volver la cabeza y mirar a la culpable. Pero en el fondo del corazón comprendí que era mejor sufrir aquello por amor de Dios y por no causar pena a la hermana. Así que permanecía tranquila, procurando unirme a Dios y olvidar el ruidillo. Pero todo era inútil; me sentía bañada en sudor, y me veía obligada a hacer una oración de sufrimiento" (C 30v). El sudor, ciertamente, no era de sangre como el de Jesús en Getsemaní, pero revelaba bien a las claras, la gran violencia que tenía que hacerse. Estaba convencida de que aquel acto de vencimiento, la estaba sacando de su egoísmo y, en el fondo, la unía a Jesús más que la oración que podía hacer en aquel momento. Probablemente cualquiera de nosotros, y más de un santo o santa, hubiese empleado el método que primero le venía a la mente a sor Teresa: volver la cabeza y mirar a la culpable. Pero ella encontró otra salida, que luego le pareció más acertada.

Al tiempo que redactaba estos pensamientos sobre la caridad, envió a su querida novicia, Sor María de la Trinidad, este breve testamento espiritual escrito al dorso de una estampa, que representaba al Niño Jesús: "Que el divino Niño Jesús halle en vuestro corazón una morada toda perfumada por las rosas del amor; que halle en él, además, la lámpara ardiente de la caridad fraterna, que recalentará sus pequeños miembros helados y alegrará su pequeño corazón, haciéndole olvidar la ingratitud de las almas, que no lo aman bastante" (Ct 218).

Comprendió también que la práctica de la caridad auténtica es la prueba más evidente de la sinceridad de nuestro arrepentimiento y retorno a Jesús, la que, en consecuencia, nos purifica: "Acordándome de que la caridad cubre la muchedumbre de los pecados (1Ped 4,8; St 5,20), exploto esta mina fecunda, que Jesús abre ante mí" (C 15v). Es que la caridad es la mejor ofrenda, la única agradable, que podemos ofrecer a Jesús.

 

Se cuentan de ella multitud de anécdotas acerca de cómo entendía la caridad, que hay que practicar en una comunidad religiosa. Ésta es una de ellas: su hermana Sor Genoveva había tenido un pequeño encuentro, una discusión, con una religiosa, defendiendo la justicia y tratando de convencerla de que tenía razón. Sor Teresa se enteró y el remedio que le prescribió para poner fin a su actitud fue una mirada de amor a Jesús y el reconocimiento de su propia miseria e imperfección. Esto lo arregla todo. Además le advierte que en estos casos de pequeños roces, en que no está en juego más que un punto de amor propio, no hay que apelar a la justicia: "No habéis venido al convento a ser juez de paz sino ángel de paz" (CRG 4,18). Estos pequeños conflictos no se resuelven reclamando la justicia, sino buscando directa y sencillamente la paz. Es el único bien que está en juego.

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