EXPERIENCIA DE DIOS

1. Cantar sus misericordias

 

Ya hemos recordado que al emprender la redacción de la Historia de un Alma, la autora hace a la M. Inés una advertencia que hay que tener en cuenta. Refiriéndose al carácter que va a tener su relato, le dice: "lo que voy a escribir no es mi vida propiamente dicha, sino mis pensamientos acerca de las gracias que Dios se ha dignado concederme" (A 3r). Lo importante en la vida de un creyente es saber descubrir la presencia, la mano de Dios en los acontecimientos que le afectan. Teresa expone cómo ha visto a Dios protegiéndola, alentándola, iluminándola a lo largo de su carrera. Al recordar los acontecimientos o días más destacados de su andadura por este mundo, los denomina: "Días de gracias concedidas por el Señor a su pequeña esposa" (A 86). Avisa ya desde la primera página de su autobiografía: "Sólo pretendo una cosa: empezar a cantar lo que he de repetir por toda la eternidad: ¡las misericordias del Señor!" (A 3r). Y al ponerse a escribir el Manuscrito C, pocos meses antes de su muerte, insiste en el mismo pensamiento: "Madre mía querida, me habéis manifestado el deseo de que termine de cantar con vos las misericordias del Señor" (C 1 r).

 

Aquí, como en muchos otros pasajes de sus escritos, la misericordia del Señor no hay que tomarla en el sentido restrictivo del perdón de los pecados. Se le ha de dar el sentido que tiene en la Biblia, donde expresa la presencia activa, amorosa, misericordiosa de Dios, a la que él se ha comprometido. Para Teresa será, sobre todo, el amor humilde, tenaz, comprensivo, que le hace a Dios abajarse hasta las pobres criaturas. El Dios cercano y amoroso. El Dios Padre, hermano, familiar nuestro (Cfr Ct 121).

 

A los 22 años, al cabo de siete de estancia en la soledad y silencio del convento, soportando pruebas de diverso género, ha reflexionado mucho, ha estado atenta a las sutiles actuaciones divinas, y ya se siente con suficiente madurez para hacer una relectura de su vida, para examinar los factores que han intervenido e influido en ella. Veamos su declaración: "Me encuentro en un periodo de mi existencia, en el que puedo echar una mirada hacia el pasado; mi alma ha madurado en el crisol de las pruebas exteriores e interiores. Ahora, como una flor fortalecida por la tormenta, levanto la cabeza y veo que en mi vida se hacen realidad las palabras del salmo 22: "El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar... Aunque camine por cañadas oscuras, ningún mal temeré porque tú, Señor, vas conmigo. Conmigo el Señor ha sido siempre compasivo y misericordioso."" (A 3r-v). Podemos glosar su frase añadiendo: "ha estado siempre muy atento, ha sido muy delicado, muy comprensivo, muy humilde y complaciente con su pequeña esposa".

 

Dios presente en su vida

 

A lo largo de la Historia de un alma y demás escritos suyos aparece cómo Dios está siempre presente y actúa en ella, cómo la va iluminando y fortaleciendo. Sobre todo, ilumina a la que está destinada a abrir nuevos caminos a recorrer. Una de las cosas que más repite es que ha recibido luces nuevas, que ha comprendido cosas ignoradas hasta entonces. Interpretar de este modo los acontecimientos, que jalonan su vida, es comprender cómo actúa Dios. La originalidad y el interés de la Santa está en que a ella Dios no la conduce por el camino que han recorrido otros santos y santas, y que parecía obligado, único. Ella podía sospechar que andaba descaminada, que no se le manifestaba Dios y no la dirigía como a los otros directores. Podía desanimarse. Pero es precisamente aquí donde muestra su especialidad. Repite con frecuencia el texto del salmo, que acabamos de citar: "Aunque camine por cañadas oscuras, nada temeré, porque tú, Señor, vas conmigo." El camino que lleva parece totalmente nuevo (C 2v), pero siempre cree que va dirigida, conducida por Dios, y en los momentos precisos encuentra señales que la aseguran. Todo parece providencial. Incluso sus fracasos, como su incapacidad para acomodarse a la vida del colegio y de conectar con las compañeras de estudio y con las religiosas profesoras, los interpreta como una gracia de Dios (A 35r. 40v). Más tarde pensará lo mismo de sus oscuridades, de la sequedad en la oración y demás penas del cuerpo y del alma. Será el Cristo sufriente y abandonado por su Padre en Getsemaní y en la cruz, el que ayude a comprender su situación.

 

Diversas pruebas

 

La espera de tres meses para entrar en el convento, que tanto sintió en un principio, luego se convirtió en una ocasión excelente para practicar la virtud (A 68v . Conversaciones con sor María de la Eucaristía, p. 1038).

 

El trato severo que recibió en los primeros años en el Carmelo de parte de la M. Priora también fue muy beneficioso para la joven religiosa (A 69v; C 1v).

Respecto a los grandes sufrimientos con ocasión de la enfermedad humillante de su padre, declara: "No los cambiaría por todos los éxtasis y revelaciones de los santos" (A 73r). Aunque en un momento esta desgracia la califica de "gran tribulación", luego la llama "nuestra riqueza". (A 86).

Hasta la misma sequedad, que al privarla de todo consuelo espiritual, convierte su vida en una especie de martirio, la considera providencial. Así tiene que amar a Dios por sí mismo y no por sus consuelos (Ct 50).

 

Escribe a su hermana Celina: "Amémosle (a Dios) pues,... amémosle lo bastante como para sufrir por él todo lo que él quiera, incluso los dolores del alma, las arideces, las angustias, las frialdades aparentes. ¡Es gran amor amar a Jesús sin sentir la dulzura de este amor! Pues bien, muramos mártires" (Cr Ct 73).

 

Al exponer a su hermana sor Inés su situación espiritual durante el retiro de preparación para la profesión, le dice que se encuentra en "un subterráneo donde no veo más que una claridad semivelada, la claridad que desprenden a su alrededor los ojos bajos de la Faz de mi prometido" (Cfr Ct 91).

La Santa Faz le recuerda que Jesús ha llevado el mismo camino de oscuridad y sufrimiento, pero no por ello perdió su fe y confianza en el Padre. Ella se ve forzada a hacer el mismo recorrido sin perder tampoco su ánimo y confianza. Es lo que aprende del Jesús sufriente.

Le apenó mucho el retraso de la profesión. Mas luego cayó en la cuenta de que en aquellas prisas no todo era amor de Dios. Había mucho de amor propio (Ct 156).

 

La prueba de la fe

 

La prueba más dolorosa fue la de la fe. Le quitó todo el "gozo de la fe" (C 7r). Ya no encontraba ningún consuelo ni en Dios ni en la vida futura. Era una oscuridad total. A pesar de ello llega a comprobar que también esta prueba le ha hecho madurar mucho en la fe y en la confianza. Al resultar tan dura y humillante para ella le ha hecho comprender a los incrédulos y le ha llevado a abajarse y sentarse a su mesa para rezar junto con ellos la oración del publicano (C 6r). Gracias a esta tentación adquiere la verdadera humildad. Esa humildad que tanto le preocupaba y tanto necesitaba (Cfr UC 4.8.3; 30.9.15).

 

Ya no mira a los pobres incrédulos con complejo de superioridad. ¡Se siente tan cerca de ellos! Tiene motivos más que suficientes para estar agradecida a Dios, que se sirve de estos medios para conducirla a donde debe estar.

 

En medio de todas estas contrariedades, y diríamos desgracias, ella descubre la mano amorosa de Jesús, que la va guiando por caminos de oscuridad y de humildad. Es precisamente en estas condiciones como se vive la confianza ciega. Teresa está convencida de que no hay otra alma a la que Dios ame, atienda y mime más que a ella (C 35r).

 

En la última enfermedad, abrumada por unas penas interiores y dolores físicos, puede repetir la frase del salmista: "Señor, me colmáis de gozo con todo lo que hacéis" (Sal. 91,5)(C7r; UC 13.7.16).

 

2. Descubriendo a Dios

 

Este proceso de su vida, sobre todo su actitud de cara a los diversos acontecimientos, demuestra cómo ha ido descubriendo a Dios y su modo de proceder. En el Manuscrito A y en las cartas de la época correspondiente aparece cómo ha tenido que renunciar a muchas ideas suyas, a muchos proyectos soñados, para acomodarse a Dios. Hemos tenido ocasión de constatar que en los primeros años le gustaba contemplar a Dios a través del Niño Jesús con sus "caprichos infantiles", con su modo de actuar tan poco conforme con lo que ella podía esperar para su bien espiritual. Lo fundamental, en esta situación, era seguir creyendo que Dios la amaba, y que su proceder extraño no significaba que la abandonase. Le asalta, sí, en algunos momentos, la duda de si era o no amada por Dios (Cfr A 78r). Pero estas vacilaciones o tentaciones las superó pronto. No parece que fueran persistentes.

 

El carácter de Dios

 

Lo que estaba en juego era la condición, el "carácter" de Dios o de Jesús. ¿Por qué actúa, por lo menos en algunas ocasiones, de esta manera tan extraña? Al comprobar su modo de proceder, al cabo, siempre traía resultado muy beneficioso, para ella. Intuía, veía que Dios era bueno en todas sus operaciones y que había que fiarse de él, entregarse confiadamente a su beneplácito. Estuvo algún tiempo un poco indecisa, sin suficiente determinación para arrojarse a lo inexplorado, a lo inseguro. Le preocupaba, sobre todo, desde el periodo de los escrúpulos, evitar el pecado, no exponerse a faltar, practicar la fidelidad más estricta a sus obligaciones. Llegaba a interrumpir el trabajo dejando de terminar la palabra como aparece en algunas cartas (Cfr Ct 28).

 

Esta actitud perdura todavía al hacer la profesión. Se manifiesta en el billete que escribió ese día y luego llevó siempre sobre su corazón. Empieza así: "¡Oh Jesús, divino Esposo mío!, que nunca pierda yo la segunda vestidura de mi bautismo. Llévame antes de que cometa la más leve falta voluntaria" (Or 2) Con estas precauciones se sentía más segura.

 

Por los mares de la confianza

 

Necesitaba una garantía, un empujón para lanzarse hacia adelante, con confianza. El empujón y la garantía que necesitaba se los dio el R Alejo Prou. Ella nos cuenta el hecho como algo de gran trascendencia en su vida. "Yo sufría por aquel entonces grandes pruebas interiores de todo tipo (hasta llegar a preguntarme a veces si existía un cielo). Estaba decidida a no decirle nada acerca de mi estado interior, por no saber explicarme. Pero apenas entré en el confesionario, sentí que se dilataba mi alma. Apenas pronuncié unas pocas palabras, me sentí maravillosamente comprendida, incluso adivinada... mí alma era como un libro abierto, en el que el Padre leía mejor incluso que yo misma... Me lanzó a velas desplegadas por los mares de la confianza y del amor, que tan fuertemente me atraían, pero por los que no me atrevía a navegar... Me dijo que mis faltas no desagradaban a Dios, y que, como representante suyo, me decía de su parte que Dios estaba muy contento de mí." (A 80v)

 

Cuando ha dado con el Dios, que la ama, la comprende, le perdona inmediatamente sus faltas de pura fragilidad, ha de mirar hacia adelante más que a sí misma. (Cfr Ct 121)

 

Ha cambiado de planteamiento. Ya no toma una actitud defensiva, de evitar el pecado. El camino de la confianza la atrae más. Ya no ve delante de sí a un Dios que la espera para juzgarla, para pedirle cuentas, sino a un Dios amoroso, en quien se puede confiar, aunque se sienta pequeña, pobre e imperfecta. Este nuevo planteamiento es mucho más eficaz.

 

El confesor "me dijo que mis faltas no desagradaban a Dios... que Dios estaba muy contento de mí... Nunca había oído decir que hubiese faltas que no desagradaban a Dios. Esas palabras me llenaron de alegría... En el fondo del corazón yo sentía que eso era así, pues Dios es más tierno que una madre. ¿No estáis vos siempre dispuesta, madre mí querida, a perdonarme las pequeñas indelicadezas de que os hago objeto sin querer? Ningún reproche me afecta tanto como una sola de sus caricias. Soy de tal condición, que el miedo me hace retroceder, mientras que el amor no sólo me hace correr sino volar" (A 80v).

 

Al leer estos textos uno tiene la impresión de que la caminante está llegando a la meta. Ya aparece a su vista la recta final. Siente que Dios ha colmado todos sus deseos Quería tener a Celina en el Carmelo y ya ha llegado. Recibe la señal de que su padre ha entrado derecho en el cielo. Ya no tiene deseos, proyectos trazados por ella, y caminos de su preferencia. Todo lo entrega y toda se entrega a Dios. El es el que tiene la iniciativa. Crecen su amor a Jesús y su confianza en él (Cfr A 81 -82).

 

Su plan de vida

 

Su plan se resume en tres puntos:

 

Mi único DESEO: ni el sufrimiento ni la muerte. Lo único que me atrae es el AMOR.

Mi única GUIA: El ABANDONO. No tengo otra brújula. Se pone enteramente a disposición del Dios-Amor a quien se ha entregado como víctima.

Mi único DESEO: el CUMPLIMIENTO DE LA VOLUNTAD DE DIOS.

 

"Ya sólo en amar es mi ejercicio". "Qué dulce es el CAMINO DEL AMOR. Es cierto que se puede caer, que se pueden cometer infidelidades; pero el amor haciéndolo todo de un sabor, consume con asombrosa rapidez todo lo que puede desagradar a Jesús, no dejando más que una paz humilde y profunda en el fondo del corazón" (A 83r).

 

"Después de tantas gracias, ¿no podré cantar yo con el salmista: "El Señor es bueno, su misericordia es eterna?" (A 83v).

 

3. Lo que esta experiencia le ha hecho comprender

 

Dios ama a todos, pero su amor se manifiesta, o tal vez mejor, es percibido y comprendido con mayor perspicacia por unos que por otros. Este amor tiene diversas facetas o diversas maneras de manifestarse. Unos perciben mejor alguna de ellas y otros poseen diferente sensibilidad. ¿Qué ha descubierto Teresa con más claridad? ¿Qué atributo divino ha comprendido con mayor profundidad? ¡LA MISERICORDIA DE DIOS!

 

"Comprendo... que no todas las almas pueden parecerse; es necesario que haya diferentes tipos, a fin de honrar especialmente cada una de las perfecciones divinas.

 

A mí me ha dado su misericordia infinita, y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas. Entonces todas se me presentan radiantes de amor. Incluso la justicia (y tal vez ella más que ninguna otra) me parece revestida de amor. ¡Qué alegría pensar que Dios es justo, es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la fragilidad de nuestra naturaleza! ¿De qué, pues, tendría yo miedo? ¡Ah! El Dios infinitamente justo que se dignó perdonar con tanta bondad todos los pecados del hijo pródigo, ¿no se mostrará también justo conmigo que estoy siempre a su lado?" (A 83v-84r).

 

Un año largo más tarde, el 9 de mayo de 1897, escribe al misionero R Roulland una carta en la que desarrolla su pensamiento sobre la justicia divina. Le dice: "Sé también que el Señor es infinitamente justo. Y esta justicia, que asusta a tantas almas, es precisamente lo que constituye el motivo de mi alegría y de mi confianza. Ser justo no es sólo ejercitar la severidad para castigar a los culpables, es también conocer las intenciones rectas y recompensar la virtud. Yo espero tanto de la justicia de Dios como de su misericordia..." (Ct 203: cfr A 80v; Ct 231.)

 

Así es el Dios que Teresa ha descubierto y comprendido. Hay que tener confianza en un Dios de estas características. Ella permanecerá en esta actitud hasta el final de su vida, aun durante la durísima prueba de la fe. Se despedirá del R Belliére con estas líneas: "Yo no puedo tener miedo a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí... ¡Yo lo amo! ¡Pues él sólo es amor y misericordia!" (Ct 266).

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