A OSCURAS

 

1. Fenómenos extraordinarios

 

Teresa pasó, prácticamente toda su vida, con muy pocos y breves paréntesis, en sequedad y hasta en tinieblas. Evidentemente, nos referimos a su vida de adulta. A pesar de encontrarse en este estado, nunca se muestra angustiada. No pierde la paz interior, esa paz que ella menciona tantas veces. Esta palabra mágica para ella, aparece nada menos que 123 veces en sus escritos.

 

Vamos a empezar a recordar los hechos o fenómenos, que parecen, o que ella considera extraordinarios. Son manifestaciones sensibles de Dios, que solemos llamar intervenciones milagrosas o gracias místicas.

 

A la edad de siete años tuvo una visión, que anunciaba la enfermedad de su padre. Así la interpretó ella siempre y la describió en su autobiografía. Divisó en el jardín a su papá con la cabeza cubierta y encorvado, en actitud de humillado y avergonzado. Así quedó luego su venerado papá (A 20r; 60v). Unos años más tarde, se produjo la curación, que la Santa consideró milagrosa. Ocurrió en la primavera del año 1883. La niña tenía 10 años. Se vio víctima de una enfermedad extraña. La enfermedad duró del 25 de Marzo al 13 de Mayo. Los médicos creyeron que se trataba de un mal grave, pero no se atrevieron a dar un diagnóstico. "No sé,- dice ella-, describir una enfermedad tan extraña. Hoy estoy persuadida de que fue obra del demonio".

 

En la habitación estaba la "estatua milagrosa de la Santísima Virgen...De repente la Virgen me pareció hermosa...Su rostro respiraba bondad y ternura inefables. Pero lo que llegó hasta el fondo de mi alma fue la encantadora sonrisa de la Stma. Virgen... ¡Ah, pensé, la Stma. Virgen me ha sonreído, qué feliz soy!" (A 20r; 63v). Y la Teresita se sintió curada. Era el 13 de Mayo. Desde entonces, esta imagen de María, es venerada bajo la advocación de "La Virgen de la sonrisa". Ocupa un lugar muy destacado en la piedad de Teresita. La acompañó a lo largo de toda su carrera terrena. Estuvo presente en la enfermería. La enferma la miró y la invocó muchas veces en los momentos más angustiosos de esta dura y penosa etapa de su vida.

 

Al leer la Consagración a la Virgen, el día de su primera comunión, en nombre de todo el grupo, no pudo dejar de recordar el milagro (A 35v).

Cuando visitó París, la "Ciudad - Luz", al emprender la peregrinación a Roma, el lugar más encantador, para ella, fue la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias. Salió de aquel lugar sagrado plenamente convencida de que "había sido verdaderamente ella quien me había sonreído" (A 56v). En la lista de los "días de gracias otorgados por el Señor a su pequeña esposa" no podía faltar el de la "sonrisa de la Virgen" (A 86).

 

Toda su vida se mantuvo firme en esta persuasión de que ella había sido objeto de un verdadero milagro. Y lo recuerda públicamente, mientras de las demás gracias guarda un discreto silencio. En la última poesía que compuso, dice a la Virgen:

 

"Tú, que viniste a sonreírme, Madre, en la mañana de mi vida, ven otra vez a sonreírme ahora, pues ha llegado la tarde" (P 44,25).

Ya en plena adolescencia, siente también una presencia y acción extraordinarias de Dios. Al relatar sus conversaciones confidenciales con Celina, sobre sus experiencias religiosas, las compara con las que sostuvo San Agustín con su madre, santa Mónica. El santo doctor califica las suyas de "éxtasis". Teresita se atreve a asegurar que las que mantenían las dos jovencitas en el balcón de los Buissonnets no desmerecían en absoluto de aquellas. Eran como "las concedidas a los grandes santos" (A 48r). A pesar de estas frases de la autora, parece que no se trata de éxtasis propiamente dichos, de fenómenos místicos; sino de ciertos entusiasmos sentimentales.

 

A partir de ésta época, Teresa no menciona ningún fenómeno extraordinario en su vida. Solamente recuerda un sueño que tuvo en Mayo de 1896, en el que se le aparecieron unas religiosas (B 2r-v).

 

2. La oración

 

En cuanto a la oración, desde el principio de su vida religiosa empezó a sufrir de sequedad: "la sequedad se hizo mi pan de cada día" (A 73v). Era ya el preludio de una mayor sensación de ausencia de Dios, que iba a experimentar. Esta experiencia le ayudó a darse cuenta de que la calidad de la vida espiritual no se ha de medir por una escala de fenómenos sensibles o experimentales. Iba a acostumbrarse a vivir en pura fe oscura, creyendo sencillamente en Dios y en su amor, y a entregarse a Él incondicionalmente. Aprendió a relacionarse con el Dios "misterioso" y "escondido". Parece cierto que recibió unas pocas gracias místicas sensibles. No nos ha dejado ella ningún testimonio escrito de estos acontecimientos. Habló de ellos muy confidencialmente, en secreto, a su hermana poco antes de su muerte. Nunca les dio importancia al exponerlos. Probablemente tampoco contaban mucho para ella estas manifestaciones. Uno de estos fenómenos tuvo lugar después de su ofrenda al Amor misericordioso. Debió ser el viernes siguiente. Estando haciendo el ejercicio del viacrucis sola, en el coro, sintió como una especie de "transverberación" o "herida de amor." Sin visión alguna. Antes sólo una vez y por un instante, había sentido antes alguna vez "ímpetus de amor" (UC 7.7.2).

 

Cuatro días después de estas comunicaciones íntimas, con su hermana, le contó que había en otro tiempo experimentado, una especie de "vuelo de espíritu", que le duró toda una semana (UC 11.7.2).

 

Aceptar con realismo la sequedad

 

La Santa da a entender que, fuera de estos casos, Dios sí la instruía, pero en el silencio, en las tinieblas (Ct 114; cfr. A 76r). Cuando recibió el sacramento de la confirmación no sintió ningún viento impetuoso en el momento en que descendía el Espíritu Santo; sino más bien aquella brisa tenue, cuyo susurro escuchó Elias en el Monte Horeb (A 36v). Al relatar la celebración de su profesión religiosa, repite: "Mi unión con Jesús no se consumó entre rayos y relámpagos, es decir, entre gracias extraordinarias, sino al soplo de un ligero céfiro parecido al que oyó en la montaña nuestro Padre San Elias" (A 76v).

 

Aceptó este estado de sequedad y oscuridad con mucho realismo, con resignación amorosa y hasta con alegría. Sobre todo, con gran paz. Sin inquietarse ni echar en falta los fenómenos que se encuentran en los grandes santos.

 

Vivir en estas condiciones de oscuridad, sin percibir las reacciones, la respuesta de Jesús, resulta hondamente penoso. La Santa lo confiesa: "La vida es, con frecuencia, pesada... Si, al menos, se sintiese a Jesús. ¡Oh, con qué gusto se haría todo por Él", escribía el 23 de Junio de 1888, a los dos meses de entrar en el Carmelo (Ct 32).

 

En carta a su hermana hace esta preciosa consideración: "Es gran amor, amar sin sentir la dulzura de este amor, he ahí un gran martirio" (Ct 73). Si viéramos cómo acepta y agradece Jesús nuestro amor, experimentaríamos un gran gozo, una inmensa satisfacción. Aquello sería "sentir la dulzura del amor", ver nuestro amor correspondido, recompensado. Pero amar como al vacío sin respuesta apreciable, sensible, constituye un verdadero martirio.

 

Tiene una carta en la que expone el tema del silencio de Jesús y cómo son pocos los amigos que le siguieron y le siguen cuando se callaba y se calla. "Jesús es un tesoro escondido, un bien inestimable que pocas almas saben encontrar porque está escondido y el mundo ama lo que brilla... Jesús te ama con un amor tan grande que, si lo vieras, caerías en un éxtasis de amor que te causaría la muerte. Pero no lo ves y sufres" (Ct 124). Ahí radica nuestro gran problema : tenemos que creer que Dios nos ama, que Dios me ama, aunque no lo veo ni siento. La fe en el amor hay que vivirla a pulso, haciendo un gran esfuerzo, aceptando el estado de oscuridad e inseguridad. ¡Cuánto nos gustaría una manifestación sensible de Dios! La gran renuncia para una persona religiosa es prescindir de esas seguridades (Cfr. RP 7,1 v).

 

La pobre Teresa se fue resignando, se fue acostumbrando. Por fin, llegó a amar este estado. En los últimos meses de su vida dice: "Nunca he deseado tener visiones" (UC 5.8.4). No es la primera vez que lo dice. Ya lo había manifestado en varias ocasiones (P 22,27; UC 4.6.1; 11.8.5; 8.9; 11.9.7).

Unos meses antes de su muerte cantará:

 

"Y es mi paz cumplir siempre

la santa voluntad de Jesús,

mi único y solo amor.

Así vivo sin miedo,

amo el día y la noche por igual" (P 37,3).

 

Apoyada en la fe

 

A falta de esas señales, tiene que encontrar un apoyo de garantía. El único fundamento de su vida de fe, el solo verdaderamente válido, es el testimonio de Jesús, consignado en el Evangelio e interpretado por la tradición y por el magisterio de la Iglesia. Teresa creía escuchar a Jesús a través del Evangelio. Y se sentía segura. No echaba en falta otra prueba ni señal.

 

Refiriéndose a este túnel oscuro de la fe, sin señales, que le toca recorrer, dice que es Jesús quien ha escogido esta modalidad de camino, por tanto está segura de que conduce a la cumbre de la montaña de la perfección y de que ella se va acercando a la meta. Confía en Jesús. No tiene que buscar más seguridad y menos aún pedir explicaciones ni garantías (Cfr. Ct 91).

 

Para ella la fe está fundamentada, ligada con la confianza. La fe evangélica consiste en creer en el amor (Un 4,16) y dejarse conducir por él por donde y como quiere (Cfr. Ct 233 y 234).

 

A sor Teresa le encantaba el salmo 22 por aquello de que:

 

"El Señor es mi pastor,

nada me falta,

en verdes praderas me hace recostar;

me conduce hacia fuentes tranquilas.

Aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque Tú vas conmigo".

 

Desde las primeras páginas de su autobiografía toma estos versos como expresión muy adecuada y exacta de cómo ha sido y cómo ha visto ella el trayecto de su propia vida (Cfr A 3v; 84v; Ct 233).

 

El caminar a oscuras es triste, es penoso. A veces se recorren países magníficos, se lleva una compañía incomparable, pero no se disfruta. Pues no se ve, ni se siente nada. Dios sabe cómo dirigir a cada alma. La monjita cree que Dios actúa movido por su amor. En la carta 93, escrita durante el retiro de preparación para la profesión religiosa, expone este pensamiento tan significativo. En él se constata que procura sacar el bien aun de los sufrimientos del alma. Dice: "Mi alma sigue en el subterráneo, pero es muy dichosa, sí, dichosa de no tener consuelo alguno. Pues ve que así su amor no es como el amor de las prometidas de la tierra, que miran siempre las manos de sus prometidos para ver si les llevan algún regalo, o bien, su rostro, para sorprender en Él una sonrisa de amor". La pobre Teresa no recibe ningún regalo, ni percibe otra manifestación de amor de parte de Jesús.

 

Prácticamente durante toda su vida estuvo sumergida en la noche, a oscuras, salvo muy pocos y breves intervalos, que ya hemos indicado antes. Llegó a acostumbrarse hasta tal punto a este estado, que le pareció el más normal. Así debían estar todas o la mayoría de las almas más amadas por Dios, incluso la Stma. Virgen. Le canta:

 

"Tu dulce Niño, Madre,

quiere que seas el ejemplo vivo

del alma, que le busca

a oscuras en la noche de la fe" (P 44,15).

 

3. La prueba de la fe

 

La fe siempre es oscura, pero la oscuridad admite diversos grados de intensidad. Teresita dice que vivía, desde el principio de su vida religiosa sumergida en las tinieblas, mas la gran noche, la noche profunda la pasó en el año y medio último de su vida. Esta prueba constituye uno de los grandes acontecimientos de su carrera. Este fenómeno configura este período de su vida y hasta toda ella. Debido a ello, la vida de una gran santa aparece con unas características desacostumbradas hasta entonces, en las hagiografías, creando como un nuevo patrón o modelo del último tramo de la escala de la santidad.

 

En la recta final de su vida Teresa sufre una doble pasión: una del cuerpo y la otra del alma. Las dos empiezan al mismo tiempo con la hemoptisis de la noche del Jueves al Viernes Santo, 2-3 de Abril y en los días de Pascua de Resurrección de 1896.

 

La oscuridad relativa y la sequedad en que venía desarrollándose su vida de oración, no podía dejar de producir sus efectos. A la larga, va abriendo surco. La joven carmelita, en un momento de euforia o de confianza en sí misma, había escrito: "Antes se cansará Él (Jesús) de hacerme esperar, que yo de esperarle" (Ct 81).

 

Pero resulta que la valiente Teresa no es tan fuerte, no está tan firme, como ella se cree. Hubo de experimentar su fragilidad. Nos encontramos con que poco después de escribir esa carta, ella misma, relatando el episodio de una visita a la M. Genoveva, confiesa: "Aquel día me encontraba yo sumamente probada, casi triste, dentro de una noche tal que hasta dudaba de si era o no amada por Dios" (A 78r). Pocos meses más tarde arrecia la tempestad. "Sufría entonces grandes inquietudes interiores de toda clase hasta llegar a preguntarme a veces si existía el cielo" (A 80v). El P. Alejo Prou, Franciscano, la tranquilizó. Parece que a partir de aquel acontecimiento, aún sin salir del estado habitual de sequedad, llevó una vida espiritual relativamente dulce hasta la aparición de la gran prueba.

 

El año 1895, que ella calificó de "año de paz, de amor y de luz", transcurrió lleno de trabajo y de satisfacciones. Al correr de este año, redacta el Manuscrito "A", 9 cartas, 9 poesías, 4 piezas de teatro y 5 oraciones. Esto es lo que se nos ha conservado. En el transcurso de este mismo período hace el gran descubrimiento del "Amor misericordioso de Dios" y se ofrece como "víctima" a Él. A juzgar por los datos con que contamos, lleva una vida espiritual sencilla. El 21 de Octubre, fecha una composición poética en la que, dirigiéndose a Jesús, dice: "la paz es la riqueza de tus hijos" (P 22,2). Más tarde, al referirse a este mismo período, afirma: "Gozaba entonces de una fe tan viva, tan clara, que el pensamiento del cielo constituía toda mi felicidad. No podía creer que hubiera impíos" (C 5r).

 

La tormenta

 

Por Pascua de 1896, se desencadena la tormenta. Ella la describe con una sinceridad, con una fuerza y realismo impresionantes en el Manuscrito C 5v-7v. El relato, que a algunos les parece desordenado y superficial, es digno de leerse. La sequedad y la oscuridad, que persisten, y el hecho de que la muerte se vislumbra ya cercana, han influido probablemente en este acontecimiento, preparando el terreno para la aparición de esta prueba. Es algo en que ella misma nunca había pensado. Le parecía absurdo, imposible, llegar a dudar de este modo de las grandes verdades de la existencia de Dios y de la vida del más allá. Ahora comprende a los incrédulos. Descubre, siente lo que ocurre en el interior de esos pobres. Al terminar de describir lo que sucede en su interior, la Santa advierte a la M. Priora: "Madre mía amadísima, tal vez os parezca que exagero mi prueba. En efecto, si juzgáis por los sentimientos que expreso en las pequeñas poesías que he compuesto durante este año, debo parece-ros un alma llena de consuelos, para quien casi se ha rasgado el velo de la fe, y sin embargo, esto no es ya un velo, es un muro que se alza hasta los cielos y cubre el firmamento. Cuando canto la felicidad del cielo, la eterna posesión de Dios, no experimento la menor alegría, porque canto simplemente lo que quiero creer" (C 7v).

 

Antes de darnos esta descripción, ya nos expone cómo se siente y cómo reacciona ella en esta situación en que se encuentra.

El relato se refiere al primer período de la prueba. Las tinieblas, aunque ya espesas, tal vez lo son algo menos que en los últimos meses.

 

Comparándose con un pajarillo que tiene su mirada fija en el Sol (Dios), se expresa en estos términos: "Lo más que puede hacer el pajarito es alzar sus alitas, pero en cuanto a volar, no está en su débil poder. ¿Qué será de él? ¿Morirá de pena al verse tan impotente? ¡Oh, no! El pajarillo ni siquiera se afligirá. Con audaz abandono, quiere seguir mirando fijamente a su divino Sol. Nada sería capaz de atemorizarle, ni el viento, ni la lluvia. Y si oscuras nubes llegan a ocultarle el astro de amor, el pajarillo no se mueve, no cambia de lugar, sabe que más allá de las nubes su Sol sigue brillando. A veces, es verdad, el pajarillo se ve asaltado por la tempestad; le parece creer que no existe otra cosa más allá de las nubes que le envuelven. Entonces llega la hora de la alegría perfecta para el pobrecito y débil ser. ¡¡¡Qué dicha permanecer allí no obstante, y seguir mirando fijamente la luz invisible, que se oculta a su fe!!! (B 5r; cfr. P 42,6). Ahora las tinieblas se hacen más espesas, arrecia la tempestad. ¿Cómo reacciona? ¿Qué actitud toma frente a esta prueba?

 

Obras en medio de la prueba

 

Teresa no permanece extática, inactiva. "Aun no experimentando el gozo de la fe, procuro realizar sus obras. Creo haber hecho más actos de fe de un año a esta parte que en toda mi vida. Le digo (a Jesús) que estoy dispuesta a derramar hasta la última gota de mi sangre por confesar que existe un cielo. Le digo que me alegro de no gozar de ese hermoso cielo en la tierra a fin de que se lo abra a los pobres incrédulos" (C 7r; cfr. UC 1.8.1;CRG 6,3).

 

Un confesor le dijo que escribiera el credo y se lo llevara consigo como expresión de su actitud de creyente, de confesor constante de su fe. Ella lo escribió con su sangre, y lo pegó a la primera página del libro de los Evangelios que llevaba siempre sobre su pecho (CRG 6,2).

 

Compuso una oración para expresar su fe. He aquí su texto: "¡Dios mío!, con la ayuda de vuestra gracia, estoy dispuesta a derramar toda mi sangre por profesar mi fe" (Or 19). A su hermana le dice: "Si no sufriere esta prueba interior, imposible de comprender, creo que moriría de gozo al pensar que pronto abandonaré la tierra" (UC 21-26.5.10). Le parece un fenómeno extraño, incomprensible, absurdo. "Es una prueba extraña e incoherente" (UC 3.7.3). "Miro a la derecha...y no hay nadie que me conozca... Sólo Dios puede comprenderme" (UC 11.7.1). Quiere decir que nadie la comprende, ni el confesor, ni las religiosas que la rodean. De ahí su extrañeza. Aparece como algo que nadie más que ella experimenta.

 

Tampoco comprende por qué Dios puede permitir esto: "Se diría que quiere hacerme creer que no existe el cielo. Y todos los santos, a los que tanto quiero, ¿dónde están escondidos?" (UC 5.8.7). Se siente abandonada como Jesús en la cruz, sin consuelo del cielo ni de la tierra (Cfr. UC 4.6.1; 4.7.2). La lucha es tan violenta que "a menudo debo enrojecer con la sangre de mi corazón la arena del combate" (Or 11).

 

Mirar en la noche

 

Durante la noche "no he cesado de mirar a la Santa Faz. He rechazado muchas tentaciones... ¡Ah, he hecho muchos actos de fe!" (UC 6.8.1).

La enferma expresa en estos términos la aceptación de la prueba: "A pesar de esta prueba, que me roba todo goce, aún puedo exclamar: "Señor, me colmáis de alegría con todo lo que me hacéis" (Sal 91,5), porque, ¿hay alegría mayor que la de sufrir por vuestro amor?" (C 7r). Volvamos a recordar uno de sus cantos:

 

"Mi alegría es cumplir siempre

la santa voluntad de mi Jesús,

mi único y solo amor.

Así vivo sin miedo,

amo el día y la noche por igual" (P 37,3).

 

En otra de sus poesías dice a Jesús:

 

"Desde la oscura noche de mi fe, en esta vida, yo te amo ya y te adoro" (P 22,27).

 

En cierta ocasión, su hermana le recordaba lo que San Juan de la Cruz dice de la muerte de las almas transformadas en amor. Y la enferma suspiró y dijo: "Habrá que decir que donde se dan el "gozo y los transportes" es el fondo de mi alma" (UC 15.8.1).

 

En la enfermedad

 

Refiriéndose a su cercana muerte: "¡Si supierais la paz que me da el pensamiento de que pronto iré al cielo! Me siento muy feliz, sí, pero no puedo decir que experimente una viva alegría y transporte de júbilo, no" (UC 4.9.6). Tampoco recibe revelaciones acerca del cielo o sobre su futuro. "Yo ya sólo tengo luces para ver mi nada. Y eso me hace mayor bien que las luces sobre la fe" (UC 13.8).

 

Esta situación tan penosa caracteriza los últimos meses de la vida de la Santa. Ella no se explica cómo le llegó esto. Tal vez la cercanía de la muerte, que vio con las hemoptisis, le hicieron enfrentarse con el gran misterio de la otra vida y con la misma existencia de Dios, pues para ella no puede caber, o tiene sentido un Dios, un Jesús, Hijo de Dios, muerto y resucitado gloriosamente, si nuestro destino acaba con la muerte. Lo cierto es que fue así. Ella, apoyándose siempre en la fe aun oscura, cree en Dios, cree y confía en su amor. Llega a considerar providencial la prueba, y creo que nosotros también podemos considerarla como dirigida por Dios, para bien de ella y para nuestra enseñanza.

 

Fue muy purificadora para ella. Esta prueba la deja sin ningún apoyo en sí misma. Ahora conoce y reconoce, mejor que antes, su pobreza, su impotencia. Se ve pendiente de la bondad y misericordia de Dios. Nunca se había encontrado tan humillada. Este es el momento en que comprende a los pecadores de todo género, incluso a los incrédulos. Está en condiciones para amarlos sinceramente, sin complejo de superioridad. Se solidariza con ellos. ¿Acaso no puede ella, o mejor, no le toca decir en su nombre y en nombre de sus hermanos: "tened piedad de nosotros, Señor, porque somos pobres pecadores? ¡Oh, Señor, despedidnos justificados!" (C 6r).

 

Ahora se da verdaderamente cuenta de que todo, incluso su fe, es una gracia, un don de Dios y no un patrimonio que hemos heredado y que poseemos por derecho propio. Nunca se había sentido tan pobre, tan desvalida. Ahora sí que se encuentra sin más apoyo que Dios, que su Amor misericordioso (Cfr. UC 6.8.4). ha descendido hasta el fondo de su pobreza, de su indigencia espiritual.

 

Está preparada para que Dios pueda llevar en ella a término la obra de su Amor misericordioso, de su amor gratuito y humilde. Es cierto que el amor, cuando es verdadero, ¡guala a los amantes. Los grandes santos pensaron que Dios, al amarlos, los elevaría, los sublimaría, los "endiosaría" para la unión de amor. Si se abajaban temporalmente, era para tomar impulso y dar el salto hacia arriba. Recuérdense aquellos versos de san Juan de la Cruz: "y abatíme tanto, tanto, - que fui tan alto, tan alto, - que le di a la caza alcance".

 

Teresa se siente pequeña y pobre. Pero no se desalienta. Es que ha hecho un gran descubrimiento : no tiene necesidad de salir de su condición de pequeña e imperfecta para igualarse o unirse con Dios. Es él quien se mueve. Desciende hasta encontrarla en el profundo valle de su pobreza. Es ahí donde se consuma la unión (Cfr. Ct 176 ; 215). Su camino de perfección no es de subida, es de descenso. Es que Dios se complace en bajar para encontrarse con nosotros "en la bajeza, en la nada" (Ct 176).

 

NOTA. En la primera etapa de su proceso espiritual, la Santa pensaba y se expresaba en categorías tradicionales. Habla de "conocerle (a Dios) como él se conoce, de convertirnos en dioses a nosotras mismas" (Ct 32). Según los autores espirituales, este cambio o transformación empezaba ya en esta vida. Al llegar a la recta final de la carrera se sentían ya transformados, "divinizados". Es esta la expresión que empleaban.

Teresa cambia en su manera de entender la vida espiritual y la santidad. Y da este giro, no arbitrariamente, sino atendiendo a su propia situación, a su experiencia. Ve que no acaba de salir de su imperfección. Desde ella juzga el modo de actuar de Dios, la obra que realiza en las almas. La unión se consuma, no en la cumbre de la montaña sino en el fondo del valle. Aquí está la novedad y la originalidad de la Santa de Lisieux, su magnífica e iluminadora aportación a la teología.

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